domingo, 1 de junio de 2014

Cicatrices(cuarta parte / fragmento 5)


Miedos / Renato Ferrari / BRASIL
Renato Ferrari / Río de Janeiro 1954


Ahora dejemos que Margarita le responda, le cuente lo que pasó, y entonces usted descubrirá cual es el motivo de su gran carencia.

_ Me quedé embarazada, eso fue lo que pasó. Cuando se lo dije a Brunno fue como si le hubiera dado una puñalada trapera, como si le estuviera  arrebatando la vida. No quería ser padre, pero yo sí quería ser madre, siempre lo quise, siempre lo anhelé. Él decía que un hijo era una responsabilidad para la que no estaba preparado ni quería estarlo, que un hijo acababa con la pareja y con la libertad de la misma, y con su propia libertad, la de él. Lo había vivido y  aprendido de su padre. Cuando él cumplió seis años su madre y su padre se separaron, y este último nunca más quiso saber de su existencia. Sólo recordaba discusiones entre ellos por su causa, porque su padre quería seguir haciendo la vida de siempre, sin preocupaciones, seguir viviendo la noche: de fiesta en fiesta y de bar en bar, y tener sexo a cada hora, y aquel hijo solo había venido a desmoronarle el idílico castillo de placer en el que habitaba. Sí, Brunno, era como su padre, pensaba como su padre. Y nunca  entenderé cómo podía pensar así un hijo al que su padre había abandonado por la sola razón de existir, por ser dueño de un egoísmo sin parangón. Tendría que haber sido todo lo contrario, tendría que haberlo odiado y haber querido ser diferente, desear tener un hijo y para poder darle todo ese amor y cuidado que su padre no le dio a él. ¿Por qué quería ser como su padre, por qué le imitaba? No lo entendí ni lo entiendo ni lo entenderé jamás. Quizás haya sido por algo parecido a eso que dicen,  y según cuentan está demostrado, que los niños maltratados se convierten luego en maltratadores cuando son adultos, aunque este no sea el caso, pero si lo analizamos bien, el abandono filial es tan cruel como el maltrato, aunque  no sé si podría calificarse como tal, quiero decir, como una especie también de maltrato psicológico o algo así. No me haga caso, son tonterías que me vienen a la cabeza.  Brunno me dijo aquel día: Un hijo es un estorbo, algo a lo que te tienes que dedicar el resto de tu vida, algo que te amarra y te corta las alas, te cercena la libertad, y yo quiero seguir libre, como hasta ahora, ni siquiera tú me atas ni podrás atarme nunca porque estemos casados, aunque lo ponga en un papel por escrito ¿me entiendes?, así que no te hagas ilusiones, ya puedes ir pensando en cómo desprenderte de ese bulto. No lo quiero ni lo querré nunca ¿te queda claro?
Había tanto desdén y furia en sus palabras, tanto egoísmo que yo también me sentí apuñalada, o más, como si me cortara la cabeza de un tajo. Yo no esperaba aquella reacción tan desmesurada, es cierto que en una ocasión me había comentado que no quería ser padre, pero siempre pensé que si un día la posibilidad se hacía certeza cambiaría de parecer. Pero estaba claro que me equivocaba de medio a medio. Siempre tomábamos precauciones al hacer el amor, pero aquella noche de San Juan no. Fue en el lago, después de la hoguera y los bailes y muchas botellas de ron y cachaza que circulaban de mano en mano, nos atrapó la embriaguez, ya no solo la del alcohol sino también la del deseo, y acabamos desfogándonos en la tierra, tras unas rocas que nos ocultaban de las miradas indiscretas. Desnudos completamente, sin telas ni gomas ajenas a la piel, hicimos el amor con  ansias devoradoras. A pesar de que estaba bajo los efectos de la bebida lo supe, lo sentí, no sé decirle cómo ni por qué, pero lo supe, supe que en ese momento me estaba embarazando. Al siguiente mes no me vino la regla, pero aun así, esperé otro  mes más, para cerciorarme de si lo estaba o no. Tampoco entonces tuve la menstruación. Compré un predictor, me hice la prueba y dio positivo. A pesar de que ya estaba plenamente convencida y que no necesitaba de este test de embarazo, al ver el cambio de coloración mi corazón dio un vuelco enorme. Creí moría de felicidad allí mismo. El corazón me latía tan aceleradamente que sentí que salía al exterior y quería volar,  y que pude atraparlo con mis manos antes de que expandiera sus alas y se escapara por la ventana gritando la noticia a todo el pueblo. Me duché, me perfumé y me vestí con mi mejor atuendo: un vestido de fiesta que Brunno me había regalado por mi cumpleaños hacía un tiempo. Estaba deseosa de contárselo, deseosa de que llegara y decírselo mientras me abrazaba y me besaba, porque tenía la esperanza de que lo aceptaría, de que lo que me había dicho aquella vez, de no querer tener hijos, era un capricho juvenil, cosas que se dicen sin pensar, que llegado el momento se alegraría y lo aceptaría. Pero tal como le he contado antes, se puso hecho un basilisco. Después de decirme todo aquello y de contarme lo de su padre, yo me negué a lo que me proponía, le dije que yo quería ser madre, que siempre lo había anhelado, que no me ahogara ese sueño, que ya vería que cuando el niño naciera él le iba a querer. Se volvió aún más iracundo y me dio una bofetada, "harás lo que yo te diga y se acabó, no hay más que hablar, y no se te ocurra mencionar más el tema", me gritó a la cara, mientras me sujetaba fuertemente de las muñecas. "Hoy mismo resuelvo esto", concluyó. No lo había visto así nunca, fue un cambio brutal, de hombre a bestia, como si su Míster Hyde hubiera aflorado de repente y se hubiera adueñado de él. Yo estaba aterrada, porque tampoco, en todo el tiempo que llevábamos juntos me había levantado la mano, a no ser que fuera para acariciarme. Salió y me encerró con llave. Allí me quedé, envuelta en mi dolor y consumiéndome en llanto. Al cabo de media hora regresó, traía a su madre consigo. La señora Johana nunca me había querido bien, para ella yo sólo era la furcia que le había arrebatado a su hijo, que le había quitado lo único que tenía en el mundo, su único amor, a pesar de que ella se había vuelto a casar con el señor Vicenç, que fue quien les trajo de Brasil, pero no creo que le haya querido ni le haya amado nunca, si lo aceptó fue para salir de allí y olvidar a Rui, el padre de Brunno.  Cuando contrajo matrimonio con  el bueno de Vicenç, Brunno tenía diez años, ella treinta y dos. Unos meses después de la boda se vinieron a vivir aquí, a este pueblo.
Brunno, apenas entró por la puerta, me dijo: "Mi madre se ocupará de todo, así que quédate tranquilita". La señora Johana me miró con aversión, y en su mirada también había mucho de sarcástico. La sonrisita ofídica que dibujó con sus gruesos labios lo decía todo. Brunno le había servido en bandeja su venganza: si yo le había arrancado a su hijo de su lado ahora sería ella la que me arrancaría el mío de mis entrañas.
Continuará...

Compasión / Renato Ferrari/ BRASIL