martes, 10 de febrero de 2015

El sueño de Plauto

A pesar de la extrapolación, esta historia nació en una isla aislada y aislante y halló su término en Roma, para ser precisos, en La Ciudad del Vaticano, en la estancia de la signatura. Y aunque yo sufría el síndrome de Stendhal, la idea terminó de cuajar, estoy casi seguro, delante de los magníficos frescos de Rafael en el citado recinto. En ese momento no fui consciente de ello. Sería más tarde, cuando me vi en la foto que me había hecho mi hijo delante de " La escuela de Atenas", que caí en la cuenta.
Nunca he quedado muy convencido de esta especie de "fábula" que escribí influenciado, además, por la lectura de algunos filósofos y narradores de mi preferencia. Lo dejo a vuestra consideración.
De antemano gracias por la lectura. 


La Escuela de Atenas / Rafael / ITALIA



El sueño de Plauto



“Debe de haber sueños piadosos, amigo, sueños que afortunadamente se olvidan al despertar, pero aquello era una obsesión torturante, como el cangrejo vivo en el estómago del pez, vengándose de dentro afuera.
                                                                                                                    
Julio Cortázar
En “Relato con fondo de agua”
De “Papeles Inesperados”


Aquella mañana Plauto no despertó, su mente se quedó vagando en esas regiones oníricas que Morfeo guarda bajo siete llaves. Si usted hubiera estado allí, contemplándole a la vera de su camastro, se hubiera percatado de esos arrítmicos movimientos de los globos oculares bajo sus párpados cerrados que, según los estudiosos del sueño, pertenecen a la fase REM. Plauto no despertó ni volvería a despertar jamás. Para qué volver a la vida real si en su sueño, ese sueño recurrente que tenía desde hacía varias semanas, siempre sabía como actuar y qué decir, pero sobre todo, se mostraba ante los demás completamente vestido, lo que en la “cruda realidad” le era imposible, pues tenía, por mandato divino y como miembro del grupo en el que había sido clasificado en su niñez, que ir desnudo mostrando sus carnes y sus vergüenzas.

El grupo de Plauto no era, ni había sido nunca, consciente de su nudismo, tampoco proclive a tener revelaciones, no obstante, por no se sabe que extraordinario capricho que rompía con la ley divina, Plauto sí, y esto fue algo insólito y un claro ejemplo de que era diferente al resto de su congregación. Él, desde muy pequeño, tomó conciencia de su desnudez, pero sabiendo a lo que se exponía, si revelaba su descubrimiento, mantuvo la boca cerrada, cosa que más tarde, al alcanzar la mayoría de edad, obvió.

Plauto, durante mucho tiempo, había tratado de encontrar una solución  al inconveniente de tener que llevar las partes pudendas a la intemperie. Para decirlo de manera coloquial: tener que ir con el culo al aire. Pero no lo logró. Incluso había llegado a estudiar las características miméticas de algunos animales sin hallar resultados que fueran aplicables a la raza humana. También, en alguna ocasión, había tratado de utilizar el viejo truco de pasar gato por liebre, pero, por más que lo intentó, siempre le salía gato y, para más inri, gato escaldado (sirva esto como metáfora de querer introducirse, como quien no quiere la cosa, en alguno de los grupos  llamados “superiores”).

En cambio en su sueño iba vestido de cabeza a pies de riguroso blanco,  con túnica de lino y sandalias de piel de becerro, la indumentaria correspondiente al grupo de los Genios.

Cada día adelantaba más la hora de irse a la cama, y cada día tardaba más en despertarse. Para qué despertar si vestido así, allí, en la región de la “inconsciencia consciente” (bendito oxímoron) tenía muchísimas más armas para defenderse en el ágora cual si fuera un nuevo Sócrates. Era como si aquella ropa le proporcionara el intelecto y la seguridad necesaria. Cuando estaba vestido el  don de la oratoria y la sapiencia corría por su venas como la mismísima sangre, además de la  poliglotía, que le daba la capacidad de  “ripostar” (le gustaba el uso de este término, muy usado en su lugar de origen y que es proveniente de un galicismo) con rapidez, contundencia y sólidos argumentos a sus oponentes en el idioma en que fuera preciso. En estas batallas, que podían ser sobre dialéctica, metafísica, literatura, retórica o ciencias, su verbo se tornaba fluido y su voz potente y viril, tan viril, que era capaz de hacerle el amor a cualquiera de las once mil vírgenes, congregadas en el ágora, con su fálica palabra. Ellas, enternecidas, se  ponían “ruinas” como perras, mojando a chorros las entrepiernas de sus túnicas.

La vestimenta a Plauto le incentivaba, además,  el instinto y los reflejos. Vestido podía abordar las más disímiles tareas por complicadas que estas pudieran ser. En resumidas cuentas, desnudo no era nadie y vestido era alguien. Pero, recuerde, esto sólo ocurría en sus sueños, o, mejor dicho, en ese sueño repetitivo en el que, más de una vez,  además de ir vestido, lograba verse como un personaje más de La Escuela de Atenas, el famoso fresco de Rafael en la estancia de la signatura del Vaticano. Precisamente ahí se estaba soñando Plauto esa mañana en la que decidió no despertar jamás para seguir en estado onírico perpetuo. Sentado en uno de los peldaños de la gran escalinata, justo al lado de Diógenes, sentía su corazón desbocado y a punto de salirse por el primer orificio del cuerpo al que lograse llegar, ya que Platón y Aristóteles, en animada plática, se acercaban hacia él.

Quizás, antes de proseguir con sus avatares, deba explicar primero el origen de Plauto y de su mundo.

En el principio Dios creó a los hombres y luego los clasificó en disímiles grupos, y cada grupo vivía apartado del resto en zonas exclusivas adaptadas según las características y necesidades de cada uno. Los Genios, por ejemplo, ocupaban los montes y colinas; los Guerreros las cuevas; los Normales la planicie, y así sucesivamente. Sólo había un lugar en el que cada noche podían reunirse todos los miembros de los distintos grupos, interactuar socialmente y ser testigos de los debates de los Sabios, un subgrupo perteneciente a los Genios. Los Genios estaba a la cabeza de la pirámide evolutiva y Dios les obsequió, además, con un don excepcional, la inmortalidad, pero no como la suya, que es esa capacidad de vivir eternamente, sino la inmortalidad después de la muerte física, o sea, perdurar en el tiempo a través del legado que pudieran haber dejado (llámense obras, ideario o grandes descubrimientos científicos, etc.). Llegado un tiempo Dios comprobó que la  proporción de los Genios con respecto a los demás grupos era mínima. Si los comparaba, por ejemplo, con el grupo de los Normales, éste último era extremadamente superior. Así que Dios, una vez más, tomó cartas en el asunto y decidió mezclar a Genios con Normales.

Los Normales eran gente sencilla y trabajadora, disfrutaban de los placeres de la vida como todo el mundo y, a su manera, eran felices. Su gran virtud, además de trabajar de sol a sol para mantener al resto de los grupos, era que procreaban como conejos. La simbiosis de Genios y  Normales fue un éxito. Los mestizos, aquellos seres híbridos, consecuencia de la unión entre ambos grupos, resultaron ser unos trabajadores infatigables dotados de una inteligencia fuera de lo común, y a estos los llamaron los Ingeniosos. Pero no siempre era así, había veces que el mestizo no heredaba absolutamente nada de sus progenitores y pasaba a ser denominado y a formar parte del grupo de los Mediocres. Algunos estudios antropológicos revelan que de este grupo descienden una gran parte de a los que, hoy en día, llaman Políticos.

Como todos los seres eran exactamente iguales Dios, para diferenciarlos, les procuró varios atuendos. Los Genios, como ya ha leído usted, llevaban una túnica larga de color blanco y sandalias de piel de becerro; los Ingeniosos, por su parte, una túnica azul por encima de la rodilla; los Normales, una túnica marrón bastante corta; los Guerreros, un simple taparrabo amarillo; y los Mediocres, como ya también he dicho, iban completamente desnudos. Dios consideraba que como eran criaturas algo grises y no tenían ninguna característica ni talento que revelar, al menos que mostraran la belleza del cuerpo humano.

Pues bien, Plauto nació Mediocre, pero se resistía a la idea de serlo. Desde muy joven comenzó a cuestionarse el mundo y se dio a la tarea de encontrar vestimenta. No tenía el don con el que habían nacido los Genios, pero creyó firmemente que si se esforzaba y cada día aprendía algo nuevo llegaría a lograrlo. Su objetivo final, además de ser una fuente inagotable de sabiduría, era dejar al mundo un importante legado y que Dios le concediera la inmortalidad.

Fue así que, a medida que iba aprendiendo e investigando, era cada vez más consciente de su desnudez, y cuando fue consciente del todo, comenzó la búsqueda del camuflaje adecuado para mimetizarse con el entorno hasta que fuera lo suficientemente erudito para que Dios le otorgara la túnica blanca. Y esa fue la época en que Plauto comenzó el estudio riguroso de determinados reptiles como los camaleones,  de algunos insectos como la mantis hoja, o de varios peces como el gobio, expertos todos ellos en el camuflaje. Pero, por más que se esforzó, no fue capaz de encontrar la manera de hacer viable esa capacidad mimética de los animales en la piel humana. Así que Plauto decidió que la única forma de no presentarse desnudo ante sus semejantes, era quedándose encerrado en la covacha que sus padres habían edificado para él en la parte trasera de la casa familiar y, desde allí, continuar estudiando.  Y cuando su sapiencia fuera superior a la de su madre, que era Genio, a la de su hermano gemelo, que era Ingenioso, y a la de su padre, que era Normal, su adquirida erudición le otorgaría, por fin, la ansiada túnica, pues como Dios estaba en todas partes, hasta en la cabeza de uno mismo, y lo veía todo, si él, Plauto, se convencía de que ya estaba listo para ir vestido, Dios se lo concedería, y con el tiempo, cuando hubiera cumplido su ciclo de senectud y la parca le hubiera dejado lívido, le daría el boleto directo para transitar a la posteridad.

Y así pasaron los años, y Plauto llegó a la mayoría de edad. El día que cumplió los dieciocho decidió que ya estaba preparado para demostrar a sus congéneres que podía ascender en la escala social y pasar de ser un Mediocre a ser un Sabio o un Genio.
Y, como aquel rey del conocido cuento, se convenció de que iba vestido, porque creyó, a pies juntillas, que su desarrollado intelecto sería la túnica que le cubriría a los ojos del mundo y le abriría las puertas hacia la ansiada inmortalidad. Plauto se presentó en el ágora y pidió a los sabios que le examinaran. Aquella provocación fue como si él mismo se hubiera subido al cadalso y luego hubiera cavado su propia tumba. Apenas le dieron opción para exponer nada de lo aprendido, ni disentir en amigable batalla con aquellos hombres y mujeres de largos ropajes blancos. Plauto no tuvo en cuenta  que el querer romper con el orden establecido y con el mandato divino, no es una guerra que se gane a la primera de cambio. Por el simple hecho de lanzar su "reto" contra aquella casta superior fue apedreado y vilipendiado, no ya sólo por algunos Sabios y Genios, sino, también, por su propio grupo que, tachándolo de traidor a sus iguales, lo condenó a la cárcel y, con ello, al ostracismo. Plauto no entendió nunca por qué los Mediocres se comportaron así con él y preferían seguir viviendo como borregos en aquel mundo tan milimétricamente cuadriculado. De ahí que se convenciera, por fin, de que el “hábito no hace al monje”.  Por supuesto que no fueron todos los Genios, ni todos los Sabios, ni todos los Mediocres los que le vetaron, fue un grupo minoritario, pero el resto de los allí presentes en el ágora, aquel día, se comportaron de manera apática y miraron para otro lado, dando a entender una falta de humanidad que sorprendió a Plauto, a pesar de que sabía que esto podía ocurrir. Pero Plauto era un soñador, creyó que su pequeño acto de rebeldía podría ser el primer paso para el cambio. Y aunque sabemos que él estaba actuando también de manera egoísta, porque lo que perseguía era su propia gloria, también es verdad que esa rebeldía hubiera podido ser el pistoletazo de salida para que la sociedad aceptara y premiara el esfuerzo de los de abajo, y que esto, a su vez, abriera las puertas a otros que vinieran detrás, y que, poco a poco, el cambio se hiciera tangible.

Sí, era verdad, el hábito no hacía al monje. Aquella minoría que lo vilipendió llevaba la túnica de blanco impoluto que, según se decía, representaba la pureza, pero él comprobó que tenían, a causa de su excesivo ego y su afán de poder, el corazón impuro. De la misma manera evidenció que esa otra minoría de sus iguales, aunque fueran completamente desnudos, eran dueños, también, de un corazón malsano.

Después de agotar parte de su juventud en la cárcel, Plauto dejó de ser un soñador despierto para convertirse en un soñador dormido. “Los sueños no siempre se hacen realidad”, dicen que dijo a su carcelero, y que éste, que era un Normal, le contesto: “Cierto, donde único los sueños tienen el ciento por ciento de probabilidad de hacerse  reales es en el propio sueño, en el arte de soñar dormidos.”

 Y allí, en su lecho de la cárcel, fue que su sueño, el que hemos contado, comenzó a ser recurrente. Y allí, entre rejas y paredes de piedra rugosa (realidad) y sobre la escalinata de La Escuela de Atenas (ensoñación) se quedó, Plauto, dormido para la eternidad. Como bien dice el conocido refrán: Camarón que se duerme se lo lleva la corriente.



A propósito del sueño de Plauto:

La Escuela de Atenas y yo.




"En los tiempos primitivos el hombre creía que cuando soñaba entraba en un segundo mundo real. En esto estriba el origen de toda la metafísica. Sin los sueños no hubiera habido justificación para un mundo dualístico."


"Uno tiene que pagar por la inmortalidad, y tiene que morir varias veces mientras sigue vivo."

Friedrich Nietzsche

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Entrevemos  cuán acertadas son las palabras de Nietzsche: en el sueño sigue actuándose una atiquísima veta de lo humano que ya no puede alcanzarse; ello nos mueve a esperar que mediante el análisis de los sueños habremos de obtener el conocimiento de la herencia arcaica del hombre, lo que hay de innato en su alma."


Sigmund Freud



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Las sociedades modernas, al igual que la naturaleza, tienen su propio sistema de selección natural. Las frases trilladas de: “Esto es la ley de la selva” y “El pez grande se come al pequeño”, no son analogías banales, son contundentes certezas.
Mientras existan teocracias y dictaduras, habrá muchos sueños rotos. Mientras existan clases sociales, habrá lucha entre ellas y más sueños rotos.

                                                                                                                                                                        Waldo Moore Table


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“Ya Schopenhauer escribió que la vida y los sueños eran hojas de un mismo libro, y que leerlas en orden es vivir; hojearlas, soñar.

Jorge Luis Borges
en “El tiempo y J. W. Dunne”
de “Otras inquisiciones”


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Yo sólo sé que no sé nada.
Sócrates.


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En Grecia, la muerte y el sueño son hermanos. Nyx, la personificación de la noche, surgida por sus propios medios de Caos, engendra también por sí misma a Hipnos, el sueño, y a Tánatos, el genio alado de la muerte. Este último no nace solo, sino acompañado de las Keres, que representan el destino de los mortales, y de Moro, la suerte. Además, las Moiras, las diosas que hilan la hebra de la vida de cada persona en su rueca, también son hijas de Nyx, como lo son el propio Día y el Éter.


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Otro refrán popular aplicable:

El que nace para tamal, del cielo le caen las hojas.

O. Moré