martes, 21 de febrero de 2017

Diálogo décimo glosado






Diálogo décimo glosado 
A José Martí, con quién empecé a leer Poesía a los 6 años, y a CUBA, la Patria que me vió nacer.
Glosa inspirada en el trabajo del gran poeta cubano Emilio Ballagas.


Martí / Abel Quintero / CUBA



Dialogo, Patria, contigo;
Martí, contigo converso,
descalzo y desnudo el verso,
maduro y abierto el trigo,
partiendo con gesto amigo
el fraterno pan candeal.
Oh! Martí, padre leal,
en la Patria redimida
eres blanca sal de vida
y Ella el sabor de la sal.

Emilio Ballagas


















I

En tus verdes horizontes,
en tus típicos palmares,
en tus blancos memoriales,
en tus maniguas y montes;
más allá, donde tramontes
y traigas tu sol, tu abrigo…
Más allá, donde consigo
ser tu tierra, ser tu mar;
ser tu risa y tu pesar,
dialogo, Patria, contigo.

II

Martí, en tu inmensidad
busco siempre mis raíces,
y allí encuentro los matices
que me dio tu humanidad.
En ti encontré la verdad,
en ti, poeta, en tu verso,
y ya no estuve disperso
vagando por tierra extraña.
Desde esta azarosa España,
Martí, contigo converso.

El numen se torna en alas
y vuela al cielo cubano,
donde tú, héroe cercano,
en una nube te instalas.
Malditas esas tres balas
que rasgaron tu universo,
maldito el hado perverso
que te trastocó la suerte,
porque dejó con tu muerte
descalzo y desnudo el verso.

III

Patria de nuevo te hablo
y espero que toda ofrenda
que te brinde no te ofenda
porque es un bello retablo.
Sabes que cada vocablo
será siempre un buen testigo
de que siempre estoy contigo
aunque esté en el más allá.
Tu pan hagamos que está
maduro y abierto el trigo.

Cuando ese milagro obremos,
querida Patria, con fe,
encendamos tu quinqué
y bajo su luz oremos.
Yo sé que a ti nos debemos
porque en tus plegarias  sigo.
Yo te alabo y te bendigo
y venero tu cultura.
Llévame a tu sepultura
partiendo con gesto amigo.

En tus prados aprendí,
jugando sobre un caballo,
que eres frágil como un tallo
y fiera como un mambí.
Que patria es decir Martí
y es decir Palma Real,
que somos una coral
en una ínsula inmensa,
y que habrá siempre en tu mesa
el fraterno pan candeal.

IV

Origen fuiste, maestro,
y apóstol de otro Parnaso.
A ti llegué paso a paso,
ignaro,  inocente y presto.
No soy ese buey cabestro,
que a otros guía hacia el corral,
yo soy un pez abisal
que intenta vencer lo oscuro;
y ser como tú procuro,
oh! Martí, padre leal.

Cuba te debe su gloria
y tú le debes la tuya,
no habrá nadie que destruya
tu liderazgo en su historia.
Están siempre en mi memoria
y lo estarán de por vida.
Hoy mi voz agradecida
les canta con la espinela.
Y mi canto se hace escuela
en la Patria redimida.

V

Cuando partí de tu suelo,
Patria mía y de Martí,
pensaba en un colibrí
que emigraba hacia otro cielo.
Yo nunca encuentro consuelo,
pues fue dura la partida.
Y eres cada amanecida,
entre las nieves de Europa,
mi santo grial, mi copa…
Eres blanca sal de vida.

Yo te añoro, Patria mía,
como tu hijo que soy;
cuando en tus carnes estoy
me vuelvo más poesía.
Y siento la cubanía
haciéndose universal.
Siento que en ese cristal
con que te miro eres diosa:
Yemayá, la primorosa,
y Ella el sabor de la sal.



O. Moré
Febrero / 2017


Emilio Ballagas 

(Camagüey, 1908 - La Habana, 1954) Poeta cubano cuya obra es representativa del vanguardismo de la década de 1930; es uno de los más estimados líricos nacionales de todos los tiempos, por la finura y perfección de su estilo.
Profesor universitario, alternó además literatura y periodismo a lo largo de toda su vida. De personalidad poética contrastada a través de dos direcciones de muy distinta orientación, por un lado se lanzó a la búsqueda de la poesía pura y por otro se adentró en una lírica popular y folclórica. Por ello se le situó siempre a caballo de las dos tendencias que caracterizaron el vanguardismo cubano: la "purista" de Dulce María Loynaz, por ejemplo, frente a la tendencia "realista" de Nicolás Guillén.
En cuanto a la dirección más pura de la poesía de Ballagas, fueron frecuentes los diversos recursos temáticos y formales de su expresión, en obras como Júbilo y fuga (1931), Sabor eterno (1939) e incluso en Nuestra Señora del Mar (1943). Sin embargo, en la dirección del "realismo" desarrolló el poeta parte de su obra más significativa, con el cultivo de la "poesía negra" y una brillante interpretación lírica de sentimientos y tradiciones que le eran ajenos (Ballagas era blanco y de extracción burguesa).
Una muestra de estas obras son Elegía de María Belén Chacón, seguramente su obra de carácter más popular, Canción para dormir a un negrito, uno de sus poemas más tiernos, o Cuaderno de poesía negra (1934). También se ocupó de compilar la importante Antología de poesía negra hispanoamericana (1935) que lo convirtió en una de las principales figuras de esta corriente, junto a su máximo representante, N. Guillén.

Abel Quintero

Abel Quintero Fuentes, nació en 1968 en Güines, La Habana, Cuba y creció acariciado por el sonido de su madre cantando canciones folclóricas cubanas conocidas como "Decimas". La sed literaria y la admiración de Abel por la rica cultura cubana son la plataforma perfecta para el desarrollo de su estilo único, como auténtico artista cubano. Su profunda comprensión de la tradición junto con sus habilidades técnicas son evidentes en cada obra de arte ejecutada por este artista sensible y creativo. La expresión de Qintero del universo es creada por una paleta de colores hábilmente mezclada y aplicada para crear un lenguaje que conjura imágenes mentales de una época pasada en que la vida era simplemente hermosa en el campo de su Cuba nativa. La expresión onírica de sus personajes te invita a entrar en un mundo lleno de romance, inocencia y serenidad. Abel Quintero es un artista contemporáneo cubano admirado y recogido internacionalmente. Su talento ha sido merecidamente alabado por sus críticos y colegas de todo el mundo. Cuando uno se enfrenta a una de las pinturas de Abel, casi puede oír los ruiseñores, sentir el rocío de la mañana en su frente y oler el aroma del ron y el café en el aire. Su trabajo está garantizado para capturar su corazón en los próximos años.

domingo, 22 de enero de 2017

Regreso al jardín de la nada


Paisaje interior / O. Moré / CUBA


Regreso al jardín de la nada.

I

Vuelvo al jardín de la nada,
allá, donde los jagüeyes,
y casi todos los bueyes
perecen en la estacada.
Damocles lleva la espada
siempre sobre la cabeza
y nadie siente extrañeza,
nadie grita ni se inmuta,
nadie ha cambiado su ruta;
se arropan en la pereza.

II

Narciso se fue al espejo
del lago, tras el batey,
y se vio cual indio Hatuey
quemándose en el reflejo.
Y se quedó tan perplejo
al ver su metamorfosis
que ahora tiene la psicosis
de que es un Fénix mutante
y se pasea exultante
esperando una apoteosis.

III

Calibán va por la playa
donde las uvas caletas
se mecen como veletas
entre bancos de morralla.
Y ve que en una atalaya
el espíritu de Ariel
se ríe de forma cruel
de su esclavitud borrega,
entonces no se doblega
e imita a Guillermo Tell.

 IV

Jicotencal en su culpa
se regodea y se aliena
porque siente que fue hiena
y no encuentra una disculpa.
Ya nadie habrá que le esculpa
en la piedra, regio y fiero.
Ya nadie habrá que el sendero
de su lucha lo transite.
Tampoco habrá quien le cite
porque fue muy traicionero.

O. Moré
2016






jueves, 1 de diciembre de 2016

Pájaro de fuego

Ilustración: Lola Rodríguez / Barcelona



Pájaro de fuego


 A Maliba, apenas logró pegar un ojo, el sueño la atrapó de manera sádica, haciéndole revivir su vía crucis, su infierno. Unos minutos después se despertó gritando y sobresaltada. Como ya se había hecho habitual, esta iba a ser otra noche de crudo insomnio. “Ni un soplito de aire, ni uno”, dijo, y no supo por qué lo había dicho, porque hacía mucho tiempo que no le importaba nada que tuviera que ver con la realidad circundante, con el mundo exterior y, mucho menos, con el clima. Sí, hacía muchísimo que todo había dejado de interesarle.  Había perdido la esperanza de recuperar la cordura  y se había dado, ella misma, por desahuciada, así que… ¿qué coño importaba si hacía calor y no corría el aire, o si hacía frío; si era de noche o era de mañana?, no importaba un carajo. Se sentía débil, muy débil, cansada, harta. Se levantó y se miró al espejo, y vio una mancha hedionda, pútrida, nauseabunda, y pensó que  algo así no merecía existir. Aquel iba a ser su último día en el mundo, acababa de decidirlo, no podía aguantar más. Hacía un mes que había salido de la Casona y seguía tan esquelética como siempre; allí le obligaban a alimentarse, pero en casa no tenía ánimos para cocinar ni comer. Bueno, tampoco es que se le pudiera llamar casa a aquel cuartucho sin ventanas donde apenas cabía el canapé donde intentaba dormir.  Aquello, más que un cuartucho, era el tonel de Diógenes. Un mes fuera, un mes, y seguía con la misma depresión. ¿Para qué quería ella seguir viviendo, para qué, a ver? No le quedaba nadie. Sus padres hacía mucho que habían muerto, y su hermano se había ido en aquella balsa endeble, aborrecido de todo y de todos, y nunca más había sabido de él. Julito, su novio, la había dejado… Pero cómo no la iba a dejar si, cuando él iba a visitarla al hospital, ella se negaba a  mirarle a los ojos o a hablarle, y mucho menos le dejaba que tuviera ningún tipo de contacto físico. Cuando él intentaba cogerle la mano ella comenzaba a gritar completamente fuera  de sí. Desde que lo veía aparecer por la puerta se ponía a temblar como un ratoncillo indefenso ante las garras de un gavilán. ¿Qué hombre la iba a desear comportándose ella de esta manera? ¿Y a qué hombre iba a desear ella  si no se deseaba ni a sí misma?  A ninguno. Después de regresar de la guerra, después de aquello, siguió sintiéndose sucia, tan sucia, tan terriblemente sucia, que no quería acercarse a nadie ni que nadie se le acercara. Sólo había aceptado la compañía, alguna que otra vez, de Eladio, porque siempre había tenido una buena relación de amistad con él. No se habían conocido en la guerra, se habían conocido desde pequeños, pero la guerra y las desgarraduras de la guerra los habían juntado de nuevo en la Casona, esa Casona de la que ella había salido y de la que hubiera preferido no haber salido nunca. Ella ya estaba allí cuando él ingresó. A Eladio la guerra le había dejado sin  mujer, y no había forma de que pudiera superar aquella pérdida, estaba completamente desolado, y había estado, además,  a punto de perder la vida sepultado por una montaña de escombros. Ella, Maliba, cooperante civil en aquella época en que cumplió la misión,   había caído en manos del enemigo, y había sido violada cada día de los que duró su cautiverio. 46 días, 6 horas y 20 minutos, para ser exactos, en los que dejó de ser humana para convertirse sólo en un trozo de carne, o, mejor dicho, en una vagina y un montón de huesos que ni sentían ni padecían. Cuando la rescataron estaba completamente ida, apenas lograba articular palabra, sólo emitía ininteligibles balbuceos. La devolvieron a la Isla y tuvieron que internarla en Masorra; un año después recalaría en la Casona. Para ese entonces ya había desarrollado aquel delirio que la mantenía viva: ella era la Doctora Maliba Requena, y estaba allí para ayudar a los demás. Pero aquella fantasía le duró poco, quisieron curarla a toda costa, y, a veces, hay males que no tienen cura, están tan arraigados, tan enquistados en cada resquicio de tu interior, que sus abscesos, duros como piedras, crecen y crecen y crecen; y pesan y pesan y pesan,  hasta que te van dejando inmóvil, sin ganas de nada, sin ganas de vivir, en una quietud de estatua, en una inmovilidad perenne. Así se sentía ahora Maliba, así se empezó a sentir después de las sesiones de choque, de los electroshocks, de las terapias de grupo. Cuando dejó de ser, cuando la obligaron a dejar de ser la Doctora Maliba, dejó de ser algo y se convirtió en nada, en vacío; paradójicamente, en un vacío pesado, como de plomo, que la fue hundiendo en las profundidades abisales, en la oscuridad. Hoy esa oscuridad sería perpetua.

Se levantó despacio, se acercó a la mesilla donde tenía el reverbero, cogió la botella de alcohol y vertió sobre  su cabeza y su torso todo el contenido, prendió una cerilla y se inflamó. El dolor interno era tan fuerte, su mente estaba tan fuera de sí, tan enajenada, que el fuego le pareció una tímida caricia sobre la piel. Allí se quedó, estática, de pie, en combustión continua, como un pájaro de fuego, como un Ave Fénix, pero como un Ave Fénix que nunca resurgiría de sus cenizas.


O. Moré
2016

De la Casona de Mambrú (Relatos de aprendizaje)

viernes, 25 de noviembre de 2016

Pero tú sabes lo que era decirme aquello a mí...

Centinela / Carlos Guzmán  / CUBA
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Pero tú sabes lo que era decirme aquello a mí…



_ Pero tú sabes lo que era decirme  aquello  a mí… Me quedé estupefacto, porque… a ver, ese tipo no me conocía de nada… ¿Con qué fundamento decía que yo era un racista?

_Y tú… ¿le conocías a él?

­_No, tampoco, era la primera vez que hablábamos. Yo lo veía pululando por allí, por La Casona, pero no teníamos ninguna relación. Alguna vez  habíamos cruzado algún saludo, apenas un ¿qué hay?, un ¿qué volá?, nada más. Él era novato, casi acababa de llegar. Si mi memoria no me falla llevaba sólo algunas semanas o algo así.  Apenas había empezado el tratamiento de choque. Ya te digo…, no sé cómo se atrevía a dar una opinión de mí; él no sabía nada de mi vida.

_ Pero… ¿qué hiciste, qué dijiste, para que te dijera eso?

_Yo estaba hablando con Maliba ¿Te acuerdas de Maliba? ¿Sí, asere, aquella trigueñita tan delgada, a la que todos llamábamos Doctora Palillo, la que se dio candela cuando salimos de La Casona? Bueno, pues con esa, ya veo que te acuerdas. Hablábamos de cosas del barrio, de la gente, de conocidos comunes, porque ella me decía que eso era bueno para “mi terapia”; la pobre, ella sí que necesitaba una buena terapia, pero yo me dejaba hacer, para qué quitarle la ilusión. Maliba decía que hablar de esas cosas me haría olvidar los horrores de la guerra… Y, no sé cómo, hablando de unos y de otros, salió a relucir lo de Damarys…

_ ¡Coño, verdad, Damarys, ya no me acordaba de ella!  ¡Qué desgracia! ¡Tan joven…, tan linda…!Asere, qué clase de jeva se perdió ahí!

_ Así es, asere, así es.

_Bueno, sigue… ¿qué pasó?

_ Pues lo que te decía, salió a relucir el caso de Damarys. Maliba  no sabía nada; ella cuando ocurrió lo de Damarys estaba ingresada en Masorra*. Yo empecé a contarle lo que había ocurrido. El tipo este, te puedes creer que ni si siquiera supe nunca cómo se llamaba, estaba sentado justo detrás de nosotros oyendo toda la conversación. Entonces Maliba me preguntó que qué Godofredo era el que había matado a Damarys, porque te acuerdas que estaba también Godofredo el hijo de la Rusa y de Pepín, y yo le respondí que había sido el mulato Godofredo, ella me dijo que claro, que era de esperar,  que todos sabíamos que Godofredo no era buena persona, que se le veía a la legua; y le recalqué: sí, tal como lo oyes, Maliba, el mulato Godofredo. Pues para qué habré puesto tanto énfasis en lo de mulato, asere. Aquel tipo se levantó, se vino hacia nosotros y en un tonito sarcástico va y me suelta: Ya está, como era un asesino tenías que remarcar que  era mulato. Como en las películas yanquis, que todos los delincuentes o son negros o son latinos; siempre el mismo cliché de mierda. ¡Vaya racista me ha salido  el blanquito este! Maliba y yo nos miramos, ella me apretó la mano para serenarme, porque me cambió la cara, pero a mí ya hacía mucho que no me daban ataques de ira, el último que había tenido justo me había costado aquella reclusión en La Casona por tercera vez; simplemente  no  daba crédito a lo que estaba escuchando. ¿Quién coño le había dado vela al tipo éste en este entierro? ¿Qué importancia tenía que yo llamara mulato a Godofredo, si era mulato? ¿Qué coño tenía que ver aquello con las películas yanquis ni la cabeza de un guanajo? Además, quién en Naranjos no dice: el negrito Arquímedes, la mulata Helena, el jabao Agapito, todo el mundo lo dice, es una manera nuestra de hablar, muy nuestra, no hay nada de despectivo en ello. Y aquello de: ¡Vaya racista me ha salido el blanquito este!; eso, a qué coño venía… ¡Pero qué cojones se había creído este hijoeputa! La verdad es que me jodió mucho, me recomió el higadillo, ya tú ves, decirme eso a mí, a mí que todas mis novias habían sido negras, que mis mejores amigos en el pre eran dos negros; a mí que había estado en Angola, en la guerra, defendiendo negros; a mí, a Eladio Montesdeoca,  al que le habían matado a su negra, mi negrita Araceli, mi mujer, mi linda negra Araceli, en aquella puta guerra. A mí llamarme racista.  Pero ahí no quedó la cosa, empezó a destripar de Damarys, de Totó ¿te acuerdas de Totó, aquel jevito que tuvo Damarys?

_ El que toda la familia se había ido pa’ la Yuma ¿no?

_ Sí, ese mismo.  Pues bueno, el tipo siguió con la cantaleta, que si Totó era un gusano, un apátrida pagado por la CIA, y yo que sé cuantas comeduras de mierda más,  y después hasta empezó a destripar de Godofredo, que hasta hacía unos minutos lo había estado defendiendo. Ni que él hubiera conocido a Damarys, a Totó o a Godofredo, como los había conocido yo, que habían sido mis vecinos del barrio de toda la vida y no de él, que yo no sabía ni dónde pinga vivía este tipo. Y luego, ya, el colmo de la cosa: comenzó a analizarnos a mí y a Maliba, como si él fuera nuestro psiquiatra… Y todo esto a grito pelao. Maliba se puso a llorar y con tremenda temblequera. Te lo juro, ese tipo era malo, y estaba más jodido del coco que nosotros dos y que todos los de La Casona juntos. Después supimos que había sido oficial de contrainteligencia militar o de la G2, algo así por el estilo, y que lo habían tronado por no sé qué chanchullo en el que se habían metido su mujer y él, algo de jineterismo con menores, me parece. El caso  es que el tipo se tostó, porque un día, en una de las fiestas que montaban él y su mujer,  se emborrachó y le metió mano a su propia hija de doce años. Bueno, la chamaca fue la que los denunció, y los metieron a los dos, a su mujer y a él, en la cárcel, y allí acabaron de fundírsele los fusibles pa’l carajo al cabrón este. Así que fíjate tú, qué clase de elemento era ese tipo. Por eso te vuelvo a decir… ¿Quién coño le daba derecho a hablarnos así, quién? ¿Cómo podía juzgarme por un simple comentario, sin saber nada de mí ni de mi vida? ¿Cómo podía hacer llorar a una muchacha tan indefensa como Maliba?

_ ¿Y qué hiciste?

-Na’, en ese momento no hice na’; tenía muy presente lo que tú me habías dicho de las confrontaciones en público,  que las evitara si quería salir lo antes posible de allí, de La Casona, y más sabiendo que, cuando me pongo iracundo, me da por romper cosas, y nos es un espectáculo muy agradable de ver.  Pero, aparte de eso, es que no merecía que yo gastara una gota de saliva en responderle. Aún así, le pedí disculpas por si le había ofendido, sabiendo que no tenía por qué disculparme, porque el tipo ni era mulato ni negro ni jabao, era más blanco que tú y que yo, y tampoco era un jodido médico, y yo no había dicho nada malo. Este tipo  sólo era tremendo cometranca, tremendo hijoeputa, eso es lo que era. Simplemente estaba harto de su perorata y quería desaparecerme de su vista, así que después de decirle: perdone,  no era mi intención ofender a nadie y menos a usted,  me llevé a Maliba de allí y le dejamos con la palabra en la boca.  Y fíjate que podía haberle rebatido todo aquello con sólo contarle todo esto que te he contado, pero…, para qué… Que se lo singara un caballo.

_ Y después, pasó algo más. Volviste a hablar con él.



_ No, no volví a hablar con él, esa misma noche apareció muerto en su habitación con el cuello roto, partío en dos. Pero tú sabes, asere,  lo que era decirme racista a mí, justamente a mí, decirme aquello a mí…

*Masorra: Hospital Psiquiátrico de la Habana.


(De la "Casona de Mambrú"  (relatos de aprendizaje)) 

O. Moré