lunes, 17 de marzo de 2014

Perla Marina (Fragmento del Cap. 1)

                                


Foto tomada por el autor en Playa Larga, Península de Zapata, Matanzas, Cuba.



 LA TIERRA  MÁS  HERMOSA.


1

Perla tuvo un estremecimiento, podía sentir la presencia de la Isla, ya estaba cerca, muy cerca, y aunque tras el óvalo de cristal de la ventanilla sólo observara una aglomeración de nubes que, al quedar la vista vagando entre las difusas formas de lo enormes cúmulos, tal pareciera que la aeronave se mantuviera estática, flotando, o que alguna extraña fuerza le impidiera continuar su vuelo de pájaro metálico, sabía que bajo sus pies “el largo  lagarto verde” asomaba su cuerpo terreno y vegetal. De pronto comenzó a cantar en un levísimo susurro:

Perla marina, que en hondos mares,
vive escondida entre corales…

Era la canción preferida de su abuela Matilde, Tataíta Mati, como a ella gustaba llamarla. Fue una canción que marcó el destino sentimental de la anciana. Por eso no era de extrañar que el nombre de Perla Marina estuviera predestinado a bautizar a cualquier miembro de la familia que naciese con una raja entre las piernas. Matilde era una mujer de ideas fijas, presta a conseguir todo lo que se proponía, y la mayoría de las veces lo lograba. Era hija de Yemayá y ella le abría todas las puertas, le concedía todos sus deseos. Pero hubo un tiempo en el que su suerte cambió radicalmente, fue cuando lo conoció a él, un blanco de habla extraña y ojos grises; un dios extranjero de cabellos turbios llegado en un barco de nombre ininteligible, que le trastornó su mundo y la llevó a deambular por  la locura de la noche, alejándola de su vida apacible, de su cuartito de solar y de sus altares, para luego inocularle el virus de la maternidad y marcharse en el mismo barco en el que había llegado ¿Qué otra cosa podía esperarse de un marinero yanqui? Vuelta a la soledad de su cuartucho el tiempo transcurrió pesado y lúgubre. Su barriga creció al compás de la batea con la misma furia que se desgastaban sus manos entre el agua jabonosa y el Azul de Metileno. El día que le conoció, ella bebía un trago de Bacardí con limón y hierbabuena en un Bar del puerto, la música de Sindo Garay se escapaba sigilosa por los agujeros de los altavoces de la radio, dejando caer, como una fina llovizna  de nostalgia, la letra y la melodía de aquella canción: “Perla Marina”.
¡Qué bonito nombre para  una criatura!, se dijo. Entonces, en aquel preciso instante, él se le acercó, y en su jerigonza yanqui la invito a bailar. Ella no estaba para machos, sólo le apetecía desconectar y beber tranquila después de un ajetreado día limpiando la mierda ajena, pero él insistió poniendo  cara de mártir, dejando caer las pestañas sublimemente sobre el gris violáceo de sus ojos. Matilde sintió un cosquilleo en Dios salve la parte y sintió algo en su interior que le hizo tilín tilín de la ciruela. Su vulva se humedeció. Bueno, tampoco estaba tan mal el tipo, demasiado blanco para su gusto, pero, en definitiva, sólo la había convidado a bailar. Ella accedió a la súplica donjuanesca y, después de varios bailes y varias copas, el alcohol hizo el resto. El americano era un fornicador de altura, Matilde se embolló con él ajena a que su felicidad duraría tan sólo unos meses. Un día él se presentó con una inmensa caja de regalo. Resultó ser un tocadiscos, dentro, presto a ser escuchado, el acetato de Sindo Garay. La pista número cinco era Perla Marina. El americano le hizo el amor con mucha dulzura y desapareció para siempre, dejándole miles de espermatozoides en desenfrenada carrera para fecundar su óvulo.  Por eso cuando el milagro de la vida comenzó a revolverse en su interior, a crecer, a expandirse hasta convertir su silueta de diosa africana en una deforme apariencia de manatí, rezó, hizo ofrendas a  Yemayá y prometió a San Lázaro vestir de saco en su gravidez para que su vientre diera a luz una hembrita. Pero los santos hicieron oídos sordos a su petición, se habían vuelto en su contra, como si la palabra misericordia no existiera en su lengua ancestral. “Los santos no perdonan hija, no perdonan quedar desatendidos, son rencorosos”. Le decía su madrina Mamá Lunga, nieta de un negro carabalí que había sido esclavo toda su vida. Estaba claro que sus divinidades no le perdonaban los excesos de su reciente pasado ni el olvido al que habían sido confinados durante todo ese tiempo. No hubo Perla, porque fue un robusto niño el que salió disparado en tres dolorosos pujos de sus entrañas, pero entonces hubo Sindo, como el autor de aquel bellísimo tema. El viejo anhelo de un día poder nombrar así a  una hija suya siguió corroyéndole el alma durante veinte años en los que su vientre no volvió a albergar la ilusión de un embarazo. Hasta que su hijo Sindo dejó preñada a aquella rubita descoloría y canillúa, no tuvo la suerte de satisfacer el  ansia de tener descendencia femenina y poder encasquetarle el añorado nombre. De nuevo echó mano del santoral cristiano y de los Orishas. Ésta  vez la divina providencia de los Santos (o el azar) permitió que la mal encabá de su futura nuera pariera una niña. Matilde casi se muere de alegría. Hizo sacrificios de animales, llenó los altares de frutas, bebidas y tabaco, agradeciendo a los santos que hubieran escuchado sus plegarias. Convencer a su hijo para ponerle el nombre a la niña le costó una botella de ron Caney. Con Araceli Mendieta  no tuvo ni que hablar, aquella guajirita pata sucia, madre de su primera  nieta, era tan sosa y sumisa, que hacía todo lo que ella decidía.

A su abuela no sólo debía Perla el nombre, de ella había heredado, además, los carnosos labios, las anchas caderas, los muslos poderosos y el culo abundante, de lo que se alegraba la mulata Matilde, pues siempre se le oía comentar de forma jocosa: “Ay hija, menos mal que no sacaste el culo achatao de tu madre, que más que culo parece que tuviera una tabla de planchar”. O de lo contrario: “Perlita, niña, empina ese culo que Dios te ha dado, hija, que tu lo tienes grande como yo, y no como tu madre, que la espalda se le une con las nalgas”.


Celaje tierno  de allá de oriente,
tierna violeta del mes de Abril…

Perla nació en un barrio de Siguaraya, pero a los dos años sus padres y su abuela la trajeron a vivir a  Naranjos, un pequeño pueblito de la provincia de Almácigo. La cosa por Oriente estaba mala, había poco trabajo y decidieron emigrar. Salustiano, el hermano menor de Matilde, hacía años que estaba por aquellos lares. Había conseguido trabajo y tenía un pequeño sueldo con el que se las iba arreglando. Trabajaba en una de las vaquerías cercanas y allí  había conseguido un puesto para  Sindo y otro para Araceli. Por aquel entonces vivía solo y les acogió de buen grado en su casita de madera, llena de hendijas y techo de zinc, lo que producía un agradable concierto acuífero cuando llovía. Aún estaba soltero y rondaba ya los cuarenta, pero esa circunstancia desaparecería en un par de años.

Los mejores recuerdos de la infancia de Perla están allí, en aquella casa, permanecen pegados a las paredes, flotando en la humedad de la tierra, tallados en los troncos de las palmas reales. Están allí, en aquella casa endeble y calurosa parecida  a las que dibujan los niños con trazos inseguros. Puede reproducirla en la memoria: toda encalada, el piso de tierra, las habitaciones divididas por tabiques de cartón bagazo, los taburetes del comedor y la mesa  rústica de madera  cubierta por un trozo de formica de color celeste. Las sillas metálicas, hechas de cabillas, los únicos muebles de la sala; las grandes ventanas a cada lado de la puerta pintadas de carmelita; la mata de campanas blancas y los rosales frente al portal; la fruta bomba y las mariposas en el lateral que colindaba con el bohío de la vieja Esperanza. En el patio: la mata de chirimoya, la de guanábana, los dos aguacateros y la frondosa mata de mamoncillos, y luego, al final, junto a la letrina, tras la cerca de piedra, las cuatro palmas reales y el coralillo enredándose entre las piedras, matizándolas de fucsia o violeta, extendiéndose intrépido hacia las vías del ferrocarril, justo donde el apeadero de la Karata. A pesar de que la pobreza se manifestaba en cada rincón de aquella casa, tenía un encanto inexplicable. ¿Estaría aún en pié? ¿Qué habría hecho Renier con ella? Nunca más había tenido noticias de su primo. Todo había pasado muy de prisa y ella no había tenido el valor de dar la cara.

A través de la ventanilla del avión ya se podían vislumbrar los contornos de las costas de Verdolaga, de las costas de la Isla, la otra perla, la Perla del Caribe. El corazón le palpitaba aceleradamente. Se le hizo un nudo en la garganta.

Tú eres el ángel con quien yo sueño
extraño idilio de los poetas…

Dejó de susurrar. El avión se disponía a tomar tierra.



2


El olor a hierba  fue lo primero, el olor a hierba recién segada,  luego el azul, ese azul único e indescriptible del cielo de la Isla. Miró como un ave de rapiña desde la altura de la escalerilla. Oteó cada milímetro del horizonte inmediato y allí, perdidas entre algunas edificaciones las vio, eran tres, sus cabelleras verdes se entrecruzaban. Se dijo: palmas, Palmas Reales. Tuvo una visión pictórica, como en un cuadro de Flora Fong: tres esbeltas palmas abrazadas, sus penachos estratégicamente insinuando caricias eróticas. Las tres gracias tropicales, murmuró entre dientes. De nuevo su mirada volvió a rebuscar en la lejanía, esta vez a la izquierda y luego a la derecha, y sí, allí habían más palmas, muchas palmas. Éstas no eran las de sus sueños, torcidas, ajadas, perdidas en la neblina plomiza del onirismo, éstas eran reales y también Reales, majestuosas, estilizadas, verdes. No era una fantasía, estaba en la Isla, ya podía creérselo. Recordó sus cuatro Palmas de la infancia, las del apeadero, donde declamaba a Martí y a Guillén. Allí, bajo el arrullo de las pencas y sobre la tierra salpicada de palmiche, nació su sueño de ser actriz.

Perla Marina sintió como ese olor a hierba se le colaba sigiloso por cada oquedad de su cuerpo. Lo sintió en los huecos de la nariz, por donde bajaba con cautela para refugiarse en sus pulmones y refrescar, o más bien, eliminar, los humos purulentos de Barcelona. Lo sintió meterse con alevosa coquetería en las entrañas de su sexo y palpitar como un latente cosquilleo, un malicioso y suave torrente de olor a hierba que, en forma de falo eólico, le penetraba tierno, vibrante, friccionándole la vagina. Una sensación de placer la recorrió de un extremo a otro de su cuerpo, trayéndole a la mente la imagen desnuda de Amaury adolescente con su piel cobriza resaltando sobre el verde apagado de los naranjos. Podía visualizar aquel recuerdo como si estuviese aconteciendo en ese mismo momento, aquel olor a hierba y a humedad le ayudaba a ello. Él, Amaury, arrodillado, y ella a horcajadas sobre la hierba del campo; los naranjos detrás, y, al final de las hileras de surcos, la silueta descolorida de la escuela como una mancha en el telón rojizo de la tarde. Ella le lamía el sexo de tal manera que parecía quisiera sacarle el alma  a través del pene. Mientras lamía y lamía el olor  a hierba recién cortada, por los oxidados machetes de los alumnos, desprendiéndose de la tierra, le cubría la piel como un erótico manto. Perla cerró los ojos para que cada detalle de aquel recuerdo se quedara allí, atrapado en su mente y en su retina y no se escapara de sus ojos hacia fuera, pero entonces algo extraño sucedió, la figura de Amaury se fue transformando, el cuerpo de púber tomando otras dimensiones, otras formas más adultas y, en una metamorfosis inexplicable, se fue convirtiendo en el cuerpo robusto y musculado de Pau. El rostro aindiado del primero desapareció y dejó paso al pálido rostro del segundo. Una pícara sonrisa se abrió en sus labios opulentos, herencia de su abuela mulata, y su lengua recorrió el labio superior de punta  a punta; ahora yacía en la cama atrapada entre los brazos de Pau, mientras él, con suaves movimientos,  la penetraba. Separó ligeramente las piernas y un tibio río de placer se escapó mojándole el blúmer. Abrió los ojos y respiró con fuerza, como queriéndose llevar a los pulmones todo aquel olor.

Bajó despacio, temía caer rodando escalerilla abajo. Con aquellas sandalias de tacón alto que llevaba, cualquier paso en falso la hubiera hecho aterrizar forzosamente arrollando a todo aquel pasajero interpuesto en su camino. Cuando puso el primer pie en  tierra no pudo dejar de recordar la consabida frase del Gran Almirante “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto”

Desde que había dejado la Isla ni un solo día había dejado de pensar en ella, la añoraba, la tenía clavada en el alma como un puñal que le iba rajando de cabeza a pies.


O. Moré
(hace mucho, mucho tiempo)

Perla Marina, cantada por unos jovencísimos  Silvio Rodríguez y y Pablo Milanés