sábado, 15 de enero de 2011

Décimas de Año Nuevo.

El frío está igual de fiero,
y el día es la noche eterna,
hay un Jubo en su caverna
buscando algún derrotero.
Los reyes surten enero
con sus regalos que añoro:
la mirra, el incienso, el oro
(que libros sé que serán),
pero no sé si querrán
llevarse lo que deploro.

El año trae esperanza,
trae savia, vida nueva.
El Jubo cree que en su cueva
podrá realizar la danza;
mas olvida que la panza
ruge un hambre visceral,
y aunque en el viejo portal
de Belén el niño llore,
no basta que el Jubo implore
por su vida insustancial.

Todo sigue triste y feo,
todo acaba en ambición.
Se desinfla el corazón
y ya nada yo me creo.
Sigo siendo como un reo
en su torre de marfil,
soportando el viento hostil
que azotando está ahí fuera.
Se me rompió la quimera
y se me apagó el candil.

Pero la familia tengo
para vestirme de luces,
y donde caí de bruces
renazco con mi abolengo,
el que me dieron y tengo
por herencia familiar.
Entonces vuelve a cantar
el gallo al amanecer
y me olvido del ayer
que a veces me arroja el mar.

Gracias por estar ahí
cada día, a cada hora,
gracias por la inspiradora
luz del monte Sinaí.
Gracias por el colibrí
que nutre nuestra memoria,
gracias por hacer la historia
cotidiana que nos llena,
y por la confianza plena

que la ha hecho meritoria.