domingo, 6 de julio de 2014

EL GÜIJE

Al rescatar este relato que escribí hace ya un montón de años, me sirve de pretexto para mostrarles la obra de Manuel Mendive, quien, como nadie, a plasmado en sus lienzos toda la imaginería y la mitología negra de Cuba, incluyendo la religión yoruba y la santería;  para traer a colación, también, a otro grande de esa cultura afrocubana y que no necesita presentación: Nicolás Guillén, y, por último, pero no menos grande, al cantautor Silvio Rodríguez, que os endulzará los oídos con este bello tema dedicado al personaje que aúna todos estos trabajos: El Güije. Espero que esta entrada resulte de vuestro agrado. Gracias de antemano por la lectura, la observación y la escucha. Abrazos.

Mito de la creación / Manuel Mendive / CUBA


Manuel Mendive / La Habana 1944/ CUBA



Ñeque, que se vaya el ñeque!
¡Güije, que se vaya el güije!
 Nicolás Guillén, Balada del  Güije


Aquel día mi madre me dio una buena  entrá de leña, como decimos los cubanos. Me esperaba tras la puerta, asomaba su cabeza por la pequeña ventana en forma de ojiva, mostrando en su rostro una risita de confianza. Yo venía andando bajo la lluvia, empapado, contento y, a la vez, con un poco de miedo clavado en el pecho debido al susto que había vivido unas horas antes. Ajeno a lo que me esperaba entré a nuestro portal.
__Vaya, por fin apareces...venga, entra, que te estoy calentando el agua pa' que te bañes _ dijo mi madre, dándole a sus palabras un matiz sin importancia.
Entré chorreando agua, sin zapatos y con una sonrisa de oreja a oreja. Mi madre entreabrió la puerta y me adentré en nuestra pequeña salita, ella me tomó de un brazo y, sacando de detrás de la espalda una chancleta plástica que llevaba escondida en su otra mano, comenzó a repartirme chancletazos a diestra y siniestra.
__¿Dónde carijos estabas, muchacho?, llevo cuatro horas buscándote por todo el pueblo, desgañitándome como una loca._ chillaba mi madre sin dejar de golpearme, mientras yo, sin reponerme de la sorpresa, aullaba de dolor con cada chancletazo y me deshacía en ríos de lágrimas.__ A todo el mundo le preguntaba y nadie te había visto, me quieres decir dónde diablos estabas, chiquillo de mierda, que me tenías con el corazón en un puño y a punto de mandar a buscar a tu padre temiendo lo peor._ Mi madre, junto con la madre de los chiquillos (ya explicaré quienes eran) habían aunado esfuerzos en nuestra búsqueda, hasta que el aguacero las sorprendió por los chiqueros y el viejo Pancho Melaza, que pasaba a caballo, les dijo que nos había visto por el potrero, que ya veníamos de regreso, por lo que decidieron esperarnos cada una en nuestras respectivas casas_ ¿Dime dónde estabas? ¡Dímelo de una puñetera vez!
__Es...taba en...la...la...gu...na... con...Jua...ni... y los de...más... chi...qui...llos_ contesté entre sollozos, sin poder casi articular las palabras.
Juani era mi tío, el hermano menor de mi madre, dos años mayor que yo. Los chiquillos eran mis amigos del barrio, Juan Luis y su hermano Fredy.
__ ¿En la laguna has dicho, _ preguntó mi madre dejando de pegarme _ en la laguna de San José?
__Sí... _afirmé. Afirmación que estaba de más, al igual que la pregunta, porque no había otra laguna por los alrededores.
__Yo te mato _ gritó mi madre_ te mato, muchacho, con lo peligrosa que es esa laguna, con la de gente que se han ahogado ahí. Ay, gran poder de Dios, este niño me quiere matar de un susto._ y con la misma volvió a sonarme otro chancletazo, ahora, por las nalgas._ Acaba de entrar y vete directico a la palangana, que nada más falta que te coja una pulmonía, y ya lo sabes, una semana de castigo sin ver los muñequitos, y cuando venga tu padre se va a cagar la perra.
Mi padre no le dio importancia al asunto, se lo tomó como una arriesgada travesura infantil, como una de las muchas de las que él mismo había sido protagonista en su niñez. Los verdugones en la piel me duraron una semana y no el castigo, que mi madre me lo quitó al segundo día, ya que se hacía añicos por dentro cada vez que veía las marcas en mi piel, y terminaba llorando abrazada a mí, pidiéndome perdón. Me decía: Ay, hijo, me duelen más a mí que a ti. Se refería a los chancletazos, claro está.
Aquella fue la primera vez que fui a la laguna. No miento si digo que fue una experiencia divertida, a pesar que, al mismo tiempo, terrorífica, y de la cual no creo me olvide con facilidad, a no ser que me ataque la demencia senil.
Fue un sábado, los chiquillos pasaron por mi casa y me convidaron a jugar a los espadachines. Por esos días daban en la televisión la serie "Los tres Mosqueteros", que tenía revolucionada a toda la población infantil. Todos queríamos ser D’Artagnan, Aramis, Athos o Porthos. Nuestros padres no cesaban de fabricarnos espadas con los recortes de madera que tiraban en el Aserrío, y muchas veces las fabricábamos nosotros mismos con una rama larga y fina caída de algún árbol, y cualquier objeto que se nos ocurriera para delimitar la zona de la empuñadura, desde tapas de las redondas cajas de talco Brisa hasta los envases plásticos de los yogures. También nos confeccionábamos capas con pedazos de nylon negro de polietileno, que no sé de dónde salían, pero en cada casa era habitual que hubieran algunos metros, los cuales se utilizaban como hules para la mesa del comedor, para confeccionar jabas para los mandados, monederos y hasta forros para los colchones de los incontinentes nocturnos.
Les dije que sí a los chiquillos, que me iba con ellos. Desde el portal le grité a mi madre que estaría jugando en la casa de Juan Luis y Fredy, me dio permiso, gritándome también, desde el fondo de la cocina: No vengas muy tarde. Y yo, igualmente gritando de nuevo, le contesté: Bieeeeen.
Juan Luis y Fredy vivían justo delante de mi casa, sólo había que cruzar la carretera. Cuando estábamos a punto de entrar a la casa de ellos mi tío Juani nos llamó, venía andando por la acera contraria y apurando, de un mordisco, el último mendrugo de un pan con azúcar prieta.
__Eh, chiquillos... ¿qué hacen?
__Vamos a jugar a los Mosqueteros _ contestamos nosotros a coro.
__Pero ustedes son tres nada más, falta uno ¿puedo jugar con ustedes? Yo puedo hacer de Porthos.
Nos miramos entre los tres y asentimos, ahora sólo había que adjudicar los demás roles. Juan Luis quería ser D’Artagnan, pero su hermano, Fredy, imponiendo su voluntad de hermano mayor (era de la misma edad de mi tío), le dijo que no, que a él le pegaba más el papel de Athos, que me dejara el de D’Artagnan a mí, que era el más descuajeringado, y que él, Fredy, se quedaría con el de Aramis. Costó un poco pero, al final, Juan Luis aceptó. Bueno, ya estaban otorgados los papeles, ahora sólo nos faltaban las espadas, por lo que decidimos ir al patio del Aserrío en busca de los materiales necesarios. Aquí comenzaron a salirse las cosas del plato, porque nos alejábamos una cuadra del lugar de donde le había dicho a mi madre que estaría, no obstante, en ese momento no creí necesario volver a mi casa e informarle, ya que pensé que regresaríamos a la casa de mis amigos al concluir la confección de nuestras armas. Cuán errado estaba, no imaginaba que el azar nos iría distanciando cada vez más del pueblo y que acabaríamos jugando en la laguna.
En menos de lo que canta un gallo fabricamos las espadas. Recuerdo que, en mi caso, cogí un palito de pino de unos setenta centímetros, y con un trozo de la tapa de una caja de un kake del día de las Madres, recortándolo en redondo, la encajé en el palo, y ya tenía listo mi guarda puño. Los demás habían hecho más o menos lo mismo con lo primero que habían encontrado, al igual que yo, entre la basura que se acumulaba en los alrededores. Espadas al cinto cada uno tomó posesión de su personaje y comenzamos a jugar allí mismo. Cuando llevábamos ya medio ejercito del cardenal Richelieu vencido y nos caíamos heridos y volvíamos a resucitar, sanos y salvos, sobre las mullidas lomas de serrín (que eran las mismas que nos servían de enemigos y a las que clavábamos las espadas hasta la empuñadura) sentimos un ruido entre los arbustos que crecían detrás de éstas. Enseguida nos dispusimos averiguar quién o quiénes eran los causantes de aquel ajetreo. Pensamos que si eran otros niños que nos espiaban, ya tendríamos verdaderos enemigos con los que combatir y no contra las inmóviles lomas, que no podían responder a nuestras estocadas magistrales y secretas. Pero cual fue nuestra sorpresa al descubrir que nuestro apetecible enemigo no era otra cosa que un enorme cerdo, el cual había escapado de las cochiqueras que los vecinos tenían al otro lado de las vías del ferrocarril. ¡Vaya chasco! dijo Fredy, mientras regresábamos a las lomas un poco decepcionados, fue entonces que se me ocurrió decir:
__Y si resulta que este es un enorme monstruo que nos ha enviado el Cardenal para aniquilarnos...
No tuve que decir más, en los ojitos de mi tío y de mis amigos se prendió aquella llama única de malicia ligada con sed de fantasía y aventuras.
__ ¡Uno para todos y todos para uno! _ gritó mi tío Juani _ ¡En guardia..., al ataque!_  Y aquel grito de guerra sonó más propio de un escuadrón de Mambises que de unos aristocráticos mosqueteros.
Salimos a la desbandada en pos del cerdo que, cuando nos vio acércanos, puso pies en polvorosa, mientras nosotros, espadas en mano, le perseguíamos. Cruzamos como flechas las vías del ferrocarril y nos adentramos en los asquerosos callejones de las cochiqueras. El cerdo corría velozmente haciendo zigzag y volviéndonos locos, ahora por aquí, ahora por allá. De las cochiqueras pasamos a la arboleda, de la arboleda al potrero y del potrero al cañaveral. En el cañaveral se nos perdió el cerdo y ya no hubo manera de encontrarlo, nosotros mismos tardamos en reunirnos más de diez minutos. Allí nos dimos cuenta que estábamos al otro lado de la gran plantación de caña, nos habíamos alejado unos tres o cuatro kilómetros del pueblo. Y allí estábamos, tan felices y tan contentos, con ansias de más aventuras. Delante nuestro se nos presentaba un apetitoso paisaje. Gran cantidad de matas de guayaba se desperdigaban, por toda la sabana, cargaditas de frutos maduros prestos a ser devorados. Otro grito de guerra de mi tío Juani y salimos corriendo en pos de aquellas delicias colgantes. Trepábamos a las matas, una tras otra, para coger las guayabas maduras. La asombrosa resistencia y elasticidad de los gajos nos permitía saltar y colgarnos por ellos con gran facilidad, como si fuéramos selváticos macacos. Después de merendarnos cuatro o cinco guayabas cada uno, y llenarnos los bolsillos, seguimos todavía jugando encima de los árboles, haciendo piruetas y acrobacias y retándonos a difíciles combates. Las matas de guayaba se convirtieron, en un abrir y cerrar de ojos, en el cuartel general de los Mosqueteros, en el barco del Corsario Negro o en el campamento de Robín Hood. Allí, arropados por la fragancia dulce de las frutas, que te embotaban el paladar y los sentidos, no sé precisar cuánto tiempo estuvimos, quizás una hora o más. Y fue desde lo alto de uno de aquellos flexibles árboles que la descubrimos, o mejor dicho, la descubrí yo. Entre el follaje pude distinguir algo que brillaba a unos doscientos metros de donde estábamos. Avisé a los chiquillos:
__Eh, caballeros, creo que he descubierto algo.
__ ¿Qué, qué?_ preguntaron ellos con curiosidad.
__No sé, parece algo que brilla, allá, por donde está aquella palma jorobada.
Treparon hasta mi altura y quedamos observando detenidamente, entonces dijo mi tío:
__Ya sé que es, es el reflejo del sol en el agua de la laguna.
__De la laguna... ¿qué laguna? _ preguntó Fredy.
__La laguna de San José _ contestó mi tío.
El resto nos miramos con sorpresa. Cuántas veces habíamos oído hablar de aquella laguna, de sus peligros, de sus encantos, de sus misterios y de las muertes que allí habían ocurrido. Para muchos estaba maldita, para otros, embrujada, porque en ella moraba un Güije que salía a cazar de noche y conjuraba a los fantasmas. Luego estaban los incrédulos que asignaban todas aquellas habladurías a la superstición campesina. Lo cierto fue que nos impresionamos muchísimo al oír el nombre de aquel sitio y relacionarlo, inmediatamente, con toda aquella sarta de hechos horribles y sobrenaturales que habíamos oído desde siempre. Lo que más recordaba yo, en aquella época, era la muerte de un adolescente que se había ahogado al lanzarse al agua desde las ramas de un robusto algarrobo que crecía a orillas de la laguna. La cabeza del muchacho golpeó contra una roca y luego su cuerpo inconsciente se enredó entre las raíces quedando atrapado. Mientras, sus compañeros (dos niños de diez y doce años) huían despavoridos sin hallar qué hacer. Cuando regresaron con la ayuda, ya era demasiado tarde. También recordaba la historia a la que he hecho referencia del Güije, del que se decía vivía en una gruta secreta en las profundidades de la laguna, que se alimentaba de biajacas y jicoteas en la propia laguna, y de aves nocturnas que cazaba de noche en lo alto de las ceibas circundantes y del propio algarrobo. Según las creencias populares y la descripción que algunos adultos nos habían dado del Güije, era un negrito pequeño, una especie de duende con dientes afilados y grandes, como de conejo, huesudo, feo y con un enorme pene. En aquel instante, éstas y otras historias vinieron  mi cabeza, e hicieron que se me pusiera la carne de gallina.
Nuestro pan / Manuel Mendive/ Cuba

 __Yo creo que se está haciendo tarde, deberíamos regresar al pueblo _dije.
__Ahora, tú estás loco, yo hasta que no vea la laguna no me voy_ dijo Juan Luis, y se notaba en su voz emoción y miedo a partes iguales, pero que, a un tiempo, le empujaba a la intrepidez.
__Y yo._ dijo Fredy_ Esta es nuestra oportunidad de demostrar el valor de los Mosqueteros. Podríamos trazar un plan para capturar al Güije.
__Oye, qué buena idea, yo estoy contigo _ dijo mi tío y se desprendió del árbol hacia el suelo en un santiamén. Fredy le imitó.
Juan Luis me miró con ironía y me dijo:
__Te atreves, o es que estás acojonado.
__Yo, na', qué va, es que ya es tarde y nos van a regañar.
__Déjate de tanta regañadera y tanta bobería, tú lo que tienes un miedo que te cagas. Bueno, ahí te quedas. Vaya mierda de D’Artagnan que eres tú. _me dijo, y se lanzó, con un gran salto, hacia el suelo.
Mi tío grito:
__La peste pa' el último...
Y se pusieron a correr en dirección a la laguna. Bajé rápido y con destreza de las ramas y luego me dejé caer al suelo, colgándome y balanceándome desde una de ellas.
__Espérenme…, chiquillos, que voy con ustedes._ grité, y salí disparado tras mis amigos para ver si se me pegaba algo de esa intrepidez de la que hacían gala.
Ninguno de nosotros había estado antes en la laguna, excepto mi tío Juani, que cuando vivía en Esnal se le había escapado, alguna que otra vez, a mi abuela, con otros muchachos del pueblo, hacia aquellos rumbos. Iban a buscar caimitos, guayabas y mamoncillos, y para montar los caballos que pastaban sueltos en las fincas colindantes. Quizás por eso nos llevamos un poco de decepción al ver la laguna. No se podía negar que era un sitio hermoso, pero era pequeñísima. Yo la había imaginado igual que aquellas enormes presas de agua que se veían desde la carretera cuando se iba hacia Matanzas por la ruta de Manolito. En realidad, no era una laguna con toda las de la ley, era más bien una hondonada desde la cual, en una de sus laderas, se elevaba un montículo que albergaba una cueva ligeramente sumergida por el agua que fluía de un manantial subterráneo y que se había extendido anegando las zonas más bajas. El Algarrobo, en toda su robustez, que crecía sobre el montículo, hundía sus raíces en la laguna después de dejarlas serpentear por la ladera de éste, y sus frondas daban una sombra exquisita que cubría casi la tercera parte de la hondonada.

Hacía un fresco agradable y el olor a humedad de la tierra mojada se te metía hasta los pulmones. A mí me dio un escalofrío al mirar la oscuridad de las aguas mansas e imaginar que aquel ente fantástico, llamado Güije, pudiera estar observándonos, bajo ese cristal líquido, con sus desorbitados ojos amarillos. Aún, cuando años después, el colegio escogió aquel lugar para la peregrinación de las ofrendas florales a Camilo, revivía la misma sensación.
Nos acercamos con cuidado a una de las orillas, donde un sin fin de piedras pulidas y babosas nos hacían resbalar.
__ ¿Ves algo? _ me pregunto mi tío Juani.
__ Na'_ le contesté.
__ ¿Y ustedes?
__Nosotros tampoco._ Contestaron Juan Luis y Fredy.
__Pues este es el plan _dijo mi tío _tiraremos piedras al agua para llamar su atención, antes, le dejaremos algunas guayabas aquí, en la orilla, pa' que salga a comérselas, y cuando esté fuera del agua y comiendo, a mi señal lo atacamos con las espadas. Ahora nos emboscaremos, y cada uno desde su escondite lanzará las piedras. Yo me quedo aquí, tras este tronco de palma, ustedes _se refería a los hermanos_ detrás de la piedra grande donde está posada aquella mariposa, y tú _me dijo_ tras el algarrobo.
Todos nos dispusimos a cumplir las órdenes. Con sigilo nos encaminamos a los escondites. Para acceder hasta la parte de atrás del algarrobo yo tenía que dar un pequeño rodeo subiendo la cuesta y atravesar los plantones de hierba de guinea que crecían en rededor. El corazón me latía aceleradamente, y aunque en el fondo de mi conciencia, pero muy en el fondo, sabía que los fantasmas, las brujas, los duendes y, por supuesto, los Güijes, no existían, ya que mi abuela Rosa me lo había jurado y perjurado cuando me calmaba después de despertarme yo tremolando producto de las pesadillas que tenía muchas noches, y ella era incapaz de mentir, yo sentía una flojera en las piernas y un frío por todo el cuerpo que me demostraban que el miedo es más fuerte que las convicciones. Atravesé el primer plantón de hierba de guinea y cuando iba a por el segundo fue que le vi. El corazón me dio un vuelco, los testículos se me subieron a la garganta y la sangre se me heló dejándome inmóvil ante aquella visión. Era más negro que un totí, sudaba a chorros y el sudor le corría por todo su cuerpo desnudo. Estaba de espaldas a mí y sujetaba con sus poderosas manos a una carnera que aguantaba impasible sus embestidas. Jadeaba a más no poder y emitía pequeños y sordos quejidos. Yo quería salir corriendo pero me había quedado petrificado, empuñaba la espada de madera en alto y, del pavor, se me cayó entre las hierbas. Entonces él giró la cabeza y pude ver su cara sudada y su lengua jadeante y sus ojos enrojecidos saliéndoseles de las orbitas. No sé cómo un grito ahogado y lleno de terror se escapó desde mis entrañas:
_El Güi…je... ahhhhhhhhhhhh, el Güi… je… _ y como si aquel grito liberador de mi angustia fuera la fuerza, la energía que necesitaba, di media vuelta y salí a todo lo que daban mis piernas de ocho años ladera abajo.
__ ¿Dónde, dónde? _ chillaban los otros, y yo, sin dejar de correr, les contesté. _ Detrás del algarrobo, se está comiendo una carnera… ¡sálvese quien pueda! _ y con la misma, en mi huida, tropecé con una piedra que me hizo aterrizar forzosamente.
Los demás vinieron en mi ayuda y me levantaron, y cuando nos disponíamos a reanudar la carrera apareció la negra figura en lo alto del montículo con su enorme pene, de cabeza roja, erecto.
__Muchachos de mierda... coño... _ gritaba furioso_ ya ni en el medio del monte se puede templar uno a una carnera en paz. Lárguense de aquí, rescabuchadores..., hijos de puta...
Mi tío Juanito y Fredy comenzaron a reír desenfrenadamente mientras nos arrastraban a Juan Luis y a mí en su carrera, ya que el Güije, que no era otro que el negro Gumersindo Manguera, conocido en todo el pueblo por su declarada zoofilia, comenzó a apedrearnos desde la altura.
FIN


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Balada del Güije                                    

Nicolás Guillén / CUBA
                                      












¡Ñeque, que se vaya el ñeque!
¡Güije, que se vaya el güije!

Las turbias aguas del río
son hondas y tienen muertos;
carapachos de tortuga,
cabezas de niños negros.

De noche saca sus brazos
el río, y rasga el silencio
con sus uñas, que son uñas
de cocodrilo frenético.
Bajo el grito de los astros,
bajo una luna de incendio,
ladra el río entre las piedras
y con invisibles dedos,
sacude el arco del puente
y estrangula a los viajeros,

¡Ñeque, que se vaya el ñeque!
¡Güije, que se vaya el güije!

Enanos de ombligo enorme
pueblan las aguas inquietas;
con cortas piernas, torcidas;
sus largas orejas rectas.
!Ah, que se comen mi niño,
de carnes puras y negras,
y que le beben la sangre,
y que le chupan las venas,
y que le cierran los ojos,
los grandes ojos de perla!
!Huye, que el coco te mata,
huye antes que el coco venga!
Mi chiquitín, chiquitón,
que tu collar te proteja...

¡Ñeque que se vaya el ñeque!
¡Güije, que se vaya el güije!

Pero Changó no lo quiso
Salió del agua una mano
para arrastrarlo. Era el güije
Le abrió en dos tapas el cráneo
le apagó los grandes ojos,
le arrancó los blancos dientes
e hizo un nudo con las piernas
y otro nudo con los brazos.

Mi chiquitín, chiquitón
sonrisa de gordos labios,
con el fondo de tu río
está mi pena soñando,
y con tus venitas secas
y tu corazón mojado...

¡Ñeque, que se vaya el ñeque!
¡Güije, que se vaya el güije!

¡Ay, chiquitín, chiquitón,
pasó lo que yo te dije!

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El Güije
Silvio Rodríguez