domingo, 25 de enero de 2026

Tertulia

 𝙏𝒆𝙧𝒕𝙪𝒍𝙞𝒂

Jorge Luis trajo el oro de los tigres,
ese color de bestia divina, y el tigre,
con un rugido de aedo, hizo temblar la noche.
Leopoldo trajo un verbo suicida y alcohólico
que trepaba por las paredes
como una hiedra violenta.
La casa tomó el color de la entrega.
Mario, con sonrisa melancólica,
paradójicamente —como buen rapsoda
(recitador, diría el Indio Naborí)— nos musitó,
así, como quien no quiere la cosa,
su 𝑆𝑎𝑙𝑢𝑡𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛 𝑎𝑙 𝑜𝑝𝑡𝑖𝑚𝑖𝑠𝑡𝑎,
mientras, una mariposa hacía estragos
en la otra parte del mundo.
Julio, imponiendo su imagen de mastodonte literato,
dejó caer un verso afilado,
de una belleza hipnótica.
La casa prescindió de los cimientos
y levitó como una hoja de otoño
cuando, con gutural voz afrancesada,
declamó:
𝐷𝑜𝑏𝑙𝑎𝑛 𝑟𝑖𝑡𝑜𝑠 𝑛𝑜𝑐𝑡𝑢𝑟𝑛𝑜𝑠, 𝑎 𝑙𝑎 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑟𝑎
𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑒𝑠𝑝𝑎𝑑𝑎 𝑛𝑎𝑟𝑎𝑛𝑗𝑎 —𝑑𝑒𝑟𝑟𝑎𝑚𝑎𝑑𝑎
𝑠𝑖𝑛 𝑓𝑖𝑛, 𝑎𝑑𝑒𝑙𝑓𝑎 𝑠𝑜𝑏𝑟𝑒 𝑐𝑎𝑟𝑛𝑒 𝑎𝑙𝑎𝑑𝑎—
𝑦 𝑗𝑢𝑒𝑔𝑎𝑛 𝑙𝑖𝑟𝑖𝑜𝑠 𝑎 𝑙𝑎 𝑝𝑟𝑖𝑚𝑎𝑣𝑒𝑟𝑎.
Alfonsina, vestida de agua,
llegó dejando huellas sobre la arena
y sacó un pez abisal que dijo:
𝑟𝑒𝑔𝑟𝑒𝑠𝑜 𝑎 𝑚𝑖𝑠 𝑝𝑎́𝑗𝑎𝑟𝑜𝑠.
Entonces, en metamorfosis inaudita,
sacó unas alas de metáfora
y salió volando hacia el infinito
(ella, no el pez).
César, con su habitual seriedad poética, gritó:
¡𝐴𝑏𝑠𝑜𝑙𝑢𝑡𝑎!
Y Edgar aplaudió el grito;
luego, quitándose el sombrero de copa
y dejando caer la capa al suelo,
miró por la ventana y cantó
con una voz trémula:
𝐿𝑜! ’𝑡𝑖𝑠 𝑎 𝑔𝑎𝑙𝑎 𝑛𝑖𝑔ℎ𝑡
𝑤𝑖𝑡ℎ𝑖𝑛 𝑡ℎ𝑒 𝑙𝑜𝑛𝑒𝑠𝑜𝑚𝑒 𝑙𝑎𝑡𝑡𝑒𝑟 𝑦𝑒𝑎𝑟𝑠!*
Entonces llegué yo y todos me miraron,
y, en ese mismo instante, desperté.
O. Moré / 24/1/26
*¡𝑀𝑖𝑟𝑎𝑑!, ¡𝑒𝑠 𝑢𝑛a 𝑛𝑜𝑐ℎ𝑒 𝑑𝑒 𝑓𝑖𝑒𝑠𝑡𝑎
𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑠 𝑠𝑜𝑙𝑖𝑡𝑎𝑟𝑖𝑜𝑠 𝑎𝑛̃𝑜𝑠 𝑢́𝑙𝑡𝑖𝑚𝑜𝑠!
𝙏𝒆𝙧𝒕𝙪𝒍𝙞𝒂 nació como un sueño lúcido, una reunión imposible entre voces que han marcado mi formación poética y mi sensibilidad literaria. No es un homenaje solemne, sino una celebración imaginaria, una conversación entre espectros que aún susurran en mi biblioteca y en mis noches de insomnio.
Cada figura que aparece en el poema trae consigo su símbolo, su herida, su estilo. Borges y su tigre dorado; Lugones y su verbo incendiario; Benedetti y su ternura estoica; Cortázar y su levitación verbal; Alfonsina y su metamorfosis acuática; Vallejo y su grito esencial; Poe y su gala nocturna. No están todos los que son, pero los que están, vinieron por voluntad del sueño, porque cada día, cuando me siento ante la página en blanco, ellos están ahí, frente a mis ojos, mirándome expectantes.
No sé si es un buen poema; tampoco me preocupa. El poema se escribió en estado de vigilia poética, sin más brújula que la intuición y el deseo de reunirlos a ellos, de reunirme con ellos. Al final, como ocurre en los sueños, desperté. Pero algo quedó: la certeza de que la poesía es también una forma de convocar lo imposible.
O. Moré ®
Le pedí a la IA que lo ilustrara. Aquí está el resultado.



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