domingo, 16 de enero de 2011

La lección aprendida (de jugando con la décima)

I

Estoy arrugando el ceño
porque siento la extrañeza,
como a una niña traviesa,
pegándome con un leño.
Y es que ya no soy ni dueño
del cuerpo que me sostiene.
Mi vida se va, y no viene
de nuevo la juventud.
No sé si en la senectud
sabré lo que me conviene.

No obstante pa'lante sigo
porque sé que estás ahí.
Invítame a buen congrí
que estar lejos es un castigo.
“Yo quiero sientas conmigo
tan bello como yo siento”.
Dijo Pablo, y yo reinvento
el verso de otra manera:
“Quiero sientas a mi vera
lo bello de mi tormento”.

Porque aunque soy extranjero
en esta tierra gaudiana
me siento, cada mañana,
más que errante, mensajero.
Mi sangre fundó en su fuero,
mi sangre ya ha dado vida;
fecundó, y ya mi herida
duele menos cada vez.
No es victoria ni revés,
es la lección aprendida.

II

A veces miro mi vida
y pregunto ¿En qué fallé?
¿En qué momento olvidé
Seguir con esta partida?
¿Dónde encontré la salida
que me alejó la derrota?
¿En qué parte mi alma rota
se recompuso sin miedo,
y escapé del negro dedo
que me tildaba de idiota?.

Sigo siendo un peregrino
pero algo me ha cambiado;
algo en mi pecho ha grabado
lo mejor de hacer camino.
Alguien dijo que el destino
no es casual, tú te lo labras,
por eso está bien que abras
tu mente y eches raíces
y descubras los matices
de las oscuras palabras.

Siente el aire que te empuja
y la luz que difumina.
Disipa toda neblina
al flotar en la burbuja.
La vida es subasta, puja,
ponle precio a tu vivir
o dejarás de sentir
y te quedarás errando.
Es tu guerra y es guerreando
que siembras el porvenir.

Si presumo de Mesías
no des credo a mis sentencias,
no hubo ni habrá creencias
más absurdas que las mías.
No obstante si aún te fías
de estos versos que pretenden
aclarar lo que no entienden
los que sólo esperan oro,
une de inmediato al coro
Tu voz. Todos aprenden.