lunes, 26 de octubre de 2009

Tu Desnudez

Desnuda sobre la hierba / O. Moré (Osvaldo Moreno) / CUBA



Amo tu desnudez
Porque desnuda me bebes por los poros…
Roque Dalton


Tu desnudez
es una piedra lisa,
el filo de un cuchillo.
Sólo al cerrar los ojos
tu desnudez
queda vestida por tus pestañas.
Tu desnudez
es un líquido latente,
con él, la alquimia de tu cuerpo
se hace más ambigua
y los pequeños seres que te rodean
esperan silenciosos,
hasta el último minuto,
la ocasión perfecta
en que han de devorar
tu desnudez.

sábado, 24 de octubre de 2009

Casa de sal y de abismos.

Ilustración: OSMOME.


Casa de sal sobre el agua,
encaje disperso que hiere
el azul y le confiere
faz de vívida tatagua.
Casa leve que se fragua
sobre el oleaje que ha muerto.
Barca y velamen abierto.
Casa de los peces mudos,
de fuertes y verdes nudos.
Archipiélago desierto.

Casa de abismos hirientes,
melodías apagadas,
habitada por las hadas
de la ausencia y penitentes
duendes. Flores disidentes
en las sombras de la noche.
Casa del mustio reproche
y la habitación dormida
entre sillones sin vida.
Rocín tirando del coche.

viernes, 23 de octubre de 2009

El esclavo camina.

Ilustración: OSMOME.

Hoy el esclavo camina. Unos seis kilómetros aproximadamente camina. Llega a la pirámide derrotado, horriblemente cansado. La mañana es fría y lluviosa. No hay tiempo para un café. Su cara denota la falta de sueño y el cansancio.
El esclavo cada mañana se despierta, y se levanta, a las cinco y treinta de la madrugada para llegar a tiempo a la Pirámide. Pero hoy ha tenido que salir con mucha prisa. Su mujer, que repara corazones en un importante hospital, estaba de guardia, y la han llamado en el momento justo en que se vestían. A todo correr han salido de casa, han llamado a la vecina para que se hiciera cargo de los niños, y han partido raudos en su carro. Ella le ha dejado a las afueras del pueblo, justo en el extremo opuesto a donde está la Pirámide, y ha seguido rumbo al hospital. Luego él se ha limitado a andar, andar y andar. Hasta que ha llegado arrastrando los pies. Rayando la hora de entrada.

El día ha sido duro. Ha llovido mucho y con fuerza. Las calles se han inundado. Conducir era todo un acto de fe. Pero hubo un rayo de luz. El esclavo pudo, después de mucho, pero muchísimo tiempo, comer con su mujer que vino a traerle el carro para que regresara a casa.

martes, 20 de octubre de 2009

El esclavo espera.


Se ha hecho de noche en la pirámide. El esclavo otea la noche, y en lo que espera a un esclavo sustituto, lee a Raymond Carver. ¡Cuánta grandeza en el minimalismo de la escritura! El esclavo disfruta de esa minuciosa descripción de gestos aparentemente insignificantes, pero qu dibujan claramente los rasgos de la psicología del personaje.
La espera se hace larga. Incertidumbre. El esclavo deja a Carver y se limitar a estar, a esperar.
La vida del esclavo siempre se ha limitado a esperar. Cada día, cada hora y minuto, cada segundo. Siempre esperando.
Una vez, hace ya tiempo, el esclavo vivió en Nubia, y allí esperaba ser libre. Nunca lo fue. Entonces se vino a la Pirámide y, aún, sigue esperando. El esclavo recuerda las palabras de Reynaldo Arenas.

«La diferencia estriba en que el comunismo te da una patada en el culo y tienes que aplaudir. El capitalismo, en cambio, te da la patada igual, pero al menos te permite gritar».

Las mañanas del esclavo son bastante estresantes. A veces no da abasto. Y entre tanto estrés, el esclavo, también tiene que sufrir la altanería y prepotencia de algunos dioses menores, y hasta de esclavos con ínfulas de dioses (estos últimos, normalmente, son los peores). Pero el esclavo aguanta. Porque otra virtud del esclavo, además de la espera, es el aguante.
La vida del esclavo en la Pirámide es bastante triste, aunque hay muchas, muchísimas personas que le aprecian y le hacen la estancia más llevadera.
La fuerza del esclavo, la que le mantiene vivo, está en la familia que ha creado (o como bien él la ha llamado en un poema, su épico milagro) y en la literatura: Los libros que lee y la poesía que escribe.

Milagro

Parto adusto los panes con mis manos,
el pan duro que vino sin los peces,
en la mesa de tantas escaseces
de mi madre, mi padre y mis hermanos.

A lo lejos mis miedos son humanos,
escapo de ese mar y sus dobleces,
y vuelvo a carenar, otras mil veces,
sin contar los intentos que son vanos.

Y al regreso a mi casa con mis hijos
(mi parábola, mi épico milagro)
yo procuro entender los acertijos,

pero sólo al añoro me consagro
degustando los muchos regocijos
que han marcado mi sucia piel de onagro.




A casa vuelve el esclavo cada noche, con la satisfacción del deber cumplido, pero sin que esto suene a consigna revolucionaria de la Nubia que dejó atrás. Y es que al esclavo le gusta hacer bien su trabajo (un trabajo que detesta pero, paradójicamente, que desempeña con toda la seriedad y el brío necesario). Nunca ha habido quejas con respecto al esclavo, siempre elogios. Por eso el esclavo sabe que despierta un poco de envidia en algunos y algunas. Pero el esclavo nunca actúa de mala fe aunque los otros piensen que sí. El esclavo sólo quiere trabajar, y trabajar bien.

El esclavo sólo quiere seguir esperando.

Esclavo gerundiano.

El esclavo está esperando.
Siempre espera. Cada día
va pintando la apatía
con sus óleos, coloreando.
El tiempo se va esfumando
y no llega lo que espera.
Él sabe que la quimera
tiene de fiera y de ave.
El esclavo bien lo sabe:
la vida es muy traicionera.

lunes, 19 de octubre de 2009

El esclavo Barre.


Ilustración: OSMOME.

Fría mañana. Ha llegado el otoño con su pijama de hojas secas. Hojas secas de platanero para ser barridas por el esclavo abisinio. El esclavo, mientras, escribe y escucha a Sabina: Pájaros de Portugal. Luego barrerá las hojas.
Las personan llegan.
Hola, dicen. Buenos días, dicen. Él, el esclavo, responde con un movimiento de cabeza, como afirmando, y con un ligero e imperceptible murmullo. A través del cristal apenas se oye algo, pero él lee los labios de los que le saludan. Otros pasan, simplemente, pasan. Mudez.

Hojas pardas en la entrada,
y el esclavo que las barre
suelta el lastre y el amarre
que le ata a la estacada.
Levita sobre la nada
mientras barre sus miserias.
Observa las caras serias
de esclavistas y soldados
sobre cuerpos seccionados
arrastrando sus histerias.

También el sol enmudece,
no grita ni tiene brillo;
a borrado su amarillo,
pareciera que atardece.
El esclavo que padece
de sombra y de vendaval
sigue barriendo el portal
sin inmutarse, sin prisa.
La mente canta sumisa:
Pájaros de Portugal.

domingo, 18 de octubre de 2009

Moisés y el Cisne.

La agonía del cisne / O. Moré (Osvaldo Moreno) / CUBA


Sinaí está cubierta de arenas movedizas.
Moisés está ahogándose entre granos y granos de arena.
Las tablas parecen borrarse débilmente.
Moisés es un grito en medio del desierto.
Sólo una noche estrellada podrá salvarlo.
Moisés espera la noche.
En las delgadas arrugas del cielo
la constelación del Cisne es un puñal.
Moisés es un escualo desprovisto de colmillos,
no obstante, muerde la cola del Cisne.
El Cisne se eleva a la constelación del Centauro
y Moisés, de un certero salto, escapa galopando.

Corazones de Hojarasca.


Sobre el asfalto de helada paciencia,
de gris impreciso e inmemorial,
los corazones atrapados,
hechos de hojarasca,
perdieron el miedo.

Como vehículos en tránsito
hacia una estación disipada en la memoria
se dejaron llevar a otras latitudes.
Conocieron la velocidad y el atasco,
la imprudencia, la posibilidad
de un horizonte lejano.
Y vagaron en la bruma de un sueño
donde la distancia era una flecha
en sus cuerpos, en la trémula carne
que llevaba raíces desde el tronco
a las hojas más dispersas.

La misma distancia que los separaba de la isla
los iba haciendo más cercanos a ella,
más isleños que la novia de verde cabellera
y estilizado y largo cuerpo.

Los corazones atrapados,
despojados del sol de su tierra,
de la luz de sus ventanas,
del café de ahogar la pena cotidiana,
de la Ceiba ahuecada por un güije,
se trasplantan en tímidas macetas
y quieren resurgir con nuevos bríos.
En sus ramas antes truncas,
florecer, fructificar, volver a echar raíces…
Pero el asfalto sobre el que perdieron el miedo
se hace largo, tortuoso, imprevisible,
y ellos sólo son corazones atrapados,
corazones de hojarasca volubles a los vientos,
a los otoños, a las brisas invernales
que les mueven, les columpian, les enredan.

sábado, 17 de octubre de 2009

La pirámide y yo.

Ilustración: OSMOME.

Debajo de la pirámide de cristal está el círculo. Yo estoy dentro del círculo. Yo observo y, pocas veces, soy observado. No obstante, eso no quita para que, cuando se sacude la pirámide, los trozos de cristal que caen desde arriba me hieran.
Dentro del círculo permanezco en ciclos de casi doce horas. Allí trabajo, dicen. Yo sé que hago algo más, existo, a pesar de los pesares. Vivo y muero. Luego renazco en mi cama y vuelvo a empezar, pero a mitad del día ya estoy muerto de nuevo, seco, marchito…


De las cenizas renazco
como el Fénix, pero luego
me consumo en rojo fuego
y vuelvo al mundo con asco.
Sigo encerrado en el frasco
circular donde yo observo
las heridas. Soy un siervo
atrapado y sin futuro.
Sigo a la sombra del muro
y no germina mi verbo.