viernes, 18 de abril de 2014

Cicatrices (tercera parte / fragmento 2)



Granujilla /George Owen Wynne Apperle / Inglaterra




Aún, durante unos instantes, continúan observándose. Si aprecian bien hay felicidad y tristeza en sus miradas, son como dos manchas, una de un azul más tenue y la otra de un azul que se hace gris. Conviven juntas, entrelazadas en eterna simbiosis molecular, partícula con partícula, átomo con átomo, pigmento con pigmento, conviviendo en las pupilas de dos seres dueños y víctimas del abandono. En los ojos de Elena la mancha azul tenue es más grande que la gris, en los de Roger, todo lo contrario, la gris está devorando lentamente a la azul, pero quizás, a partir de ahora, con este reencuentro, el azul comience a ganar la batalla.
_ Necesito que me cuentes todo… _ la palabra que ahora va a decir no la ha dicho en voz alta en toda su vida, por eso le cuesta y vemos como balbucea como si fuera una párvula_…Papá.
_ Por dónde quieres que empiece… _ él, en cambio, la suya, la dice con determinación, con convencimiento, con orgullo_…Hija.
­_ ¿Cómo conociste a Mamá?
_ Seguramente tu madre ya te lo habrá contado muchas veces…
_Mamá no me reconoce, no sabe quién soy… en realidad…, no me ha conocido nunca.

“_Hey, girl…, bonita muchacha, tú partir my heart.”
“_ Pero será pesado el americano éste… A ver, mi alma, que no te entiendo ni jota, ni el jeart ese ni ninguna otra cosa, jajaja…”_ dice ella dirigiéndose a sus amigas y luego a Roger. Y ríe de una manera desenfadada. Y a él le parece la risa perfecta para esa mujer extrovertida.

Benny, Don y él habían ido de bar en bar, de terraza en terraza, llevaban ya algunas copas, pero muy escasas, todavía había sobriedad en sus cuerpos, en su cerebros y en sus lenguas. Entonces llegaron a aquella terraza frente al mar. Y allí estaban ellas, tres hermosas mujeres morenas para un pelirrojo, pecoso, ojiverde, alto, y correoso Benny, de rostro amable, sonrisa infantil y cuerpo trabajado en el gimnasio; un afroamericano Don, de pómulos marcados,  labios enormes, dentadura blanquísima, como una cuchillada de luz cuando reía. Don era el más bajo de los tres, pero le compensaba su cuerpo de púgil peso pluma; y él, Roger, casi tan alto como Benny, pero el doble de corpulento, rubio, ojos azul claro y rostro duro, de cuadrada mandíbula, pómulos colorados, pero increíblemente simpático para ser americano.
Ellas: Asunción, exuberante, baja y de amplias caderas, ojos negrísimos y picarones, bella como una pintura de George Owen Wynne Apperley, eso pensó Don, cuando ya sentado a sus vera la chica no dejaba de toquetearle, y no se equivocaba, porque, en realidad, cualquiera de las tres muchachas pudiera haber sido, perfectamente, modelo del artista inglés, y haber brotado de alguno de sus lienzos de andaluzas y gitanas. Después venía Enriqueta, con su cara afilada, su graciosa nariz de muñeca de porcelana y aquellos ojos enormes que ocupaban su rostro como si fueran dos pájaros vivos dispuestos a echarse a volar, de senos pequeños y delgada, pero de culo respingón, y de la que Benny quedó prendado, y, por último, Carmen: su belleza era totalmente atípica, quizás la menos bella de las tres, no obstante, tenía  un no sé qué en su mirada, en sus gestos, en sus curvas… Su manera de reír era única, una estruendosa carcajada llena de vitalidad que le achinaba los ojos y le hacía tremolar todo el torso. Tenía el cabello más negro que Roger había visto en su vida, y los ojos eran de un marrón intenso, vitales, limpios, y luego estaba aquel cuerpo perfectamente equilibrado y sensual.”
“_ A mí me gusta el moreno_ dijo Asunción._ si no vas tú, voy yo y los invito.  A que sí, Queta.”
“_Sí, Asun, sí, si no, a qué hemos venido, a estar como pasmarotes. Yo hace mucho que no me como un rosco, y a cualquiera de esos tres me los meriendo, jajajaja. _Dijo Enriqueta.
_ Venga, no seas aguafiestas, Carmina, que están bien guapos los yanquis. Venga, hazle una seña al rubio ese, que se sienten con nosotras, y dile que nos inviten a otra copa, chiquilla. Venga, anda. No ves que el rubio te está comiendo con los ojos, pa’mí que ya te ha hasta desnudao, jajajaja_ le dijo Asunción a Carmen y siguió riendo con malicia.

Entonces Carmen observa con detenimiento a Roger. Es un hombre que exuda virilidad por los cuatro costados, no hay duda, y a ella siempre le han gustado los tíos muy machos. Le sostiene la mirada mientras él también está embelesado diseccionándola, y ella ve esa llama azul en sus ojos, no hay sólo lujuria, hay más, hay bondad, una bondad que no cuadra con ese cuerpo de armario empotrado, y eso le gusta. Descubre que la mira con otra especie de deseo, ese hombre no quiere sólo follar, quiere también amar, es de los que se entrega en su totalidad. Ella sabe de esas cosas, ella tiene ese sexto sentido.
Ellos están sólo unos metros más allá, y los tres, entre trago y trago, no dejan de mirarlas. Carmen levanta su copa y con un gesto de su cabeza les conmina a acompañarles. Y ese gesto tan simple, que le haría entrar a los predios de la felicidad, a la vivencia de un amor desenfrenado, visceral y auténtico, le llevará también a su desgracia, aunque ella nunca tendrá conciencia de esto. Nunca recordará aquel día que, ya embarazada y apunto de parir, resbaló sobre las húmedas piedras del espigón a dónde iba cada día, como una moderna Penélope, como la Penélope de Serrat, a esperar que él regresara en cualquier barco, y se golpeó la cabeza al caer, entrando para siempre en otros predios, en los de la desmemoria. La vida tiene estas cosas, un acto mínimo, intrascendente, se convierte, sin que sea previsible, en una hecatombe, es la reacción en cadena, el llamado efecto mariposa. Un ligero resbalón sumiría la vida de Carmen en la inconsciencia y la de Elena en un infierno. Él no lo supo, lo de la enfermedad de Carmen y de que era padre, hasta hace unas semanas, cuando por casualidad se encontró con Don en un centro comercial. Del atlético púgil ya no quedaba ni restos, ahora era un negro gordo y calvo al que le costó reconocer. Don le contó que había vuelto a España con su hijo mayor, de turismo, y que habían recorrido Cádiz y Rota. Que había vuelto a aquel bar, y que Manolo, el dueño, después de él explicarle quién era, con la ayuda de su hijo Jonh, que ha estudiado Español, como tú, le dijo, que te dio por eso en la asociación de veteranos de guerra, bueno, pues que les recordó enseguida, qué cómo se iba a olvidar de aquellos tres yanquis que durante seis meses se hicieron habituales de su terraza acompañados de tan guapas muchachas. Nunca nadie, como ellos, le había dejado tan buenas propinas. Manolo le contó que Asun se había casado con otro negrito, de los de la base, y que residía, desde ese entonces, en Estados Unidos, en Cleveland, o algo así. Que Queta, con la que sí tenía más contacto, la veía alguna que otra vez por el pueblo, era madre de tres hijas tan espigadas y guapas como ella, y que Carmen había sufrido un accidente del que había quedado muy mal, que había sido varios meses después, si su mente no le fallaba, de que ellos hubieran marchado, que estaba embarazada en el momento en que tuvo el accidente y que creía recordar que había tenido una niña. Que de Carmen se decía que sufría amnesia. Pero que él, después de aquello, nunca más la volvió a ver y que tampoco había sabido nunca nada de la cría.
Si hubiéramos estado allí, en aquel momento de su encuentro con Don, hubiéramos visto de nuevo estrujarse su corazón y quedar exprimido como un hollejo, y ver llorar a ese órgano vital lágrimas de sangre que cayeron al estómago y fueron devoradas por los jugos gástricos, y verlas, además, bañar el hígado, ese hígado quemado, casi aniquilado, por el alcohol de otrora.


Manila / la modelo es la esposa y musa del artista, Enriqueta Contreras