lunes, 6 de noviembre de 2017

Discurso craquelado del yo y la epidermis, con apéndice visceral disparatada.




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Había pensado  tejerme otra epidermis,
mi pellejo de guajiro tropical no aguantaba más,
pero al observar detenidamente el craquelado
que tenía después de tantos siglos,
me di cuenta que me gustaban
sus rabiosas formas
de experimentada inexperiencia.

Yo mismo






I

(Epidermis ante el espejo)

Como la tierra reseca
mi piel se vuelve pellejo
de perro jíbaro y viejo
donde la memoria peca.
Y  la visión se me obceca
ante el lienzo craquelado
porque  ha quedado tatuado,
por  toda mi orografía,
el riesgo de una utopía
que arrastro desde el pasado.

No sé si llegar al fin
y morir sobre la cama
y luego que en la retama
me esparzan como aserrín.
No sé si ser comodín
en esta baraja obtusa;
no sé si matar la musa
para que muera conmigo
o dejarla de testigo
de tanta existencia insulsa.


II

(Epidermis sobre lienzo)

Ya no soy papel en blanco,
llevo borrones de tinta
y hasta alguna que otra pinta
derramada en cada flanco.
Y si tengo que ser  franco
sobre mi composición,
diré que no hay algodón,
que soy sólo celulosa
de bagazo o de otra cosa
que no es digna de mención.

Y cuando frente al gran Goya
me sacié de su pintura
mimeticé  su negrura
y me olvidé de Sorolla.
Toda mi sangre crïolla
abominó de la luz
imbuido en el capuz
de las locuras goyescas
que como a sombras chinescas
me tornaron abenuz.


III

(El yo ante Arthur Danto)

El arte ya estaba muerto
cuando yo llegué a su lado;
todo ya estaba pintado:
lo imaginario y lo cierto.
Pensé que estaba despierto
dentro de un sueño irreal
pero yo era un animal
dormido entre la pintura
semejando una figura
más de humo que carnal.

Ni el color de los fauvistas,
ni las tesis de Bretón,
ni el brochazo de expresión,
ni ningún suprematista;
ni la estética cubista,
ni siquiera el puntillismo,
me salvaron del abismo
ni sacaron mi talento
para que fuera en aumento
mi pasión por ser yo mismo.

Quise imitar a Dalí
en un agorero sueño
pero no logré el empeño,
de la cama me caí.
Quise ser como un semí,
un ídolo del behique,
mas algo estalló en mi psique
y  me dejó trashumante
como un becerro ignorante
bajo el mando del cacique.



IV

(Epidermis perpetua)

Sigo con mi piel de esparto
craquelada y cenicienta,
y su color aparenta
ser membrana de lagarto.
Como poeta comparto
esta piel desdibujada
hecha de tinta azogada,
al óleo y malos escritos
que sigue pidiendo a gritos
ser nuevamente pintada.

Sigo rodando y rodando
en una huida infinita
porque es diáspora maldita
qué con el mazo va dando.
No sé ni cómo ni cuándo
acabará esta condena,
ni dónde habrá una colmena
qué quiera zángano tal:
displicente y fantasmal;
bicho raro y alma en pena.


V

(Conclusión de la epidermis)

Ni poeta ni pintor,
ni mago ni maromero,
me quedé a medio sendero
cuando quemé mi valor.
Ni muso ni trovador,
ni manso ni hijo de puta,
solamente fui recluta
del dios Marte hace bastante
pero nunca fui arrogante
cuando llevé su batuta.

Y hasta aquí este alegato
sobre mi piel ovejuna,
sobre mi vida infortuna
de necio y de caricato.
Pensarán soy insensato
por hablar tan mal de mí
pero eso no importa si
lo hago "fiero y sin saña"
porque esto es una patraña
que  a la muerte le tejí.



VI

(Apéndice visceral disparatada)

Ya no hablo más de mi piel
 y las vísceras exhibo
mientras despacio galibo
sus contornos a cincel.
Me extirpo de forma cruel
el hígado azafranado,
y en ese mismo costado
se me extrapola un riñón
al sitio del corazón
que ya estaba desahuciado.

El vaso  que estaba lleno
de un líquido iridiscente
se desbordó de repente
y resultó ser veneno.
Se anegó todo el terreno
en que mi cuerpo moraba
y yo fingí que lloraba
con una angustia sin par,
pero en verdad era el mar
el que azul me envenenaba.

Mi  páncreas ahora recita
sofismas, es erudito,
es un poeta bendito,
es Arcipreste de Hita.
La cosa es tan inaudita
que hasta el intestino grueso
es un perfecto sabueso
de la prosodia española
y al hacer su merendola
deja al grafema en el hueso.

Mi próstata hizo un ensayo
sobre Eros y el hedonismo,
otro del culteranismo
y uno del jurista Gayo.
En semiótica es un rayo
y en semántica “la leche”,
de ahí que yo la aproveche
para escribir mis locuras
en féminas hendiduras
y mi verso se coseche.

Fue así que la poesía
en su extrema liquidez,
dejándome en la viudez,
se me escapó en gran cuantía.
Seguro estaba que el día
en que el torrente fluyera
de mi cuerpo para afuera
iba a ser un libro roto,
pero resultó un cigoto
de verbo en la sementera.

Nota:
Perdonen las asonancias
entre una décima y otra,
y el uso de los gerundios
como dos piedras rabiosas.
Perdonen si "aliteré"
(ya sé que el verbo no goza
aún de la aceptación,
de la academia española).
Perdonen si "anaforé"
y quemé mucho la torta,
pero estaba como un loco
escribiéndole a su loca
avejentada epidermis
y se me fueron las horas
en espontáneo arrebato,
y no me importó la ropa
que le pusiera a estos versos,
ni qué figura retórica
viniera a beber el vino
de esta desbordada copa,
porque a veces quedo harto
de guardar tanto las formas.
Esto es tan sólo un jarabe

para curar mis congojas.



Escrito de cualquier manera, en un día sin gracia y pensando en las musarañas.
O. Moré

2017