martes, 1 de abril de 2014

Cicatrices (primera parte / En el bar de neón azul)




Óleo de Kamea Hadar / HAWAI




En ese bar de ahí en frente, el del letrero de neón azul, ahora mismo está sentado a una mesa Arturo Tristán. Está, os lo puedo asegurar, teniendo en cuenta la hora, bebiendo un café con leche, bien cargado de café, mientras rellena el crucigrama de La Vanguardia. Si nos acercamos al bar, franqueamos su puerta y dirigimos la mirada hacia la izquierda, le veremos en la mesa número tres, al costado de la ventana con vistas al lago. Si nos acercamos aún más, justo hasta poder oler el aroma del café que está bebiendo, veremos que ya tiene casi la mitad del crucigrama resuelto, que va muy bien afeitado y que, mezclándose con el aroma del café, podemos percibir su colonia de acentuados toques a madera y a flores silvestres, pero, sobre todo, apreciaremos la ligera línea que le atraviesa la mejilla, le baja por la quijada y se pierde entre los poderosos músculos de su cuello. Nos daremos cuenta, al instante, de que es como un dibujo dejado por la fina punta de un pincel de acero, una cicatriz  casi imperceptible, pero que, años atrás, fue un impresionante surtidor de sangre, una brecha en la carne que a más de uno que la vio, en el momento en que transcurrieron los hechos, le hizo palidecer, marearse o lanzar gritos de espanto.
Ahora que ya estamos aquí, delante de él, en persona, podemos hasta oír la voz de su mente, siempre que agucemos el oído y nos concentremos al máximo. ONÍRICO, dice, mientras desgrana la palabra por cada casilla de la columna vertical número diez. Luego nos podemos percatar de que se ha quedado un poco perplejo, reflexionando, y que la cicatriz permanece inmune a la contrariedad de su rostro, que la cicatriz parece estar muerta, que toda la faz de Arturo la ignora, aunque ella trate de revelarse como la huella perdurable de la violencia extrema, porque si en vez de su atacante haberle marcado la cara, le hubiera dado un tajo, por muy leve que hubiera sido, en la yugular, quizás, ahora mismo, no estuviéramos observando a Arturo Tristán sonreír al haber dado con la siguiente palabra: DESEO, la cual anota con cuidadosos caracteres de grafito a lo largo de la fila horizontal número doce. Y si ahora acercamos aún más nuestra cara a su cara, la distinguirán al detalle. Ahí está la cicatriz, la vemos totalmente ampliada, como a través de una lente,  y vemos que, en ciertos tramos de ésta, la piel se abulta y se contrae en rítmicos latidos. Debajo de ese tímido verdugón pareciera haber vida propia, alguna ignota fuerza deseosa de hacerse visible, corpórea, independiente. Bajo esa costura está agazapado el momento, la historia de aquel suceso que Arturo ha pagado con creces: cinco años en la prisión estatal. Pero, aunque Arturo parece haber perdonado, haber pasado página, la cicatriz no, se mantiene intolerante, como si la sangre que palpita bajo ella, estuviera envenenada, ebria de venganza.

Alejémonos ahora de Arturo y dirijámonos a la mesa del fondo, la que está casi junto  a la entrada de los aseos. Los ven, sí, a esos, a esos dos: la chica con el chaleco de cuero y cara rubicunda  y al hombre que la acompaña. Hoy se han encontrado después de veinte años. Él es el padre… pero acerquémonos  más, sólo un poco más, hasta que comprobemos el parecido físico entre ambos… ven lo que yo veo, ese azul acuoso que colorea las pupilas de ella y de él, y esos graciosos hoyuelos en sus barbillas, como si los hubieran calcado: original y copia… él es el padre, os decía, y, por supuesto, ella, la hija, la hija abandonada cuando apenas se formaba en el útero materno. Ella se llama Elena, también lleva cicatrices, pero, al contrario que a Arturo, no se le ven, las lleva ocultas tras esas grandes pulseras de cuero y púas. No obstante, si miramos de nuevo, escrutando milimétricamente sus muñecas, veremos escapar las cicatrices mientras gesticula al hablar, son visiones breves, pequeñísimas ráfagas, pero las vemos. Él tampoco se salva, sus cicatrices, que de igual manera no están a la vista, se disputan el territorio de su abdomen y su torso, bajo algunas de ellas viven incrustadas viejas esquirlas, metralla que aún Roger no sabe…, ah, sí, perdón, él se llama Roger, Roger Donovan… pues él no sabe que una metralla le va matar, esa que hace mucho tiempo viaja por su venas y pasa de prisa por su corazón, una y otra vez, pero no es metálica, no es el fragmento de la explosión de una mina en las ocres arenas iraquíes, no. Es una esquirla de carne y hueso, se llama Susan, es quince años menor que él, y es la mujer con la que vive desde hace bastante tiempo, demasiado, según piensa Roger. Él ha viajado miles de kilómetros para estar aquí hoy, en este reencuentro. Ha dejado Nueva York envuelta en la neblina de una mañana grisácea y lluviosa, en la que su apartamento, en los suburbios, parecía quedar tragado por la voracidad de la ira, la incomprensión y la rabia enfermiza, y hasta infantil, de su joven amante, esa hermosa y pelirroja Susan, con su piel tan blanca como la nata y los senos salpicados de pecas, como espolvoreados de azúcar moreno, que le daban una sensualidad única a su escote; esa Susan de ojos verdes felinos, verde intenso y esperanzador (tal fue su primera impresión cuando la conoció) que le hicieron sentir de nuevo, que le sacaron de aquel hoyo oscuro en el que caía lentamente cuando pensaba que ya todo estaba perdido.
Ahora está frente a su hija de veinte años, con la que guarda un gran parecido y que le recuerda a su madre, a su madre de él, la abuela Denisse, y a la que escucha embelesado, y no puede creer que haya estado ausente de la vida de esta indefensa muchacha tanto tiempo. Pero por eso está aquí, para poner remedio a este error del destino, porque  nunca es demasiado tarde.
Ahora observemos a Elena con detenimiento, fíjense en sus labios pintados de marrón oscuro, casi negro, en el exceso de rímel y en esa sombra negra sobre los párpados, que hacen que sus ojos azules resalten, que sean como lucecillas encendidas en las esferas nocturnas que parecen las cuencas de esos mismos ojos. Vean como habla y habla sin parar, porque no quiere que nada quede oculto, que nada quede olvidado, nada quede sumido en su antigua oscuridad, porque  a pesar de esa camiseta negra con el letrero de Metallica, ese chaleco de cuero, ese tejano negro y roto, esas botas altas y llenas de hebillas, todas esas pulseras de raras formas y con púas, que le dan una imagen de chica dura, Elena es un débil ángel que ha resucitado de las ruinas, que se siente amada, no de ahora que se ha reencontrado con su padre, no, desde hace dos años, cuando conoció a Joan, el bajista del grupo de rock en el que ella canta. Elena se siente feliz porque aquí hay otro comienzo, porque en realidad esto no es un reencuentro, es una primera cita, es un renacer, porque nunca había visto a su padre físicamente, sólo en una foto.  Y si pudiéramos atravesar con la mirada la gruesa piel de su chaleco veríamos que en el bolsillo interior está esa foto, ajada y amarillenta, en la que su padre, vestido de uniforme militar, sonríe de oreja a oreja, y está sentado sobre unas rocas con el mar de fondo, y si pudiéramos voltear la instantánea leeríamos en el reverso, escrito en una descuidada e infantil caligrafía: Para Carmen. Siempre tuyo: Roger. Base Naval de Rota, Cádiz, Enero del 2003.

Ahora vayamos hacia la barra, donde Margarita, la camarera, está limpiando, sólo hemos de retroceder unos cuantos pasos. Se dan cuenta con que ímpetu pasa el paño por la pulida madera oscura y frota y frota sobre esa mancha de ketchup como si le fuera la vida en ello. Observen la pulcritud de su ropa, admiren su cabello recogido en ese arquitectónico moño, deléitense con las manos cuidadas al extremo y esa manicura perfecta, donde las uñas largas, de un bermellón exaltado, parecieran lágrimas de sangre plastificadas, lágrimas como esas que cada noche vierte en la soledad de su apartamento. La cicatriz de Margarita tampoco está visible, porque aún su herida no está cerrada, sigue abierta lacerándole el alma. Veamos ahora como se queda con la vista perdida tras los cristales que dan a la calle después de haber acabado de limpiar la barra.
Fíjense bien en esa tristeza de sus ojos que no hay exceso de maquillaje que pueda disimular. En qué piensa Margarita, nos preguntamos, al verla así, estática, como de cera, navegando por no sabemos qué parajes, absorta en no sabemos qué recuerdos, bueno, no lo saben ustedes, yo sí, yo sé cuál es la herida de Margarita, la que la tiene sangrando, día sí y día también, en una hemorragia continúa. Margarita, hoy por hoy, podría haber sido un personaje escrito por Lorca, Margarita, hoy, a sus treinta años, pudiera llamarse Yerma.  Ahora, de pronto,  le vemos un chispazo en los ojos, lo han notado ¿no? observen, observen bien, se dan cuenta como se ha girado un poco, cómo su mirada ya no está perdida, si no que se concentra en un punto fijo, un punto detrás de esos cristales, un punto que tiene forma humana y que ha salido del interior de la lavandería y que, con parsimonia saca un cigarrillo y se lo lleva a la boca, ese punto que es un hombre de piel morena, de aspecto latino, cubano quizás, o brasileño. Pero vean bien el matiz de ese chispazo en los ojos de Margarita, hay odio, mucho odio y rencor. Vean ahora como se gira, da la espalda a ese punto humano y aprieta, estruja, retuerce la bayeta de color amarillo en sus manos, como si retorciera el cuello de ese individuo.


Si nos alejamos ahora de Margarita y echamos un vistazo en derredor, veremos que sólo hay ocupadas dos mesas más, pero las  historias de sus ocupantes no nos interesan en este momento, sólo son aves de paso: un camionero con destino a Tarragona y una turista francesa cansada de tanto andar y que se refresca con un batido de frutas. Seguramente serán dueños, cada uno, de alguna cicatriz, pero ambos, en breve, se marcharán, dejándonos a solas con nuestros protagonistas. Si ahora usted quisiera ahondar más en las vidas de estos últimos, inspeccionar de primera mano las cicatrices de estos seres atribulados, de estos seres marcados por el azar y las desgracias, pero que son tan seres humanos como usted o como yo, sólo tendría que sentarse a la mesa de cada uno de ellos para escucharlos. ¿Se atreve? ¿Sí? Pues venga. Empecemos con Arturo, y sigamos en el mismo orden en que han ido apareciendo. Sentémonos despacio, sin hacer mucho ruido. Muy bien, ya está, ahora sólo compórtese como un mero espectador, deje que ellos hablen por sí solos. Es el teatro de la vida real, el club de la comedia humana, que empiece el Sr. Tristán su monólogo, que empiece la función: