lunes, 14 de abril de 2014

Cicatrices (tercera parte / fragmento 1)

Acuarela de Olga Noes / USA

Acto II
Elena y Roger
(Remembranzas)

_ Seguramente tu madre ya te lo habrá contado muchas veces…
_ Mamá no me reconoce, no sabe quién soy…

De mi mano usted ha experimentado y ha visto cosas que de otra manera no hubieran sido posibles. Ahora le propongo un viaje más osado. Si hasta este momento habíamos accedido a la mente de nuestros protagonistas, ahora accederemos también al interior de sus cuerpos. Entréguese de nuevo a la sinergia, cierre los ojos y observemos otra realidad, la interna, viajemos a través de órganos y vísceras. Por ejemplo, concentrémonos en el cuerpo de Roger y tratemos de focalizar su corazón ¿Lo ve? ¿Sí? Es un corazón como otro cualquiera, con el peso y el tamaño característico de un hombre de su edad, con sus sístoles y  sus diástoles, pero que lleva marcas imborrables, observe cómo reacciona al oír estas palabras:

_Mamá no me reconoce, no sabe quién soy…

Ve, sufre una bradicardia, pareciese como si se  parara y se contrajese; y si ahora, visualizamos además, la imagen que ha creado su mente, podemos ver una mano estrujándoselo, arrancándoselo de cuajo. Había sabido de Carmen, de su enfermedad, pero nunca imaginó que pudiera haber llegado a tal magnitud. Y oiga, oiga lo que piensa: "Mi Carmen, mi amada Carmen"  y rememora:
"_ Hey, girl, pretty girl, come here…, chica, chica bonita… please…
_Que no, mi alma, que no…, que no voy.
Qué hermosa estaba aquel día, con su vestido estampado de vivos colores, el cabello negrísimo cayendo sobre la espalda, sentada con aquellas otras dos amigas en la terraza del bar. Los labios del mismo rojo que  los pendientes,  que el collar y que las pulseras, semejando, cada complemento, llamaradas sobre su carne. "

El recuerdo es nítido, casi lo puede palpar. Era una tarde de domingo, Benny, Don y él, salieron temprano de la base para ir a conocer el pueblo, paladear sus bares, respirar sus ambientes y beber como cosacos en cada esquina. Después de tantos días en el océano era la primera vez que bajaban a tierra firme y que salían de las instalaciones de la base. El primer día, la primera vez… y la conoció ella.
Vuelve a prestar atención a su hija que no ha concluido la frase y se ha quedado con la mirada perdida, quizás buscando las palabras precisas, pero sabe que no hay otras, son esas, sólo esas.

Elena no ha heredado la belleza racial de mi Carmen, los genes anglosajones han ganado la batalla, es la viva imagen de mi madre."" Por qué ha sido tan cruel el destino conmigo, por qué he tenido que estar tanto tiempo ausente de la vida de esta desvalida niña."
_… en realidad…, no me ha conocido nunca. _termina de decir Elena casi en un susurro.

Observemos de nuevo el corazón de Roger, veamos ahora como esa mano imaginaria le aprieta de nuevo, y si miramos a su alrededor, alrededor de ese sufrido órgano,  veremos un inmenso vacío que necesita ser colmado de inmediato. Ese vacío que se fue haciendo cada día mayor desde que tuvo que dejarla a ella, a su Carmen, y volver a subirse al portaviones y salir con destino a Irak, sin saber que su semilla estaba fructificando en el vientre de esa hermosa mujer morena.
Pero volvamos al principio, no al germen de esta historia de encuentros y abandonos, sino al inicio de este reencuentro entre la hija y el padre. Él, directamente desde el Aeropuerto, ha tomado un taxi hasta este pueblo, se ha dejado una pequeña fortuna en el trayecto y  le importa un bledo, gastaría todo el dinero del mundo y lo volvería a hacer cuantas veces fuera necesario.
Estamos fuera del bar, como al comienzo de nuestra narración, vemos llegar el taxi que aparca cerca de la puerta, y un hombre alto, rubio, aunque ya clarea en las sienes y la coronilla, fornido y terriblemente emocionado, se baja del automóvil. Venga, sigamos sus pasos, veámosle entrar, atravesar la puerta de cristal plomado, detenerse bruscamente y buscar con la mirada, recorrer la estancia hasta dar con esa joven de cara rubicunda y look roquero sentada en la mesa cerca de la entrada a los aseos, dirigirse hacia allí con los ojos aguados, pero, antes, detenerse en la barra y pedir un vaso de agua, aunque lo que le apetece, en verdad, es un buen escocés, pero hace ya diez años que dejó el alcohol, y sabe que no puede recaer, menos ahora. No nos separemos de él, acerquémonos más, vea como no deja de mirar hacia la joven que aún no se ha percatado de su presencia, pues está atenta a su teléfono móvil leyendo algo, al mismo tiempo que escucha música a través de los auriculares que lleva conectados al teléfono. Coge el vaso y la pequeña botella que le ofrece Margarita y, por fin, se dirige a su destino, ese destino que es un pasado en forma de ángel negro, pero que él descubrirá, poco a poco, a medida que platiquen, que atesora un ángel blanco, inmaculadamente blanco, a pesar de las oscuridades en las que ha vivido y de sus viejas  heridas. Ahora sentémonos a la vera, en esta otra mesa. Desde aquí podremos escucharles sin dificultad alguna. Preste atención a Roger, aguce el oído… ¿lo oye…, ese latir acelerado de  su corazón que se desboca como un caballo de carreras? Y vea, vea como se acelera, se inflama y crece, se hace enorme y ocupa todo el vacío en derredor.
_Hola… _Dice él en perfecto castellano.
Ella levanta la vista. Sus miradas se buscan, se encuentran; azul y azul en una mar que inmediatamente se desborda. Es él, no hay lugar a dudas, son sus ojos, es su hoyuelo.
_Hola… _dice ella emocionada, y se levanta con brusquedad. Los audífonos se desprenden de sus oídos y quedan colgando junto al teléfono que cae sobre la mesa, entonces se abalanza hacia él y le abraza. Roger le arropa entre sus enormes brazos y Elena es un tímido ovillo sobre aquel torso fornido y enorme. Así se están unos minutos, ninguno quiere ser el primero en soltar al otro, de deshacer estas amarras, porque temen volver a quedarse a la deriva. Él, con la mano libre (todavía lleva sujeta en la otra la botella de agua y el vaso sobre ésta a manera de sombrero)  le acaricia la cabeza y dice:
_ My baby…
Ahora fíjese como Elena se separa poco a poco, le busca la cara con la mirada y, aunque todo lo ve borroso, sonríe. Deshacen el abrazo y se sientan la una frente al otro, a la par que enjugan sus lágrimas.
_ ¿Has tenido buen viaje?_ Pregunta ella con timidez.
_ Estupendo. _ contesta él. _  Aunque no he pegado ojo en todo el trayecto, supongo que por los nervios o la ansiedad, no sé. De todas formas he viajado cómodamente…_ se queda en silencio, esperando que ella diga algo,  pero Elena le escucha expectante, le descifra milimétricamente cada arruga, casa peca, busca más allá, en el fondo de los ojos de su padre, que son los mismo suyos, que son los de sus abuela, aunque ella no lo sabe aún. _Cuando salí de allí hacía mal tiempo, en cambio aquí… _ continúa diciendo Roger. Y ahora vea que él hace exactamente lo mismo, la examina, pero de manera diferente, tratando de imaginar la niña que fue.
_ Sí, _ dice ella sin dejar de escrutarle_ llevamos muchos días de sol…
Entonces ambos comienzan a reírse, se han percatado de que han caído en el clásico tópico con que se  rompe el hielo, esa insípida conversación que acaba derivando en el estado del tiempo cuando no se tiene nada que decir, pero no es el caso, ellos tienen muchísimas cosas que desvelarse. Y sin dejar de mirarse directamente a los ojos y sin dejar de sonreír, presienten que hay una fuerza, una conexión, que les empuja a actuar de igual manera.