viernes, 25 de julio de 2014

Evocación

Cuando escribí este poema, tenía 22 años, era demasiado joven, así que perdonen las imperfecciones que pueda tener; el dibujo, en cambio, lo acabé ayer. Ha llovido mucho entre uno y otro. 
Los dejo a vuestra consideración, y con ellos me despido hasta septiembre. Estaré fuera y no podré dedicarle tiempo al blog, aunque quizás deje algunas entradas programadas. Abrazos a todos, y gracias, como siempre, por la lectura.

Ilustración: O. Moré / CUBA

Evocación

¡Marcia, qué rostro perceptible el que te evoco!
Evoco tu lunar latente y frágil,
evoco cuando se perdió el pájaro de la siesta
y dormitaba agazapado en tu vestido.
Luego, suave y misterioso, se posó sobre tu cuerpo.
¡Con qué intimidad se filtraba entre tus carnes!
Entonces desabrochaste los ojos
y el pájaro desapareció,
y tu lengua, arpón húmedo,
clavaste en mi boca.

¿Por qué dejaste apagado el cincel?
Ya no puedo modelarte un busto de agua.
Los pequeños animalillos
escaparon sin beber en tus poros.

Marcia, qué distancia puedo yo vencer,
a qué nube aferrarme para viajar hasta tu fruta,
con qué vientos he de vestirme…
No hay una sola oquedad en la que no te busque.

 Evoco la irrealidad de la lentitud del gesto,
el martirio de  tu blusa empapada,
los puñales de tu torso.

Evoco la noche del altar y las vírgenes,
las díscolas vírgenes
que engendraron mi pecado.
Tú estabas con el cetro y la corona,
diosa desnuda de piel iridiscente;
barro en mis manos, arcilla tibia, moldeable.
Manzana en la boca del ofidio.

¿Por qué esfumar el sueño del fauno?
¿Qué lujuria te alejó del azul de mi lecho
al borde del océano,
a la inmensidad de esta tierra?


O. Moré
1988