sábado, 21 de junio de 2014

Cicatrices (Epílogo)


Luna Nueva / Denis Núñez / CUBA

Denis Núñez /Matanzas 1967 /Cuba


Epílogo


Usted se le queda mirando, y observa, mientras ella se aleja, su bonito cuerpo y su andar elegante, parsimonioso, aprendido a golpes en aquella academia de modelaje, y usted piensa que es una camarera que camina con todo el fausto de una diosa, y que toda ella es una existencial paradoja. En su mente aún está fresca la historia que ella le ha narrado, y se percata de una cosa, algo que no sabe el por qué no había caído en la cuenta hasta ahora, y que, a lo mejor, le hubiera pasado desapercibido: durante esta última parte, cuando le narró la tragedia abortiva con bruja y malvado del cuento incluídos, no utilizó ni una vez los diminutivos a los que está acostumbrada ¿por qué?, y de aquí surge otra interrogante: ¿qué le hacía, o mejor dicho, le hace aún a Margarita utilizarlos tanto? Para la primera tengo una teoría, para la segunda un convencimiento. Respuesta a la primera interrogante: cuando Margarita le ha contado toda esa situación dramática en la que se vio envuelta, ha revivido el dolor y el trauma al mismo tiempo que lo contaba, y ese dolor, que es la gran herida de Margarita, la que, como ya hemos dicho otras veces, la mantiene en hemorragia continua, le hace hablar de otro modo, plantearse la vida de otra manera, expresarse y comunicarse sin esa, podríamos decir, ñoñería o niñería, porque es un dolor de adulto el que brota de sus entrañas vacías, y ese dolor provocado por esta traumática experiencia es más fuerte y más desgarrador que el provocado y sufrido con su madre, el cual ella relaciona con su adolescencia y no con su adultez.  Por eso creo yo que Margarita expresa su sufrimiento con un lenguaje a tono con la intensidad de ese sufrimiento y, a la vez, con la etapa de la vida en la que el trauma tuvo lugar. Respuesta a la segunda interrogante: Margarita utiliza los diminutivos porque es la vapuleada (por las veces aquí repetida) carencia la que se los provoca, la carencia de ese hijo que le fue arrancado. Esto que voy a narrar ahora ella no lo ha contado, pero fue así: Cuando Margarita se quedó embarazada,  que lo supo desde el primer momento, aunque se obcecó en demostrárselo a sí misma para que no le quedara duda alguna, Margarita se imaginó delante de esa pequeñita criatura, cientos de veces, prodigándole arrumacos y hablándole como le hablan todos los adultos a un bebé, en diminutivos.  Durante esos dos meses que esperó para demostrar lo que ya era una certeza, se sorprendía a si misma evocando ese futuro de madre, se veía con el bebé en brazos acariciándole, amamantándole o arrullándole  y, por supuesto, como ya hemos dicho, hablándole, diciéndole cosas tales como: ¡Ay, mi bebecito, mi cosita gordita, mi cariñito…! ¿De quién son estos piececitos…, y esta naricita…, y estas manitas? ¡Ay, que me como esta orejita! Tras… tras… ¿Dónde está el bebito de mamacita? ¿Dónde? ¡Ay, pero qué cosita tan rica, ay, ay, ay, mi bomboncito, mi melocotoncito en almíbar…!
No hubo bebé, ya lo sabemos, pero el anhelo sigue estando ahí, pervive en ese interior estéril, sigue aferrado a esos ovarios inexistentes, como cuando un miembro es amputado (una mano, una pierna, un dedo) y la persona aún continúa sintiéndolo como parte suya, como si físicamente siguiera formando parte de su anatomía. ¿Lo entiende usted ahora? Por eso es que a Margarita se le ha quedado esa, vamos a llamarle, manía, de abusar de los diminutivos, porque es el resultado de su carencia, es una tara adquirida que quizás algún día desaparezca. Margarita no es ni nunca podrá volver a ser aquella Margarita que se enamoró de Brunno bajo la mole de hierro de la torre Eiffel, una muchacha inocente que había huido de la garras crueles de su madre, porque Margarita, como bien dijimos en el prefacio de esta historia, ahora es otra Yerma, con todas las consecuencias dramáticas que Federico le atribuyó a su personaje.

 Margarita llega donde Elena y Roger, Elena le pide otro cortado y Roger, por fin, decide comer algo, le encarga un bocadillo de tortilla a la francesa y un café con leche. Antes de volver a la barra y preparar el pedido, pasa por la mesa de Arturo, que ya ha acabado el crucigrama y ahora escribe en un cuaderno un larguísimo poema. Margarita le pregunta si está más calmado y si desea alguna otra cosa. Él le dedica una sonrisa sincera y le dice: “Bien, estoy bien… y sí, no me importaría otro café, solo, un café solo, por fa...”
Margarita vuelve a la barra, usted no ha dejado de seguirla con la mirada. “¡Pero, hombre, aún no ha comenzado con el bocadillo!” Le dice ella al llegar, usted coge el bocadillo y la da un primer mordisco. “¿Bueno, verdad?” Pregunta ella, aunque suena más a una afirmación que una pregunta. Usted asiente con la cabeza. Ahora mire hacia la puerta, ve a esa hermosa muchacha que está a punto de entrar, esa es Anaïs, la novia de Arturo, la que podríamos decir es la tabla de salvación de este joven naufrago de la vida. Anaïs entra, saluda a Margarita con un sonoro: “Hola Marga, guapísima…, me pones lo de siempre”. Margarita se gira, le corresponde con una hermosísima sonrisa y le dice: “Buenos días, preciosa, enseguida.” Anaïs se dirige hacia la mesa de Arturo y al llegar donde el muchacho le rodea con los brazos por la espalda y le llena de besos en la nuca. Él se deja hacer mientras se encoge y ríe por las cosquillas que le provocan los besos. Luego ella le suelta y se sienta frente a él. Se toman de las manos y se escrutan el uno al otro, y sus rostros obtienen la apariencia de dos adolescentes que acaban de descubrir el amor por primera vez, y en sus ojos se puede ver claramente esa pasión del amante hacia el amado, toda esa intensidad les embarga como si estuvieran siendo escritos ahora mismo por Carson McCullers, y Miss Amelia estuviera observando al jorobado primo Lymon y el jorobado observando a  Marvin Macy, como si esto fuera La balada del café triste, no porque esta historia tenga nada que ver con aquella, no hay ni asomo de semejanza, sino por querer hacer un paralelismo entre aquel Café  improvisado  en un pueblo casi muerto (como este pueblo del lago) y nuestro Bar de Neón Azul, y  por una reflexión hermosa y aguda sobre el amor y el papel de los amantes que, en esta historia singular, vierte la autora refiriéndose al doble papel de amantes y amados, y que le viene ni que pintada a nuestros dos tortolitos. Decía Carson que todos queremos desempeñar el primer rol, el de amantes, y no el de amados. Y eso es lo que se lee en estas arrobadas miradas, cada uno quiere ser el amante, el amador, el dador del otro, el que desnuda, el que prodiga, el activo, el que da y ofrece más. Y ahí les dejamos, en esta “carsoniana” escena de amor, porque ya sabemos que este romance es y será sólido y duradero, al contrario de el del trío protagonista de La balada del café triste, y que en unos años Anaïs y Arturo se casarán, que Arturo encontrará un trabajo en una obra como albañil, y que luego estudiará por las noches y accederá a la universidad, y que con treinta  y seis años logrará publicar su primer libro de poemas, gracias a que ganará el primer premio en un concurso de poesía, que el libro llevará por título Neón Azul, que no tendrá mucha resonancia, pero que le dará la oportunidad de acceder a una beca (que también formaba parte del premio) y se dedicará a escribir por un tiempo. Que tendrán una niña, a la que le pondrán el nombre de quién han escogido como madrina: Margarita. Y que envejecerán el uno al lado de la otra. Que Arturo por fin superará su rencor hacia Doña Berta y Soraya. Que Doña Berta morirá de un infarto del miocardio en unos cinco años, y que Soraya se hará aún más rica, que se casará con uno de sus clientes, un constructor y promotor inmobiliario metido a político que, poco a poco, y sin escrúpulos, irá ganando peldaños y status, y que se irán del pueblo cuando éste  es nombrado ministro al llegar su partido al poder.

Ahora volvamos a Roger y Elena. Él desayuna tranquilamente bajo la mirada atenta de su hija. Luego, pasado unos minutos, se irán,  y Roger conocerá a Joan, ese joven músico que le ha devuelto la alegría de vivir a Elena. Con ellos pasará una semana estupenda, que será la mejor que tendrá en lo que le queda de existencia. Hará su maleta y, después de tanto tiempo, regresará a Cádiz y se despedirá de su amada Carmen para siempre, aunque él no lo sabe, porque él le ha prometido volver a su lado para cuidarla y sacarla de ese estado vegetativo, porque él tiene fe en los milagros que hace el amor. Le promete a ella que la cuidará con mimo hasta que despierte de su viaje por la inconsciencia, y está convencido de que Carmen le escucha, aunque no haya un mínimo reflejo, en todo el cuerpo de ella, que así lo confirme: ni un parpadeo ni el simple movimiento del dedo meñique. Regresará a Nueva York lleno de proyectos y de confianza  en la vida que está por venir, pero que no tendrá, porque al querer plantearle todo esto a Susan, arrancándose la piel a tiras para desnudar su alma ante ella y así tratar de convencerla de que la historia de amor que había entre los dos ya sólo es ceniza; ella, presa de la furia y de los celos, le clavará un cuchillo es el corazón, en ese corazón que usted y yo hemos visto por dentro y desde dentro, y entonces se apagara para siempre, dejará de funcionar a la vez que dejará escapar toda su savia a borbotones y, con ella, todos estos propósitos de futuro escaparán también y serán enterrados en un negro ataúd. Y aunque él nunca lo hubiera querido ni hubiera dado su consentimiento, Roger Donovan, será velado en su pueblo natal con honores militares y allí reposarán sus huesos por los siglos de los siglos. Y será su cicatriz la única que quedará de nuevo abierta, y sin cicatrizar por nunca jamás, en esta historia.

Y tal como entramos nos marchamos. Retrocedamos a pasos lentos para que se nos quede en la retina la vista panorámica del salón de este bar, pero, para ello, hemos de llegar primero hasta la puerta. Ya, desde aquí, observamos a Margarita acercarse a la mesa número tres, la de Arturo y Anaïs, con un zumo de naranjas y un bocadillo de queso para esta última, y luego sentarse junto a ellos y entablar una animada plática; vemos  a Roger limpiarse la boca con la servilleta y a Elena dispuesta  para marcharse. Vemos el sol que entra abundante por los ventanales y tiñe el suelo con los arabescos de los encajes de las cortinillas. Oímos el leve zumbido del ventilador del techo y la música muy baja,  de un viejo radiocasete, que Margarita seguramente encendió antes de irse donde Arturo y Anaïs, pero, a pesar del bajo volumen, identificamos la voz de  Annia Linares, la conocida intérprete cubana, desgarrándose el alma en ese bolero llamado Heridas:

 “…heridas de verdad,
cada vez que me miras, y no quiero mirar…”

Salimos fuera, nos alejamos prudencialmente, hasta calcular que podemos abarcar con la vista todo el recinto, incluyendo el gran letrero de Neón Azul, que permanece encendido las veinticuatro horas del día;  y cuando llegamos a la distancia requerida no giramos y contemplamos el paisaje, como en una gran pantalla de cine, para también dejar grabada en nuestra retina esa imagen del bar con el lago refulgiendo detrás, destellado con los rayos matutinos del sol, llenando todo el espacio de luz y de vida.

FIN


Nota del Autor:
Gracias a todos aquellos que me han seguido en esta peripecia, en este reto de escribir sin rumbo fijo, esperando que la propia historia surgiera en el mismo momento en que tecleaba. Todo lo aquí narrado, excepto el primer capítulo, ha sido escrito una o dos horas antes de ser publicado, por lo que soy consciente de la calidad literaria de esta historia folletinesca. No hay ni ha habido pretensión ninguna al escribir las tragedias aquí contadas, no busque mensajes ni otros transcendentalismos literarios o filosóficos. Dios me libre confesado, sé de mis limitaciones: vocación para escribir no es sinónimo de talento. Sólo he tratado de entretener utilizando los trucos que he aprendido de tanto leer y de visionar mucho cine y mucha telenovela. 
Como bien he dicho, ha sido un reto para mantenerme escribiendo y en el que me parecía emulaba a aquellos escritores que en  tiempos pasados se ganaban el pan publicando por entregas en periódicos y revistas.
Solo espero que, además de haberos entretenido, hayáis disfrutado de las obras plásticas que acompañaron cada fragmento, y que hayáis buscado o leído a muchos de los autores literarios que se mencionan a lo largo de toda la narración.
Gracias de nuevo:
O. Moré.

Annia Linares es una de las cantantes y actrices más versátiles del panorama musical cubano. Incursiona en todos los géneros y lo hace con una calidad impresionante, dada su potente voz y su manera de interpretar, en desgarro continuo. Aquí, en esta canción ligera a ritmo de bolero, que fue y sigue siendo uno de sus grandes éxitos, lo demuestra. Es esta una letra sencilla pero que su voz y su temperamento la hacen grande.