domingo, 10 de octubre de 2010

Dónde Espero...

Dónde espero la prisa, la inconstancia,
el dolor de perder, el agua oscura,
la sinuosa esperanza, la armadura,
la espada y el escudo de mi infancia.

Dónde espero la espera, la modorra,
el viento y el reloj, las hojas secas,
el discurso voraz y las obcecas
vestiduras del ángel, la mazmorra

de aquel reo infeliz. Yo dónde espero
una soga que penda del camino,
una rosa, un dolor, un ruin rasero,

la piedad, el sentir y mi destino;
el rezo y la traición en el madero.
Dónde espero si soy un peregrino.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Memorias de la rima.

No puedo precisar exactamente cuándo fue que escribí mi primer poema. Debía de contar yo, supongo, ocho o diez años.
 Aunque la poesía ya había entrado en mi vida a una edad muy temprana, de la mano de Los Versos Sencillos, del Ismaelillo y de La Edad de Oro, todos libros de José Martí, y con la presencia de mi tío Ángel, que iba poblando la casa de mi abuela con sus versos, me había conformado, hasta ese momento, con ser un simple lector. Me fascinaban esas palabras rimando en mi boca al ser leídas. No puedo describir el gozo que sentía al declamar, por ejemplo: La niña de Guatemala, Los Zapaticos de Rosa o la Bailarina Española. Luego descubrí la poesía infantil de Nicolás Guillén en su libro Por el Mar de las Antillas anda un barco de papel. Me lo había regalado mi padre, sabedor y fomentador de mi afición a la lectura. Y con Guillén vino una nueva apoteosis. Sin duda Martí y Guillén fueron los causantes de que un día, en mi lejana niñez, me diera por escribir aquel primer poema que, al igual que el primer amor, nunca se olvida. Recuerdo aún algunos versos:

Una flor muy extraña
de distintos colores
era la más bella
entre las demás flores.

Y aunque el resto lo ha borrado mi senil mente, sí recuerdo que seguía enumerando las virtudes de esta exótica planta, entre ellas, de que era una flor cantarina. Recuerdo además la ilustración que hice, debajo del poema, de este espécimen vegetal con raros pétalos, cada uno de un color diferente.
En aquel entonces yo no sabía que era una rima asonante ni una rima consonante, no tenía ni idea de que eran la métrica ni las licencias poéticas, escribía, si puede utilizarse el término, de oído. Buscaba ese ritmo, esa cadencia para lo que escribía en lo que leía. Y aún creo que, de cierta manera, lo sigo haciendo así. Aunque ahora conozca un poco la técnica, sigo prestando más importancia a como suena, a cómo se oye lo que he escrito, que a todos los ardides poéticos. Por supuesto que nunca he consigo ese ritmo interior perfecto, pero lo intento una y otra vez.
Por desgracia, de aquellos pinitos poéticos infantiles no queda ningún testimonio gráfico, y digo por desgracia, porque me hubiera gustado mostrar a mis hijos algunos de aquellos poemitas.
Me acuerdo también, ya más adolescente, de un poema de versificación libre cuyo primer verso decía: Te miro Dustin en la pared…, y no recuerdo nada más. En esa época leía mucha poesía cubana contemporánea, poesía de noveles autores más dados a la libre versificación, e influenciado por ellos dejé de lado la poesía rimada. Aunque recuerdo con gusto, de ese tiempo, que me aficioné a los poetas repentistas del programa de televisión Palmas y Cañas: me dejaban siempre con la boca abierta y anonadado con sus improvisaciones a partir de los “pies forzados”.
Entre mi primera infancia y mi adolescencia hubo un período de tiempo que dejé de escribir poesía (pero no el escribir otros géneros literarios) y me absorbió casi por completo la plástica. Me dio por dibujar y dibujar hasta la saciedad. Y en el orden literario cambié la poesía por los cuentos. Y hasta combiné ambas cosas: la literatura y el dibujo, en un comic que nunca acabé y que llevaba por título: Aventuras del submarino Lucero. No obstante, la poesía seguía ahí, pero en forma de lectura preferida. Comencé a leer a los clásicos y a los grandes poetas latinoamericanos y universales. A muchos no los entendía, ni los entiendo todavía, y por ello me fascinan más. Entonces llegó la juventud y con ella otra vez la fiebre de escribir poesía. Empecé a llenar folios, cuadernos y libretas de una forma compulsiva. Estoy convencido de que casi todos los poemas que escribí en esa época son malísimos, pero no me puedo desprender de ellos, les guardo mucho cariño porque, como no me canso de decir, son los hijos del aprendizaje.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Puntos Cardinales.

Al este de tu risa,
Por donde las carreteras giraban
En busca de la estrella que nunca cayó,
Estabas tú.
Al oeste de tu risa y al norte de mi boca,
Yo esperaba delimitar aquellos contornos,
Los turbios ademanes de tu cuerpo,
Las reliquias sagradas de tus senos.
Al sur las amapolas flácidas
Sedientas de agua y de luz,
El camino de tierra roja,
La palma inventada, la que sembramos
Aquella noche de luna inquieta,
La misma palma de mis sueños,
La que no he vuelto a ver jamás.
Al oeste el mar encabritado,
La necedad del horizonte haciéndose lejano,
la mirada que se perdía
Buscando la tierra prometida,
El verde de la isla.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Terminado en mente.

Viñeta / O. Moré (Osvaldo Moreno) / CUBA

Finisecularmente soy una partícula
Que se debate entre la luz y la sombra,
Entre la verdad y la mentira,
Entre el mar y la tierra,
Una partícula de universos paralelos.

Paradójicamente soy un loto
Y una mala hierba,
Un encantamiento y un maleficio,
Una joya y una ganga,
Un collar en perros distintos.

Personalmente soy carne,
Animal corto de miras,
Sin lenguaje y sin pedigrí,
Un ente transitorio, un cadáver vivo,
Un destello momentáneo.

Idílicamente soy un espécimen en extinción,
La huella dejada por un dios
En la arcilla, la predicción del oráculo
Y las cenizas de un nuevo fénix.

Fugazmente puedo ser estrella.
Literalmente puedo ser capullo.
Inefablemente soy un objeto de un decorado.
Anímicamente soy un poeta que se cree poeta.
Profesionalmente sólo abro las puertas.
Pero sé que todo,
absolutamente todo,
está en mi mente.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Monólogo del equilibrista.

Fonambulistas: Remedios Varo



En el rincón de mis manos,
donde los adversarios son comunes,
encontré unas máscaras de ceniza.
Caminé por la cuerda
con el miedo pegado a los zapatos.
Las máscaras me miraron
y sufrí la hibernación de las palabras.
Debajo de mis pies el abismo era inmenso.
Luego, una ráfaga de aire,
como esas que bañan las estatuas,
se hundía febrilmente en mi cabeza.
Equilibrista al fin, hice mi papel,
pero el miedo seguía allí, tan ridículo,
que las máscaras dispararon una sonrisa.

O. Moré



viernes, 30 de julio de 2010

De los Dioses y el agua.

El agua cae con fuerza inusitada. Se han roto los velos del cielo, el cristal de esa inmensa pecera que alberga peces astros, cetáceos nebulosas, hipocampos satélites. Los trozos de cristal helado caen y se estrellan en el asfalto y luego fenecen nuevamente convertidos en agua. La pirámide se inunda. El viento arrastra el agua, la sujeta de la mano, la lleva a los interiores, la cuela por cada oquedad. El agua llena los depósitos, los derrama, lo anega todo. Las luces huyen, las sirenas cantan con aborrecible silbido. Caos llega y ejerce su reinado. Los esclavos hartos de tanta agua
se envuelven en la apatía (el agua les trae más trabajo). Los esclavos foráneos brindan sus manos y faenan.
Mientras, en la cima, Dios parece no enterarse. Dios padece de ignorancia. Dios sólo sabe que no sabe nada. Y cuando a sus reales oídos llega el leve murmullo del agua, Dios, es sordo.
El Faraón baja a la base de la pirámide, pero poco aporta. El Faraón, después del agua, desaparece hacia un destino desconocido. La pirámide sigue sumida en el caos, pero Dios y el Faraón desaparecen. El capataz se preocupa de salvar su Rojo Fuego mientras la pirámide, a sus espaldas, sucumbe bajo el agua.
¡Ah, malditos Dioses que escapan para no ser barridos por el agua!.

lunes, 21 de junio de 2010

Muriel, Guillermo, los cuerpos y la elegancia del erizo.



Mi encuentro con Muriel Barbery fue casual. Yo le vi primero, pues ella, creía yo, estaba de espaldas. Aunque, en realidad, lo que vi era la torre Eiffel tras el rosa inverosímil de los Campos de Marte. Quien me observaba, atentamente, desde enormes lentes redondos, era Paloma.

Me acerqué al estante y las tomé a ambas en las manos, y resultó que Muriel no estaba de espaldas sino dentro. Allí, en blanco y negro, en la solapa de la contraportada, su rostro ovalado y tierno, me miraba perfilando una media sonrisa seria (valga la paradoja).


Yo había ido a aquel sitio en busca de Cuerpos Divinos, me lo autorregulaba por el día del padre. Guillermo Cabrera Infante siempre me ha deslumbrado desde que, hace más de 15 años, tropecé con Tres Tristes Tigres (tropiezo clandestino ya que, Guillermo, no es santo de devoción en la Isla). Pues eso, que estaba yo allí, en busca de la novela póstuma de mi compatriota y me encontré con el elegante erizo de Muriel, tal y como he descrito al comienzo. Había oído a mi hermana comentar la versión cinematográfica y me había dejado un buen sabor de boca, por lo que no vi inconveniente ninguno en saciar el hambre que ese sabor había despertado. Decidí que La elegancia del Erizo sería mi siguiente banquete literario después de Cuerpos Divinos.

Y así fue, me regalé el libro de Guillermo y le regalé a mi esposa el de Muriel. Mientras yo devoraba los Cuerpos, ella hacía lo mismo con el Erizo. Me dijo, casi a mitad de su lectura: Te va a encantar. Mi esposa tenía razón, el libro me fascinó. Este coctel entre Cenicienta y Pigamalión, lleno de pinceladas filosóficas y que transita de la comedia al drama y hasta, sin llegar a la cursilería, al melodrama, es una preciosa e inteligente novela.


De todas las lecturas, que se pueden sacar de esta obra, me quedo con una: El arte es una medicina para el ser humano, porque como dijo alguien, es algo que el hombre creó para ennoblecer la vida.

O. Moré.