martes, 11 de febrero de 2014

A la espera...

Ilustración del autor.

Recordé aquella canción, la que ahuyentaba el silencio, el vacío, la que susurrabas inesperadamente mientras la banalidad anegaba la casa y mis palabras se escondían en los rincones de la alacena.

Recordé tu tibia música, el fulgor que brotaba fundiéndose en el cristal de la ventana.

Recordé tu sonrisa mezclada en el susurro y al susurro mientras sonreías.

Toda la arquitectura del silencio caía derribada por tu voz apenas audible, pero que, como un disparo, fulminaba tanto gris, tanta mediocridad, tanta melancolía… Y la casa se llenaba de alegres trinos, de avecillas iridiscentes posándose en cada resquicio, en cada oquedad, en cada poro de mi piel. Entonces la soledad también huía aterrorizada por los sumideros, y sus alaridos se dejaban oír en las cañerías. Y las palabras bajaban a la hoja y danzaban desenfrenadamente con sus piececitos manchados de tinta dejando un reguero de versos estampados en el blanco del papel.

 Recordé aquella canción y yo también la susurré. La susurré al oído de la casa, al cuerpo del espejo, al  pubis de las sábanas… Pero el color seguía siendo el mismo, un gris apagado, yerto; el silencio continuaba y a cada paso eran más espeso, como un muro pétreo e insalvable. El vacío se arremolinaba en el interior de mi cuerpo, viajaba por mi sangre dejando un frío riachuelo de temor serpenteando por las venas. Y la soledad, esa dama soberbia y omnipresente, se paseaba desnuda por cada habitación. Por más que lo intenté no pude. Mi susurro era anodino, insípido, la casa no era capaz de encontrarle el sabor a mi canto. Las palabras volvieron a refugiarse tras el frío de la porcelana. Y aquí estoy, a la espera. En tu espera.