domingo, 9 de febrero de 2014

Nocturno con alevosía

Sólo en la noche puedo ver las luces,
aquellas luces apagadas en el alma,
encendidas en la memoria.

De una cuchillada la ciudad se abre,
su olor de bestia taciturna
ocupa el espacio ineludible
que va del mar a las ortigas,
de las ortigas a la herida de mi verso.

La noche cae en pedazos a mis pies
con sus pétalos etéreos, para confundirse
con las apagadas  luces del alma.

Grito, la noche atrapa mi voz,
como el ave rapaz a su indefensa presa.

Sólo en la noche huyo de mi cuerpo,
Del ademán de mis manos,
vagando transparente por la isla,
entre la maleza y sus cocuyos.
Escapo hacia sus grutas, hacia sus relieves
de carne vegetal y a las cenizas de mi pueblo.
Huyo.
(Siempre a la isla en su corpus perenne,
siempre a la isla  con sus pezuñas en el agua)

A mi regreso, sólo en la noche, amo a la sirena,
mi sirena de cabellos rizos y plateado cuerpo.
Sólo en la noche me hundo en sus misterios,
En su pubis hambriento, en sus ligeros pezones.

Luego llega mi barca cotidiana
entre folios y números, entre saludos matinales
y despedidas vespertinas. Y yo allí, esperando
alevoso y sibarita, ermitaño y prisionero,
listo a escapar una vez más y comerme
la lejana isla de un solo bocado.

Sólo en la noche, solo.