domingo, 21 de marzo de 2010

Monólogo corto con embolismo.


Gallo / Ángel Antonio Moreno / CUBA





Recuerdo cuando yo no era nada, cuando yo no era nadie. Estaba allí, en el pueblo de tierra rojiza, envuelto en mi pellejo, y mi pellejo pegado a mis huesos, y mis huesos eran frágiles a falta de calcio. Sí, lo recuerdo bien. Creo que no le importaba a nadie. Y a mí tampoco me importaba no importarle a nadie porque, en definitiva, qué importancia tiene eso. Sí, eso de importarle a alguien, si siempre pensé que viviría solo, que moriría solo.
Yo estaba triste y feliz al mismo tiempo. Me faltaban cosas, tenía muchas carencias, cosas que no podía obtener ni comprar, pero las más jodidas eran las carencias del alma, del espíritu. Esas eran las que se alimentaban de mí y perpetuaban mi escualidez y mi tristeza. No obstante, era feliz a mi modo, porque tenía libros y leía, porque tenía mis manos y escribía y dibujaba. Yo era feliz creando. Decían que tenía alma de artista, porque también dicen que todos los artistas son seres atribulados. Yo soy atribulado pero no creo que sea artista. Yo sólo soy persona, ya lo dije: una persona triste y una persona alegre, y soy raro. Eso también lo dicen, que soy raro, y que todo lo que escribo es raro, y mediocre. También soy mediocre. Claro, qué fácil es criticar, como si ser un genio fuera cosa de coser y cantar.

jueves, 18 de marzo de 2010

La Esperanza.

I

La veo pasar, y pasa
con su aire de abolengo
sin saber si voy o vengo,
si vivo o no en esta casa.
Suele ser una mordaza,
suele ser abeja fiera,
nunca quiere y aunque quiera
te besa con el veneno.
No importa que seas bueno,
siempre estarás a la espera.

II

Paloma blanca que al nido
volabas y no encontraste,
no llores, porque no erraste,
es que el nido se ha caído.
Paloma abraza el olvido
y alza de nuevo el vuelo,
seguro que en otro cielo
habrá un nido que te espere,
no cantes un miserere,
allí tendrás tu polluelo.

III

Un hombre corre con prisa
por la acera que da al río
y no le importa que el frío
se cuele por su camisa,
no mira por donde pisa
ni tampoco, en su carrera,
le importa que de la acera
se pierda su huella y corre
hacia la lejana torre
que se alza en la quimera.