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sábado, 22 de julio de 2023
Entrevista para A+45TV, a raíz de la expo «Mano a Mano» en FEDELATINA, Barcelona.
Con Odalys Hernández.
Gracias a Marianela Peña Lora de «Cuba desde las dos orillas»
domingo, 9 de enero de 2022
viernes, 7 de enero de 2022
sábado, 21 de junio de 2014
Cicatrices (Epílogo)
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| Luna Nueva / Denis Núñez / CUBA |
| Denis Núñez /Matanzas 1967 /Cuba |
Epílogo
Usted se le queda mirando, y observa,
mientras ella se aleja, su bonito cuerpo y su andar elegante, parsimonioso,
aprendido a golpes en aquella academia de modelaje, y usted piensa que es una
camarera que camina con todo el fausto de una diosa, y que toda ella es una
existencial paradoja. En su mente aún está fresca la historia que ella le ha
narrado, y se percata de una cosa, algo que no sabe el por qué no había caído
en la cuenta hasta ahora, y que, a lo mejor, le hubiera pasado desapercibido:
durante esta última parte, cuando le narró la tragedia abortiva con bruja y
malvado del cuento incluídos, no utilizó ni una vez los diminutivos a los que
está acostumbrada ¿por qué?, y de aquí surge otra interrogante: ¿qué le hacía,
o mejor dicho, le hace aún a Margarita utilizarlos tanto? Para la primera tengo
una teoría, para la segunda un convencimiento. Respuesta a la primera
interrogante: cuando Margarita le ha contado toda esa situación dramática en la
que se vio envuelta, ha revivido el dolor y el trauma al mismo tiempo que lo
contaba, y ese dolor, que es la gran herida de Margarita, la que, como ya hemos
dicho otras veces, la mantiene en hemorragia continua, le hace hablar de otro
modo, plantearse la vida de otra manera, expresarse y comunicarse sin esa,
podríamos decir, ñoñería o niñería, porque es un dolor de adulto el que brota
de sus entrañas vacías, y ese dolor provocado por esta traumática experiencia
es más fuerte y más desgarrador que el provocado y sufrido con su madre, el
cual ella relaciona con su adolescencia y no con su adultez. Por eso creo yo que Margarita expresa su
sufrimiento con un lenguaje a tono con la intensidad de ese sufrimiento y, a la
vez, con la etapa de la vida en la que el trauma tuvo lugar. Respuesta a la
segunda interrogante: Margarita utiliza los diminutivos porque es la vapuleada
(por las veces aquí repetida) carencia la que se los provoca, la carencia de
ese hijo que le fue arrancado. Esto que voy a narrar ahora ella no lo ha
contado, pero fue así: Cuando Margarita se quedó embarazada, que lo supo desde el primer momento, aunque
se obcecó en demostrárselo a sí misma para que no le quedara duda alguna,
Margarita se imaginó delante de esa pequeñita criatura, cientos de veces,
prodigándole arrumacos y hablándole como le hablan todos los adultos a un bebé,
en diminutivos. Durante esos dos meses
que esperó para demostrar lo que ya era una certeza, se sorprendía a si misma
evocando ese futuro de madre, se veía con el bebé en brazos acariciándole, amamantándole
o arrullándole y, por supuesto, como ya
hemos dicho, hablándole, diciéndole cosas tales como: ¡Ay, mi bebecito, mi
cosita gordita, mi cariñito…! ¿De quién son estos piececitos…, y esta
naricita…, y estas manitas? ¡Ay, que me como esta orejita! Tras… tras… ¿Dónde
está el bebito de mamacita? ¿Dónde? ¡Ay, pero qué cosita tan rica, ay, ay, ay,
mi bomboncito, mi melocotoncito en almíbar…!
No hubo bebé, ya lo sabemos, pero el
anhelo sigue estando ahí, pervive en ese interior estéril, sigue aferrado a
esos ovarios inexistentes, como cuando un miembro es amputado (una mano, una
pierna, un dedo) y la persona aún continúa sintiéndolo como parte suya, como si
físicamente siguiera formando parte de su anatomía. ¿Lo entiende usted ahora?
Por eso es que a Margarita se le ha quedado esa, vamos a llamarle, manía, de
abusar de los diminutivos, porque es el resultado de su carencia, es una tara
adquirida que quizás algún día desaparezca. Margarita no es ni nunca podrá
volver a ser aquella Margarita que se enamoró de Brunno bajo la mole de hierro
de la torre Eiffel, una muchacha inocente que había huido de la garras crueles
de su madre, porque Margarita, como bien dijimos en el prefacio de esta
historia, ahora es otra Yerma, con todas las consecuencias dramáticas que
Federico le atribuyó a su personaje.
Margarita llega donde Elena y Roger, Elena le
pide otro cortado y Roger, por fin, decide comer algo, le encarga un bocadillo
de tortilla a la francesa y un café con leche. Antes de volver a la barra y
preparar el pedido, pasa por la mesa de Arturo, que ya ha acabado el crucigrama
y ahora escribe en un cuaderno un larguísimo poema. Margarita le pregunta si
está más calmado y si desea alguna otra cosa. Él le dedica una sonrisa sincera
y le dice: “Bien, estoy bien… y sí, no me importaría otro café, solo, un café
solo, por fa...”
Margarita vuelve a la barra, usted no
ha dejado de seguirla con la mirada. “¡Pero, hombre, aún no ha comenzado con el
bocadillo!” Le dice ella al llegar, usted coge el bocadillo y la da un primer
mordisco. “¿Bueno, verdad?” Pregunta ella, aunque suena más a una afirmación
que una pregunta. Usted asiente con la cabeza. Ahora mire hacia la puerta, ve a
esa hermosa muchacha que está a punto de entrar, esa es Anaïs, la novia de
Arturo, la que podríamos decir es la tabla de salvación de este joven naufrago
de la vida. Anaïs entra, saluda a Margarita con un sonoro: “Hola Marga,
guapísima…, me pones lo de siempre”. Margarita se gira, le corresponde con una
hermosísima sonrisa y le dice: “Buenos días, preciosa, enseguida.” Anaïs se
dirige hacia la mesa de Arturo y al llegar donde el muchacho le rodea con los
brazos por la espalda y le llena de besos en la nuca. Él se deja hacer mientras
se encoge y ríe por las cosquillas que le provocan los besos. Luego ella le
suelta y se sienta frente a él. Se toman de las manos y se escrutan el uno al
otro, y sus rostros obtienen la apariencia de dos adolescentes que acaban de
descubrir el amor por primera vez, y en sus ojos se puede ver claramente esa
pasión del amante hacia el amado, toda esa intensidad les embarga como si
estuvieran siendo escritos ahora mismo por Carson McCullers, y Miss Amelia
estuviera observando al jorobado primo Lymon y el jorobado observando a Marvin Macy, como si esto fuera La balada del café triste, no porque
esta historia tenga nada que ver con aquella, no hay ni asomo de semejanza,
sino por querer hacer un paralelismo entre aquel Café improvisado
en un pueblo casi muerto (como este pueblo del lago) y nuestro Bar de
Neón Azul, y por una reflexión hermosa y
aguda sobre el amor y el papel de los amantes que, en esta historia singular,
vierte la autora refiriéndose al doble papel de amantes y amados, y que le
viene ni que pintada a nuestros dos tortolitos. Decía Carson que todos queremos
desempeñar el primer rol, el de amantes, y no el de amados. Y eso es lo que se
lee en estas arrobadas miradas, cada uno quiere ser el amante, el amador, el
dador del otro, el que desnuda, el que prodiga, el activo, el que da y ofrece
más. Y ahí les dejamos, en esta “carsoniana” escena de amor, porque ya sabemos
que este romance es y será sólido y duradero, al contrario de el del trío
protagonista de La balada del café
triste, y que en unos años Anaïs y Arturo se casarán, que Arturo encontrará
un trabajo en una obra como albañil, y que luego estudiará por las noches y
accederá a la universidad, y que con treinta
y seis años logrará publicar su primer libro de poemas, gracias a que
ganará el primer premio en un concurso de poesía, que el libro llevará por
título Neón Azul, que no tendrá mucha resonancia, pero que le dará la
oportunidad de acceder a una beca (que también formaba parte del premio) y se
dedicará a escribir por un tiempo. Que tendrán una niña, a la que le pondrán el
nombre de quién han escogido como madrina: Margarita. Y que envejecerán el uno
al lado de la otra. Que Arturo por fin superará su rencor hacia Doña Berta y
Soraya. Que Doña Berta morirá de un infarto del miocardio en unos cinco años, y
que Soraya se hará aún más rica, que se casará con uno de sus clientes, un
constructor y promotor inmobiliario metido a político que, poco a poco, y sin
escrúpulos, irá ganando peldaños y status, y que se irán del pueblo cuando
éste es nombrado ministro al llegar su
partido al poder.
Ahora volvamos a Roger y Elena. Él
desayuna tranquilamente bajo la mirada atenta de su hija. Luego, pasado unos minutos,
se irán, y Roger conocerá a Joan, ese
joven músico que le ha devuelto la alegría de vivir a Elena. Con ellos pasará
una semana estupenda, que será la mejor que tendrá en lo que le queda de
existencia. Hará su maleta y, después de tanto tiempo, regresará a Cádiz y se
despedirá de su amada Carmen para siempre, aunque él no lo sabe, porque él le
ha prometido volver a su lado para cuidarla y sacarla de ese estado vegetativo,
porque él tiene fe en los milagros que hace el amor. Le promete a ella que la
cuidará con mimo hasta que despierte de su viaje por la inconsciencia, y está
convencido de que Carmen le escucha, aunque no haya un mínimo reflejo, en todo
el cuerpo de ella, que así lo confirme: ni un parpadeo ni el simple movimiento
del dedo meñique. Regresará a Nueva York lleno de proyectos y de confianza en la vida que está por venir, pero que no
tendrá, porque al querer plantearle todo esto a Susan, arrancándose la piel a
tiras para desnudar su alma ante ella y así tratar de convencerla de que la
historia de amor que había entre los dos ya sólo es ceniza; ella, presa de la
furia y de los celos, le clavará un cuchillo es el corazón, en ese corazón que
usted y yo hemos visto por dentro y desde dentro, y entonces se apagara para
siempre, dejará de funcionar a la vez que dejará escapar toda su savia a
borbotones y, con ella, todos estos propósitos de futuro escaparán también y
serán enterrados en un negro ataúd. Y aunque él nunca lo hubiera querido ni
hubiera dado su consentimiento, Roger Donovan, será velado en su pueblo natal
con honores militares y allí reposarán sus huesos por los siglos de los siglos.
Y será su cicatriz la única que quedará de nuevo abierta, y sin cicatrizar por nunca
jamás, en esta historia.
Y tal como entramos nos marchamos.
Retrocedamos a pasos lentos para que se nos quede en la retina la vista
panorámica del salón de este bar, pero, para ello, hemos de llegar primero
hasta la puerta. Ya, desde aquí, observamos a Margarita acercarse a la mesa
número tres, la de Arturo y Anaïs, con un zumo de naranjas y un bocadillo de
queso para esta última, y luego sentarse junto a ellos y entablar una animada
plática; vemos a Roger limpiarse la boca
con la servilleta y a Elena dispuesta
para marcharse. Vemos el sol que entra abundante por los ventanales y
tiñe el suelo con los arabescos de los encajes de las cortinillas. Oímos el
leve zumbido del ventilador del techo y la música muy baja, de un viejo radiocasete, que Margarita
seguramente encendió antes de irse donde Arturo y Anaïs, pero, a pesar del bajo
volumen, identificamos la voz de Annia
Linares, la conocida intérprete cubana, desgarrándose el alma en ese bolero
llamado Heridas:
“…heridas de verdad,
cada vez que me miras, y no quiero mirar…”
Salimos fuera, nos alejamos
prudencialmente, hasta calcular que podemos abarcar con la vista todo el
recinto, incluyendo el gran letrero de Neón Azul, que permanece encendido las
veinticuatro horas del día; y cuando
llegamos a la distancia requerida no giramos y contemplamos el paisaje, como en
una gran pantalla de cine, para también dejar grabada en nuestra retina esa
imagen del bar con el lago refulgiendo detrás, destellado con los rayos
matutinos del sol, llenando todo el espacio de luz y de vida.
FIN
Nota del Autor:
Gracias a todos aquellos que me han seguido en esta peripecia, en este reto de escribir sin rumbo fijo, esperando que la propia historia surgiera en el mismo momento en que tecleaba. Todo lo aquí narrado, excepto el primer capítulo, ha sido escrito una o dos horas antes de ser publicado, por lo que soy consciente de la calidad literaria de esta historia folletinesca. No hay ni ha habido pretensión ninguna al escribir las tragedias aquí contadas, no busque mensajes ni otros transcendentalismos literarios o filosóficos. Dios me libre confesado, sé de mis limitaciones: vocación para escribir no es sinónimo de talento. Sólo he tratado de entretener utilizando los trucos que he aprendido de tanto leer y de visionar mucho cine y mucha telenovela.
Como bien he dicho, ha sido un reto para mantenerme escribiendo y en el que me parecía emulaba a aquellos escritores que en tiempos pasados se ganaban el pan publicando por entregas en periódicos y revistas.
Solo espero que, además de haberos entretenido, hayáis disfrutado de las obras plásticas que acompañaron cada fragmento, y que hayáis buscado o leído a muchos de los autores literarios que se mencionan a lo largo de toda la narración.
Gracias de nuevo:
O. Moré.
Annia Linares es una de las cantantes y actrices más versátiles del panorama musical cubano. Incursiona en todos los géneros y lo hace con una calidad impresionante, dada su potente voz y su manera de interpretar, en desgarro continuo. Aquí, en esta canción ligera a ritmo de bolero, que fue y sigue siendo uno de sus grandes éxitos, lo demuestra. Es esta una letra sencilla pero que su voz y su temperamento la hacen grande.
lunes, 9 de junio de 2014
Cicatrices (cuarta parte, fragmento final)
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| Atsushi Suwa / Hokkaido / Japón |
Brunno, apenas entró por la puerta, me dijo: "Mi madre se ocupará de todo, así que quédate tranquilita." La señora Johana me miró con aversión, y en su mirada también había mucho de sarcástico. La sonrisita ofídica que dibujó con sus gruesos labios lo decía todo. Brunno le había servido en bandeja su venganza: si yo le había arrancado a su hijo de su lado ahora sería ella la que me arrancaría el mío de mis entrañas.
Ni
siquiera me dirigió la palabra, se fue directa a la cocina y, como una bruja
moderna, comenzó a sacar potes de una gran bolsa de plástico: unos con hierbas
maceradas y otros con no sé qué mejunjes, y en una cacerola comenzó a preparar la
poción. No me podía creer que aquello estuviera
pasando, era como si hubiera vuelto a mi niñez y estuviera viviendo dentro de
un cuento de hadas y hubiera quedado a merced del villano y de la bruja. Yo le
imploraba a Brunno, le pedía por favor que parase todo aquello, que le prometía
que no tendría que hacerse cargo del niño, que me ocuparía yo sola, que me iría
lejos de él, que nunca más no vería… “¿Te crees que soy imbécil, te imaginas
que voy a dejar que tengas a ese crío para que un día, cuando se haga mayor,
venga a pedirme cuentas de por qué le abandoné?” esto me dijo hecho un energúmeno.
¿Acaso lo has hecho tú con tu padre, le has pedido explicaciones? le riposté yo
mientras un llanto espasmódico me sacudía
y apenas me dejaba expresarme con claridad. Para qué abrí la boca, volvió a pegarme una bofetada y caí al suelo. Me levantó con furia y me lanzó a
la cama, se trepó encima de mí y comenzó a propinarme bofetadas a diestra y
siniestra, “No vuelvas a mencionar a ese hijo de puta… ¿me entiendes?, ¿me
escuchas?, nunca, nunca más. Tú no tienes ni puñetera idea…” me gritaba a la cara
al tiempo que comenzó a llorar, aún así no me dejó libre, siguió aprisionándome
con todo el peso de su cuerpo a horcajadas sobre el mío. Y lo supe, lo intuí
como he intuido muchas cosas a largo de mi vida, eso era precisamente lo que
había estado pensando siempre, pedirle cuentas a su padre, presentársele un día
delante y recriminarle, echarle en cara el abandono, ese mismo abandono que,
aunque él nunca ha querido reconocerlo, le había traumatizado, le había truncado,
cercenado la infancia, y le había convertido en este despótico y atribulado ser que
yo tenía encima. Cuando se hubo calmado un poco me levantó de la cama y me ató y amordazó a una silla. Allí me tuvo hasta que
su madre terminó el brebaje. Cuando estuvo preparado me susurró al oído: “Ahora te lo vas a tomar sin rechistar o te
desprendo yo, lo que sea que lleves ahí dentro, a piñazo limpio”.
Su madre me sujetó la barbilla obligándome a abrir la boca mientras Brunno me
hacía tragar aquello. Aquel brebaje me hizo abortar, ya lo ha imaginado usted.
Para qué contarle todo lo que pasé después, sólo que acabé ingresada
en el hospital con una infección tremenda, ya que no expulsé todo lo que tenía
dentro, y en un estado de enajenación mental que me duró varias semanas, y que
en todo aquel tiempo ellos estuvieron a mi lado, fuera por el motivo que fuera,
por temor a que los denunciara o por temor a que muriera, no lo sé, pero allí estuvieron,
y de allí me sacaron y me dejaron en el apartamento cuando ya mi vida no corría
peligro y había pasado lo de la operación, que fue lo peor, porque me tuvieron que intervenir quirúrgicamente
¿sabe? ahora estoy vacía, completamente vacía y ya nunca podré ser madre, bueno,
biológicamente hablando…
Margarita se deshoja de nuevo. Los
ojos están completamente encharcados y los pétalos caen a borbotones. Ha
abierto el grifo y ahora es imposible que usted o nadie le pare. Ella sola lo
hará pasado unos minutos. Comprobará usted que volverá a dirigir la mirada
hacia las grandes cristaleras y, si encuentra lo que busca, retorcerá la bayeta
amarilla entre sus manos como si retorciera el pescuezo de Brunno, y en ese
mismo acto ella no podrá discernir entre el amor y el odio. Y se preguntará
otras mil veces por qué, a pesar de todo el daño que él le ha hecho, ella sigue
sintiendo algo por él; se preguntará por qué no le denunció en aquella ocasión,
por qué cada día sigue buscándole a través de los cristales, y no hallará
respuestas, como no las ha hallado para el comportamiento de Brunno con
respecto a su padre, o el de las mujeres maltratadas con respecto a su maltratador,
o el de los secuestrados con respecto a su secuestrador. Y es que ni Margarita ni
usted ni yo sabemos nada de la psiquis humana. Qué lleva, por ejemplo, a una
madre a quemarse viva y abrazarse a su hija para que se queme con ella por el
simple hecho de que ésta última le ha dicho que se va a vivir con su pareja; qué lleva a
una hija adolescente a ingerir un veneno y quitarse la vida para castigar a su
madre porque no le dejó ir a una fiesta; qué lleva a un hombre rudo, trabajador,
viril y padre de varios hijos a coger una soga y ahorcarse en medio del campo
porque su mujer le confiesa que una vez le ha engañado. No, no exagero, son
hechos verídicos de los que este narrador fue testigo allá, en su lejana
tierra. Qué lleva a la psiquis humana a cometer tales despropósitos. Qué lleva a la psiquis humana a la barbarie,
al asesinato, al genocidio. Sin duda algún proceso bioquímico en el cerebro o
algún cortocircuito (diciéndolo de una manera más coloquial, teniendo en cuenta
que en el cerebro también se genera electricidad). Qué ocurre en esas conexiones sinápticas
de las neuronas para que el Doctor Jekyll se transforme en Míster Hyde. Creo
que ni nuestro querido Freud, con todo su psicoanálisis, llegó a entenderlo del
todo. Así que qué quedará para nosotros que sólo somos simples observadores, y
aunque hayamos viajado por el interior de alguno de estos personajes, no tenemos
los medios ni lo conocimientos óptimos y necesarios para entenderlo ni
explicarlo. No sabremos por qué Brunno actuó como actuó, ni por qué Margarita
le odia y le ama al mismo tiempo, ni por qué se ha mantenido en ese estado de sumisión
ante el sufrimiento, convirtiendo el bar en un consultorio para sesiones de psicoanálisis
y a usted y a cada cliente en sus terapeutas.
_ Él volvió
con su madre, y hasta el sol de hoy. _ dice ella después de reconfortarse enjugándose
las lágrimas y sonándose la nariz. Y cómo
si no le hubiera contado nada, como si no acabara de deshacerse en llanto y
vaciarse el alma delante suyo, se gira, se mira en el espejo tras la barra, se
recompone el uniforme, se revisa el arquitectónico moño, saca un carmín del
bolsillo del delantal, se retoca los labios de bermellón, se vuelve de nuevo hacia usted y le dice con
espantosa naturalidad: _ Pero hombre, si no ha probado el bocadillo… coma, coma…
_ y con la misma le deja ahí, en la barra, y se dirige hacia Elena y Roger, que
le hacen señas.
Continuará...
domingo, 1 de junio de 2014
Cicatrices(cuarta parte / fragmento 5)
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| Miedos / Renato Ferrari / BRASIL |
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| Renato Ferrari / Río de Janeiro 1954 |
Ahora dejemos
que Margarita le responda, le cuente lo que pasó, y entonces usted descubrirá
cual es el motivo de su gran carencia.
_ Me quedé
embarazada, eso fue lo que pasó. Cuando se lo dije a Brunno fue como si le
hubiera dado una puñalada trapera, como si le estuviera arrebatando la vida. No quería ser padre, pero
yo sí quería ser madre, siempre lo quise, siempre lo anhelé. Él decía que un
hijo era una responsabilidad para la que no estaba preparado ni quería estarlo,
que un hijo acababa con la pareja y con la libertad de la misma, y con su propia
libertad, la de él. Lo había vivido y
aprendido de su padre. Cuando él cumplió seis años su madre y su padre
se separaron, y este último nunca más quiso saber de su existencia. Sólo
recordaba discusiones entre ellos por su causa, porque su padre quería seguir
haciendo la vida de siempre, sin preocupaciones, seguir viviendo la noche: de
fiesta en fiesta y de bar en bar, y tener sexo a cada hora, y aquel hijo solo había
venido a desmoronarle el idílico castillo de placer en el que habitaba. Sí,
Brunno, era como su padre, pensaba como su padre. Y nunca entenderé cómo podía pensar así un hijo al que
su padre había abandonado por la sola razón de existir, por ser dueño de un egoísmo
sin parangón. Tendría que haber sido todo lo contrario, tendría que haberlo
odiado y haber querido ser diferente, desear tener un hijo y para poder darle todo ese amor y
cuidado que su padre no le dio a él. ¿Por qué quería ser como su padre, por qué
le imitaba? No lo entendí ni lo entiendo ni lo entenderé jamás. Quizás haya
sido por algo parecido a eso que dicen, y
según cuentan está demostrado, que los niños maltratados se convierten luego en
maltratadores cuando son adultos, aunque este no sea el caso, pero si lo
analizamos bien, el abandono filial es tan cruel como el maltrato, aunque no sé si podría calificarse como tal, quiero
decir, como una especie también de maltrato psicológico o algo así. No me haga
caso, son tonterías que me vienen a la cabeza. Brunno me dijo aquel día: Un hijo es un
estorbo, algo a lo que te tienes que dedicar el resto de tu vida, algo que te
amarra y te corta las alas, te cercena la libertad, y yo quiero seguir libre,
como hasta ahora, ni siquiera tú me atas ni podrás atarme nunca porque estemos casados,
aunque lo ponga en un papel por escrito ¿me entiendes?, así que no te hagas
ilusiones, ya puedes ir pensando en cómo desprenderte de ese bulto. No lo
quiero ni lo querré nunca ¿te queda claro?
Había
tanto desdén y furia en sus palabras, tanto egoísmo que yo también me sentí apuñalada,
o más, como si me cortara la cabeza de un tajo. Yo no esperaba aquella reacción
tan desmesurada, es cierto que en una ocasión me había comentado que no quería
ser padre, pero siempre pensé que si un día la posibilidad se hacía certeza cambiaría
de parecer. Pero estaba claro que me equivocaba de medio a medio. Siempre tomábamos
precauciones al hacer el amor, pero aquella noche de San Juan no. Fue en el lago,
después de la hoguera y los bailes y muchas botellas de ron y cachaza que circulaban
de mano en mano, nos atrapó la embriaguez, ya no solo la del alcohol sino también la del deseo, y acabamos desfogándonos en la tierra, tras unas rocas que nos
ocultaban de las miradas indiscretas. Desnudos completamente, sin telas ni
gomas ajenas a la piel, hicimos el amor con
ansias devoradoras. A pesar de que estaba bajo los efectos de la bebida
lo supe, lo sentí, no sé decirle cómo ni por qué, pero lo supe, supe que en ese
momento me estaba embarazando. Al siguiente mes no me vino la regla, pero aun
así, esperé otro mes más, para cerciorarme de si lo estaba o no. Tampoco entonces tuve la
menstruación. Compré un predictor, me hice la prueba y dio positivo. A pesar de
que ya estaba plenamente convencida y que no necesitaba de este test de embarazo,
al ver el cambio de coloración mi corazón dio un vuelco enorme. Creí moría de
felicidad allí mismo. El corazón me latía tan aceleradamente que sentí que salía
al exterior y quería volar, y que pude atraparlo
con mis manos antes de que expandiera sus alas y se escapara por la ventana
gritando la noticia a todo el pueblo. Me duché, me perfumé y me vestí con mi
mejor atuendo: un vestido de fiesta que Brunno me había regalado por mi cumpleaños hacía un tiempo. Estaba deseosa de contárselo, deseosa de que llegara y decírselo mientras
me abrazaba y me besaba, porque tenía la esperanza de que lo aceptaría, de que
lo que me había dicho aquella vez, de no querer tener hijos, era un capricho
juvenil, cosas que se dicen sin pensar, que llegado el momento se alegraría y
lo aceptaría. Pero tal como le he contado antes, se puso hecho un basilisco. Después de
decirme todo aquello y de contarme lo de su padre, yo me negué a lo que me
proponía, le dije que yo quería ser madre, que siempre lo había anhelado, que
no me ahogara ese sueño, que ya vería que cuando el niño naciera él le iba a
querer. Se volvió aún más iracundo y me dio una bofetada, "harás lo que yo te
diga y se acabó, no hay más que hablar, y no se te ocurra mencionar más el tema",
me gritó a la cara, mientras me sujetaba fuertemente de las muñecas. "Hoy mismo
resuelvo esto", concluyó. No lo había visto así nunca, fue un cambio brutal, de
hombre a bestia, como si su Míster Hyde hubiera aflorado de repente y se
hubiera adueñado de él. Yo estaba aterrada, porque tampoco, en todo el tiempo
que llevábamos juntos me había levantado la mano, a no ser que fuera para
acariciarme. Salió y me encerró con llave. Allí me quedé, envuelta en mi dolor
y consumiéndome en llanto. Al cabo de media hora regresó, traía a su madre
consigo. La señora Johana nunca me había querido bien, para ella yo sólo era la
furcia que le había arrebatado a su hijo, que le había quitado lo único que tenía
en el mundo, su único amor, a pesar de que ella se había vuelto a casar con el
señor Vicenç, que fue quien les trajo de Brasil, pero no creo que le haya
querido ni le haya amado nunca, si lo aceptó fue para salir de allí y olvidar a
Rui, el padre de Brunno. Cuando contrajo
matrimonio con el bueno de Vicenç, Brunno
tenía diez años, ella treinta y dos. Unos meses después de la boda se vinieron
a vivir aquí, a este pueblo.
Brunno, apenas
entró por la puerta, me dijo: "Mi madre se ocupará de todo, así que quédate
tranquilita". La señora Johana me miró con aversión, y en su mirada también había
mucho de sarcástico. La sonrisita ofídica que dibujó con sus gruesos labios lo decía
todo. Brunno le había servido en bandeja su venganza: si yo le había arrancado
a su hijo de su lado ahora sería ella la que me arrancaría el mío de mis
entrañas.
Continuará...
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| Compasión / Renato Ferrari/ BRASIL |
sábado, 24 de mayo de 2014
Cicatrices (cuarta parte / fragmento 4)
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| Ilustración: Glenn Arthur / California / USA |
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| Glenn Arthur |
... pero entonces conocí a Brunno, y ahí
comenzó mi segundo calvario.
Al decir
esto, Margarita vuelve a dirigir la mirada hacia el exterior. Su vista atraviesa los ventanales del bar e intenta ver más allá de las
cristaleras de la lavandería, pero sólo observa una difuminada silueta con forma
femenina que se mueve tras ellas, probablemente Anaïs o la madre de ésta.
Brunno estará en la parte de atrás, ocupándose de la plancha o del almacén. Lo
conoció en la calle, bajo la mismísima Torre Eiffel, allí bailaba capoeira con
sus compañeros de grupo, y ella ya no pudo apartar su mirada de aquel cuerpo
juvenil y fibroso, de la piel morena y del ensortijado cabello, de la exótica
danza: mezcla de acrobacia y artes marciales, al menos, así le pareció. Al
finalizar la actuación el círculo de espectadores se fue dispersando, Brunno,
con un sombrero de paja en la mano, iba detrás de ellos pidiendo una
contribución. Margarita le seguía con la vista en todo su
deambular detrás de unos y de otros. Ella se había quedado en el sitio,
estática, embelesada. Él, después de haber logrado alguna que otra
gratificación, volvía hacia donde sus compañeros, que ya recogían el equipo de
música y se cubrían el torso con unas camisetas amarillas en las que se leía
el nombre de la agrupación en color verde:
Cangaçeiros, y fue entonces que la vio
allí, mirándole, como hipnotizada. Se aproximó hasta ella con sus pasos de
“baile”, en cuatro piruetas ya estaba frente a Margarita, que se quedó con los
ojos desmesuradamente abiertos al ver que el chico se le plantaba delante. Él
la saludó en francés y le acercó el sombrero
a la altura de sus senos. Ella, nerviosa, echó mano de la cartera, sacó
veinte euros y los depositó allí, junto a unas cuantas monedas que danzaban y
tintineaban en el fondo. En todo momento no dejó de mirar a los ojos del joven.
Él, en cambio, dirigía la mirada del billete a los ojos de ella y viceversa. Nadie nunca les había dado tanto dinero. Sacó a relucir su sonrisa más
seductora y le agradeció en francés. Ella, aún turbada, le dijo: Perdóname,
pero no hablo tu idioma. Él soltó una carcajada. Ella se quedó atónita, no
entendía lo que acababa de pasar, dónde estaba la gracia, qué había dicho para
que este muchacho se riera en sus
narices. Brunno le dijo: No, no te
ofendas… no pongas esa cara, lo tenía que haber supuesto por tu fisionomía, que
eras latina y que, seguramente, hablabas español, pero en esta ciudad, qué digo
ciudad, en este mundo de hoy tan cosmopolita, nunca se sabe. Me llamo Brunno… y
nada, que… muchas gracias… ¿mmmm?, agrega él, a la vez que adelanta la mandíbula de manera interrogativa, esperando a que ella le facilite su
nombre. Margarita, le dijo, perfilando una sonrisa. ¿Haces algo ahora,
Margarita? Preguntó Brunno. No, contestó ella. Nosotros vamos a comer por ahí, te
apetece acompañarnos…, le propuso él. Ella, sin pensárselo, aceptó. Se fueron a comer
cerca de las Tullerías, luego a pasear por los Campos Elíseos, subieron a tomar
un café en Montmartre y se quedaron
luego, a cenar, en una pintoresca taberna que parecía sacada de una novela de
Alejandro Dumas, el padre. La pensión de Margarita estaba muy cerca, en el
propio barrio de Montmartre, el barrio bohemio por excelencia, y allí, en su
habitación, desde cuya ventana se veían las cúpulas de la blanca Basílica del
Sagrado Corazón, Margarita Pérez Hinojosa, perdió la virginidad entre los
brazos y bajo el cuerpo exótico y cimbrado de Brunno. Él también había sucumbido
a la belleza de la muchacha, a su inocencia, a sus delicados rasgos aborígenes,
a su hermoso cuerpo de extrema feminidad, donde los genes europeos de la
familia de su madre y los indígenas de la de su padre, la habían creado a ella,
como si fueran pequeños dioses, logrando una combinación perfecta.
_ Me vine
con Brunno, para acá, para España. Estaba totalmente enamorada. Era la primera
vez que lo estaba de verdad, quiero decir… enamorada en serio, porque los enamoramientos
que tuve en el colegio y en el instituto no cuentan, no eran más que
chiquilladas. Él también me quería, bueno, eso quiero seguir pensando, a pesar
de todo lo que…_ se interrumpe y vuelve a inspeccionar más allá de los cristales,
pero no haya lo que busca. Deja la frase inacabada y continúa _ Ahora le odio.
No le digo que le quisiera ver muerto, pero creo que si se muriera, poco me
importaría, bueno, no sé, tendría que llegar ese día para ver lo que haría en
realidad._ Margarita sabe que miente, ella cree que le odia, pero le sigue
queriendo ¿paradójico verdad? es exactamente igual que con su madre, la pauta
se repite, son los mismos vericuetos de los torcidos renglones de Dios. Una
prueba de que sigue amándole, a pesar de todo, es
que no ha habido más hombres en su vida, y pretendientes no le han faltado, es
evidente, usted la tiene delante, no hay hombre que no quede prendado ante una
mujer de este calibre. Otra prueba es que guarda con celo todas las fotos en las
que ellos aparecen juntos, y muchas noches, muchísimas, cuando esa Fiera
Corrupia, llamada soledad, la desgarra, la asesina y la desangra entre las
cuatro paredes de su habitación, echa mano de las fotos y rememora, y muchas
veces, muchísimas, se masturba. _Me casé con él ¿sabe?, era la única manera de
poder quedarme aquí y arreglar mis papeles. Aunque yo le quería de verdad, ya
se lo he dicho, no necesitaba ningún papelito firmado, pero dada mi situación
irregular era la mejor solución. Estuvimos bien una temporada, muy bien, diría
yo, vivíamos ahí, enfrente, en ese edificio de la lavandería. Él trabaja en
ella. Ya trabajaba cuando nos conocimos, lo del grupito de capoeira era una
afición, que ya ha dejado. Cuando le conocí en París estaban de gira
contratados por la Unesco, luego se habían quedado unos días más para ganarse
un dinerillo extra haciendo actuaciones callejeras. No, ya no practica la
capoeira, tampoco se ha vuelto a casar… bueno, a juntar con otra mujer, casarse
no puede, pues aún lo está conmigo, nunca me ha pedido el divorcio ni yo
tampoco a él, en mi caso porque no quiero darle ese gusto de verle liberado,
aunque él es libre de hacer lo que le venga en gana, de hecho… lo hace, y
mujercitas… no le faltan, no es que yo esté pendiente de su vida… pero de esas
cosas se entera una sin quererlo.
_ No
pretendo incomodarla…, pero… ya que me cuenta todas estas cosas… ¿qué
pasó, por qué se separaron?_ pregunta usted intentando no parecer demasiado impaciente ni entrometido, aunque sabe que no lo es. Ha sido
ella la que ha comenzado esta especie de confesión, porque este bar es su
confesionario diario, y usted el cura de turno. Recuerde lo que sabemos de
Margarita hasta este momento, lo que hemos descubierto y lo que hemos hablado. Por
alguna extraña razón que ni yo mismo sé, y eso que en esta historia los sé todo,
podemos determinar a ciencia cierta por qué Margarita actúa y piensa así, quizás
el viejo Freud nos echaría una mano si pudiera estar aquí para respondernos. Sr.
Freud, le preguntaría yo, por qué esta hermosa muchacha cree que mientras más
cuente su historia es como si se la sacara de dentro, como si se desprendiera
de ella y se quedara vacía, aunque sabe que es sólo por unos instantes, porque
al poco tiempo todos esos recuerdos vuelverán a invadirla. Eso le preguntaría yo
al viejo Sigmund, pero como no está ni estará para contestarnos, a usted y a mí
sólo nos queda hacer conjeturas. Y qué he conjeturado, pues lo que dije al
principio de esta historia. Creo que esta incontinencia verbal de Margarita,
esa necesidad de vomitar su pasado se debe a su gran carencia y a la soledad,
ni siquiera al rencor que cree que siente por su madre o por Brunno, porque
sabemos que inconcientemente les sigue queriendo a ambos, porque hay como una
especie de vínculo emocional entre ella y ellos dos (su madre y Brunno), muy parecido al que establecen
las víctimas de secuestro con sus captores, el llamado Síndrome de Estocolmo. Tiene
que recordarlo, se lo acoté en un momento determinado: “Margarita tiene una gran
carencia”, y esa gran carencia deriva en su soledad. Se percataron cómo
utilizaba los diminutivos mientras contaba la historia de las Misses dónde su
madre era una de las protagonistas, pero, sin embargo, cuando ha contado la
suya con Brunno, esos diminutivos han escaseado, a
pesar de que la carencia a la que nos referimos y que le hace emplear estos términos
(carencia que usted no conoce todavía), que es la que dio pie a la separación
por la que usted ha indagado, es culpa de Brunno. Y aquí nuevamente estamos
delante de una paradoja que sólo Freud o sus homólogos modernos serían capaces
de descifrar. Pero volvamos con la conjetura que yo he hecho y que le explicaba
unos renglones más arriba: Margarita se siente sola y perdida, está en un país
que no es el suyo con gente que no es su gente y no acaba de adaptarse ni de
encontrar su lugar. No tiene amigos ni familiares con los que compartir sus
penas. Llora día sí y día también entre esas cuatro paredes de su habitación.
Margarita, esa alma cándida, se deshoja cada noche y cada mañana vuelve a
recomponer sus pétalos bajo capas de maquillaje, peinados arquitectónicos y
ropa ajustada y sexy. Margarita sólo tiene un aliciente, el trabajo, y en él,
le tiene a usted y a Álvaro y a Elena y aquel camionero que iba para Tarragona y
a aquella turista francesa que estaba de paso. Cada cliente de este bar es un
recipiente en el que Margarita arroja los deshechos de su existencia, y cuando
lo hace se siente reconfortada, porque usted y el resto le escuchan y le dan ánimos
y se llevan esos deshechos más allá de las cristaleras del bar y los esparcen
para que el viento se los lleve. Y esta es una manera de sentirse acompañada,
de pensar que usted o cualquiera de los otros son esa familia que no tiene y
que ella necesita. Esta es la conclusión a la que he llegado, pero es
conjetural, ya lo sabe usted, lo que no sabemos es si Sigmund Freud hubiera
estado de acuerdo conmigo. Ahora dejemos
que Margarita le responda, le cuente lo que pasó, y entonces usted descubrirá cual
es el motivo de su gran carencia.
Continuará...
jueves, 15 de mayo de 2014
Cicatrices (cuarta parte / fragmento 3)
![]() |
| Después del Final / Denis Núñez / CUBA |
| Denis Núñez |
_ ¿Qué
pasó entonces con lo de las Misses?
La pregunta
condiciona a Margarita, porque sabe que, llegado a este punto de su historia,
siempre llora, y, al igual que el resto de nuestros protagonistas, querrá
aguantar la llantera, pero será inevitable, porque recuerden que está en
hemorragia continua.
Y quizás
usted ya se ha dado cuenta, amigo lector, que hay ciertos patrones que se
repiten en los personajes y en las historias. Si este relato fuera el mar, esas
repeticiones serían las olas, pero no aquellas feroces, sino las pausadas que
llegan de vez en vez y lamen la orilla. Repasemos algunas, por ejemplo: los
peces de éste mar, mar de Neón Azul, son todos foráneos, ninguno es endémico de
este pueblo con lago; o han venido de más allá de las inmensas aguas o de la
orilla de éstas. Todos han tenido una niñez, adolescencia o juventud, en el que
las carencias emocionales, las pérdidas o el maltrato, los han flagelado; todos ha estado cerca de
la muerte y han salido indemnes; todos tienen un sueño común: los libros y la
literatura, y, por último, todos son de lágrima fácil, que es lo que ha dado
pie a este paréntesis, a esta digresión.
Estos alelos comunes de nuestros
protagonistas sólo pueden significar dos cosas, una: que el autor nos quiere
decir con ello que las tragedias y los anhelos de cada uno, son las tragedias y
los anhelos de todos, o viceversa; y en este caso, éste “todos” son estos
emigrantes, ya sean de fuera o de dentro (que puede ser usted, otro
cualquiera o yo mismo), que han partido en busca de un nuevo comienzo (hablamos
de un cambio en términos emocionales, no a la búsqueda de una vida
económicamente mejor ni nos referimos, tampoco, a la migración de carácter
ideológico o político, estas serían otras historias, más serias, más
desgarradoras, más tremendas); y dos: que la imaginación del autor no dé para
más y repite ideas y patrones. ¿Cuál de
las dos suposiciones le parece lógica y acertada? De ser la primera… ¿Cree
usted que lo ha logrado, o se ha quedado sólo en el bosquejo, en el esbozo, y
esto es un As que se ha sacado de la manga, así, porque sí? Pero no lo
rumie en este momento, deje estas
interrogantes para el final, porque
ahora usted ha de volver con Margarita.
Ella hace
un leve puchero y una lágrima sale expelida, y, en su furia, se lleva consigo
un poco de rímel. La lágrima surca la mejilla y la parte en dos, la quiebra con
su zigzaguear negro, y, la hasta ahora
hermosa cara de Margarita, se convierte en una máscara dramática del kabuki
japonés. Inmediatamente la otra mejilla queda también marcada. Ahora su rostro
exhibe dos enormes y tétricas cicatrices.
_ No
llore, por Dios… _ le pide usted, casi le implora, y le ofrece una servilleta
de papel._ Mujer…no se ponga así… si me lo llego a imaginar… no le pregunto…
Ella toma
la servilleta y con leves toques se va secando las negras lágrimas, y a usted
esta visión le trae a la mente el famosísimo Son cubano de Miguel Matamoros:
“tiene lágrimas negras, tiene lágrimas negras como mi vida…”
_No, no es
su culpa…, soy yo… Es que ha sido muy duro…_ Margarita respira profundo e
intenta calmarse. Se queda unos segundos en silencio, la mirada hacia el techo,
buscando a Dios, pidiéndole que le de fuerzas para continuar, pero sólo
encuentra una lámpara, de estilo Art Nouveau, difuminando su policromía como si
fuera un vitral de aquellas inmensas casonas coloniales, como la casona de la
hacienda en que su padre trabajaba. Ella hace mucho tiempo que perdió la fe, es
sólo un acto reflejo, es algo inercial.
Usted
vuelve a tener una visión (al ver la expresión de la cara de ella, al ver esos
ojos llorosos que buscan en el techo un más allá), su mente recrea otra obra de
Tiziano, ella antes lo ha mencionado, a Tiziano, cuando le hizo la analogía de
la lluvia de oro, entonces ella era Dánae. Ahora es usted el que evoca al artista y Margarita se le parece a
María Magdalena arrepentida, aunque ella no tenga que arrepentirse de nada, o
sí, usted no lo puede saber, no hemos llegado a esa parte de la historia.
Margarita
se ha calmado, le dirige la mirada y usted le pregunta:
_ ¿Crees
en Dios?
_ Hace
mucho tiempo que dejé de creer. Si de verdad existiera algo ahí arriba, algún
Diosito, no tendría que dejar que hubiera tanto sufrimiento… Yo he sufrido
mucho, y sigo sufriendo, aunque no lo parezca, aunque no se note por fuera
porque voy siempre arregladita y maquillada… La gente se cree que como soy
latina siempre tengo que estar alegre y
de juerga, que tengo que ser fiestera y pachanguera… Yo, por ejemplo, no creo
que todos los españoles tengan que ser graciosos, bailar sevillanas e ir el día
entero tocando las castañuelas y gritando: quillo, ojú y olé… Yo soy un ser humano,
como todos, ninguna raza, etnia o determinante geográfico te hace ser alegre
por antonomasia, eso es cuestión de cada persona, de su carácter, de qué se yo
qué otras cosas... Creo que soy una sufridora nata, desde pequeña. Para mí no
ha sido fácil ¿sabe usted? Mi propia madrecita me hizo sufrir… sabe lo qué es
que la mujer que te trajo al mundo quiera convertirte en un mono de feria, para
vivir a tu costa, para darse aires de gran señorona… _ Preste atención a cómo
Margarita se refiere a su madre de dos maneras indistintamente: madrecita, tal
hace un momento o, simplemente, madre. Por qué, me pregunta, pues porque hay
una dualidad, un encontronazo de sentimientos, una intensa porfía entre el amor
y el odio. A pesar de todo, en el fondo, la sigue queriendo, porque ya lo
dijimos, Margarita es un alma cándida_ Se puede imaginar lo que aguanté en
aquella academia, el hambre que pasé, ya no solo allí, sino en mi propia casa,
“Tienes que estar delgada, frenar la exuberancia de tus carnes, te tienes que
ir acostumbrando hija”, me decía mi madre, poniéndome una esmirriada
ensaladita y luego algunas verduritas
hervidas, “Porque, para lo de las Misses, puedes estar un poquito lozana, pero
cuando empiece tu carrera de modelo has de estar aún más delgada, mucho más,
así que no te quejes, que es comida sana”. Comida sana lo era, sin lugar a
duda, pero era poquísima y yo me quedaba de tal manera que luego me daban
fatigas. Mi madre me escondía la comida que, según ella, me podía engordar… Lo
tenía todo bajo llave, hasta en la nevera puso un candadito. Usted ve esto
surrealista ¿Verdad? Pues a esos extremos llegó mi madre. A esos y a otros:
llegó a pegarme buenas zurras, con un cinturón, cuando le decía que yo no quería
seguir con aquel circo. Me pegaba en las nalgas para que no se vieran las
marcas. Y, a veces, me castigaba sin comer. Yo me encerraba en mi habitación y
no hacía más que llorar, no podía entender aquel cruel comportamiento. Cuando
terminé el instituto quise hacer pedagogía, pero ella se negó a que fuera a la
universidad, para qué tanto comerme la sesera, decía, si cuando ganes Miss
Venezuela vas a tener la vida resuelta, ya estudiarás o harás lo que quieras,
mira Irene Sáez hasta donde ha llegado. Siempre con la misma matraquilla. Hasta que cumpliera la edad reglamentaria
para poder inscribirme en Miss Venezuela, me obligó a hacer algunos desfiles de
moda contratados por la academia, nada fuera de lo normal, eran desfiles
de colecciones de grandes almacenes y en
centros comerciales. La verdad que, cuando estaba en la pasarela, era todo muy
divertido, entre las lucecitas, la musiquita, los flashes de las cámaras, los
bonitos vestidos, pero cuando me bajaba de ella era como volver de nuevo al
infierno. Seguían las zurras, las exigencias… ¿Sabe? muchas veces me vi tentada
a hacer una locura… ¿me entiende? estaba desesperada, pero siempre he sido una
cobarde… y no, no podía. Así estuve desde que acabé el bachillerato hasta que
cumplí los dieciocho: academia, desfiles y castings para anuncios
publicitarios, y bofetones y azotainas de mi madre cada vez que le decía que
estaba harta, que, por favor, me permitiera estudiar. Entonces, una vez me dijo que si quería estudiar algo de
provecho, diera clases de actuación, que eso sí que me sería útil. Y contrató a
una profesora de arte dramático. La situación económica de mi casa iba en
picado. Lo que ganaba mi padre ya apenas alcanzaba para comer. Mi madre se
volvió como loca y empezó a vender cosas de la casa: muebles, cuadros y hasta
el mejor reloj de mi padre, herencia del abuelo, decía que ya tendríamos más
cuando yo me hiciera famosa. Yo iba todo
el día de un lado para otro, cansada, asqueada, ya no hacía falta dieta ni
tanto ejercicio físico, estaba perdiendo peso… Yo siempre fui así, con curvas,
exuberante, menos mi busto, nunca ha sido muy pródigo, la verdad, mis senos no
son grandes, pero tampoco son pequeñitos… _ Dice esto mientras se mira y se
palpa con ambas manos la zona nombrada._ Luego,
al ser alta, mi cuerpo, creo, tiene un equilibrio perfecto… ¿Usted qué
piensa… me encuentra bonita?
_ Tiene,
razón, señorita_ contesta usted_ es una
chica muy hermosa…
_ Oh,
gracias… llámeme Margarita.
Y aquí se
vuelve usted a preguntar, esta chica, con lo que ha pasado por culpa de esa
misma belleza que se autoproclama… ¿cómo puede ser tan coqueta? No lo sabemos,
son los misterios de la psiquis humana, son esos renglones torcidos de Dios,
como dijera Torcuato Luca de Tena. ¿Por qué hace la gente las cosas qué hace?
¿Por qué actúan de una manera o de otra?¿Esa misma madre, Doña Flora, por qué
se ha dejado llevar, arrastrar, por esa manía de grandeza, cegada por el brillo
del oro?¿En qué momento su mente la convirtió en la lechera de la vieja fábula?
_ Como la
Gautier, la Dama de las Camelias. Margarita Gautier _ dice usted.
_ ¡Me
encanta esa novela!_ dice ella con euforia_ la he leído muchas veces… y la
película… qué decir de la película… y de Greta Garbo… Aunque, más que la Dama
de las Camelias… _ Ahora su tono es triste y al mismo tiempo irónico_ yo
hubiera sido La Dama de La Famélicas, sino hubiera escapado a tiempo de las
garras de mi madrecita. Porque mire, a pesar de los kilos que perdí, aún me veía bien, quiero decir, que seguía
manteniendo buen cuerpo, porque yo le hacía trampas a mi madre ¿sabe? cuando iba
a la academia o a alguna de esas locuras de clases, si había podido sisarle
algún dinero de su cartera, me pasaba por un McDonald's y comía algo, yo no
quería convertirme en una percha andante, no quería enfrentarme a ningún
trastorno alimentario… No entiendo como mi madre_ renuncia al
diminutivo y pronuncia la palabra Madre con desprecio y dureza_ no se percataba de ello, tan cegada estaba
con el dinero, la vanidad, el lujo y todas esas porquerías, que no caía en la
cuenta de que podía abocarme a la anorexia, menos mal que yo, como dicen
ustedes por acá, tenía la cabecita bien amueblada. Un día ya no aguanté más y
me fui, me escapé y la dejé revolcándose en su fatuidad, a ella y a mi padre,
ese mulito de carga con orejeras, que sólo veía por los ojos del amo. En la
academia de modelaje había una muchacha, Lena, Lenita, le llamaba yo, que al
contrario mío, sí que estaba loca por ese mundo de fantástico oropel y quería
llegar a ser una supermodelo, una gran Top Model, su familia tenía bastante
dinero y le pagaban un viaje a París, a la semana de la moda, y me invitó, sus
padres no querían que fuera sola, ellos corrían con todos los gastos. El padre
de Lena se ocupó de todo, hasta de llevarme a hacerme el pasaporte. No se lo
comenté a mis padres, era mi oportunidad de largarme de allí. De saberlo mi
madrecita, hubiera querido venirse conmigo, Dios sabe que otra locura hubiera
hecho con tal de obtener el dinero para el viaje. Y ahí quedaron truncadas las
manías de grandeza de mi madre, y quedó truncada su aspiración a que me
presentara a Miss Venezuela. Me vine a París con Lenita, allí estuve dos meses,
recorriendo la ciudad y sin saber qué iba a ser de mi vida. El primer lastre
era que no había manera que me hiciera con el idioma, el segundo, que no conocía a nadie,
tampoco sabía cómo encontrar un trabajo. De momento, Lenita, antes de irse, me
había prestado dinero para pasar una temporada, cuatro meses a lo sumo, en una
pensión. Yo sólo pensaba: "cuando se me acabara el dinero qué voy hacer…", pero
entonces conocí a Brunno, y ahí comenzó mi segundo calvario.
Continuará...
miércoles, 7 de mayo de 2014
Cicatrices (cuarta parte / fragmento 2)
![]() |
| Óleo de César Santos / CUBA-USA |
_ Y… ¿de dónde es usted, si
no es indiscreción?_ Pregunta a la vez que corta el jamón en finas lonchas.
_De aquí, bueno, quiero
decir, de Barcelona…
_ Yo estuve viviendo en
Barcelona, sabe...._ Le interrumpe ella_ Es una ciudad muy
chévere, pero muy ajetreada, prefiero la tranquilidad de este pueblito… En
Barcelona empezó mi calvario… ¡Ay, si yo le contara…!
En Barcelona inició su calvario amoroso, el otro empezó mucho antes, cuando apenas era una jovencita de quince años, y ella se lo contará, se lo narrará, se lo describirá, porque ya sabe cómo, tiene el pie que necesitaba. No lleváis ni un minuto de conversación y Margarita tiene preparada la ametralladora con todas las cananas cargadas, para acribillarle a balazos de palabras y más palabras, ráfagas enteras; cada palabra será una bala que le atravesará a usted el corazón, el cerebro y hasta su propia lengua. Note como demora en cortar las lonchas de jamón, que ya no sólo es para que salgan finas, sino, para detener el tiempo y luego estirarlo a su antojo, para apresarle en una espiral de la cual usted no saldría sin poner la voluntad necesaria, porque Margarita tiene un deje, una cadencia, una dulzura en la voz, que atrapa, que extasía, y eso, sumado a su belleza latina, le sorbe a uno la sesera, le embota el cerebro. Es muy guapa ¿Verdad? lo está usted pensando en este mismo momento, porque a pesar del exceso de maquillaje que lleva, y que comentamos cuando la conocimos al principio de esta historia, ahí, debajo de tanto polvo facial, tanto rímel y tanto carmín, hay una mujer de rompe y rasga, que le valió ser aspirante a Miss Venezuela. Una hermosa mujer que no consiguió ese sueño, o mejor dicho, el de su madre, porque se negó a que la operaran, renunció a la cirugía estética. Querían hacer de ella una Diosa, la perfección femenina en extremo, una especie de Barbie latina de medidas únicas e imposibles. “Muchacha, no seas boba, si serán unos retoques de nada: bisturí por aquí, bisturí por allá, silicona por acullá”, le dijo unos de los miembros de la organización. Para qué necesitaba ella todo eso, para qué meterse en un quirófano, con todo lo que eso supone… ¿Para luego salir hecha una figura de plástico? Ella se veía bien, se veía estupenda. Sus senos eran hermosos tal y como estaban, no necesitaba otra talla de sujetador, y sus pómulos…, qué le pasaba a sus pómulos, nada, absolutamente nada, y menos a sus labios, ya eran carnosos de por sí. Ah, pero su madre quería convertirla en la reina de la belleza absoluta, “Ganaremos mucha plata, mi’ja, mucha plata”. Doña Flora ya veía a su hija copando las portadas de las revistas de moda: Vogue, Elle, Cosmopolitan, y hasta en Sport Illustrated, con un mini bañador amarillo refulgiendo sobre el canela de su piel; la imaginaba en los grandes carteles publicitarios de Times Square, en los desfiles de Nueva York, París, Milán, Barcelona, luego protagonizando la telenovela de turno… y de ahí a Hollywood qué había, nada, un paso. Sería la nueva Jenifer López, la nueva Salma Hayek, la nueva Eva Longoria, la sensación latina del momento, con todos los modistos, productores televisivos, agencias de publicidad y directores de cine rifándosela como en una tómbola. Sólo dieciocho años y ya querían tasajearla, transformar su cuerpo en algo totalmente absurdo e innecesario, en un cuerpo de mujer “perfecto” ¿Quién coño era el hijo o hija de puta que clasificaba así a las mujeres, como si fueran prendas de vestir, poniéndoles talla? 90. 60. 90. Ella se quería tal cual, ya era hermosa y lo sabía, no necesitaba el espejo mágico del cuento de Blancanieves. Y todo esto porque le gustaba la moda, porque había ganado aquel estúpido concurso de belleza regional, qué sí, que le supo bien ese regustillo de la victoria, pero que era un juego, no aspiraba a más en ese mundo. Ella quería estudiar, le gustaba la pedagogía, le encantaban los niños, quería ser maestra, enseñar literatura, ciencias, matemáticas, pero sobre todo literatura, tenía una pasión enfermiza por los libros, y también siempre soñó que sería una buena madre, mejor que la suya, ella no le haría a su hija lo que su madre le estaba haciendo. Sí, ese fue el germen, pudiéramos decir, de su primer calvario, su vía crucis, aquel día que ganó aquel estúpido concurso de belleza y su madre vio monedas de oro lloviendo del cielo, como si su hija fuera la Dánae del célebre cuadro de Tiziano. Tenía quince años cuando ganó el concursito de marras y Flora la puso a dieta y la obligó a un duro entrenamiento. Casi no tenían para pagar las facturas, pero fue a parar de cabeza a una academia de modelaje, había que ir preparando el terreno para Miss Venezuela, para Miss Universo, para la televisión, la publicidad, el cine. “La niña nos hará ricos, Prudencio” decía Doña Flora a su marido, pero él no entendía de esas cosas, bastante tenía ya con su propio trabajo que le absorbía todo el tiempo en jornadas de hasta diecisiete horas. Él se mataba a trabajar en la hacienda de Don Salustiano como si fuera un esclavo, para que a su familia no le faltara el pan que llevarse a la boca, y no supo ver, ni pudo, cómo su niña se marchitaba poco a poco. Este Prudencio, analfabeto y servil, sólo tenía ojos para el amo, para los caballos del amo, las reses del amo, los perros del amo. Llegaba a casa tan cansado y tan tarde, que toda aquella retahíla de tonterías con que le machacaba su mujer, le entraban por un oído y le salían por el otro. Él solo ansiaba tomar un buen baño, cenar e irse a la cama; a las cinco de la mañana tenía que estar en pie, porque había que limpiar la suciedad de las cuadras y poner el forraje a los caballos y ordeñar las vacas y pasear los perros y un etcétera de tareas interminables que le dejaban molido. "¡Qué concurso ni na’ de na’!" Que hicieran Flora y la niña lo que les viniera en gana, a él que le dejaran tranquilo. A los quince ganó el concurso regional, a los dieciocho querían rajarla para transformarla en un estúpido maniquí de cera, y su padre, el mulo de carga Prudencio ni quiso ni pudo ni vio, el drama de su hija.
En Barcelona inició su calvario amoroso, el otro empezó mucho antes, cuando apenas era una jovencita de quince años, y ella se lo contará, se lo narrará, se lo describirá, porque ya sabe cómo, tiene el pie que necesitaba. No lleváis ni un minuto de conversación y Margarita tiene preparada la ametralladora con todas las cananas cargadas, para acribillarle a balazos de palabras y más palabras, ráfagas enteras; cada palabra será una bala que le atravesará a usted el corazón, el cerebro y hasta su propia lengua. Note como demora en cortar las lonchas de jamón, que ya no sólo es para que salgan finas, sino, para detener el tiempo y luego estirarlo a su antojo, para apresarle en una espiral de la cual usted no saldría sin poner la voluntad necesaria, porque Margarita tiene un deje, una cadencia, una dulzura en la voz, que atrapa, que extasía, y eso, sumado a su belleza latina, le sorbe a uno la sesera, le embota el cerebro. Es muy guapa ¿Verdad? lo está usted pensando en este mismo momento, porque a pesar del exceso de maquillaje que lleva, y que comentamos cuando la conocimos al principio de esta historia, ahí, debajo de tanto polvo facial, tanto rímel y tanto carmín, hay una mujer de rompe y rasga, que le valió ser aspirante a Miss Venezuela. Una hermosa mujer que no consiguió ese sueño, o mejor dicho, el de su madre, porque se negó a que la operaran, renunció a la cirugía estética. Querían hacer de ella una Diosa, la perfección femenina en extremo, una especie de Barbie latina de medidas únicas e imposibles. “Muchacha, no seas boba, si serán unos retoques de nada: bisturí por aquí, bisturí por allá, silicona por acullá”, le dijo unos de los miembros de la organización. Para qué necesitaba ella todo eso, para qué meterse en un quirófano, con todo lo que eso supone… ¿Para luego salir hecha una figura de plástico? Ella se veía bien, se veía estupenda. Sus senos eran hermosos tal y como estaban, no necesitaba otra talla de sujetador, y sus pómulos…, qué le pasaba a sus pómulos, nada, absolutamente nada, y menos a sus labios, ya eran carnosos de por sí. Ah, pero su madre quería convertirla en la reina de la belleza absoluta, “Ganaremos mucha plata, mi’ja, mucha plata”. Doña Flora ya veía a su hija copando las portadas de las revistas de moda: Vogue, Elle, Cosmopolitan, y hasta en Sport Illustrated, con un mini bañador amarillo refulgiendo sobre el canela de su piel; la imaginaba en los grandes carteles publicitarios de Times Square, en los desfiles de Nueva York, París, Milán, Barcelona, luego protagonizando la telenovela de turno… y de ahí a Hollywood qué había, nada, un paso. Sería la nueva Jenifer López, la nueva Salma Hayek, la nueva Eva Longoria, la sensación latina del momento, con todos los modistos, productores televisivos, agencias de publicidad y directores de cine rifándosela como en una tómbola. Sólo dieciocho años y ya querían tasajearla, transformar su cuerpo en algo totalmente absurdo e innecesario, en un cuerpo de mujer “perfecto” ¿Quién coño era el hijo o hija de puta que clasificaba así a las mujeres, como si fueran prendas de vestir, poniéndoles talla? 90. 60. 90. Ella se quería tal cual, ya era hermosa y lo sabía, no necesitaba el espejo mágico del cuento de Blancanieves. Y todo esto porque le gustaba la moda, porque había ganado aquel estúpido concurso de belleza regional, qué sí, que le supo bien ese regustillo de la victoria, pero que era un juego, no aspiraba a más en ese mundo. Ella quería estudiar, le gustaba la pedagogía, le encantaban los niños, quería ser maestra, enseñar literatura, ciencias, matemáticas, pero sobre todo literatura, tenía una pasión enfermiza por los libros, y también siempre soñó que sería una buena madre, mejor que la suya, ella no le haría a su hija lo que su madre le estaba haciendo. Sí, ese fue el germen, pudiéramos decir, de su primer calvario, su vía crucis, aquel día que ganó aquel estúpido concurso de belleza y su madre vio monedas de oro lloviendo del cielo, como si su hija fuera la Dánae del célebre cuadro de Tiziano. Tenía quince años cuando ganó el concursito de marras y Flora la puso a dieta y la obligó a un duro entrenamiento. Casi no tenían para pagar las facturas, pero fue a parar de cabeza a una academia de modelaje, había que ir preparando el terreno para Miss Venezuela, para Miss Universo, para la televisión, la publicidad, el cine. “La niña nos hará ricos, Prudencio” decía Doña Flora a su marido, pero él no entendía de esas cosas, bastante tenía ya con su propio trabajo que le absorbía todo el tiempo en jornadas de hasta diecisiete horas. Él se mataba a trabajar en la hacienda de Don Salustiano como si fuera un esclavo, para que a su familia no le faltara el pan que llevarse a la boca, y no supo ver, ni pudo, cómo su niña se marchitaba poco a poco. Este Prudencio, analfabeto y servil, sólo tenía ojos para el amo, para los caballos del amo, las reses del amo, los perros del amo. Llegaba a casa tan cansado y tan tarde, que toda aquella retahíla de tonterías con que le machacaba su mujer, le entraban por un oído y le salían por el otro. Él solo ansiaba tomar un buen baño, cenar e irse a la cama; a las cinco de la mañana tenía que estar en pie, porque había que limpiar la suciedad de las cuadras y poner el forraje a los caballos y ordeñar las vacas y pasear los perros y un etcétera de tareas interminables que le dejaban molido. "¡Qué concurso ni na’ de na’!" Que hicieran Flora y la niña lo que les viniera en gana, a él que le dejaran tranquilo. A los quince ganó el concurso regional, a los dieciocho querían rajarla para transformarla en un estúpido maniquí de cera, y su padre, el mulo de carga Prudencio ni quiso ni pudo ni vio, el drama de su hija.
_ No era mala persona mi
padre, pero sí, era muy mulo, era muy burro, sí, muy burrito, con orejeras y todo, que le
impedían ver lo que pasaba a su alrededor._ Dice ella después de haberle
contado todo esto sin apenas darle tiempo a respirar, porque usted ha seguido
cada palabra, cada movimiento de su lengua, envuelto en esa cadencia y esa
dulzura de la voz de Margarita.
_ El bocadillo, por favor… _ Le hace
notar usted, porque, a todas estas, las
lonchas de jamón van aumentando sobre una de las mitades del pan sin que ella
lo advierta. _ Creo que ya tiene suficiente jamón… ¿no le parece?
_ y se lo dice usted en un tono distendido, sonriendo. No quiere que Margarita
se lo vaya a tomar de otra manera.
_ Ay, qué
boba, jajaja… perdone, es que cuando me pongo a hablar de mis cosas… se me va
la cabeza…
_ No se
preocupe, nos pasa a todos.
Margarita termina de preparar el
bocadillo, lo pone en un plato sobre una servilleta de papel y lo deja delante
de usted en la barra. Usted le mira a los ojos directamente, está tratando de
explicarse el por qué quiere continuar ahí sentado escuchándola, como si fuera
un ratoncillo que tiene que seguir bajo el influjo, bajo el hechizo, de ésta
flautista de Hamelin, y le pregunta:
_ ¿Qué pasó entonces con lo de las
Misses?
Continuará...
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| Óleo de César Santos |
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| Óleo de César Santos |
domingo, 4 de mayo de 2014
Cicatrices (cuarta parte / fragmento 1)
| Óleo de Denis Núñez / CUBA |
No, no le dejaremos que cuente este episodio a su padre, éste no, pero sí cómo era su vida antes de aquello, y después, cuando decidió que no volvería más a la casa de su familia materna. Una familia llena de prejuicios, de convencionalismos sociales y doble moral, un nido de ofidios, el nido de Eulalia, la tía Eulalia, que ya era, desde muy joven, ese áspid que decía Elena.
En toda familia hay, dicen, una oveja negra, pero en toda familia hay, digo, una serpiente.
No sólo de Adán y Eva provenimos, no sólo somos hombre o mujer, macho o hembra amasados del barro primigenio y tallados de una costilla, también somos animales racionales, algunos, e irracionales, otros; asimismo somos frutos y vegetales y madera. Todo se reproduce, todo germina. Unos le deben la herencia genética al barro y la costilla, otros al manzano y otros a la serpiente. En esta historia hemos tenidos ovejas negras, hombres racionales e irracionales, mujeres como frutas apetecibles del manzano, y otra mujer que vegeta como en una naturaleza muerta de Cézanne, y también hombres esculpidos y fuertes en madera pura. Por lo tanto no podía faltar la serpiente de lengua bífida, andar sinuoso y zigzagueante, la mala del cuento, la bruja de la escoba, la mala malísima que envenena las frutas lozanas y rubicundas. Esa, querido lector, es Eulalia, como ya habíamos dicho. No, no se asuste, no pretendo ahora contarle la historia de este personaje, aunque importante y siendo el leitmotiv, el desencadenante de la tragedia de Elena, no vamos ahondar ahora en su comportamiento, ni haremos un retrato psicológico de tan nefasto espécimen, porque usted ya le conoce, le ha leído en cientos de novelas, le ha visto en cientos de películas y culebrones televisivos, es un personaje cliché. Será la propia Elena quién lo desmonte, pero no para nosotros, sino para Roger. Tómese esta parrafada como una mera acotación que cierra la historia inconclusa.
Dejemos a padre e hija recorriendo los caminos de sus existencias, jugando con la clepsidra o el reloj de arena, tratando de recuperar, de buscar “el tiempo perdido”, rememorando, como si fueran personajes de Marcel Proust. Ve, ahora Elena ha salido del ensimismamiento y responde a su padre, y le cuenta cómo llegó a la casa familiar y todos los pormenores de su adopción por parte de su tía, pero con lo que ya sabemos es suficiente, así que dejémosles solos. Levantémonos, demos media vuelta y retrocedamos hacia la barra. Ocupemos un taburete o banqueta, da igual cómo se llamen estos trastos, y si le pidiéramos algo a Margarita, lo que sea, un café, un zumo, un helado o, simplemente, un vaso de agua, comprobaríamos por nosotros mismos la soledad que embarga a esta mujer, veríamos que está deseosa de que alguien le dé pie, aunque sea pidiéndole un bocadillo, para entablar una conversación, que al final acabará derivando en el tema de su herida aún sin cicatrizar, pero que intuiremos, desde el primer segundo, que esta mujer sólo desea sentirse acompañada, y que también necesita soltar toda esa angustia, esa bilis que le sabe amarga y que tiene que escupir a cada hora, a cada minuto. Apreciemos su sonrisa mientras se acerca, viene de haber estado consolando a Arturo, parece un poco forzada, pero es sincera, porque en el fondo Margarita es un alma cándida, una cándida margarita deshojada por ella misma… Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere… le odio, no le odio, le odio, no le odio… Así es Margarita.
Pero antes de conocer la herida abierta de Margarita, haremos un último ejercicio, bueno, usted, yo no. Amigo lector, usted dejará de ser intangible, incorpóreo y se convertirá en un personaje más de esta historia, desde ya es un cliente de este bar, el bar del letrero de neón azul, y no un simple observador.
Acto III
Margarita
(Conversaciones de Barra)
_ ¿Qué te pongo, cariñito? _ dice ella al llegar a la barra, ampliando la sonrisa, y podemos ver ligeras manchas de pintalabios bermellón en sus cuidados dientes. Percátese, además, de cómo ha utilizado el diminutivo, es algo natural en Margarita, lo comprobará a lo largo de la conversación. Hace un abuso indiscriminado de él, que a usted puede parecerle una ñoñería, pero que es el resultado de una gran carencia.
_ Un bocadillo de jamón, pequeño, por favor._ Dice usted.
_ ¿El pan con tomatito o sin tomatito?_ Vuelve a preguntar ella.
_Con tomate, sí, por favor…_ dice usted, y agrega _y aceite.
Ella afirma con un movimiento de la cabeza, el arquitectónico moño, producto del meneo, parece que fuera a caerse, que resbalará y en un alud o desprendimiento de cabellos se convertirá en una cascada de bucles castaños. Se dirige a la panera, saca una crujiente barra de pan recién horneada, la abre por la mitad, haciendo caso omiso a lo que usted le ha dicho de las dimensiones, y comienza a prepararla entera: corta el tomate, lo restriega en la miga esponjosa, luego rocía cada tapa entomatada con aceite de oliva, y, antes de cortar el jamón, le pregunta:
_ Usted acaba de llegar, verdad, porque yo conozco a todo el mundo en este pueblecito… y no le había visto antes. ¿Está de paso… o tiene familia por acá?
Margarita tampoco es de por “acá”. Margarita es venezolana. Hace diez años que llegó a Europa, primero estuvo unos meses en París, y aunque la ciudad le fascinó, coqueta como es ella y siendo ésta la capital mundial de la moda, se hubiera quedado, pero el idioma era un gran lastre, no había manera de que pudiera pronunciar aquella jerigonza por más que lo intentara. Entonces conoció a Brunno, un percusionista y bailarín brasileño con nacionalidad y residencia en España desde hacía años. Brunno estaba de gira con un grupo folclórico de su país en Francia. Margarita creyó que había encontrado el amor y se vino a España con él. A partir de aquí comenzó su andadura por tierras de la Madre Patria.
_No, estoy de paso… _ contesta usted, y ya sabe que no se podrá librar de la conversación, porque era lo que ella estaba esperando, iniciar la plática insustancial, para luego desahogarse una vez más, como miles de otras veces, porque Margarita cree que mientras más se desahogue, mientras más palabras broten de su boca, suelte, escupa o vomite, será el anticoagulante que cerrará su hemorragia continua, y también lo que esperaba usted, porque, de lo contrario, no se hubiera sentado a la barra, no hubiera aceptado este juego.
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