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sábado, 7 de febrero de 2026

Petitoria a la Diosa Roja







Hoy he terminado este cuadro en pequeño formato: 𝐃𝐢𝐨𝐬𝐚 𝐑𝐨𝐣𝐚, o 𝐋𝐚 𝐝𝐢𝐨𝐬𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐅é𝐧𝐢𝐱 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐚𝐧𝐠𝐫𝐚 𝐩𝐨𝐫 𝐂𝐮𝐛𝐚. Luego, como casi siempre me ocurre, escribí un poema para acompañar la obra. Y fue ahí donde me compliqué la vida. Quería un metro que, al leerlo, transmitiera esa sensación de latido, de martilleo, porque en el cuadro aparece un corazón cuya herida tiene la forma de la isla de Cuba y está sangrando (sangre dorada, ícor).
Recurrí al decasílabo trocaico simple (o arcaico), con acentos en todas las sílabas impares (1.ª, 3.ª, 5.ª, 7.ª y 9.ª), lo cual es de una complejidad tremenda; al menos, lo fue para mí. No sé si logré exactamente lo que buscaba, pero estoy bastante contento con el resultado, aunque seguramente habría quedado mejor en otro metro u otra estrofa.
Para el cuadro —similar a todos los míos; es mi estilo y mi forma de pintar— me inspiré, para su ejecución, en parte en las pinturas de los aborígenes australianos.
Espero que ambos: poema y cuadro, sean de vuestro agrado. Anexo, además, un esquema en Excel del poema, para que vean la dificultad de la acentuación.

 

Petitoria a la Diosa Roja

Decasílabo trocaico simple. Acentos en 1ª, 3ª, 5ª, 7ª y 9ª.

Diosa Roja envuelta en rojo manto,

flama roja, madre patria eterna,

sangras oro y savia, leche blanca,

quemas rosas, rosas vivas quemas.


Nace el hijo: el Fénix.  Brilla y nace

libre y bueno, bueno y libre vuela,

pero el buitre negro mata el brillo

santo y todo crece muerto afuera.


Diosa Roja, canta y grita al cielo,

dame vida, dame tiempo. Reza.

Llama roja, dame luz y vuelve

día a día, noche a noche. ¡Sueña!

Ovidio Moré ®
7/2/26



domingo, 25 de enero de 2026

Tertulia

 𝙏𝒆𝙧𝒕𝙪𝒍𝙞𝒂

Jorge Luis trajo el oro de los tigres,
ese color de bestia divina, y el tigre,
con un rugido de aedo, hizo temblar la noche.
Leopoldo trajo un verbo suicida y alcohólico
que trepaba por las paredes
como una hiedra violenta.
La casa tomó el color de la entrega.
Mario, con sonrisa melancólica,
paradójicamente —como buen rapsoda
(recitador, diría el Indio Naborí)— nos musitó,
así, como quien no quiere la cosa,
su 𝑆𝑎𝑙𝑢𝑡𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛 𝑎𝑙 𝑜𝑝𝑡𝑖𝑚𝑖𝑠𝑡𝑎,
mientras, una mariposa hacía estragos
en la otra parte del mundo.
Julio, imponiendo su imagen de mastodonte literato,
dejó caer un verso afilado,
de una belleza hipnótica.
La casa prescindió de los cimientos
y levitó como una hoja de otoño
cuando, con gutural voz afrancesada,
declamó:
𝐷𝑜𝑏𝑙𝑎𝑛 𝑟𝑖𝑡𝑜𝑠 𝑛𝑜𝑐𝑡𝑢𝑟𝑛𝑜𝑠, 𝑎 𝑙𝑎 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑟𝑎
𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑒𝑠𝑝𝑎𝑑𝑎 𝑛𝑎𝑟𝑎𝑛𝑗𝑎 —𝑑𝑒𝑟𝑟𝑎𝑚𝑎𝑑𝑎
𝑠𝑖𝑛 𝑓𝑖𝑛, 𝑎𝑑𝑒𝑙𝑓𝑎 𝑠𝑜𝑏𝑟𝑒 𝑐𝑎𝑟𝑛𝑒 𝑎𝑙𝑎𝑑𝑎—
𝑦 𝑗𝑢𝑒𝑔𝑎𝑛 𝑙𝑖𝑟𝑖𝑜𝑠 𝑎 𝑙𝑎 𝑝𝑟𝑖𝑚𝑎𝑣𝑒𝑟𝑎.
Alfonsina, vestida de agua,
llegó dejando huellas sobre la arena
y sacó un pez abisal que dijo:
𝑟𝑒𝑔𝑟𝑒𝑠𝑜 𝑎 𝑚𝑖𝑠 𝑝𝑎́𝑗𝑎𝑟𝑜𝑠.
Entonces, en metamorfosis inaudita,
sacó unas alas de metáfora
y salió volando hacia el infinito
(ella, no el pez).
César, con su habitual seriedad poética, gritó:
¡𝐴𝑏𝑠𝑜𝑙𝑢𝑡𝑎!
Y Edgar aplaudió el grito;
luego, quitándose el sombrero de copa
y dejando caer la capa al suelo,
miró por la ventana y cantó
con una voz trémula:
𝐿𝑜! ’𝑡𝑖𝑠 𝑎 𝑔𝑎𝑙𝑎 𝑛𝑖𝑔ℎ𝑡
𝑤𝑖𝑡ℎ𝑖𝑛 𝑡ℎ𝑒 𝑙𝑜𝑛𝑒𝑠𝑜𝑚𝑒 𝑙𝑎𝑡𝑡𝑒𝑟 𝑦𝑒𝑎𝑟𝑠!*
Entonces llegué yo y todos me miraron,
y, en ese mismo instante, desperté.
O. Moré / 24/1/26
*¡𝑀𝑖𝑟𝑎𝑑!, ¡𝑒𝑠 𝑢𝑛a 𝑛𝑜𝑐ℎ𝑒 𝑑𝑒 𝑓𝑖𝑒𝑠𝑡𝑎
𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑠 𝑠𝑜𝑙𝑖𝑡𝑎𝑟𝑖𝑜𝑠 𝑎𝑛̃𝑜𝑠 𝑢́𝑙𝑡𝑖𝑚𝑜𝑠!
𝙏𝒆𝙧𝒕𝙪𝒍𝙞𝒂 nació como un sueño lúcido, una reunión imposible entre voces que han marcado mi formación poética y mi sensibilidad literaria. No es un homenaje solemne, sino una celebración imaginaria, una conversación entre espectros que aún susurran en mi biblioteca y en mis noches de insomnio.
Cada figura que aparece en el poema trae consigo su símbolo, su herida, su estilo. Borges y su tigre dorado; Lugones y su verbo incendiario; Benedetti y su ternura estoica; Cortázar y su levitación verbal; Alfonsina y su metamorfosis acuática; Vallejo y su grito esencial; Poe y su gala nocturna. No están todos los que son, pero los que están, vinieron por voluntad del sueño, porque cada día, cuando me siento ante la página en blanco, ellos están ahí, frente a mis ojos, mirándome expectantes.
No sé si es un buen poema; tampoco me preocupa. El poema se escribió en estado de vigilia poética, sin más brújula que la intuición y el deseo de reunirlos a ellos, de reunirme con ellos. Al final, como ocurre en los sueños, desperté. Pero algo quedó: la certeza de que la poesía es también una forma de convocar lo imposible.
O. Moré ®
Le pedí a la IA que lo ilustrara. Aquí está el resultado.



sábado, 4 de noviembre de 2023

Confesiones musicadas

 

Imagen creada con IA, sobre una idea de O. Moré

Confesiones musicadas 



I (Canción)


Aquí vengo, cargado de derrotas,

al filo de una luz que me desvela,

tratando de borrar cada secuela

que el tiempo me dejó en las alas rotas.


Y vengo con el ánima cansada,

del borde de un islote, entristecido,

allí, frente a su mar, lancé un gemido

que el mar me devolvió desde la nada.


Dejé tras de mi espalda el desconsuelo,

mi verde resiliencia, los engaños

y una vieja escalera sin peldaños

que nunca me condujo a ningún cielo.


Boqueé como un pez, desde  la orilla,

a la espera que el agua sanadora

me curara las llagas de mi otrora

y me hiciera «engendrar la maravilla».


Ahora llego a tus brazos de espartana,

sin égida ni júbilo ni honores,

porque al fin evité los estertores

del muerto que murió de vida insana.



II (Bolero)

Ya llego, ya te veo, tus brazos me reciben,

me adentras en tu carne y empieza la simbiosis,

los glóbulos se funden, llega la apoteosis,

los frutos eclosionan y las pieles exhiben

nuestra metamorfosis.


El viento que me trajo regresa hacia el islote.

El mar llora mi ausencia. La palma, que se inmola,

lacera el cielo amargo, parece una pistola

que dispara y que grita: ¡Ah, Judas Iscariote,

tu casa quedó sola!


Le temo al desarraigo, y temo que el olvido

se vuelva un pez de hielo que borre mi escritura

y que luego se abisme, inmerso en la negrura,

al fondo de algún pozo donde quedar perdido

por siempre en la amargura.


Mas sé que tu crisálida protege del veneno

que a veces inocula la diáspora en la mente,

y sé que entre tus surcos de tierra, diligente, 

yo he de sembrar contigo la paz que trae el trueno

de erótica simiente.

III (Son)


La yagruma, en mis sueños la yagruma
con sus míticas hojas de dos caras,
con su sombra imprecisa, que me abruma,
y sus dotes de orisha aún ignaras.

La yagruma que quiere que yo asuma
mi arrebato, mi vida, mi congoja...
La yagruma, en mis sueños la yagruma.
¡La yagruma, la doble paradoja!


En mis venas penetra tantas veces,
y en el pecho, en la pelvis, en el sexo,
con su savia, placebo de reveses.

Hoy me cura y mañana es inconexo
espécimen de miedos y dobleces
intentando sacarme de contexto.

domingo, 17 de mayo de 2020

Muerto en el camino de la fe.




Muerto en el camino de la fe


A veces voy o vengo, y digo: ¿cuándo

he de llegar al  tigre de Bengala

y en su naranja fiero ser la bala,

la que zumba y después mata callando?


Yo que en la selva moría de ilusiones

y despertaba envuelto en realidades...

¿en qué lago de falsas vanidades

estoy nadando en pos de tiburones?


A veces voy y digo y grito y lloro,

no claudico ni venzo ni me atrapan,

sabiendo que las huestes me solapan 

y traen sus fantasmas donde moro.


Yo que llovía y era nube roja

de huracanes, ciclones y aguaceros,

y fui carne de nimbo los febreros

ahora soy llovizna que ni moja.


A veces soy pintura en una tela

y predico brochazos y actitudes

y creo haber llegado a latitudes

que otrora fueron versos de espinela.


Yo que en tumbas de grandes faraones

desenterré sapiencia y maestría

no he vuelto a ese lugar por la amnistía

y allí yacen mis credos y razones.


A veces me despierto y me retrato

en mi espejo del yo y el vituperio,

y siento que no valgo y que el remedio

es el mismo de Fausto, un vil contrato.

Yo que fui no soy ni ya seré...
Y en verdad  me importa ya un carajo

porque siempre acabo cuesta abajo
y muerto en el camino de la fe.


O. Moré ® 2020



miércoles, 4 de septiembre de 2019

Antipoema surrealista de Odiseo

Náufrago o Cerebro y corazón / O. Moré / CUBA

Antipoema surrealista de Odiseo


Una vez más sobre las aguas…
¿O bajo ellas? No lo sé, el vuelo siempre es líquido,
como líquida es la partida, como líquido es el regreso.
Los amorfos peces me silencian,
y el silencio es frío a pesar de la calidez del mar.
Los peces siguen allí, absortos
ante la pared de agua que les separa
de la tierra prometida. 
Los peces sin memoria,
los peces de ojos insomnes y tristes;
los peces de sangre dulce que observan y callan,
callan y observan en una cíclica oleada 
de erosión perpetua.

Llego como un rey mago de oriente
cargado de incienso, mirra y oro;
el pueblo marchito, con su tez arrugada,
craquelada como una desértica zona de sequía,
me mira con esos ojos de pez silencioso,
pero me dibuja una sonrisa,
y su rostro, por unos segundos, pareciera
el de un padre que se reencuentra con el hijo pródigo.
La tierra sigue siendo roja, el verde inunda cada espacio,
el azul sigue siendo único… El agua circunda y mana,
el agua anega y, a pesar de ello,
el coralillo se enraíza, pero la epidermis
se deteriora, los huesos sufren de artritis crónica,
el pueblo envejece inevitablemente
en medio de una desidia  infinita…

Y yo, una vez más, sobre las aguas…
 
Ya no me quedan arterias sanas,
no me quedan vasos comunicantes
para transfundir,
ni leyes físicas que demuestren teorías de otros cielos,
de las imberbes galaxias de antaño…
Por no quedarme, no me queda ya ninguna de las siete vidas
de pez gatuno que gané en la feria de las vanidades.

Qué hacer con la oblicuidad y los suspiros entre las sombras,
las palpitaciones, los lucernarios para saciar de luz
mis nidos interiores, mis cavernas de petroglifos 
ininteligibles que sólo yo era capaz de descodificar…

Qué hacer con la casa y su armadura de inocencia,
sus paredes estoicas de humo blando y acre
donde colgué alguna vez mis camisas de hombre nubio,
si el tiempo me pareció una tórtola iracunda
que había extirpado, con pericia de cirujano, cada momento vivido,
cada fotograma, cada daguerrotipo de mi existencia.

Y yo, yo, indio y nubio, nuevamente sobre las aguas...

Llegué cargado de oro, incienso y mirra ante el asombro
de aquellos niños descendientes del niño que fui, y, aunque
les llené los bolsillos de felicidades y abalorios,
me sentí el más patético de los mortales, el indio más triste,
el nubio más imbécil…

Qué hacer con el tiempo, con la casa, con los recuerdos...
En qué pedazo de piel he de tatuarme el sofisma salvador,
la fe, la luz, la sangre, la tierra, el pueblo… 
El agua,
si vivo, si estoy, perennemente sobre ella, si aún
las sirenas acechan en el cementerio de barcos abandonados,
entre las ralas y litúrgicas algas del fondo, 
y sus cantos me taladran los oídos a pesar de la distancia.

Qué hacer con Ítaca y sus genes, los genes del padre y de la madre,
de los hermanos y de sus descendientes...
Si  yo, yo, indio, nubio, Odiseo viril y fértil
(paradoja ourobórica),
sigo siendo incapaz de fecundar el agua.

O. Moré ® 2019