sábado, 26 de abril de 2014

Cicatrices (tercera parte / fragmento 4)

Sueños coartados /Denis Núñez / CUBA



_Sólo quería volver junto a tu madre…

De nuevo lágrimas. Esta historia está plagada de ellas, hay tantas como para llenar el lecho de un río seco. De la misma manera que el grito es una liberación, lo son las lágrimas. En su líquida salobridad se escapan los dolores, las agonías, las quimeras, y hasta las alegrías. Se imagina a un ser humano que no llorara, sin esa capacidad de exorcizar sus sentimientos, ya sean de una índole o de otra… Sería algo tremebundo ¿No cree? Marionetas de trapo o plástico a las que habría  que pintar la cara cada vez que la aflicción, el dolor o la felicidad se adueñaran de sus cuerpos, o, quizás, ya tenerles preparadas las máscaras de la tragedia y de la comedia, esas que simbolizan el teatro, para utilizarlas en la ocasión oportuna.
Sí, aquí hay muchas lágrimas, más que las cicatrices de los personajes. Quizás esta historia debería llamarse Cicatrices y Lágrimas, parafraseando el conocido musical o la mítica película hollywoodense, cuyo gen primigenio, de ambas producciones,  está en la novela The Story of the Trapp Family Singers, escrito por María Von Trapp en 1949. Aquí sonrisas hay pocas, es verdad, pero recuerde, estamos desgranando el lado dramático de la vida de estos seres, y les vemos a través del espejo de nefasto azogue, ese espejo en el que nosotros mismos nos reflejamos, porque estas desdichas pueden ser las nuestras. Ahí, al otro lado, es donde escarbamos y  hacemos una incisión con la milimétrica exactitud de un cirujano.

Elena ve llorar a su padre. Quiere retener su propio llanto, pero la empatía es tan fuerte que acaba sucumbiendo ella también, no obstante, agarra la mano de Roger con fuerza e intenta transmitirle la sensación de amparo, como la que ella vivió en brazos de Joan. En estos momentos, esta muchacha que estuvo perdida durante tanto tiempo, que estuvo igualmente desamparada, quiere convertirse en un refugio cálido para ese gigante rubio que llora, ante ella, como un niño. Sabe que tiene que ser fuerte, porque es su turno, es la hora de mostrar sus cicatrices, de que su padre conozca su historia.

_Tranquilo, _le dice_ el pasado… pasado está, no tiene remedio. Hay que dejarlo guardado bajo siete llaves, y sólo recurrir a él en busca de los momentos felices, no de los amargos. No digo que estos últimos los borremos, porque son marcas que subsisten y no se pueden borrar, pero sí podemos maquillarlas, dejarlas escondidas. _ mientras habla  suelta la mano de su padre y se palpa las muñecas, palpa el cuero y el metal que esconden y, como ella misma ha dicho, maquillan las  cicatrices que perviven allí debajo, tras todas sus pulseras. Él levanta la vista y se sorprende con la madurez de estas palabras. No sabe cómo la vida ha vapuleado a su hija, pero lo puede imaginar, lo puede intuir. Los golpes la deben haber hecho fuerte, piensa, y no, no está errado. Pero dejemos que sea Elena la que nos cuente sus propios avatares._ Dicen que la caída le provocó el parto a mamá que ya casi salía de cuentas. Si no hubiera ido aquel día al espigón tal vez todo hubiera sido distinto. Quizás fuéramos hoy una familia feliz… Pero ahora eso ya no tiene remedio ni importa, o sí, no lo sé… Quién puede desenredar la madeja del destino…. Nadie, es una madeja cruel que va dejando las puntas de sus hilos sueltas, para que luego seamos los humanos las que las encontremos y hagamos el nudo que unirá una punta con la otra. La punta suelta que dejó la caída de mamá me llevó a nacer en el hospital de Cádiz, y allí estuve hasta que los servicios sociales se hicieron cargo de mí.

_ La Amnesia de tu madre… es … total o hay alguna posibilidad de que…
_ Mamá no tiene amnesia, eso fue un invento de tía Eulalia. Mamá está en coma.

El corazón de Roger, que se había abocado al abismo del estómago, queda devorado totalmente, después de oír esto, por sus jugos gástricos. Intenta salvarlo de la acción del ácido corrosivo, pero le es imposible, siente como cada trozo se deshace y se convierte en una gelatina nauseabunda y  espumosa.

_La familia se avergüenza de tener a alguien en estado vegetativo y tía Eulalia la que más. _Continúa diciendo Elena._ Abuela Esperanza era la única que abogaba por ella, pero estaba tan mayor y enferma que nada podía hacer al respecto. Murió con esa inmensa pena, sabiendo que su hija pequeña estaba dejada a las manos de Dios en una fría clínica, donde la atienden muy bien, he de decirlo, pero donde vegeta sola. Nadie va a visitarla. Tía Eulalia y tío Pedro, al menos, tienen la decencia de pagar las facturas médicas que genera la hospitalización de Mamá, pero no te creas que lo hacen de su  bolsillo, lo hacen con el dinero que dejó la abuela para tal cosa y del que ellos son administradores por igual. Nunca se hablaba de ella en las reuniones familiares ni sociales, como si no hubiera existido nunca, y cuando algún despistado preguntaba por mamá, cambiaban de tema inmediatamente con un simple: Bien, muy bien, mejorando. Tía Eulalia es un áspid de mucho cuidado. No sé cómo resistí tanto tiempo en aquella casa, y cuando digo casa digo familia, que me anulaba y tanto mal me hizo, y acabó incitándome al… _ Elena se queda en silencio, se le hace un nudo en la garganta. Vuelve a sobarse las muñecas y a dejar la mirada perdida.

_Pero… ¿cuándo viniste a vivir con ellos?_ pregunta Roger. Su voz tiembla, está  como rota, es un susurro quebradizo repleto de emociones encontradas._ Me  decías que te habían recogido los servicios sociales… _ Elena sigue ensimismada y le escucha remotamente, el sonido de sus palabras le llega con esa distorsión plagada de sísmicos compases emocionales. Mientras, ella está intentando no acceder a cierta región de su memoria que quiere siga clausurada, allí donde guarda el recuerdo de ese día en que sus muñecas sangraron para que, en cada glóbulo, en cada plaqueta, se escapara lentamente su vida de apenas dieciséis años. Y lo logra, se detiene a tiempo ante la puerta de las siete llaves y huye, expande esas metafóricas alas de ángel blanco y vuela al cielo de la realidad  y el presente. Ella no le contará este episodio a su padre, no se lo permitirá ella ni se lo permitiremos nosotros. Una adolescente no tiene que revivir tal tragedia, menos aún haberla vivido, claro está. Pero yo sí puedo contarles que pasó aquel día, para que conozcan las consecuencias que trae aparejado el abuso, la desidia, la falta de amor,  de la que fue víctima la desvalida niña que un día fue.
Cansada de los maltratos físicos y psicológicos que estuvo recibiendo por parte de su tía, Elena se cortó las venas, sentada en un banco de un parque, después de salir del instituto. Sobrevivió gracias a Joan, ese mismo Joan que desde hace dos años reencontró en el grupo de rock y que, en esa época, iba con ella a clases de música. Él la seguía, guardaba la distancia para que ella no le descubriera. La había visto durante toda la clase totalmente enajenada, absorta, en continua introspección, y los ojos perdiendo el matiz azul y convirtiéndose en simples y grises botones sin vida, y se preocupó, era evidente de que no estaba bien y no había que dejarla sola. Cuando ella se sentó en el banco, dejando caer la guitarra al suelo descuidadamente y sin importarle el daño que podía haber sufrido el instrumento, él se detuvo y se quedó vigilándola escondido tras  una columna de la glorieta que les separaba en apenas unas rápidas zancadas. Elena sacó del bolsillo de la chaqueta la navaja y sin pensarlo siquiera, ya lo había pensado lo suficiente, se rajó la piel con un corte certero y, según sintió ella, liberador. Primero una, e inmediatamente cambió la navaja a la mano herida y se hizo el tajo en la otra muñeca. Todo fue tan rápido que a pesar de la cercanía, a Joan sólo le dio tiempo de gritar un No continuado.  ¡Noooooooooooooooo! Se oyó retumbar en el semidesierto parque. Corrió hacia ella, tiró al suelo su propia guitarra, se deshizo de su chaqueta, se quitó la camisa para romperla a tiras que luego le servirían para vendar y hacer un torniquete que impidiera que la sangre siguiera fluyendo, y la auxilió. Después de vendarla de la mejor manera posible, la tomó en brazos y salió corriendo con ella hacia la entrada del parque, llegó a la calle, se atravesó en medio de ésta consiguiendo que el primer coche que se acercaba frenara en seco y los condujera hacia el hospital. Las guitarras quedaron abandonadas en el parque, una sobre otra, como sellando un pacto, como si fueran el símbolo de lo que habría de suceder muchos años después, ese reencuentro donde el amor surgió, y como en el caso de Arturo y Anaïs, pudo, poco a poco, curar las cicatrices.

Continuará...