Mostrando entradas con la etiqueta De la pirámide. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta De la pirámide. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de noviembre de 2016

Pero tú sabes lo que era decirme aquello a mí...

Centinela / Carlos Guzmán  / CUBA
Más de este artista clicando  aquí

Pero tú sabes lo que era decirme aquello a mí…



_ Pero tú sabes lo que era decirme  aquello  a mí… Me quedé estupefacto, porque… a ver, ese tipo no me conocía de nada… ¿Con qué fundamento decía que yo era un racista?

_Y tú… ¿le conocías a él?

­_No, tampoco, era la primera vez que hablábamos. Yo lo veía pululando por allí, por La Casona, pero no teníamos ninguna relación. Alguna vez  habíamos cruzado algún saludo, apenas un ¿qué hay?, un ¿qué volá?, nada más. Él era novato, casi acababa de llegar. Si mi memoria no me falla llevaba sólo algunas semanas o algo así.  Apenas había empezado el tratamiento de choque. Ya te digo…, no sé cómo se atrevía a dar una opinión de mí; él no sabía nada de mi vida.

_ Pero… ¿qué hiciste, qué dijiste, para que te dijera eso?

_Yo estaba hablando con Maliba ¿Te acuerdas de Maliba? ¿Sí, asere, aquella trigueñita tan delgada, a la que todos llamábamos Doctora Palillo, la que se dio candela cuando salimos de La Casona? Bueno, pues con esa, ya veo que te acuerdas. Hablábamos de cosas del barrio, de la gente, de conocidos comunes, porque ella me decía que eso era bueno para “mi terapia”; la pobre, ella sí que necesitaba una buena terapia, pero yo me dejaba hacer, para qué quitarle la ilusión. Maliba decía que hablar de esas cosas me haría olvidar los horrores de la guerra… Y, no sé cómo, hablando de unos y de otros, salió a relucir lo de Damarys…

_ ¡Coño, verdad, Damarys, ya no me acordaba de ella!  ¡Qué desgracia! ¡Tan joven…, tan linda…!Asere, qué clase de jeva se perdió ahí!

_ Así es, asere, así es.

_Bueno, sigue… ¿qué pasó?

_ Pues lo que te decía, salió a relucir el caso de Damarys. Maliba  no sabía nada; ella cuando ocurrió lo de Damarys estaba ingresada en Masorra*. Yo empecé a contarle lo que había ocurrido. El tipo este, te puedes creer que ni si siquiera supe nunca cómo se llamaba, estaba sentado justo detrás de nosotros oyendo toda la conversación. Entonces Maliba me preguntó que qué Godofredo era el que había matado a Damarys, porque te acuerdas que estaba también Godofredo el hijo de la Rusa y de Pepín, y yo le respondí que había sido el mulato Godofredo, ella me dijo que claro, que era de esperar,  que todos sabíamos que Godofredo no era buena persona, que se le veía a la legua; y le recalqué: sí, tal como lo oyes, Maliba, el mulato Godofredo. Pues para qué habré puesto tanto énfasis en lo de mulato, asere. Aquel tipo se levantó, se vino hacia nosotros y en un tonito sarcástico va y me suelta: Ya está, como era un asesino tenías que remarcar que  era mulato. Como en las películas yanquis, que todos los delincuentes o son negros o son latinos; siempre el mismo cliché de mierda. ¡Vaya racista me ha salido  el blanquito este! Maliba y yo nos miramos, ella me apretó la mano para serenarme, porque me cambió la cara, pero a mí ya hacía mucho que no me daban ataques de ira, el último que había tenido justo me había costado aquella reclusión en La Casona por tercera vez; simplemente  no  daba crédito a lo que estaba escuchando. ¿Quién coño le había dado vela al tipo éste en este entierro? ¿Qué importancia tenía que yo llamara mulato a Godofredo, si era mulato? ¿Qué coño tenía que ver aquello con las películas yanquis ni la cabeza de un guanajo? Además, quién en Naranjos no dice: el negrito Arquímedes, la mulata Helena, el jabao Agapito, todo el mundo lo dice, es una manera nuestra de hablar, muy nuestra, no hay nada de despectivo en ello. Y aquello de: ¡Vaya racista me ha salido el blanquito este!; eso, a qué coño venía… ¡Pero qué cojones se había creído este hijoeputa! La verdad es que me jodió mucho, me recomió el higadillo, ya tú ves, decirme eso a mí, a mí que todas mis novias habían sido negras, que mis mejores amigos en el pre eran dos negros; a mí que había estado en Angola, en la guerra, defendiendo negros; a mí, a Eladio Montesdeoca,  al que le habían matado a su negra, mi negrita Araceli, mi mujer, mi linda negra Araceli, en aquella puta guerra. A mí llamarme racista.  Pero ahí no quedó la cosa, empezó a destripar de Damarys, de Totó ¿te acuerdas de Totó, aquel jevito que tuvo Damarys?

_ El que toda la familia se había ido pa’ la Yuma ¿no?

_ Sí, ese mismo.  Pues bueno, el tipo siguió con la cantaleta, que si Totó era un gusano, un apátrida pagado por la CIA, y yo que sé cuantas comeduras de mierda más,  y después hasta empezó a destripar de Godofredo, que hasta hacía unos minutos lo había estado defendiendo. Ni que él hubiera conocido a Damarys, a Totó o a Godofredo, como los había conocido yo, que habían sido mis vecinos del barrio de toda la vida y no de él, que yo no sabía ni dónde pinga vivía este tipo. Y luego, ya, el colmo de la cosa: comenzó a analizarnos a mí y a Maliba, como si él fuera nuestro psiquiatra… Y todo esto a grito pelao. Maliba se puso a llorar y con tremenda temblequera. Te lo juro, ese tipo era malo, y estaba más jodido del coco que nosotros dos y que todos los de La Casona juntos. Después supimos que había sido oficial de contrainteligencia militar o de la G2, algo así por el estilo, y que lo habían tronado por no sé qué chanchullo en el que se habían metido su mujer y él, algo de jineterismo con menores, me parece. El caso  es que el tipo se tostó, porque un día, en una de las fiestas que montaban él y su mujer,  se emborrachó y le metió mano a su propia hija de doce años. Bueno, la chamaca fue la que los denunció, y los metieron a los dos, a su mujer y a él, en la cárcel, y allí acabaron de fundírsele los fusibles pa’l carajo al cabrón este. Así que fíjate tú, qué clase de elemento era ese tipo. Por eso te vuelvo a decir… ¿Quién coño le daba derecho a hablarnos así, quién? ¿Cómo podía juzgarme por un simple comentario, sin saber nada de mí ni de mi vida? ¿Cómo podía hacer llorar a una muchacha tan indefensa como Maliba?

_ ¿Y qué hiciste?

-Na’, en ese momento no hice na’; tenía muy presente lo que tú me habías dicho de las confrontaciones en público,  que las evitara si quería salir lo antes posible de allí, de La Casona, y más sabiendo que, cuando me pongo iracundo, me da por romper cosas, y nos es un espectáculo muy agradable de ver.  Pero, aparte de eso, es que no merecía que yo gastara una gota de saliva en responderle. Aún así, le pedí disculpas por si le había ofendido, sabiendo que no tenía por qué disculparme, porque el tipo ni era mulato ni negro ni jabao, era más blanco que tú y que yo, y tampoco era un jodido médico, y yo no había dicho nada malo. Este tipo  sólo era tremendo cometranca, tremendo hijoeputa, eso es lo que era. Simplemente estaba harto de su perorata y quería desaparecerme de su vista, así que después de decirle: perdone,  no era mi intención ofender a nadie y menos a usted,  me llevé a Maliba de allí y le dejamos con la palabra en la boca.  Y fíjate que podía haberle rebatido todo aquello con sólo contarle todo esto que te he contado, pero…, para qué… Que se lo singara un caballo.

_ Y después, pasó algo más. Volviste a hablar con él.



_ No, no volví a hablar con él, esa misma noche apareció muerto en su habitación con el cuello roto, partío en dos. Pero tú sabes, asere,  lo que era decirme racista a mí, justamente a mí, decirme aquello a mí…

*Masorra: Hospital Psiquiátrico de la Habana.


(De la "Casona de Mambrú"  (relatos de aprendizaje)) 

O. Moré

domingo, 30 de octubre de 2016

Icosaedro (1)

Perpetua /Roberto Ferri / Italia



Después de los ciclones



 Voy a contarte esas furtivas insolencias
que dibujo después de los ciclones:
el agua como un antílope eludiendo la garra
de un tigre nocturno;
el hibisco cabizbajo, eremita que olvida sus colores
en un mustio abandono
y, desangrado, se ofrece en sacrificio;
Aracne tejiendo con hilo de acero
la red que me atrapará pasada la estación de las lluvias;
y las dicotomías de la casa mientras tú y yo,
funámbulos de turno, caminamos por la cuerda floja.

Ya lo sabes, después de lo ciclones
mi manos  grafican verdades y misterios
en claros oscuros difuminados,
porque las verdades son grises
y sus alas de ceniza se desvanecen
al más mínimo soplo.
No hay blanco, no hay negro,
sólo palabras amorfas e incoloras
que se peinan en otro espejo,
como si ellas mismas fueran
decapitados sueños de la usura
que el amor y el desamor le inocularon.

Sabrás perdonarme estos arabescos
hilados en mi piel, no tatuajes,
sino besos lúbricos, lotos  en el agua,
gaviotas de vuelo rasante alejadas del mar
en diáspora hacia la laguna
de este pecho inconstante vertebrado de espinas
 como un pez de mundos abisales.

Sabrás, luego, enhebrarlos y ser tú
Aracne cada día, cada hora, cada minuto,
para que no se quede sin tejer esa red
que ha de salvarme, para siempre,
de mi próxima caída
después de los ciclones.



Valle de los cocuyos.



Morí aquella noche
y no te lo dije, la sustancia del sueño
me abandonó entre estertores y jadeos,
y llegué a un valle tapizado de luciérnagas,
bueno, de cocuyos, ya sabes,
y todas las palmas habían desaparecido,
como si la nada hubiera besado las paredes de la noche
y  hubiera plagiado sus negros velámenes
 convertida en un prestidigitador antiguo.
Entonces ella bajó, la mismísima nada,
y me mostró mi tumba cavada en una roca,
y pude descender, insomne, al abismo.
Y sí, la muerte es muy hija de puta,
tan hija de puta como la pintan.

Morí aquella noche
y no te lo dije, tampoco te diste cuenta,
tú estabas cabalgando en otro sueño,
tan lejano, tan equidistante,
que apenas eras un tímido punto de luz
en la inmensidad del cuarto.
Y ahora, cuando las agujas del reloj
marcan de nuevo el juego de los onirismos,
la muerte vuelve y se pasea
en batón y zapatillas por toda la casa
hasta llegar a todos esos parajes inconexos
entre tus sueños y los míos,
y mi único miedo es que si te encuentra
decidas irte con ella al valle de los cocuyos
para no regresar nunca. 


Lectura de la Casa



Acabo de leer sobre la casa,
en su exégesis otros encontraron
el dentro y el fuera, el dentro y el contra,
pero yo ya lo sabía desde que la larva
del insecto espurio que fui
se convirtió en polilla de libros prohibidos.

Muchas aguas se han vertido desde entonces,
y la casa, humedecida y herida de salitre,
llora con las diatribas, y sus redes desnudan
los horizontes verticales,
porque esa línea, esa costura,
es inalcanzable a nuestras manos.

Mucha tierra se ha removido desde entonces
en busca de los tesoros ocultos,
o quizás fuera de horizontes subterráneos…
Cómo saberlo, yo opté por la verticalidad
y el fuego no dejó ni rastro de mis alas.
Pero la casa sigue habitada por ánimas
que fecundan e, infelices, tras el muro,
se sientan a esperar sin espera.

Muchos aires han soplado desde entonces,
vientos cálidos y fríos, y hasta tenebrosos ciclones;
aires que trajeron y alejaron tormentas
que lo anegaron todo para luego dejarnos la sequía
 y devolvernos a la nada,  a la inmóvil estación
en que la casa se paró en el tiempo
y se quedó, para siempre, gravitando
entre edénicas promesas.

Otros, los sabuesos, siguen queriendo
tapar el sol con un dedo
a pesar de que el sol de la casa
es inconmensurable
 y no cabe en las manos de Dios.



Fases geológicas



Cuando fui arcilla transitaba otros territorios,
tenía palabras que brindar
en oraciones paridas por el árbol de mi infancia,
en él las arañas tejían desprejuiciadamente,
 entre el follaje,
telas fragmentadas donde atrapar las ilusiones.
Entonces yo dibujaba flores de otro mundo,
mujeres de cuellos lánguidos como las de Modigliani,
y alas rojas en las arterias de los corazones infartados
para que pudieran escapar al cielo de los cuerpos
después de la derrota.
Las manos, mis vengadoras,
volvían cada noche repletas de milagros,
de allá, del país de lo imposible.

Cuando fui roca el verde me atrapó en su color de olivo
y volé, sobre mares de disímiles azules,
tras el héroe que soñé cuando era arcilla.
Y allí estuve, en la tierra del impala,
jugando a ser el soldadito de plomo
añorando a su bailarina inalcanzable.
Y regresé guepardo con destellos en el pecho
y con las mismas ansias de atrapar los sueños.
Pero ya nada era igual, la pirámide,
pálida y mórbida, me miraba con los ojos enormes
de un pájaro de barro que sabía que  nunca echaría a volar,
porque la estación de los milagros
se desvanecía en la neblina de cada aurora.
Entonces escondí todas las palabras
y  leí antiguos libros para descifrar
el futuro en un tarot sin cartas.
No pude.
Los signos y los jeroglíficos
eran demasiado complejos,
y aún la piedra de Rosetta brillaba por su ausencia.
Amón Ra había olvidado sus deberes,
la pirámide se desmoronaba en erosión continua.

Volé de nuevo sobre los mismo azules
con la sospecha de morir de desarraigo,
pero esta vez hacia las manos
y el cuerpo de una zagala
que, con el épico milagro, me salvó de mi intrépido
salto al vacío.

Ahora, que soy arena, recupero las palabras,
las perdidas palabras fabulosas de antaño,
y  puedo desangrarme poco a poco,
letra a letra, como un mártir
que fue arcilla y que fue roca.

O. Moré
2016






Roberto Ferri
Más clicando aquí
 
Ossessione / Roberto Ferri / Italia




domingo, 2 de febrero de 2014

La Guerra Cotidiana

A mi regreso de la guerra, con las condecoraciones.
Todo aquel que haya vivido una guerra sabe que es el infierno mismo. La guerra, sea justa o injusta, es un horror por el que nadie debe pasar. Yo estuve en una guerra, aunque mi misión allí no era de las más arriesgadas, padecí lo indescriptible: ese miedo visceral al futuro, a saber si mañana estarás, si mañana volverás a ver la luz, volverás a respirar y seguirás existiendo o, de lo contrario, serás pasto para la carroña y regresarás a casa en una caja hermética que será regada por las lágrimas de los tuyos. La guerra es una pesadilla terrible, pero, aun así, fue una escuela para mí, dura escuela, pero escuela al fin, que templó mi carácter y me enseñó a ser fuerte, a vencer los miedos e incentivó, aún más, mi compañerismo y mi fe en el ser humano. La guerra me enseñó más del alma humana que la universidad de la vida (como suele decirse), la guerra me enseñó a defenderme mejor que todos los años de academia y de entrenamiento. Soy militar de carrera, especializado en aviación de combate y transporte de tropas. Hace ya muchos años que no ejerzo, pero esto no se olvida, como no se olvida la guerra.

El hombre es la más compleja maquinaria sobre la tierra, a todo se acostumbra. El hombre es capaz de acostumbrarse al horror. Dos años estuve en esa guerra ajena y me acostumbré a ella (de cierta manera, pues el miedo a la muerte, por muy valiente que creas ser, es algo genético, ancestral, siempre aflora de una manera u otra). Llegó un momento en  que los tiroteos nocturnos, que sentíamos demasiado cerca, se volvieron algo natural, como si fueran el fastidioso repicar de unas campanas o el insoportable tic tac de un reloj, cosas que, aunque molestas, acaban siendo soportables. Estuve a 300 metros de una terrible explosión y, para mi propia sorpresa, no sentí miedo en ese momento. Fui capaz de cumplir la misión que se me encomendó (instalar una ametralladora tras una barricada de sacos, poner  a cubierto los soldados bajo mi mando y mantenernos alertas y  a la espera de un previsible ataque) sin que temblara un sólo músculo de mi cuerpo. El ataque nunca llegó, la explosión había sido un atentado contra el presidente del país al que defendíamos, que no tuvo más consecuencias que la destrucción del salón de protocolo de dónde éste hacía escasos minutos acababa de salir.

Si la guerra, la de verdad, la dura guerra de armas y destrucción, la que siega miles y millones de vidas humanas, no  pudo conmigo, no me doblegó, porque, lejos de meterme en el papel de víctima, la utilice a mi favor para crecerme ante la adversidad, para hacerme más fuerte, para hacerme mejor persona;   si esa caja de Pandora, que es la guerra real, no hizo mella en mí, no puede hacerlo la guerra cotidiana. No lo puede hacer la insidia, la blasfemia, la ignorancia, la envidia, la sinrazón, la carencia,  la falta de bondad, la falta de respeto al prójimo, la pobreza, la falta de espíritu, la venganza, la rabia, la pérdida de valores, el caos en el que estamos sumidos, la apatía, la mediocridad,  la indiferencia... etc. Y todo ese arsenal de circunstancias que nos atrapan, nos arrollan, nos cercan, desde que, cada mañana, nos ponemos en pie y salimos a la batalla por la existencia. Esta es ahora mi guerra, la de sobrevivir cada día, ajeno a la tormenta mediática, porque mucha gente depende de mí, y se los debo. Y aunque hay días mejores y peores, días en que te dan deseos de tirar la toalla, siempre hay una voz interior (esa misma voz que se enraizó en la guerra verdadera) que me dice: sigue adelante. La vida es una sola, si hay otra, sólo Dios lo sabe, nadie ha vuelto de allí para contarlo. Sólo Él lo sabe, al igual que sabe muchas otras cosas: las tuyas y las mías, y si la creencia cristiana es cierta, el día del juicio Final, cada cual habrá de pagar por lo bueno y por lo malo que ha hecho.
Si fui capaz de arriesgar mi vida en una guerra que me era totalmente ajena, por ayudar a gente a la que no conocía, pero que acabé queriendo, a miles y miles de kilómetros de mi casa y de los míos, que no sería capaz de hacer por la gente a la que amo, la que me arropa, la que me da su mano en el día a día, la que me ayuda en la cotidianidad. No puedo imaginar que alguien piense lo contrario, porque no son palabras, son hechos. Quizás parezca petulante o peque de falta de modestia, pero a veces hay que dejar la modestia a un lado o las fieras te devoran.

La guerra cotidiana no puede vencerte, pésele a quien le pese, sea un gobierno o un enemigo, porque la batalla por la sobrevivencia existe desde que el mundo es mundo.

 He rescatado del cajón del olvido algunos poemas que escribí en esos dos años en los que formé parte de los predios de Marte, el dios de la guerra, y quiero compartirlos.  No sé si tienen la calidad necesaria  o si son buenos, pero son los hijos de aquel aprendizaje, los hijos que me nacieron de las emociones vividas. Aquí quedan:


Partida


Me tocó un día después
que regresaron los muertos,
venían ceñidos en franjas blancas y azules,
venían del hielo eterno
a la calidez de las lágrimas.
Me tocó un día después y fue tan triste,
no por mí, sino por ellos.

Dicen que estaré aquí para que coma pan la mariposa,
para que la cobra repte feliz en las arenas
y el niño juegue en el lodo
con sus duendes ancestrales.
Eso dicen... y quizás sea cierto,
pero volé porque mis alas
querían expandirse,
 porque mi sangre también es numerosa,
porque como el de el anillo de acero
tengo fe en el prójimo,
porque llevo mis propios dioses interiores
y no necesito de dioses supremos
que me inciten a la batalla,
aunque quien me parió una tarde de verano
estará triste por mi ausencia.


Viaje


El tic tac está a tiempo.

No tengo la camisa de aire,
no tengo el equilibrio de arlequín
ni modo alguno de asirme al fuego.

La mañana está cortada, abierta,
y las flores se asustan a mi paso,
como si mi vuelo fuera el de no volver.

El columpio dejó de oscilar,
los estuches se cerraron,
tal parece que el último chivito
no podrá esconderse.

Llegaré y escaparé en una gacela,
entonces mi torso de antílope
dará de que hablar a los mercaderes.

No seré el reyecito de las minas,
pero algo de metal precioso
estará inaugurando cavernas en mi cuerpo.

Allí estaremos todos los felices,
todos los tristes y los amargos.

No tendré el mágico anillo,
los lentes de Lennon, el dibujo de Chagal
para pastar de vez en cuando.
Sólo fumaré de la pipa del olvido
cuando mejor me parezca.


Termómetro

 Algunas cosas quedaron en la casa,
cosas materiales, cosas sin la mínima importancia,
pero sobre todo un silencio frío.

El mundo se dividió sin mi lámpara
y mi cuarto, más oscuro, 
se escurrió dentro de mis ojos.

Volví a palidecer.

El surco que dejé abonado
tuvo sus ráfagas y sus ventiscas,
estuvo tan de trueno
que la esperanza, como el camaleón,
se fue dejando vestir de otros colores.

En mi puerta, por la mañana,
apareció un letrero de azogue.



Nuevo héroe


Se escapa por el aire y su estrechez pesa,
ave que retardó su vuelo
 y al que cortaron las alas.

Anunciaron su llegada en las catedrales.
Su distancia es una perla hundida en el océano.
En su lapidario las letras repujadas
estallan en el mármol.

Él no estaba hecho para lágrimas
y allí plantarán una bandera.
Luego escaparemos nosotros también,
y recorreremos sus silencios,
para que perdure el brillo
de su estrella en nuestras manos.


Pan del desayuno


En la vieja casaca el polvo estaba desnudo,
sus alaridos regaron el cuarto,
todos sus alaridos me rondaron
hasta apresarme en una espiral húmeda.
Mi cuerpo recordó al Dios de La Guerra
y a todo su mundo neblinoso y amargo.
Los redobles del tambor estaban en mi oído,
la larga fila caminaba hacia la muerte,
entonces banderas y estandartes
brillaron a la luz de los himnos,
hasta que se perdieron tras el polvo.

Cuando esta visión rasgaba mi pupila
aquel niño más negro que la noche
me pedía el trozo de pan del desayuno.



Legado


La tierra prometida está en mitad de las aguas,
el viento la circunda
y me trae su olor a espuma, a selva, a piel negra.
Allí estará “la pupila insomne” de Rubén,
con su finísima luz de héroe y de mártir,
que nos llama  a ser los riachuelos de su sangre,
la continuidad de su estirpe,
para que podamos partir el agua
y regresar
con destellos en el pecho.


Autorretrato del Soldado



Yo soy ese sonámbulo que va haciendo giros grotescos,
que se asusta al paso de la lechuza
y cae en un  silencio veloz que se atraviesa.
Mi carne, de espejos agrietados,
se resbala misteriosa en la luz final del sueño.
Yo soy esa catarsis de la espera.
Mi voz, como los Gnomos, salta sin descuidos,
y la música más sencilla se encierra en mis manos,
las hace volar sobre las minas,
esas minas que inauguraron mi cuerpo
cuando hube de faltarle a la casa y a los besos de mi madre.


Foto X


Sentí un frío glacial
y luego esa gota de agua en la espalda.
Sentí mi mirada perdida,
mis ojos perdidos en el ojo de su mundo.
Abierta en el papel, crucificada, sedienta de savia,
no podía ver que yo quería morir por ella,
que quise vomitar el fuego de muchos días
y sólo logré el ligero placer de una estocada.




Luanda, 1989 a 1991 






viernes, 30 de julio de 2010

De los Dioses y el agua.

El agua cae con fuerza inusitada. Se han roto los velos del cielo, el cristal de esa inmensa pecera que alberga peces astros, cetáceos nebulosas, hipocampos satélites. Los trozos de cristal helado caen y se estrellan en el asfalto y luego fenecen nuevamente convertidos en agua. La pirámide se inunda. El viento arrastra el agua, la sujeta de la mano, la lleva a los interiores, la cuela por cada oquedad. El agua llena los depósitos, los derrama, lo anega todo. Las luces huyen, las sirenas cantan con aborrecible silbido. Caos llega y ejerce su reinado. Los esclavos hartos de tanta agua
se envuelven en la apatía (el agua les trae más trabajo). Los esclavos foráneos brindan sus manos y faenan.
Mientras, en la cima, Dios parece no enterarse. Dios padece de ignorancia. Dios sólo sabe que no sabe nada. Y cuando a sus reales oídos llega el leve murmullo del agua, Dios, es sordo.
El Faraón baja a la base de la pirámide, pero poco aporta. El Faraón, después del agua, desaparece hacia un destino desconocido. La pirámide sigue sumida en el caos, pero Dios y el Faraón desaparecen. El capataz se preocupa de salvar su Rojo Fuego mientras la pirámide, a sus espaldas, sucumbe bajo el agua.
¡Ah, malditos Dioses que escapan para no ser barridos por el agua!.

lunes, 10 de mayo de 2010

El segundo dios

El segundo Dios ha descendido. En un carro negro y amarillo ha llegado hasta la Pirámide. Viene a reunirse con los usureros, con los dueños del oro.
Los usureros llegan: Hembra y Hombre. Mientras esperan juegan con sus aparatos comunicadores. Están la una al lado del otro, pero no se comunican entre ellos, siguen aferrados al dichoso aparatito del otro mundo. Sí, Hembra y Hombre, sólo falta el Hambre (plagiando a la isleña escritora de papiros). Y me refiero al Hambre como persona física, con cuerpo de carne y hueso, con túnica harapienta y cabellos ralos, no a la sensación de vacío en el estómago; esa, la conocí en la isla (para seguir parafraseando a la escritora de papiros) de los amores infinitos, pero por suerte un día la dejé con Caronte, navegando en las oscuras aguas del inframundo.
El segundo Dios es chaparro. Pelo blanco y tez morena. Gran cabeza anatómica, y seguramente gran cabeza intelectual. La lógica indica que debe saber mucho de números y debe ser por eso que trata a todos como los números de una única operación matemática: la resta. Sí, este Dios siempre resta, nunca suma ni multiplica, siempre resta. Los esclavos somos sus números y sus números son los esclavos. La suma la deja, única y exclusivamente, para el oro que ha de recalar en sus bolsillos.
El segundo Dios debe de ser parco en palabras o mudo, quizás le cortaron la lengua de pequeño o se la comió el gato, pues le cuesta horrores saludar. El Buenos Días está prohibido para con los esclavos. También el Hola, el simple Hola.
Creo que nunca podría ser Dios, me refiero a mí. No estoy hecho para esa sangre de origen tan exquisito. Ya sólo de pensarlo me provoca nauseas.

sábado, 17 de abril de 2010

De David y Goliat / De limosnas

Los esclavos están dispuestos a revelarse, así lo han decidido, quieren sacudir las bases de la pirámide y crear algún movimiento telúrico que ponga a lo dioses la carne de gallina. Pero no todos creen en la efectividad de este leve terremoto, pues piensan que, quizás, sea peor el remedio que la enfermedad.
Aunque esta sea una lucha de David contra Goliat, en la que David, aún, no ha encontrado la honda apropiada y certera y tiene todas las de perder, es lógico y necesario que lance sus primeras piedras contra el gigante. Lo más probable es que no le haga mucho daño, pero, por lo menos, debe dejarle algún moretón, algún rasguño, alguna marca. Da igual que las piedras en la dura coraza del gigante sean como picadas de mosquitos, lo importante es que esos ataques piquen y que, Goliat, se rasque.

*****************************************************

Vuelven los doce, a cuenta gotas. Regresan a la pirámide en busca de las monedas de cobre con las que tendrán que subsistir a partir de ahora. Es duro verles. Los rostros desencajados, los ojos lluviosos, la tristeza a flor de piel. Fuera de la pirámide la subsistencia es difícil, muy difícil, y si es difícil ya para los jóvenes, lo es aún más para los que, como ellos, superan la barrera de los 45 años. Nadie quiere ya esclavos con estas edades.

Caos

Primero Caos, y del Caos salió, impoluta, Gea. Luego llegaron Eros y Tártaro. Sí, primigeniamente fueron ellos, y de ellos nació toda la constelación de Dioses Mayores y Dioses Olímpicos. Por últimos los humanos, los esclavos.
Y cuando Zeus se estableció como dueño supremo del Olimpo los humanos comenzaron a padecer todas las desgracias.

Así fue, según cuenta la mitología griega. Pero, en Egipto, tenemos a un émulo de Zeus, el gran Ra. De igual manera Ra está rodeado de grandes divinidades que, como dioses del más allá todopoderoso, gobiernan a diestra y siniestra sobre los humanos, los esclavos.

Los dioses son todos iguales. Aquí, en la pirámide, lo sabemos bien. Nada bueno se puede esperar de ellos porque, siempre, pero siempre, nos tratarán como a lo que a sus ojos somos, burdos esclavos.

Ves, al final, siempre esclavos.

Estamos subyugados por los siglos de los siglos.

La libertad, la verdadera, es una imagen, una abstracción, una metáfora, una quimera, un puntito ínfimo de luz perdido en ese enorme agujero negro que es Caos, que es el caos.

Primero fue Caos y seguirá siendo Caos, y el caos.

lunes, 12 de abril de 2010

Doce


La pirámide saca a relucir sus peores artes. Los nigromantes han hecho su magia negra. Los afectados por la expulsión son doce, como los doce apóstoles, doce. Pero Judas no está, Judas sabe también de hechicería, y como una escurridiza áspid se ha escapado, no sin antes dejar su rastro sobre la arena.
Los nigromantes han venido del oeste, del desierto del oeste, de allí, de dónde los esclavos han de hincar sus rodillas y han de besarles sus sandalias de cuero.
Los nigromantes sólo piensan en el valor del oro, no en el valor de la vida humana.
Qué triste, sabiendo ellos que la vida es corta y que, en el fondo de la pirámide, el día de su muerte el oro no les servirá de nada.
Pero Ra, el gran Dios Ra todopoderoso, ha hablado, y así lo ha decidido: Los doce deben abandonar el templo, tirarles unas monedas de cobre y que se vayan. No me importa si han dedicado toda su vida a la pirámide, la pirámide ya no les necesita. Nada me importa, YO nado en oro, como oro y cago oro. Soy Dios.
Los Guerreros han sacado sus lanzas, sus escudos y han ido a la defensa de los doce, pero la magia negra es superior, no invencible, pero superior a sus fuerzas y a sus estrategias. Los doce no tienen alternativa. Hoy volverán a sus casas adoloridos e indefensos, con la mirada puesta en un futuro incierto.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Embolismo con lluvia.


Llueve. Llovizna persistente, pertinaz, jodedora. Chin, chin, chin…Gris. Neblina sobre la montaña y gris, gris apagado, sucio. El camino es un barrizal barrido por los coches. Chas, chas, chas, hacen los coches, chas. El frío se cuela a través de los barrotes de la ventana. Ventana abierta. Ventana minúscula que me devuelve un paisaje húmedo, chorreante. ¿Qué hay detrás de la ventana, Bolaño? Chas, chas, chas, hacen los coches, chas. Una vida mojada, sí, detrás de la ventana, una vida de agua, eso es lo que hay. Y mi vista que se aleja, hacia allá, hacia el gris apagado, sucio. ¿Qué busco? ¿Un signo? Qué busco en la lejanía, en la lejanía lejana, allá, allá, en el infinito. Allá, allá tú me ves, allá: Dijo Pilar, dijo Martí. ¿Y yo, qué veo? Agua. Veo agua. Veo indiferencia, veo altivez. Los coches hacen chas, chas, indiferencia, chas, chas, altivez, chas, chas... Ah, y prepotencia, chas. Chin, chin, chin...O tin, tin, tin. Tin, tin, la lluvia cayó…Dijo Teresita Fernández. No, cayó no, cae, aún cae, se desprende, moja lo mojado y lo remoja. Llueve sobre mojado, dijo Silvio. Bolaño ¿qué hay detrás de la ventana? Otra ventana, una grande, inmensa, descomunal, abierta, democrática. Gigante, azul, abierto, democrático, en fin, el mar, dijo Guillén. El mar, que también es agua. Todo es agua, dijo Osmome. Del agua nacimos y al agua volveremos, no al polvo. Polvo y agua: barro. Somos barro en el barro y en las manos de Dios ¿existe Dios? El agua existe, la estoy viendo. H2O.

viernes, 23 de octubre de 2009

El esclavo camina.

Ilustración: OSMOME.

Hoy el esclavo camina. Unos seis kilómetros aproximadamente camina. Llega a la pirámide derrotado, horriblemente cansado. La mañana es fría y lluviosa. No hay tiempo para un café. Su cara denota la falta de sueño y el cansancio.
El esclavo cada mañana se despierta, y se levanta, a las cinco y treinta de la madrugada para llegar a tiempo a la Pirámide. Pero hoy ha tenido que salir con mucha prisa. Su mujer, que repara corazones en un importante hospital, estaba de guardia, y la han llamado en el momento justo en que se vestían. A todo correr han salido de casa, han llamado a la vecina para que se hiciera cargo de los niños, y han partido raudos en su carro. Ella le ha dejado a las afueras del pueblo, justo en el extremo opuesto a donde está la Pirámide, y ha seguido rumbo al hospital. Luego él se ha limitado a andar, andar y andar. Hasta que ha llegado arrastrando los pies. Rayando la hora de entrada.

El día ha sido duro. Ha llovido mucho y con fuerza. Las calles se han inundado. Conducir era todo un acto de fe. Pero hubo un rayo de luz. El esclavo pudo, después de mucho, pero muchísimo tiempo, comer con su mujer que vino a traerle el carro para que regresara a casa.

martes, 20 de octubre de 2009

El esclavo espera.


Se ha hecho de noche en la pirámide. El esclavo otea la noche, y en lo que espera a un esclavo sustituto, lee a Raymond Carver. ¡Cuánta grandeza en el minimalismo de la escritura! El esclavo disfruta de esa minuciosa descripción de gestos aparentemente insignificantes, pero que dibujan claramente los rasgos de la psicología del personaje.
La espera se hace larga. Incertidumbre. El esclavo deja a Carver y se limitar a estar, a esperar.
La vida del esclavo siempre se ha limitado a esperar. Cada día, cada hora y minuto, cada segundo. Siempre esperando.
Una vez, hace ya tiempo, el esclavo vivió en Nubia, y allí esperaba ser libre. Nunca lo fue. Entonces se vino a la Pirámide y, aún, sigue esperando. El esclavo recuerda las palabras de Reynaldo Arenas.

«La diferencia estriba en que el comunismo te da una patada en el culo y tienes que aplaudir. El capitalismo, en cambio, te da la patada igual, pero al menos te permite gritar».

Las mañanas del esclavo son bastante estresantes. A veces no da abasto. Y entre tanto estrés, el esclavo, también tiene que sufrir la altanería y prepotencia de algunos dioses menores, y hasta de esclavos con ínfulas de dioses (estos últimos, normalmente, son los peores). Pero el esclavo aguanta. Porque otra virtud del esclavo, además de la espera, es el aguante.
La vida del esclavo en la Pirámide es bastante triste, aunque hay muchas, muchísimas personas que le aprecian y le hacen la estancia más llevadera.
La fuerza del esclavo, la que le mantiene vivo, está en la familia que ha creado (o como bien él la ha llamado en un poema, su épico milagro) y en la literatura: Los libros que lee y la poesía que escribe.

Milagro

Parto adusto los panes con mis manos,
el pan duro que vino sin los peces,
en la mesa de tantas escaseces
de mi madre, mi padre y mis hermanos.

A lo lejos mis miedos son humanos,
escapo de ese mar y sus dobleces,
y vuelvo a carenar, otras mil veces,
sin contar los intentos que son vanos.

Y al regreso a mi casa con mis hijos
(mi parábola, mi épico milagro)
yo procuro entender los acertijos,

pero sólo al añoro me consagro
degustando los muchos regocijos
que han marcado mi sucia piel de onagro.




A casa vuelve el esclavo cada noche, con la satisfacción del deber cumplido, pero sin que esto suene a consigna revolucionaria de la Nubia que dejó atrás. Y es que al esclavo le gusta hacer bien su trabajo (un trabajo que detesta pero, paradójicamente, que desempeña con toda la seriedad y el brío necesario). Nunca ha habido quejas con respecto al esclavo, siempre elogios. Por eso el esclavo sabe que despierta un poco de envidia en algunos y algunas. Pero el esclavo nunca actúa de mala fe aunque los otros piensen que sí. El esclavo sólo quiere trabajar, y trabajar bien.

Y, con perdón de los puristas.

El esclavo sólo quiere seguir esperando.

Esclavo gerundiano.

El esclavo está esperando.
Siempre espera. Cada día
va pintando la apatía
con sus óleos, coloreando.
El tiempo se va esfumando
y no llega lo que espera.
Él sabe que la quimera
tiene de fiera y de ave.
El esclavo bien lo sabe:
la vida es muy traicionera.