lunes, 17 de febrero de 2014

Erótica del crepúsculo




A la hora del crepúsculo,
cuando las migajas del pan sucumben
y las vírgenes rezan
pidiendo que algún ángel las viole,
cuando las cabezas se aturden con el peso de las palabras,
y las telarañas dejan de brillar 
 es que busco tus misterios,
la orografía de tu aura, no de tu carne,
pues tu carne la conozco de memoria,
la he sitiado cada tarde,
cada tarde la he conquistado
y le he dado muerte entre mis manos
hasta convertirte en un cadáver erótico y fugaz.
A la hora del crepúsculo,
cuando las razones se acumulan
y la sed de amar colma la copa,
cuando desde lejos cualquier nube se te parece,
y el bestiario que me habita ruge,
busco tus versos, no los escritos,
esos los desayuné con el invierno,
si no los versos que exudaban de tus senos,
las metáforas de tu pubis,
la rima de mi lengua con tu lengua.
Óyelo bien, a la hora del crepúsculo
estoy labrando tu silueta,
repujando tus contornos,
abriéndote entre mis piernas.
Sólo a la hora del crepúsculo,
porque a la noche cerrada ya estoy muerto y enterrado,
decapitado por tu ausencia.