sábado, 21 de noviembre de 2009

Los pilares de la lluvia.


La lluvia que añoré era una saeta
perfilando mis contornos,
cálida y fría, dulce y amarga.
Empapaba mi cuerpo y lo borraba.
Así de simple, con un gesto líquido,
con un rictus de tristeza.

Lluvia intransigente, en sus paredes
mis pasos perdieron su equilibrio.

Un árbol antiguo llegó para ampararme
en medio de la nada, o quizás era un libro,
de todas formas llevaba hojas
repletas de palabras.

Y allí estaba Eliseo dejándome el tiempo
todo el tiempo, y estaba Fayad convidándome,
si no podía dormir, a levantarme y navegar.
También Virgilio mostrando la Isla en peso,
mientras Lezama moría con Narciso.