miércoles, 20 de diciembre de 2017

Rapsodia con aristas plásticas

The Blinding of Polyphemus, by Pellegrino Tibaldi

Todo acto es un disparo de revólver cerebral -el gesto insignificante o el movimiento decisivo son ataques (abro el abanico de nockouts para la destilación del aire que nos separa)- y con las palabras depositadas en el papel entro, solemnemente hacia mí mismo. 

Tristan Tzara.



¿Ahora, que la noche acaba
con su cíclico delito de puta de salón
y contonea su negra fragilidad
sobre la ciudad dormida…,
acaso, ahora, he de cortarme la mano
como el soldado de Kirchner,
uniformado soldado de Ernst Ludwig Kirchner,
y ser otro manco de Lepanto,
extrapolar mi verbo,
desentrañar sus vísceras
y ser un antropófago vulgar,
un caníbal de mí mismo…?

Creo que te equivocas,
sólo he de esperar el rayo,
y mezclarme en las circunvalaciones de Delaunay,
y ser el aeroplano
mitad máquina, mitad ángel,
que se eleva al infinito
tras esa eclosión de colores
y como Blériot, nunca Ícaro,
saltar, haciendo realidad mi antiguo verso,
de la nube al cielo.

Quizás no sepas que fui,
hace mucho tiempo,
una figura egipcia,
ridículamente pintada,
a la espera del escorzo,
pero que, por esos misterios
de la vida,
pude escapar del muro
y cincelarme los músculos de David,
ser hombre de Vitrubio,
y, en otro sueño,
entre una máquina de coser y algún paraguas,
en un aséptico quirófano,
llegar a ser un cálido “cadáver exquisito.”
Porque sí, sólo el que vive lo irreal,
en la irrealidad de un espejo de agua
que te apresa,
es irreal en sí mismo; sólo un isleño de Nubia
es tan surrealista como un tigre de Dalí,
como un pájaro bicéfalo de  Max Ernst…
Y ese soy yo,
aunque, la verdad,  no sólo de Lautreámont vive el hombre
(o debería decir del sueño, que rima con isleño).

También, con una túnica Dadá,
negando la mímesis ha vivido, he vivido,
burlando la acuífera circunstancia,
el isleño y yo, que fuimos uno
en el pasado,
que fuimos y somos y soy, el hijo, así, en singular,
de la jungla lamiana*,
y hemos saltado, salté, y salido, salí, del paréntesis,
y pude, pudimos, mostrar
el colorido del gallo de Mariano
sacando las espuelas.
Y quizás por ello seamos,
o soy, un animal disparatado,
como el gamo azul que clama su dolor
hacia  las alturas, al filo de la destrucción,
saeteado como un San Sebastián
por los planos superpuestos
y sesgados, entre el rojo sangre
y el azul cadmio
en El destino de los animales, de Franz Marc.

Pero no por ello, óyelo bien,
he de coartar el trazo, el ojo,
el pecho, la rima,  el albedrío libre
de esta mente que junta
despojos con joyas y lienzos con palabras…

Me lo dijo Breton,
me lo dijo Duchamp,
me lo dijo Huidobro,
me lo dijo Isadora, 
me lo dijo Debussy,
me lo dijo Aristóteles,
me lo dijo Lezama,
me lo dijo Silvio,
me lo dijo Pablo,
me lo dijo Mama Inés,
me lo dijo Virgilio,
me lo dijo Lope,
me lo dijo Ovidio
me lo dijo Ma’Teodora,
me lo dijo Gide,
me lo dijo Benny,
me lo dijo Adela,
que creara, y creo.

Creo desde el instinto,
desde el arrebato y el desgarro,
desde la sangre,
más con el corazón que con el cerebro.
Al final de cuentas, la verdad absoluta no existe,
todos los ismos se negaron los unos a los otros,
cada uno asesinó a su antecesor
en pro de la vanguardia…y del ego.
Y qué lograron. Nada. El mundo sigue a la deriva,
el hombre sin fe busca la fe
y la fe busca a dioses que nunca
están cuando se les necesita.

Entonces, ahora, acaso ahora,
que noctívago presumo de la letra,
que nazco en cada sustantivo,
que me rompo la crisma entre los libros,
que dibujo a tinta cada uno
de los pedazos rotos del espejo
y articulo de nuevo la figura,
la mía, mi reflejo de ente resurrecto,
yo, cronopio imberbe de Cortázar,
yo, degradado en rojo por Marc Rotkho,
yo, carne de diáspora absoluta,
yo, pez fusiforme y abisal,
yo, retratado por Magritte,
yo, primero padre que poeta,
yo, primero hijo que poeta,
yo, primero esposo que poeta,
yo, primero amigo que poeta,
yo, primero hombre que poeta,
pero no macho, varón,
que también,
sino hombre  según Nietzsche:
humano demasiado humano
¿he de morir en blanco y negro,
he de ser gris por tus santos cojones,
he de ser río y nunca ser la mar,
he de ser mulo y nunca ser corcel,
he de ser manso y nunca ser la fiera…?
Ah, no, te equivocas, te lo repito,
todo eso lo soy, cada uno de los antónimos,
simplemente, siendo persona…
Sí,
con ser persona me conformo,
con escribir mi mierda me conformo,
con dibujarme a tinta me conformo,
y si la puta noche me cobija para siempre
y me seduce con su grupa
de insomne negra
y me hace oscuro en el azul
y se ríe de mi verbo
y mi acuarela
y se viene sobre mí
desnuda y muerta
y se apaga sobre mí como un tizón
y me muestra sin piedad
que la Piedad sólo vive en el mármol de Carrara
y me mata y me incinera y me sepulta,
pues
mejor para ti y tu túnica impoluta,
mejor para ti y tus fastos y laureles,
mejor para ti…
porque  a mí, cíclope que me observas
desde la altura milenaria de tu estirpe,
desde la cariátide y la jónica columna,
desde el flamígero cielo de otro Prometeo,
a mí,  me importa un rábano.

Y si mediocre me hace y hago a Plauto
y si Tristán y Margarita se esfumaran
y si la décima dejara de cubrirme
y si la piel y el craquelado se fundieran
y si el lagarto fuera mi unicornio
y las mareas mis sístoles y diástoles
y el patakín dejara de erigirme
y en el teatro mi máscara perdiera
y si la lluvia dejara de mojarme
y la pulsión se fuera por mi orina
y la ventana cerrara sus vitrales
y la ínsula fuera un desarraigo
y la abeja se olvidara de mi rojo
y los cocuyos del valle que pinté
apagaran sus faros de repente
y la urgencia se fuera de mis manos
y la gaviota de Chejov se muriera
en mi blanco papel de buen soldado
y las viejas el hilo me cortaran
y cual Kratos cubierto de ceniza
por los muertos muertos por mis muertos
se ahogaran en el grito que pedí,
me importa igualmente
un comino.
me importa igualmente
un pepino,
Me importa una mierda
toda la horti-cultura…
(fíjate que no he puesto ni una coma)
porque, paradójicamente
sólo creo en E. H. Gombrich
y la ciclogénesis
del viento que vino de Altamira
y se posó, discreta como un ave,
en un difuminado de Sandorfi.
Sólo creo en Enheduanna
y en sus cantos, en su disco de piedra,
en la mágicas galas de Ur
vistiendo a Safo y a Carilda;
Sólo creo en Netzahualcóyotl
susurrándole al aire:
Como una pintura nos iremos borrando,
como una flor
hemos de secarnos
sobre la tierra,
cual ropaje de plumas
del quetzal, del zacuán,
del azulejo, iremos pereciendo
.
Y creo en ese aire inoculando las venas
de Darío, de Neruda y de Martí…
Sólo creo (de creer) en el libro que yo mismo
he de escribirme cuando
en agua me conviertan los recuerdos
y escape por otro sumidero
y alimente la tierra de mi isla.
Sólo creo (de crear) en ese mismo libro
y la pulsión, en el arrebato, en el instinto
y el relámpago.

Y no me hables de Dios
ni de eternidades; vivo el ahora.
Y si Dios, tal como dices, habita en mi interior,
entonces él soy yo,
y yo soy el isleño,
por lo tanto el isleño es Dios.
¿Premisa o falacia?
¿Conclusión lógica?
¿Aporía?
¿Silogismo cogido por los pelos?
Ya me dirás tú, amigo Polifemo.
Mira,
para eternidades e inmortalidades:
los genios; para religiosidades:
los acólitos y  hasta los beatos.
A mí con la finitud me basta…
Yo creo en lo ocasos y en lo albures,
en los soles que se apagan,
ya lo dije en otro poema,
de un sólo gesto.
Para Dios o Diosa, también lo dije,
en otro poema: La Poesía.
Para Deidades: mis manos.

Y sabes qué he descubierto:
que cuando no había leído a Kant
ya pensaba como Kant;
que cuando leí, hace mucho,
La Poética de Aristóteles,
ya creía en Aristóteles;
que Arthur Danton tenía razón,
que Tzvetan Todorov tenía razón,
que Tristan Tzara tenía razón,
que Isidore Ducasse tenía razón,
que Lezama Lima tenía razón,
que Severo Sarduy tenía razón,
que Borges tenía Razón,
que Vallejo tenía razón
que Ray Bradbury tenía razón,
que Sabina, el canalla de Sabina,
tenía razón,
pero no por ello la razón era pura,
no por ello la razón era lógica,
no por ello la razón era verdadera,
ni la verdadera razón
era la única razón…
Por lo tanto, ¿quién te ha dicho
que tú tienes la razón?
¿Quién, para que me digas que ahora…?

No, primero he de cantar a tono con Chanito,
cazar algún color de Amelia…,
quizás el amarillo, y embadurnar
todo lo que me plazca y se me antoje,
bajar intuitivo por el verbo,
acuchillar un poema hasta la muerte,
vampirizarme con su sangre dulce,
vestirme alguna vez los lentes de Quevedo,
seguir los disparates de Bergamín;
cromático y erótico
dibujarme esdrújulo y sólido
de un brochazo único,
sin un solo claroscuro trágico,
sin relieve en la carne erógena,
fálico,como el dios Príapo
(Diluvio Nyakuni),
en un desnudo americano de Tom Wesselmann,
aunque yo sea más corto que febrero,
y comprobar que si pinto: amo;
que si amo: pinto; que si pinto y amo:
escribo; que si escribo: pinto y amo;
que si pinto: muero; que si muero: me vengo;
que si me vengo: me voy;
que si me voy: escribo, pinto y amo y follo,
porque todo es lo mismo:
un gran orgasmo físico y cerebral.
Y  ahí está, cíclope que me observas,
el placer, mi verdadero placer,
ahí reside mi punto G.
Ahí y sólo ahí: en una mujer rosada,
en mi pluma y en mi pincel.

Y cuando todo acabe, ya te lo dije,
cuando venga esa otra noche, la metafórica,
no ésta que me nombras,
seré un ente raro entre los peces
del viejo Pieter Brueghel,
saliendo del vientre de otro pez mayor
en busca de mis peces voladores;
o quizás Goya, en apoteosis,
me deje toda su negrura
y pueda fornicar, en aquelarre, con su Maja,
y, si Cervantes lo permite,
con Dulcinea del Toboso,
porque ya habré vencido a todos los molinos
y a todos los gigantes;
habré, habremos, el isleño y yo,
Odiseos de Ítaca aborigen,
clavado nuestra paja en el ojo ajeno,
en tu ojo, cíclope de ayer,
y tu mirada cegada por la furia
será líquida llovizna
que moja pero no empapa,
que humedece pero no cala,
que molesta pero no jode.

Y el isleño y yo, libres al fin de tus cadenas,
volveremos, volveré, a la catedral de Portocarrero,
a las trasparencias de Carlos Enríquez,
a sus sinuosas palmas,
en una taza o un caldero de Fabelo,
porque no hay más rítmica
ni más bella asonancia
que cuando consuenan los pinceles
con sus nombres,
en un inigualable delirio tropical.

Y ahora ya termino, no sufras;
ahora ya me acabo y acabo, no te alteres;
ahora te lo digo,
calla y oye:
en el arte de la vida
sólo el arte es la vida,
y yo, mediocre o no,
iluso o no,
ignaro o no,
escéptico o no,
confiado o no,
nací para vivirla,
nací para contarla,
como Gabriel, arcángel mío de Macondo,
y donde dije digo, digo Diego:
Diego Velázquez,
hilando el tapiz de Aracne
en esa rueca que corre y nunca se detiene:
el tiempo. Y donde dije Diego
vuelvo a decir Diego: Eliseo Diego,
déjame el tiempo todo el tiempo
que yo te dejo este poema,
porque él lo dijo, lo dijo Diego
y yo lo repito:
Un poema no es más
que una conversación en la penumbra
del horno viejo, cuando ya
todos se han ido, y cruje
afuera el hondo bosque.

Él dijo, yo he dicho,
nosotros lo dijimos:
el isleño y yo. Y,
Para que así conste,
lo firmamos, lo firmo:




El isleño aborigen y O. Moré

Diciembre / 2017

*Lamiana, de Wilfredo Lam