domingo, 2 de febrero de 2014

La Guerra Cotidiana

A mi regreso de la guerra, con las condecoraciones.
Todo aquel que haya vivido una guerra sabe que es el infierno mismo. La guerra, sea justa o injusta, es un horror por el que nadie debe pasar. Yo estuve en una guerra, aunque mi misión allí no era de las más arriesgadas, padecí lo indescriptible: ese miedo visceral al futuro, a saber si mañana estarás, si mañana volverás a ver la luz, volverás a respirar y seguirás existiendo o, de lo contrario, serás pasto para la carroña y regresarás a casa en una caja hermética que será regada por las lágrimas de los tuyos. La guerra es una pesadilla terrible, pero, aun así, fue una escuela para mí, dura escuela, pero escuela al fin, que templó mi carácter y me enseñó a ser fuerte, a vencer los miedos e incentivó, aún más, mi compañerismo y mi fe en el ser humano. La guerra me enseñó más del alma humana que la universidad de la vida (como suele decirse), la guerra me enseñó a defenderme mejor que todos los años de academia y de entrenamiento. Soy militar de carrera, especializado en aviación de combate y transporte de tropas. Hace ya muchos años que no ejerzo, pero esto no se olvida, como no se olvida la guerra.

El hombre es la más compleja maquinaria sobre la tierra, a todo se acostumbra. El hombre es capaz de acostumbrarse al horror. Dos años estuve en esa guerra ajena y me acostumbré a ella (de cierta manera, pues el miedo a la muerte, por muy valiente que creas ser, es algo genético, ancestral, siempre aflora de una manera u otra). Llegó un momento en  que los tiroteos nocturnos, que sentíamos demasiado cerca, se volvieron algo natural, como si fueran el fastidioso repicar de unas campanas o el insoportable tic tac de un reloj, cosas que, aunque molestas, acaban siendo soportables. Estuve a 300 metros de una terrible explosión y, para mi propia sorpresa, no sentí miedo en ese momento. Fui capaz de cumplir la misión que se me encomendó (instalar una ametralladora tras una barricada de sacos, poner  a cubierto los soldados bajo mi mando y mantenernos alertas y  a la espera de un previsible ataque) sin que temblara un sólo músculo de mi cuerpo. El ataque nunca llegó, la explosión había sido un atentado contra el presidente del país al que defendíamos, que no tuvo más consecuencias que la destrucción del salón de protocolo de dónde éste hacía escasos minutos acababa de salir.

Si la guerra, la de verdad, la dura guerra de armas y destrucción, la que siega miles y millones de vidas humanas, no  pudo conmigo, no me doblegó, porque, lejos de meterme en el papel de víctima, la utilice a mi favor para crecerme ante la adversidad, para hacerme más fuerte, para hacerme mejor persona;   si esa caja de Pandora, que es la guerra real, no hizo mella en mí, no puede hacerlo la guerra cotidiana. No lo puede hacer la insidia, la blasfemia, la ignorancia, la envidia, la sinrazón, la carencia,  la falta de bondad, la falta de respeto al prójimo, la pobreza, la falta de espíritu, la venganza, la rabia, la pérdida de valores, el caos en el que estamos sumidos, la apatía, la mediocridad,  la indiferencia... etc. Y todo ese arsenal de circunstancias que nos atrapan, nos arrollan, nos cercan, desde que, cada mañana, nos ponemos en pie y salimos a la batalla por la existencia. Esta es ahora mi guerra, la de sobrevivir cada día, ajeno a la tormenta mediática, porque mucha gente depende de mí, y se los debo. Y aunque hay días mejores y peores, días en que te dan deseos de tirar la toalla, siempre hay una voz interior (esa misma voz que se enraizó en la guerra verdadera) que me dice: sigue adelante. La vida es una sola, si hay otra, sólo Dios lo sabe, nadie ha vuelto de allí para contarlo. Sólo Él lo sabe, al igual que sabe muchas otras cosas: las tuyas y las mías, y si la creencia cristiana es cierta, el día del juicio Final, cada cual habrá de pagar por lo bueno y por lo malo que ha hecho.
Si fui capaz de arriesgar mi vida en una guerra que me era totalmente ajena, por ayudar a gente a la que no conocía, pero que acabé queriendo, a miles y miles de kilómetros de mi casa y de los míos, que no sería capaz de hacer por la gente a la que amo, la que me arropa, la que me da su mano en el día a día, la que me ayuda en la cotidianidad. No puedo imaginar que alguien piense lo contrario, porque no son palabras, son hechos. Quizás parezca petulante o peque de falta de modestia, pero a veces hay que dejar la modestia a un lado o las fieras te devoran.

La guerra cotidiana no puede vencerte, pésele a quien le pese, sea un gobierno o un enemigo, porque la batalla por la sobrevivencia existe desde que el mundo es mundo.

 He rescatado del cajón del olvido algunos poemas que escribí en esos dos años en los que formé parte de los predios de Marte, el dios de la guerra, y quiero compartirlos.  No sé si tienen la calidad necesaria  o si son buenos, pero son los hijos de aquel aprendizaje, los hijos que me nacieron de las emociones vividas. Aquí quedan:


Partida


Me tocó un día después
que regresaron los muertos,
venían ceñidos en franjas blancas y azules,
venían del hielo eterno
a la calidez de las lágrimas.
Me tocó un día después y fue tan triste,
no por mí, sino por ellos.

Dicen que estaré aquí para que coma pan la mariposa,
para que la cobra repte feliz en las arenas
y el niño juegue en el lodo
con sus duendes ancestrales.
Eso dicen... y quizás sea cierto,
pero volé porque mis alas
querían expandirse,
 porque mi sangre también es numerosa,
porque como el de el anillo de acero
tengo fe en el prójimo,
porque llevo mis propios dioses interiores
y no necesito de dioses supremos
que me inciten a la batalla,
aunque quien me parió una tarde de verano
estará triste por mi ausencia.


Viaje


El tic tac está a tiempo.

No tengo la camisa de aire,
no tengo el equilibrio de arlequín
ni modo alguno de asirme al fuego.

La mañana está cortada, abierta,
y las flores se asustan a mi paso,
como si mi vuelo fuera el de no volver.

El columpio dejó de oscilar,
los estuches se cerraron,
tal parece que el último chivito
no podrá esconderse.

Llegaré y escaparé en una gacela,
entonces mi torso de antílope
dará de que hablar a los mercaderes.

No seré el reyecito de las minas,
pero algo de metal precioso
estará inaugurando cavernas en mi cuerpo.

Allí estaremos todos los felices,
todos los tristes y los amargos.

No tendré el mágico anillo,
los lentes de Lennon, el dibujo de Chagal
para pastar de vez en cuando.
Sólo fumaré de la pipa del olvido
cuando mejor me parezca.


Termómetro

 Algunas cosas quedaron en la casa,
cosas materiales, cosas sin la mínima importancia,
pero sobre todo un silencio frío.

El mundo se dividió sin mi lámpara
y mi cuarto, más oscuro, 
se escurrió dentro de mis ojos.

Volví a palidecer.

El surco que dejé abonado
tuvo sus ráfagas y sus ventiscas,
estuvo tan de trueno
que la esperanza, como el camaleón,
se fue dejando vestir de otros colores.

En mi puerta, por la mañana,
apareció un letrero de azogue.



Nuevo héroe


Se escapa por el aire y su estrechez pesa,
ave que retardó su vuelo
 y al que cortaron las alas.

Anunciaron su llegada en las catedrales.
Su distancia es una perla hundida en el océano.
En su lapidario las letras repujadas
estallan en el mármol.

Él no estaba hecho para lágrimas
y allí plantarán una bandera.
Luego escaparemos nosotros también,
y recorreremos sus silencios,
para que perdure el brillo
de su estrella en nuestras manos.


Pan del desayuno


En la vieja casaca el polvo estaba desnudo,
sus alaridos regaron el cuarto,
todos sus alaridos me rondaron
hasta apresarme en una espiral húmeda.
Mi cuerpo recordó al Dios de La Guerra
y a todo su mundo neblinoso y amargo.
Los redobles del tambor estaban en mi oído,
la larga fila caminaba hacia la muerte,
entonces banderas y estandartes
brillaron a la luz de los himnos,
hasta que se perdieron tras el polvo.

Cuando esta visión rasgaba mi pupila
aquel niño más negro que la noche
me pedía el trozo de pan del desayuno.



Legado


La tierra prometida está en mitad de las aguas,
el viento la circunda
y me trae su olor a espuma, a selva, a piel negra.
Allí estará “la pupila insomne” de Rubén,
con su finísima luz de héroe y de mártir,
que nos llama  a ser los riachuelos de su sangre,
la continuidad de su estirpe,
para que podamos partir el agua
y regresar
con destellos en el pecho.


Autorretrato del Soldado



Yo soy ese sonámbulo que va haciendo giros grotescos,
que se asusta al paso de la lechuza
y cae en un  silencio veloz que se atraviesa.
Mi carne, de espejos agrietados,
se resbala misteriosa en la luz final del sueño.
Yo soy esa catarsis de la espera.
Mi voz, como los Gnomos, salta sin descuidos,
y la música más sencilla se encierra en mis manos,
las hace volar sobre las minas,
esas minas que inauguraron mi cuerpo
cuando hube de faltarle a la casa y a los besos de mi madre.


Foto X


Sentí un frío glacial
y luego esa gota de agua en la espalda.
Sentí mi mirada perdida,
mis ojos perdidos en el ojo de su mundo.
Abierta en el papel, crucificada, sedienta de savia,
no podía ver que yo quería morir por ella,
que quise vomitar el fuego de muchos días
y sólo logré el ligero placer de una estocada.




Luanda, 1989 a 1991