domingo, 6 de abril de 2014

Cicatrices (segunda parte / fragmento 2)

 
Ilustración: Paolo Troilo / Italia-
A mi aquella conversación me pareció muy confusa, primeramente le hablaba de que era necesario contáramos con un referente masculino con cierta autoridad (imagino que era eso lo que quería decir y, al mismo tiempo, que diera muestras de virilidad) sin embargo, insinuaba a mi madre que este referente podría ser su hijo Félix, del cual acababa de reconocer que muy espabilado no era, y del que, además, habíamos comprobado, durante todo este tiempo, que era un pusilánime, ya que su madre y su hermana llevaban la voz cantante en todo. Puig tenía cuarenta y cuatro años, y, según pude averiguar, no se le conocía novia alguna hasta ese momento. Y era raro, porque ya se lo he dicho, era un hombre atractivo y con un cierto nivel de vida, todo hay que decirlo. Estoy seguro que cualquier mujer hubiera estado interesada en un hombre con su físico y con su status. Yo, que ya estaba a punto de cumplir los diecisiete, era una revolución de hormonas. Y en el instituto, donde hacía el bachillerato, iba loco detrás de todas las chicas, hasta que me enrollé con mi Anaïs, mi morena de padre hindú y madre francesa, los dueños de la lavandería y de todo ese  edificio de ahí en frente. Con ella vivo en estos momentos en un piso que nos han cedido sus padres. Ella ha sido mi salvación… pero bueno, esto último no tiene nada que ver ahora con lo que quería explicarle, que es a lo que voy: si yo, tan joven, estaba ya tan necesitado de chicas, cómo era que aquel hombre cuarentón no lo estuviera o lo hubiera estado. Sí, esas cosas me preguntaba, pero luego me quería convencer de que tal actitud, quizás, era producto de una timidez extrema.  Aunque seguí con la mosca detrás de la oreja no quise cuestionarme mucho más la paradoja que suponía aquella insinuación de Doña Berta en la terraza, porque entendí que una madre hace cualquier cosa por sus hijos. Pensé que lo que procuraba era dar a Félix la oportunidad de salir de la apatía y mediocridad existencial en la que estaba sumido a causa del autoritarismo de ella misma, y la mejor manera, ya que él no salía de caza ni de casa, era traerle la pieza al redil.
Y entonces, un buen día, Félix Puig, dio el paso definitivo y le pidió salir  a la Guapa Amanda, tal había bautizado Doña Berta a mi madre. Esta última y Soraya, tal pareciera hubieran visto el cielo abierto. Luego, en mi juicio por el asesinato de Puig, salió a relucir que ellas lo habían obligado a declarársele a mi madre dándole un ultimátum.
Y la Guapa Amanda y el atractivo y tímido Félix Puig comenzaron a salir. Él se comportaba siempre muy servicial y atento, pero reservado en cuanto a sus intenciones, eran su madre o su hermana quienes propiciaban los acercamientos entre él y mi madre o creaban las situaciones idóneas para que ambos se quedaran solos. En aquellos encuentros hablaban de cosas banales y de trabajo, nunca de un proyecto de vida en común ni de boda. De nuevo, eran su hermana y su madre las que, a la menor oportunidad, lanzaban puyas o hacían comentarios al respecto. Mi madre no decía nada, callaba y sonreía con educación, a Puig, en cambio, se le notaba violento, aunque tratara de disimularlo.  Otra vez volvía a preguntarme por qué había empezado aquel escarceo Puig con mi madre, si luego, a la hora de la verdad, se comportaba como si mi madre no le importara en absoluto. Luego, esa insistencia de Soraya y de Doña Berta por aparearlos, como si fueran animales en celo, emulando en grado superlativo a La Celestina, no me olía a mí nada bien, sin embargo, mi madre estaba en la gloria, era la primera vez que la veía radiante, con ganas de arreglarse y de salir. El hecho de que Puig no fuera muy lanzado hasta le parecía a ella estupendo, porque en el fondo, en el subconsciente, según me confesó después, seguía teniendo la infantil idea de que traicionaba a mi padre al tener pensamientos pecaminosos con Félix. Por eso no le quise transmitir mis sospechas, la veía tan animada, no feliz, sé que no era feliz del todo, porque, de vez en cuando,  había una ligera sombra de pena, de nostalgia, como un tímido velo de angustia en su faz, que le delataba, pero, aún así, era para ella el primer peldaño para seguir ascendiendo en la complicada escalera de la vida y brotar verde desde la negrura del luto.
Así transcurrió más de un año en que aquella relación parecía más una amistad que un amorío. Los fines de semana pasábamos más tiempo en su casa que en la nuestra. Puig había entablado con Luis más empatía que conmigo, pensé que porque yo era más arisco y prefería estar dándole patadas a una pelota en la gran explanada de césped, extremadamente cuidado, que era el jardín delantero de la casa, que participar en los juegos un poco infantiles en los que se enfrascaba con Luis, al escondite, el pilla pilla, o, simplemente, sentarse a su lado y leerle libros de aventuras, pero más que esto, porque en mi fuero interno yo seguía añorando a mi padre, con tanta fuerza, que no quería que nadie más ocupara su lugar.  Si había aceptado toda aquella, ahora lo puedo decir con absoluta certeza, comedia, fantochada, era por mi madre, porque quería una vida diferente para ella, porque necesitaba salir de ese corsé que la asfixiaba: el criar y educar a dos hijos adolescentes sola, y porque no merecía seguir padeciendo más de lo que ya había padecido con mi padre. Estaba seguro que esa distancia que yo marcaba, no sólo con Puig, si no también, con su madre y su hermana, era tan evidente que por eso él prefería más la compañía de Luis que la mía. Pero esta vez el iluso era yo. Por eso no me arrepiento de haberle matado. Le pegué con la pala en el cráneo más de diez veces, hasta que la cabeza quedó rota como una nuez. Primeramente él me había atacado con un cúter, quería silenciar mis gritos de horror y de rabia, logró alcanzarme y hacerme esta brecha en la cara. Es posible que sólo pretendiera asustarme, su corazón era ruin, pero no creo que Puig tuviera templanza para matar… ¿o sí? No sé, nunca conoceremos la respuesta.

Ya sé que esto es un monólogo, que ahora mismo no debería interrumpir, pero ha de perdonarme, hay algo en lo que quiero que se fije usted. Acérquese bien, un poco más, como lo ha hecho antes, al principio, y preste atención a la cicatriz de Arturo, hágase la idea que la mira con una potente lupa. Observe como, llegado a este momento de la historia, ha cambiado de color, y como aquellos imperceptibles latidos ahora son más rítmicos y se aprecian por todo el corte, rebelándose, y una vez más,mostrándose como símbolo de la violencia, recordándonos de que aunque Arturo haya pasado página o crea que ha pasado página, ella no, ella hierve de venganza. Ahora continúe usted con el relato  en voz de nuestro protagonista.

Y un buen día sonaron las campanas de boda. En una cena, en la casa de ellos, claro está, Puig, delante de todos, en una alocución llena de tembleques y rojo como el propio Rioja, con el que se brindó después, pedía a mi madre en matrimonio, dirigiéndose a Luis y a mí. Mi hermano soltó un grito eufórico, inocente él: “Sí, mamá, dile que sí”. Mi madre estaba turbada, como es lógico; sabía que ese momento llegaría, pero no lo esperaba aún, teniendo en cuenta lo lento de aquella relación en lo que a proximidad física se refería. Me miró buscando una respuesta en mis ojos, en mi boca o una simple señal de aprobación. Recordé aquella primera mirada en la piscina a Puig, que muchas más veces descubrí en sus ojos, y, con un ligero parpadeo, le di la respuesta que ella necesitaba. Amanda, la mujer, estaba falta de sexo, no de amor, ese le sobraba por los cuatro costados, para dar y regalar, lo había demostrado con mi padre y nosotros éramos depositarios de él cada día, así que no sería yo el que le negara el placer a mi madre, después de siete años, sin un cuerpo de varón en su lecho cada noche. Doña Berta y Soraya se miraron cómplices y más que festejar la alegría que suponía un acontecimiento como este, pareciera celebraran un triunfo.
Cuatro meses después se casaban. Yo ya había llegado a los dieciocho y me fui a la Universidad, a Barcelona. Puig se vino a vivir con mi madre y Luis a la casita a orillas del lago y allí festejó sus cuarentaicinco años. Tres meses después él estaría muerto, yo me convertiría en su asesino, mi madre volvería a quedarse viuda y Doña Berta y Soraya se convertirían en las mujeres más ricas del pueblo y sus alrededores.

Paolo Troilo / Italia