miércoles, 19 de febrero de 2014

Otros ciclos del agua


Qué hay más infame que la lluvia, esa lluvia que cae leve cortando las paredes, deshaciendo la carne, filtrándose en los ojos. Qué hay más distante que la lluvia, esa lluvia que hiela tus manos, que cubre tu esqueleto con su líquida piel y te hace invernar bajo la piedra junto al sapo.
Qué hay más doloroso que desnudo cincelar tus órganos e ir dejando un hilillo de sangre tras de ti, que luego será chorro y más tarde río.
Alguna vez me esperaste bajo la lluvia para diseccionar mi cuerpo, para arrancar mi sexo de cuajo y lanzarlo a las bestias. Entonces yo creí que era mártir o ángel, y salí en busca de la aureola y de las alas, pero sólo fui hombre que se hizo niño que se hizo esperma que se hizo nada.
Y un día, por fin, encontré la risa. Estaba tras el muro. Crecía en un árbol, era el fruto. Y allí estaba yo, encaramado en la rama, comiendo risa hasta que me harté, entonces caí al suelo y fui el bobo que se cayó del árbol. Pero reí tanto que morí en el acto, en el mismo acto de la risa. Y me pudrí en medio de la hierba, y mi cuerpo abonó la tierra. Y pasado varios años la lluvia, esa misma lluvia infame, me trajo de vuelta, me hizo nacer y echar raíces.
Pero otro día, un día en que la lluvia se había marchado y nada se sabía de ella, arranqué mis raíces y me planté lejos del agua. Maldigo la hora en que te di la espalda, porque lanzaste tras de mi a la lluvia, la hiciste venir, pero esta vez, convertida en huracán, en temible y justiciero (justiciero según tú) ciclón.
Y allí quedé yo, calado, ensopado como una esponja, sin rostro, porque la lluvia, la infame, la que corta, la que hiela, lo desfiguró y lo borró para siempre.
Ahora cada día soy más agua y menos carne, y así seguiré hasta que quede convertido en un ridículo charco donde vendrán a saciar su sed los perros callejeros.