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sábado, 21 de junio de 2014

Cicatrices (Epílogo)


Luna Nueva / Denis Núñez / CUBA

Denis Núñez /Matanzas 1967 /Cuba


Epílogo


Usted se le queda mirando, y observa, mientras ella se aleja, su bonito cuerpo y su andar elegante, parsimonioso, aprendido a golpes en aquella academia de modelaje, y usted piensa que es una camarera que camina con todo el fausto de una diosa, y que toda ella es una existencial paradoja. En su mente aún está fresca la historia que ella le ha narrado, y se percata de una cosa, algo que no sabe el por qué no había caído en la cuenta hasta ahora, y que, a lo mejor, le hubiera pasado desapercibido: durante esta última parte, cuando le narró la tragedia abortiva con bruja y malvado del cuento incluídos, no utilizó ni una vez los diminutivos a los que está acostumbrada ¿por qué?, y de aquí surge otra interrogante: ¿qué le hacía, o mejor dicho, le hace aún a Margarita utilizarlos tanto? Para la primera tengo una teoría, para la segunda un convencimiento. Respuesta a la primera interrogante: cuando Margarita le ha contado toda esa situación dramática en la que se vio envuelta, ha revivido el dolor y el trauma al mismo tiempo que lo contaba, y ese dolor, que es la gran herida de Margarita, la que, como ya hemos dicho otras veces, la mantiene en hemorragia continua, le hace hablar de otro modo, plantearse la vida de otra manera, expresarse y comunicarse sin esa, podríamos decir, ñoñería o niñería, porque es un dolor de adulto el que brota de sus entrañas vacías, y ese dolor provocado por esta traumática experiencia es más fuerte y más desgarrador que el provocado y sufrido con su madre, el cual ella relaciona con su adolescencia y no con su adultez.  Por eso creo yo que Margarita expresa su sufrimiento con un lenguaje a tono con la intensidad de ese sufrimiento y, a la vez, con la etapa de la vida en la que el trauma tuvo lugar. Respuesta a la segunda interrogante: Margarita utiliza los diminutivos porque es la vapuleada (por las veces aquí repetida) carencia la que se los provoca, la carencia de ese hijo que le fue arrancado. Esto que voy a narrar ahora ella no lo ha contado, pero fue así: Cuando Margarita se quedó embarazada,  que lo supo desde el primer momento, aunque se obcecó en demostrárselo a sí misma para que no le quedara duda alguna, Margarita se imaginó delante de esa pequeñita criatura, cientos de veces, prodigándole arrumacos y hablándole como le hablan todos los adultos a un bebé, en diminutivos.  Durante esos dos meses que esperó para demostrar lo que ya era una certeza, se sorprendía a si misma evocando ese futuro de madre, se veía con el bebé en brazos acariciándole, amamantándole o arrullándole  y, por supuesto, como ya hemos dicho, hablándole, diciéndole cosas tales como: ¡Ay, mi bebecito, mi cosita gordita, mi cariñito…! ¿De quién son estos piececitos…, y esta naricita…, y estas manitas? ¡Ay, que me como esta orejita! Tras… tras… ¿Dónde está el bebito de mamacita? ¿Dónde? ¡Ay, pero qué cosita tan rica, ay, ay, ay, mi bomboncito, mi melocotoncito en almíbar…!
No hubo bebé, ya lo sabemos, pero el anhelo sigue estando ahí, pervive en ese interior estéril, sigue aferrado a esos ovarios inexistentes, como cuando un miembro es amputado (una mano, una pierna, un dedo) y la persona aún continúa sintiéndolo como parte suya, como si físicamente siguiera formando parte de su anatomía. ¿Lo entiende usted ahora? Por eso es que a Margarita se le ha quedado esa, vamos a llamarle, manía, de abusar de los diminutivos, porque es el resultado de su carencia, es una tara adquirida que quizás algún día desaparezca. Margarita no es ni nunca podrá volver a ser aquella Margarita que se enamoró de Brunno bajo la mole de hierro de la torre Eiffel, una muchacha inocente que había huido de la garras crueles de su madre, porque Margarita, como bien dijimos en el prefacio de esta historia, ahora es otra Yerma, con todas las consecuencias dramáticas que Federico le atribuyó a su personaje.

 Margarita llega donde Elena y Roger, Elena le pide otro cortado y Roger, por fin, decide comer algo, le encarga un bocadillo de tortilla a la francesa y un café con leche. Antes de volver a la barra y preparar el pedido, pasa por la mesa de Arturo, que ya ha acabado el crucigrama y ahora escribe en un cuaderno un larguísimo poema. Margarita le pregunta si está más calmado y si desea alguna otra cosa. Él le dedica una sonrisa sincera y le dice: “Bien, estoy bien… y sí, no me importaría otro café, solo, un café solo, por fa...”
Margarita vuelve a la barra, usted no ha dejado de seguirla con la mirada. “¡Pero, hombre, aún no ha comenzado con el bocadillo!” Le dice ella al llegar, usted coge el bocadillo y la da un primer mordisco. “¿Bueno, verdad?” Pregunta ella, aunque suena más a una afirmación que una pregunta. Usted asiente con la cabeza. Ahora mire hacia la puerta, ve a esa hermosa muchacha que está a punto de entrar, esa es Anaïs, la novia de Arturo, la que podríamos decir es la tabla de salvación de este joven naufrago de la vida. Anaïs entra, saluda a Margarita con un sonoro: “Hola Marga, guapísima…, me pones lo de siempre”. Margarita se gira, le corresponde con una hermosísima sonrisa y le dice: “Buenos días, preciosa, enseguida.” Anaïs se dirige hacia la mesa de Arturo y al llegar donde el muchacho le rodea con los brazos por la espalda y le llena de besos en la nuca. Él se deja hacer mientras se encoge y ríe por las cosquillas que le provocan los besos. Luego ella le suelta y se sienta frente a él. Se toman de las manos y se escrutan el uno al otro, y sus rostros obtienen la apariencia de dos adolescentes que acaban de descubrir el amor por primera vez, y en sus ojos se puede ver claramente esa pasión del amante hacia el amado, toda esa intensidad les embarga como si estuvieran siendo escritos ahora mismo por Carson McCullers, y Miss Amelia estuviera observando al jorobado primo Lymon y el jorobado observando a  Marvin Macy, como si esto fuera La balada del café triste, no porque esta historia tenga nada que ver con aquella, no hay ni asomo de semejanza, sino por querer hacer un paralelismo entre aquel Café  improvisado  en un pueblo casi muerto (como este pueblo del lago) y nuestro Bar de Neón Azul, y  por una reflexión hermosa y aguda sobre el amor y el papel de los amantes que, en esta historia singular, vierte la autora refiriéndose al doble papel de amantes y amados, y que le viene ni que pintada a nuestros dos tortolitos. Decía Carson que todos queremos desempeñar el primer rol, el de amantes, y no el de amados. Y eso es lo que se lee en estas arrobadas miradas, cada uno quiere ser el amante, el amador, el dador del otro, el que desnuda, el que prodiga, el activo, el que da y ofrece más. Y ahí les dejamos, en esta “carsoniana” escena de amor, porque ya sabemos que este romance es y será sólido y duradero, al contrario de el del trío protagonista de La balada del café triste, y que en unos años Anaïs y Arturo se casarán, que Arturo encontrará un trabajo en una obra como albañil, y que luego estudiará por las noches y accederá a la universidad, y que con treinta  y seis años logrará publicar su primer libro de poemas, gracias a que ganará el primer premio en un concurso de poesía, que el libro llevará por título Neón Azul, que no tendrá mucha resonancia, pero que le dará la oportunidad de acceder a una beca (que también formaba parte del premio) y se dedicará a escribir por un tiempo. Que tendrán una niña, a la que le pondrán el nombre de quién han escogido como madrina: Margarita. Y que envejecerán el uno al lado de la otra. Que Arturo por fin superará su rencor hacia Doña Berta y Soraya. Que Doña Berta morirá de un infarto del miocardio en unos cinco años, y que Soraya se hará aún más rica, que se casará con uno de sus clientes, un constructor y promotor inmobiliario metido a político que, poco a poco, y sin escrúpulos, irá ganando peldaños y status, y que se irán del pueblo cuando éste  es nombrado ministro al llegar su partido al poder.

Ahora volvamos a Roger y Elena. Él desayuna tranquilamente bajo la mirada atenta de su hija. Luego, pasado unos minutos, se irán,  y Roger conocerá a Joan, ese joven músico que le ha devuelto la alegría de vivir a Elena. Con ellos pasará una semana estupenda, que será la mejor que tendrá en lo que le queda de existencia. Hará su maleta y, después de tanto tiempo, regresará a Cádiz y se despedirá de su amada Carmen para siempre, aunque él no lo sabe, porque él le ha prometido volver a su lado para cuidarla y sacarla de ese estado vegetativo, porque él tiene fe en los milagros que hace el amor. Le promete a ella que la cuidará con mimo hasta que despierte de su viaje por la inconsciencia, y está convencido de que Carmen le escucha, aunque no haya un mínimo reflejo, en todo el cuerpo de ella, que así lo confirme: ni un parpadeo ni el simple movimiento del dedo meñique. Regresará a Nueva York lleno de proyectos y de confianza  en la vida que está por venir, pero que no tendrá, porque al querer plantearle todo esto a Susan, arrancándose la piel a tiras para desnudar su alma ante ella y así tratar de convencerla de que la historia de amor que había entre los dos ya sólo es ceniza; ella, presa de la furia y de los celos, le clavará un cuchillo es el corazón, en ese corazón que usted y yo hemos visto por dentro y desde dentro, y entonces se apagara para siempre, dejará de funcionar a la vez que dejará escapar toda su savia a borbotones y, con ella, todos estos propósitos de futuro escaparán también y serán enterrados en un negro ataúd. Y aunque él nunca lo hubiera querido ni hubiera dado su consentimiento, Roger Donovan, será velado en su pueblo natal con honores militares y allí reposarán sus huesos por los siglos de los siglos. Y será su cicatriz la única que quedará de nuevo abierta, y sin cicatrizar por nunca jamás, en esta historia.

Y tal como entramos nos marchamos. Retrocedamos a pasos lentos para que se nos quede en la retina la vista panorámica del salón de este bar, pero, para ello, hemos de llegar primero hasta la puerta. Ya, desde aquí, observamos a Margarita acercarse a la mesa número tres, la de Arturo y Anaïs, con un zumo de naranjas y un bocadillo de queso para esta última, y luego sentarse junto a ellos y entablar una animada plática; vemos  a Roger limpiarse la boca con la servilleta y a Elena dispuesta  para marcharse. Vemos el sol que entra abundante por los ventanales y tiñe el suelo con los arabescos de los encajes de las cortinillas. Oímos el leve zumbido del ventilador del techo y la música muy baja,  de un viejo radiocasete, que Margarita seguramente encendió antes de irse donde Arturo y Anaïs, pero, a pesar del bajo volumen, identificamos la voz de  Annia Linares, la conocida intérprete cubana, desgarrándose el alma en ese bolero llamado Heridas:

 “…heridas de verdad,
cada vez que me miras, y no quiero mirar…”

Salimos fuera, nos alejamos prudencialmente, hasta calcular que podemos abarcar con la vista todo el recinto, incluyendo el gran letrero de Neón Azul, que permanece encendido las veinticuatro horas del día;  y cuando llegamos a la distancia requerida no giramos y contemplamos el paisaje, como en una gran pantalla de cine, para también dejar grabada en nuestra retina esa imagen del bar con el lago refulgiendo detrás, destellado con los rayos matutinos del sol, llenando todo el espacio de luz y de vida.

FIN


Nota del Autor:
Gracias a todos aquellos que me han seguido en esta peripecia, en este reto de escribir sin rumbo fijo, esperando que la propia historia surgiera en el mismo momento en que tecleaba. Todo lo aquí narrado, excepto el primer capítulo, ha sido escrito una o dos horas antes de ser publicado, por lo que soy consciente de la calidad literaria de esta historia folletinesca. No hay ni ha habido pretensión ninguna al escribir las tragedias aquí contadas, no busque mensajes ni otros transcendentalismos literarios o filosóficos. Dios me libre confesado, sé de mis limitaciones: vocación para escribir no es sinónimo de talento. Sólo he tratado de entretener utilizando los trucos que he aprendido de tanto leer y de visionar mucho cine y mucha telenovela. 
Como bien he dicho, ha sido un reto para mantenerme escribiendo y en el que me parecía emulaba a aquellos escritores que en  tiempos pasados se ganaban el pan publicando por entregas en periódicos y revistas.
Solo espero que, además de haberos entretenido, hayáis disfrutado de las obras plásticas que acompañaron cada fragmento, y que hayáis buscado o leído a muchos de los autores literarios que se mencionan a lo largo de toda la narración.
Gracias de nuevo:
O. Moré.

Annia Linares es una de las cantantes y actrices más versátiles del panorama musical cubano. Incursiona en todos los géneros y lo hace con una calidad impresionante, dada su potente voz y su manera de interpretar, en desgarro continuo. Aquí, en esta canción ligera a ritmo de bolero, que fue y sigue siendo uno de sus grandes éxitos, lo demuestra. Es esta una letra sencilla pero que su voz y su temperamento la hacen grande.

lunes, 9 de junio de 2014

Cicatrices (cuarta parte, fragmento final)

Óleo de Atsushi Suwa / JAPÓN

Atsushi Suwa / Hokkaido / Japón
















Brunno, apenas entró por la puerta, me dijo: "Mi madre se ocupará de todo, así que quédate tranquilita." La señora Johana me miró con aversión, y en su mirada también había mucho de sarcástico. La sonrisita ofídica que dibujó con sus gruesos labios lo decía todo. Brunno le había servido en bandeja su venganza: si yo le había arrancado a su hijo de su lado ahora sería ella la que me arrancaría el mío de mis entrañas.
Ni siquiera me dirigió la palabra, se fue directa a la cocina y, como una bruja moderna, comenzó a sacar potes de una gran bolsa de plástico: unos con hierbas maceradas y otros con no sé qué mejunjes, y en una cacerola comenzó a preparar la  poción. No me podía creer que aquello estuviera pasando, era como si hubiera vuelto a mi niñez y estuviera viviendo dentro de un cuento de hadas y hubiera quedado a merced del villano y de la bruja. Yo le imploraba a Brunno, le pedía por favor que parase todo aquello, que le prometía que no tendría que hacerse cargo del niño, que me ocuparía yo sola, que me iría lejos de él, que nunca más no vería… “¿Te crees que soy imbécil, te imaginas que voy a dejar que tengas a ese crío para que un día, cuando se haga mayor, venga a pedirme cuentas de por qué le abandoné?” esto me dijo hecho un energúmeno. ¿Acaso lo has hecho tú con tu padre, le has pedido explicaciones? le riposté yo mientras un llanto espasmódico me sacudía  y apenas me dejaba expresarme con claridad. Para qué abrí la boca, volvió a pegarme una bofetada y caí al suelo. Me levantó con furia y me lanzó a la cama, se trepó encima de mí y comenzó a propinarme bofetadas a diestra y siniestra, “No vuelvas a mencionar a ese hijo de puta… ¿me entiendes?, ¿me escuchas?, nunca, nunca más. Tú no tienes ni puñetera idea…” me gritaba a la cara al tiempo que comenzó a llorar, aún así no me dejó libre, siguió aprisionándome con todo el peso de su cuerpo a horcajadas sobre el mío. Y lo supe, lo intuí como he intuido muchas cosas a largo de mi vida, eso era precisamente lo que había estado pensando siempre, pedirle cuentas a su padre, presentársele un día delante y recriminarle, echarle en cara el abandono, ese mismo abandono que, aunque él nunca ha querido reconocerlo, le había traumatizado, le había truncado, cercenado la infancia, y le había convertido en este despótico y atribulado ser que yo tenía encima. Cuando se hubo calmado un poco me levantó de la cama y me ató  y amordazó a una silla. Allí me tuvo hasta que su madre terminó el brebaje. Cuando estuvo preparado me susurró al oído: “Ahora te lo vas a tomar sin rechistar o te desprendo yo, lo que sea que lleves ahí dentro, a piñazo limpio”. Su madre me sujetó la barbilla obligándome a abrir la boca mientras Brunno me hacía tragar aquello. Aquel brebaje me hizo abortar, ya lo ha imaginado usted. Para qué contarle todo lo que pasé después, sólo  que acabé ingresada en el hospital con una infección tremenda, ya que no expulsé todo lo que tenía dentro, y en un estado de enajenación mental que me duró varias semanas, y que en todo aquel tiempo ellos estuvieron a mi lado, fuera por el motivo que fuera, por temor a que los denunciara o por temor a que muriera, no lo sé, pero allí estuvieron, y de allí me sacaron y me dejaron en el apartamento cuando ya mi vida no corría peligro y había pasado lo de la operación, que fue lo peor, porque me tuvieron que intervenir quirúrgicamente ¿sabe? ahora estoy vacía, completamente vacía y ya nunca podré ser madre, bueno, biológicamente hablando…

Margarita se deshoja de nuevo. Los ojos están completamente encharcados y los pétalos caen a borbotones. Ha abierto el grifo y ahora es imposible que usted o nadie le pare. Ella sola lo hará pasado unos minutos. Comprobará usted que volverá a dirigir la mirada hacia las grandes cristaleras y, si encuentra lo que busca, retorcerá la bayeta amarilla entre sus manos como si retorciera el pescuezo de Brunno, y en ese mismo acto ella no podrá discernir entre el amor y el odio. Y se preguntará otras mil veces por qué, a pesar de todo el daño que él le ha hecho, ella sigue sintiendo algo por él; se preguntará por qué no le denunció en aquella ocasión, por qué cada día sigue buscándole a través de los cristales, y no hallará respuestas, como no las ha hallado para el comportamiento de Brunno con respecto a su padre, o el de las mujeres maltratadas con respecto a su maltratador, o el de los secuestrados con respecto a su secuestrador. Y es que ni  Margarita ni usted ni yo sabemos nada de la psiquis humana. Qué lleva, por ejemplo, a una madre a quemarse viva y abrazarse a su hija para que se queme con ella por el simple hecho de que ésta última le ha dicho que se va a vivir con su pareja; qué lleva a una hija adolescente a ingerir un veneno y quitarse la vida para castigar a su madre porque no le dejó ir a una fiesta; qué lleva a un hombre rudo, trabajador, viril y padre de varios hijos a coger una soga y ahorcarse en medio del campo porque su mujer le confiesa que una vez le ha engañado. No, no exagero, son hechos verídicos de los que este narrador fue testigo allá, en su lejana tierra. Qué lleva a la psiquis humana a cometer tales despropósitos.  Qué lleva a la psiquis humana a la barbarie, al asesinato, al genocidio. Sin duda algún proceso bioquímico en el cerebro o algún cortocircuito (diciéndolo de una manera más coloquial, teniendo en cuenta que en el cerebro también se genera electricidad). Qué ocurre en esas conexiones sinápticas de las neuronas para que el Doctor Jekyll se transforme en Míster Hyde. Creo que ni nuestro querido Freud, con todo su psicoanálisis, llegó a entenderlo del todo. Así que qué quedará para nosotros que sólo somos simples observadores, y aunque hayamos viajado por el interior de alguno de estos personajes, no tenemos los medios ni lo conocimientos óptimos y necesarios para entenderlo ni explicarlo. No sabremos por qué Brunno actuó como actuó, ni por qué Margarita le odia y le ama al mismo tiempo, ni por qué se ha mantenido en ese estado de sumisión ante el sufrimiento, convirtiendo el bar en un consultorio para sesiones de psicoanálisis y a usted y a cada cliente en sus terapeutas.

_ Él volvió con su madre, y hasta el sol de hoy. _ dice ella después de reconfortarse enjugándose las lágrimas y sonándose la nariz.  Y cómo si no le hubiera contado nada, como si no acabara de deshacerse en llanto y vaciarse el alma delante suyo, se gira, se mira en el espejo tras la barra, se recompone el uniforme, se revisa el arquitectónico moño, saca un carmín del bolsillo del delantal, se retoca los labios de bermellón, se vuelve de  nuevo hacia usted y le dice con espantosa naturalidad: _ Pero hombre, si no ha probado el bocadillo… coma, coma… _ y con la misma le deja ahí, en la barra, y se dirige hacia Elena y Roger, que le hacen señas.

Continuará...









domingo, 1 de junio de 2014

Cicatrices(cuarta parte / fragmento 5)


Miedos / Renato Ferrari / BRASIL
Renato Ferrari / Río de Janeiro 1954


Ahora dejemos que Margarita le responda, le cuente lo que pasó, y entonces usted descubrirá cual es el motivo de su gran carencia.

_ Me quedé embarazada, eso fue lo que pasó. Cuando se lo dije a Brunno fue como si le hubiera dado una puñalada trapera, como si le estuviera  arrebatando la vida. No quería ser padre, pero yo sí quería ser madre, siempre lo quise, siempre lo anhelé. Él decía que un hijo era una responsabilidad para la que no estaba preparado ni quería estarlo, que un hijo acababa con la pareja y con la libertad de la misma, y con su propia libertad, la de él. Lo había vivido y  aprendido de su padre. Cuando él cumplió seis años su madre y su padre se separaron, y este último nunca más quiso saber de su existencia. Sólo recordaba discusiones entre ellos por su causa, porque su padre quería seguir haciendo la vida de siempre, sin preocupaciones, seguir viviendo la noche: de fiesta en fiesta y de bar en bar, y tener sexo a cada hora, y aquel hijo solo había venido a desmoronarle el idílico castillo de placer en el que habitaba. Sí, Brunno, era como su padre, pensaba como su padre. Y nunca  entenderé cómo podía pensar así un hijo al que su padre había abandonado por la sola razón de existir, por ser dueño de un egoísmo sin parangón. Tendría que haber sido todo lo contrario, tendría que haberlo odiado y haber querido ser diferente, desear tener un hijo y para poder darle todo ese amor y cuidado que su padre no le dio a él. ¿Por qué quería ser como su padre, por qué le imitaba? No lo entendí ni lo entiendo ni lo entenderé jamás. Quizás haya sido por algo parecido a eso que dicen,  y según cuentan está demostrado, que los niños maltratados se convierten luego en maltratadores cuando son adultos, aunque este no sea el caso, pero si lo analizamos bien, el abandono filial es tan cruel como el maltrato, aunque  no sé si podría calificarse como tal, quiero decir, como una especie también de maltrato psicológico o algo así. No me haga caso, son tonterías que me vienen a la cabeza.  Brunno me dijo aquel día: Un hijo es un estorbo, algo a lo que te tienes que dedicar el resto de tu vida, algo que te amarra y te corta las alas, te cercena la libertad, y yo quiero seguir libre, como hasta ahora, ni siquiera tú me atas ni podrás atarme nunca porque estemos casados, aunque lo ponga en un papel por escrito ¿me entiendes?, así que no te hagas ilusiones, ya puedes ir pensando en cómo desprenderte de ese bulto. No lo quiero ni lo querré nunca ¿te queda claro?
Había tanto desdén y furia en sus palabras, tanto egoísmo que yo también me sentí apuñalada, o más, como si me cortara la cabeza de un tajo. Yo no esperaba aquella reacción tan desmesurada, es cierto que en una ocasión me había comentado que no quería ser padre, pero siempre pensé que si un día la posibilidad se hacía certeza cambiaría de parecer. Pero estaba claro que me equivocaba de medio a medio. Siempre tomábamos precauciones al hacer el amor, pero aquella noche de San Juan no. Fue en el lago, después de la hoguera y los bailes y muchas botellas de ron y cachaza que circulaban de mano en mano, nos atrapó la embriaguez, ya no solo la del alcohol sino también la del deseo, y acabamos desfogándonos en la tierra, tras unas rocas que nos ocultaban de las miradas indiscretas. Desnudos completamente, sin telas ni gomas ajenas a la piel, hicimos el amor con  ansias devoradoras. A pesar de que estaba bajo los efectos de la bebida lo supe, lo sentí, no sé decirle cómo ni por qué, pero lo supe, supe que en ese momento me estaba embarazando. Al siguiente mes no me vino la regla, pero aun así, esperé otro  mes más, para cerciorarme de si lo estaba o no. Tampoco entonces tuve la menstruación. Compré un predictor, me hice la prueba y dio positivo. A pesar de que ya estaba plenamente convencida y que no necesitaba de este test de embarazo, al ver el cambio de coloración mi corazón dio un vuelco enorme. Creí moría de felicidad allí mismo. El corazón me latía tan aceleradamente que sentí que salía al exterior y quería volar,  y que pude atraparlo con mis manos antes de que expandiera sus alas y se escapara por la ventana gritando la noticia a todo el pueblo. Me duché, me perfumé y me vestí con mi mejor atuendo: un vestido de fiesta que Brunno me había regalado por mi cumpleaños hacía un tiempo. Estaba deseosa de contárselo, deseosa de que llegara y decírselo mientras me abrazaba y me besaba, porque tenía la esperanza de que lo aceptaría, de que lo que me había dicho aquella vez, de no querer tener hijos, era un capricho juvenil, cosas que se dicen sin pensar, que llegado el momento se alegraría y lo aceptaría. Pero tal como le he contado antes, se puso hecho un basilisco. Después de decirme todo aquello y de contarme lo de su padre, yo me negué a lo que me proponía, le dije que yo quería ser madre, que siempre lo había anhelado, que no me ahogara ese sueño, que ya vería que cuando el niño naciera él le iba a querer. Se volvió aún más iracundo y me dio una bofetada, "harás lo que yo te diga y se acabó, no hay más que hablar, y no se te ocurra mencionar más el tema", me gritó a la cara, mientras me sujetaba fuertemente de las muñecas. "Hoy mismo resuelvo esto", concluyó. No lo había visto así nunca, fue un cambio brutal, de hombre a bestia, como si su Míster Hyde hubiera aflorado de repente y se hubiera adueñado de él. Yo estaba aterrada, porque tampoco, en todo el tiempo que llevábamos juntos me había levantado la mano, a no ser que fuera para acariciarme. Salió y me encerró con llave. Allí me quedé, envuelta en mi dolor y consumiéndome en llanto. Al cabo de media hora regresó, traía a su madre consigo. La señora Johana nunca me había querido bien, para ella yo sólo era la furcia que le había arrebatado a su hijo, que le había quitado lo único que tenía en el mundo, su único amor, a pesar de que ella se había vuelto a casar con el señor Vicenç, que fue quien les trajo de Brasil, pero no creo que le haya querido ni le haya amado nunca, si lo aceptó fue para salir de allí y olvidar a Rui, el padre de Brunno.  Cuando contrajo matrimonio con  el bueno de Vicenç, Brunno tenía diez años, ella treinta y dos. Unos meses después de la boda se vinieron a vivir aquí, a este pueblo.
Brunno, apenas entró por la puerta, me dijo: "Mi madre se ocupará de todo, así que quédate tranquilita". La señora Johana me miró con aversión, y en su mirada también había mucho de sarcástico. La sonrisita ofídica que dibujó con sus gruesos labios lo decía todo. Brunno le había servido en bandeja su venganza: si yo le había arrancado a su hijo de su lado ahora sería ella la que me arrancaría el mío de mis entrañas.
Continuará...

Compasión / Renato Ferrari/ BRASIL


sábado, 24 de mayo de 2014

Cicatrices (cuarta parte / fragmento 4)



Ilustración: Glenn Arthur / California / USA

Glenn Arthur

... pero entonces conocí a Brunno, y ahí comenzó mi segundo calvario.

Al decir esto, Margarita vuelve a dirigir la mirada hacia el exterior. Su vista atraviesa  los ventanales del bar e intenta ver más allá de las cristaleras de la lavandería, pero sólo observa una difuminada silueta con forma femenina que se mueve tras ellas, probablemente Anaïs o la madre de ésta. Brunno estará en la parte de atrás, ocupándose de la plancha o del almacén. Lo conoció en la calle, bajo la mismísima Torre Eiffel, allí bailaba capoeira con sus compañeros de grupo, y ella ya no pudo apartar su mirada de aquel cuerpo juvenil y fibroso, de la piel morena y del ensortijado cabello, de la exótica danza: mezcla de acrobacia y artes marciales, al menos, así le pareció. Al finalizar la actuación el círculo de espectadores se fue dispersando, Brunno, con un sombrero de paja en la mano, iba detrás de ellos pidiendo una contribución. Margarita le seguía con la vista en todo su deambular detrás de unos y de otros. Ella se había quedado en el sitio, estática, embelesada. Él, después de haber logrado alguna que otra gratificación, volvía hacia donde sus compañeros, que ya recogían el equipo de música y se cubrían el torso con unas camisetas amarillas en las que se leía el  nombre de la agrupación en color verde: Cangaçeiros, y fue entonces que la vio  allí, mirándole, como hipnotizada. Se aproximó hasta ella con sus pasos de “baile”, en cuatro piruetas ya estaba frente a Margarita, que se quedó con los ojos desmesuradamente abiertos al ver que el chico se le plantaba delante. Él la saludó en francés y le acercó el sombrero  a la altura de sus senos. Ella, nerviosa, echó mano de la cartera, sacó veinte euros y los depositó allí, junto a unas cuantas monedas que danzaban y tintineaban en el fondo. En todo momento no dejó de mirar a los ojos del joven. Él, en cambio, dirigía la mirada del billete a los ojos de ella y viceversa. Nadie nunca les había dado tanto dinero. Sacó a relucir su sonrisa más seductora y le agradeció en francés. Ella, aún turbada, le dijo: Perdóname, pero no hablo tu idioma. Él soltó una carcajada. Ella se quedó atónita, no entendía lo que acababa de pasar, dónde estaba la gracia, qué había dicho para que este muchacho se  riera en sus narices.  Brunno le dijo: No, no te ofendas… no pongas esa cara, lo tenía que haber supuesto por tu fisionomía, que eras latina y que, seguramente, hablabas español, pero en esta ciudad, qué digo ciudad, en este mundo de hoy tan cosmopolita, nunca se sabe. Me llamo Brunno… y nada, que… muchas gracias… ¿mmmm?, agrega él, a la vez que adelanta la mandíbula de manera interrogativa, esperando a que ella le facilite su nombre. Margarita, le dijo, perfilando una sonrisa. ¿Haces algo ahora, Margarita? Preguntó Brunno. No, contestó ella. Nosotros vamos a comer por ahí, te apetece acompañarnos…, le propuso él. Ella, sin pensárselo, aceptó. Se fueron a comer cerca de las Tullerías, luego a pasear por los Campos Elíseos, subieron a tomar un café en Montmartre y  se quedaron luego, a cenar, en una pintoresca taberna que parecía sacada de una novela de Alejandro Dumas, el padre. La pensión de Margarita estaba muy cerca, en el propio barrio de Montmartre, el barrio bohemio por excelencia, y allí, en su habitación, desde cuya ventana se veían las cúpulas de la blanca Basílica del Sagrado Corazón, Margarita Pérez Hinojosa, perdió la virginidad entre los brazos y bajo el cuerpo exótico y cimbrado de Brunno. Él también había sucumbido a la belleza de la muchacha, a su inocencia, a sus delicados rasgos aborígenes, a su hermoso cuerpo de extrema feminidad, donde los genes europeos de la familia de su madre y los indígenas de la de su padre, la habían creado a ella, como si fueran pequeños dioses, logrando una combinación perfecta.
_ Me vine con Brunno, para acá, para España. Estaba totalmente enamorada. Era la primera vez que lo estaba de verdad, quiero decir… enamorada en serio, porque los enamoramientos que tuve en el colegio y en el instituto no cuentan, no eran más que chiquilladas. Él también me quería, bueno, eso quiero seguir pensando, a pesar de todo lo que…_ se interrumpe y vuelve a inspeccionar más allá de los cristales, pero no haya lo que busca. Deja la frase inacabada y continúa _ Ahora le odio. No le digo que le quisiera ver muerto, pero creo que si se muriera, poco me importaría, bueno, no sé, tendría que llegar ese día para ver lo que haría en realidad._ Margarita sabe que miente, ella cree que le odia, pero le sigue queriendo ¿paradójico verdad? es exactamente igual que con su madre, la pauta se repite, son los mismos vericuetos de los torcidos renglones de Dios. Una prueba de que sigue amándole, a pesar de todo,  es que no ha habido más hombres en su vida, y pretendientes no le han faltado, es evidente, usted la tiene delante, no hay hombre que no quede prendado ante una mujer de este calibre. Otra prueba es que guarda con celo todas las fotos en las que ellos aparecen juntos, y muchas noches, muchísimas, cuando esa Fiera Corrupia, llamada soledad, la desgarra, la asesina y la desangra entre las cuatro paredes de su habitación, echa mano de las fotos y rememora, y muchas veces, muchísimas, se masturba. _Me casé con él ¿sabe?, era la única manera de poder quedarme aquí y arreglar mis papeles. Aunque yo le quería de verdad, ya se lo he dicho, no necesitaba ningún papelito firmado, pero dada mi situación irregular era la mejor solución. Estuvimos bien una temporada, muy bien, diría yo, vivíamos ahí, enfrente, en ese edificio de la lavandería. Él trabaja en ella. Ya trabajaba cuando nos conocimos, lo del grupito de capoeira era una afición, que ya ha dejado. Cuando le conocí en París estaban de gira contratados por la Unesco, luego se habían quedado unos días más para ganarse un dinerillo extra haciendo actuaciones callejeras. No, ya no practica la capoeira, tampoco se ha vuelto a casar… bueno, a juntar con otra mujer, casarse no puede, pues aún lo está conmigo, nunca me ha pedido el divorcio ni yo tampoco a él, en mi caso porque no quiero darle ese gusto de verle liberado, aunque él es libre de hacer lo que le venga en gana, de hecho… lo hace, y mujercitas… no le faltan, no es que yo esté pendiente de su vida… pero de esas cosas se entera una sin quererlo.
_ No pretendo incomodarla…, pero… ya que me cuenta todas estas cosas… ¿qué pasó, por qué se separaron?_ pregunta usted intentando no parecer demasiado impaciente  ni entrometido, aunque sabe que no lo es. Ha sido ella la que ha comenzado esta especie de confesión, porque este bar es su confesionario diario, y usted el cura de turno. Recuerde lo que sabemos de Margarita hasta este momento, lo que hemos descubierto y lo que hemos hablado. Por alguna extraña razón que ni yo mismo sé, y eso que en esta historia los sé todo, podemos determinar a ciencia cierta por qué Margarita actúa y piensa así, quizás el viejo Freud nos echaría una mano si pudiera estar aquí para respondernos. Sr. Freud, le preguntaría yo, por qué esta hermosa muchacha cree que mientras más cuente su historia es como si se la sacara de dentro, como si se desprendiera de ella y se quedara vacía, aunque sabe que es sólo por unos instantes, porque al poco tiempo todos esos recuerdos vuelverán a invadirla. Eso le preguntaría yo al viejo Sigmund, pero como no está ni estará para contestarnos, a usted y a mí sólo nos queda hacer conjeturas. Y qué he conjeturado, pues lo que dije al principio de esta historia. Creo que esta incontinencia verbal de Margarita, esa necesidad de vomitar su pasado se debe a su gran carencia y a la soledad, ni siquiera al rencor que cree que siente por su madre o por Brunno, porque sabemos que inconcientemente les sigue queriendo a ambos, porque hay como una especie de vínculo emocional entre ella y ellos dos (su madre y Brunno), muy parecido al que establecen las víctimas de secuestro con sus captores, el llamado Síndrome de Estocolmo. Tiene que recordarlo, se lo acoté en un momento determinado: “Margarita tiene una gran carencia”, y esa gran carencia deriva en su soledad. Se percataron cómo utilizaba los diminutivos mientras contaba la historia de las Misses dónde su madre era una de las protagonistas, pero, sin embargo, cuando ha contado la suya  con  Brunno, esos diminutivos han escaseado, a pesar de que la carencia a la que nos referimos y que le hace emplear estos términos (carencia que usted no conoce todavía), que es la que dio pie a la separación por la que usted ha indagado, es culpa de Brunno. Y aquí nuevamente estamos delante de una paradoja que sólo Freud o sus homólogos modernos serían capaces de descifrar. Pero volvamos con la conjetura que yo he hecho y que le explicaba unos renglones más arriba: Margarita se siente sola y perdida, está en un país que no es el suyo con gente que no es su gente y no acaba de adaptarse ni de encontrar su lugar. No tiene amigos ni familiares con los que compartir sus penas. Llora día sí y día también entre esas cuatro paredes de su habitación. Margarita, esa alma cándida, se deshoja cada noche y cada mañana vuelve a recomponer sus pétalos bajo capas de maquillaje, peinados arquitectónicos y ropa ajustada y sexy. Margarita sólo tiene un aliciente, el trabajo, y en él, le tiene a usted y a Álvaro y a Elena y aquel camionero que iba para Tarragona y a aquella turista francesa que estaba de paso. Cada cliente de este bar es un recipiente en el que Margarita arroja los deshechos de su existencia, y cuando lo hace se siente reconfortada, porque usted y el resto le escuchan y le dan ánimos y se llevan esos deshechos más allá de las cristaleras del bar y los esparcen para que el viento se los lleve. Y esta es una manera de sentirse acompañada, de pensar que usted o cualquiera de los otros son esa familia que no tiene y que ella necesita. Esta es la conclusión a la que he llegado, pero es conjetural, ya lo sabe usted, lo que no sabemos es si Sigmund Freud hubiera estado de acuerdo conmigo.  Ahora dejemos que Margarita le responda, le cuente lo que pasó, y entonces usted descubrirá cual es el motivo de su gran carencia.

Continuará...

















jueves, 15 de mayo de 2014

Cicatrices (cuarta parte / fragmento 3)


Después del Final / Denis Núñez / CUBA

Denis Núñez

_ ¿Qué pasó entonces con lo de las Misses?

La pregunta condiciona a Margarita, porque sabe que, llegado a este punto de su historia, siempre llora, y, al igual que el resto de nuestros protagonistas, querrá aguantar la llantera, pero será inevitable, porque recuerden que está en hemorragia continua.
Y quizás usted ya se ha dado cuenta, amigo lector, que hay ciertos patrones que se repiten en los personajes y en las historias. Si este relato fuera el mar, esas repeticiones serían las olas, pero no aquellas feroces, sino las pausadas que llegan de vez en vez y lamen la orilla. Repasemos algunas, por ejemplo: los peces de éste mar, mar de Neón Azul, son todos foráneos, ninguno es endémico de este pueblo con lago; o han venido de más allá de las inmensas aguas o de la orilla de éstas. Todos han tenido una niñez, adolescencia o juventud, en el que las carencias emocionales, las pérdidas o el maltrato,  los han flagelado; todos ha estado cerca de la muerte y han salido indemnes; todos tienen un sueño común: los libros y la literatura, y, por último, todos son de lágrima fácil, que es lo que ha dado pie  a este paréntesis, a esta digresión. Estos  alelos comunes de nuestros protagonistas sólo pueden significar dos cosas, una: que el autor nos quiere decir con ello que las tragedias y los anhelos de cada uno, son las tragedias y los anhelos de todos, o viceversa; y en este caso, éste “todos” son estos emigrantes, ya sean de fuera o de dentro (que puede ser usted, otro cualquiera o yo mismo), que han partido en busca de un nuevo comienzo (hablamos de un cambio en términos emocionales, no a la búsqueda de una vida económicamente mejor ni nos referimos, tampoco, a la migración de carácter ideológico o político, estas serían otras historias, más serias, más desgarradoras, más tremendas); y dos: que la imaginación del autor no dé para más y repite ideas y patrones.  ¿Cuál de las dos suposiciones le parece lógica y acertada? De ser la primera… ¿Cree usted que lo ha logrado, o se ha quedado sólo en el bosquejo, en el esbozo, y esto es un As que se ha sacado de la manga, así, porque sí? Pero no lo rumie  en este momento, deje estas interrogantes para el final,  porque ahora usted ha de volver con Margarita.
Ella hace un leve puchero y una lágrima sale expelida, y, en su furia, se lleva consigo un poco de rímel. La lágrima surca la mejilla y la parte en dos, la quiebra con su zigzaguear negro, y,  la hasta ahora hermosa cara de Margarita, se convierte en una máscara dramática del kabuki japonés. Inmediatamente la otra mejilla queda también marcada. Ahora su rostro exhibe dos enormes y tétricas cicatrices.

_ No llore, por Dios… _ le pide usted, casi le implora, y le ofrece una servilleta de papel._ Mujer…no se ponga así… si me lo llego a imaginar… no le pregunto…

Ella toma la servilleta y con leves toques se va secando las negras lágrimas, y a usted esta visión le trae a la mente el famosísimo Son cubano de Miguel Matamoros: “tiene lágrimas negras, tiene lágrimas negras como mi vida…”

_No, no es su culpa…, soy yo… Es que ha sido muy duro…_ Margarita respira profundo e intenta calmarse. Se queda unos segundos en silencio, la mirada hacia el techo, buscando a Dios, pidiéndole que le de fuerzas para continuar, pero sólo encuentra una lámpara, de estilo Art Nouveau, difuminando su policromía como si fuera un vitral de aquellas inmensas casonas coloniales, como la casona de la hacienda en que su padre trabajaba. Ella hace mucho tiempo que perdió la fe, es sólo un acto reflejo, es algo inercial.
Usted vuelve a tener una visión (al ver la expresión de la cara de ella, al ver esos ojos llorosos que buscan en el techo un más allá), su mente recrea otra obra de Tiziano, ella antes lo ha mencionado, a Tiziano, cuando le hizo la analogía de la lluvia de oro, entonces ella era Dánae. Ahora es usted el que  evoca al artista y Margarita se le parece a María Magdalena arrepentida, aunque ella no tenga que arrepentirse de nada, o sí, usted no lo puede saber, no hemos llegado a esa parte de la historia.
Margarita se ha calmado, le dirige la mirada y usted le pregunta:
_ ¿Crees en Dios?
_ Hace mucho tiempo que dejé de creer. Si de verdad existiera algo ahí arriba, algún Diosito, no tendría que dejar que hubiera tanto sufrimiento… Yo he sufrido mucho, y sigo sufriendo, aunque no lo parezca, aunque no se note por fuera porque voy siempre arregladita y maquillada… La gente se cree que como soy latina siempre tengo que estar  alegre y de juerga, que tengo que ser fiestera y pachanguera… Yo, por ejemplo, no creo que todos los españoles tengan que ser graciosos, bailar sevillanas e ir el día entero tocando las castañuelas y gritando: quillo, ojú y olé… Yo soy un ser humano, como todos, ninguna raza, etnia o determinante geográfico te hace ser alegre por antonomasia, eso es cuestión de cada persona, de su carácter, de qué se yo qué otras cosas... Creo que soy una sufridora nata, desde pequeña. Para mí no ha sido fácil ¿sabe usted? Mi propia madrecita me hizo sufrir… sabe lo qué es que la mujer que te trajo al mundo quiera convertirte en un mono de feria, para vivir a tu costa, para darse aires de gran señorona… _ Preste atención a cómo Margarita se refiere a su madre de dos maneras indistintamente: madrecita, tal hace un momento o, simplemente, madre. Por qué, me pregunta, pues porque hay una dualidad, un encontronazo de sentimientos, una intensa porfía entre el amor y el odio. A pesar de todo, en el fondo, la sigue queriendo, porque ya lo dijimos, Margarita es un alma cándida_ Se puede imaginar lo que aguanté en aquella academia, el hambre que pasé, ya no solo allí, sino en mi propia casa, “Tienes que estar delgada, frenar la exuberancia de tus carnes, te tienes que ir acostumbrando hija”, me decía mi madre, poniéndome una esmirriada ensaladita  y luego algunas verduritas hervidas, “Porque, para lo de las Misses, puedes estar un poquito lozana, pero cuando empiece tu carrera de modelo has de estar aún más delgada, mucho más, así que no te quejes, que es comida sana”. Comida sana lo era, sin lugar a duda, pero era poquísima y yo me quedaba de tal manera que luego me daban fatigas. Mi madre me escondía la comida que, según ella, me podía engordar… Lo tenía todo bajo llave, hasta en la nevera puso un candadito. Usted ve esto surrealista ¿Verdad? Pues a esos extremos llegó mi madre. A esos y a otros: llegó a pegarme buenas zurras, con un cinturón, cuando le decía que yo no quería seguir con aquel circo. Me pegaba en las nalgas para que no se vieran las marcas. Y, a veces, me castigaba sin comer. Yo me encerraba en mi habitación y no hacía más que llorar, no podía entender aquel cruel comportamiento. Cuando terminé el instituto quise hacer pedagogía, pero ella se negó a que fuera a la universidad, para qué tanto comerme la sesera, decía, si cuando ganes Miss Venezuela vas a tener la vida resuelta, ya estudiarás o harás lo que quieras, mira Irene Sáez hasta donde ha llegado. Siempre con la misma matraquilla.  Hasta que cumpliera la edad reglamentaria para poder inscribirme en Miss Venezuela, me obligó a hacer algunos desfiles de moda contratados por la academia, nada fuera de lo normal, eran desfiles de  colecciones de grandes almacenes y en centros comerciales. La verdad que, cuando estaba en la pasarela, era todo muy divertido, entre las lucecitas, la musiquita, los flashes de las cámaras, los bonitos vestidos, pero cuando me bajaba de ella era como volver de nuevo al infierno. Seguían las zurras, las exigencias… ¿Sabe? muchas veces me vi tentada a hacer una locura… ¿me entiende? estaba desesperada, pero siempre he sido una cobarde… y no, no podía. Así estuve desde que acabé el bachillerato hasta que cumplí los dieciocho: academia, desfiles y castings para anuncios publicitarios, y bofetones y azotainas de mi madre cada vez que le decía que estaba harta, que, por favor, me permitiera estudiar. Entonces, una vez  me dijo que si quería estudiar algo de provecho, diera clases de actuación, que eso sí que me sería útil. Y contrató a una profesora de arte dramático. La situación económica de mi casa iba en picado. Lo que ganaba mi padre ya apenas alcanzaba para comer. Mi madre se volvió como loca y empezó a vender cosas de la casa: muebles, cuadros y hasta el mejor reloj de mi padre, herencia del abuelo, decía que ya tendríamos más cuando yo me hiciera famosa.  Yo iba todo el día de un lado para otro, cansada, asqueada, ya no hacía falta dieta ni tanto ejercicio físico, estaba perdiendo peso… Yo siempre fui así, con curvas, exuberante, menos mi busto, nunca ha sido muy pródigo, la verdad, mis senos no son grandes, pero tampoco son pequeñitos… _ Dice esto mientras se mira y se palpa con ambas manos la zona nombrada._ Luego,  al ser alta, mi cuerpo, creo, tiene un equilibrio perfecto… ¿Usted qué piensa… me encuentra bonita?

_ Tiene, razón, señorita_ contesta usted_  es una chica muy hermosa…
_ Oh, gracias… llámeme Margarita.

Y aquí se vuelve usted a preguntar, esta chica, con lo que ha pasado por culpa de esa misma belleza que se autoproclama… ¿cómo puede ser tan coqueta? No lo sabemos, son los misterios de la psiquis humana, son esos renglones torcidos de Dios, como dijera Torcuato Luca de Tena. ¿Por qué hace la gente las cosas qué hace? ¿Por qué actúan de una manera o de otra?¿Esa misma madre, Doña Flora, por qué se ha dejado llevar, arrastrar, por esa manía de grandeza, cegada por el brillo del oro?¿En qué momento su mente la convirtió en la lechera de la vieja fábula?

_ Como la Gautier, la Dama de las Camelias. Margarita Gautier _ dice usted.
_ ¡Me encanta esa novela!_ dice ella con euforia_ la he leído muchas veces… y la película… qué decir de la película… y de Greta Garbo… Aunque, más que la Dama de las Camelias… _ Ahora su tono es triste y al mismo tiempo irónico_ yo hubiera sido La Dama de La Famélicas, sino hubiera escapado a tiempo de las garras de mi madrecita. Porque mire, a pesar de los kilos que perdí,  aún me veía bien, quiero decir, que seguía manteniendo buen cuerpo, porque yo le hacía trampas a mi madre ¿sabe? cuando iba a la academia o a alguna de esas locuras de clases, si había podido sisarle algún dinero de su cartera, me pasaba por un McDonald's y comía algo, yo no quería convertirme en una percha andante, no quería enfrentarme a ningún trastorno alimentario… No entiendo como mi madre_ renuncia al diminutivo y pronuncia la palabra Madre con desprecio y dureza_  no se percataba de ello, tan cegada estaba con el dinero, la vanidad, el lujo y todas esas porquerías, que no caía en la cuenta de que podía abocarme a la anorexia, menos mal que yo, como dicen ustedes por acá, tenía la cabecita bien amueblada. Un día ya no aguanté más y me fui, me escapé y la dejé revolcándose en su fatuidad, a ella y a mi padre, ese mulito de carga con orejeras, que sólo veía por los ojos del amo. En la academia de modelaje había una muchacha, Lena, Lenita, le llamaba yo, que al contrario mío, sí que estaba loca por ese mundo de fantástico oropel y quería llegar a ser una supermodelo, una gran Top Model, su familia tenía bastante dinero y le pagaban un viaje a París, a la semana de la moda, y me invitó, sus padres no querían que fuera sola, ellos corrían con todos los gastos. El padre de Lena se ocupó de todo, hasta de llevarme a hacerme el pasaporte. No se lo comenté a mis padres, era mi oportunidad de largarme de allí. De saberlo mi madrecita, hubiera querido venirse conmigo, Dios sabe que otra locura hubiera hecho con tal de obtener el dinero para el viaje. Y ahí quedaron truncadas las manías de grandeza de mi madre, y quedó truncada su aspiración a que me presentara a Miss Venezuela. Me vine a París con Lenita, allí estuve dos meses, recorriendo la ciudad y sin saber qué iba a ser de mi vida. El primer lastre era que no había manera que me hiciera con el idioma, el segundo, que no conocía a nadie, tampoco sabía cómo encontrar un trabajo. De momento, Lenita, antes de irse, me había prestado dinero para pasar una temporada, cuatro meses a lo sumo, en una pensión. Yo sólo pensaba: "cuando se me acabara el dinero qué voy  hacer…",  pero entonces conocí a Brunno, y ahí comenzó mi segundo calvario.

Continuará...

miércoles, 7 de mayo de 2014

Cicatrices (cuarta parte / fragmento 2)

Óleo de César Santos / CUBA-USA






_ Y… ¿de dónde es usted, si no es indiscreción?_ Pregunta a la vez que corta el jamón  en finas lonchas.
_De aquí, bueno, quiero decir, de Barcelona…
_ Yo estuve viviendo en Barcelona, sabe...._ Le interrumpe ella_ Es una ciudad muy chévere, pero muy ajetreada, prefiero la tranquilidad de este pueblito… En Barcelona empezó mi calvario… ¡Ay, si yo le contara…!
 En Barcelona inició su calvario amoroso, el otro empezó mucho antes, cuando apenas era una jovencita de quince años, y ella se lo contará, se lo narrará, se lo  describirá, porque ya sabe cómo, tiene el pie que necesitaba. No lleváis ni un minuto de conversación y Margarita tiene preparada la ametralladora con todas las cananas cargadas, para acribillarle a balazos de palabras y más palabras, ráfagas enteras; cada palabra será una bala que le atravesará a usted el corazón, el cerebro y hasta su propia lengua. Note como demora en cortar las lonchas de jamón, que ya no sólo es para que salgan finas, sino, para detener el tiempo y luego estirarlo a su antojo, para apresarle en una espiral de la cual usted no saldría sin poner la voluntad necesaria, porque Margarita tiene un deje, una cadencia, una dulzura en la voz, que atrapa, que extasía, y eso, sumado a su belleza latina, le sorbe a uno la sesera, le embota el cerebro. Es muy guapa ¿Verdad? lo está usted pensando en este mismo momento, porque a pesar del exceso de maquillaje que lleva, y que comentamos cuando la conocimos al principio de esta historia, ahí, debajo de tanto polvo facial, tanto rímel y tanto carmín, hay una mujer de rompe y rasga, que le valió ser  aspirante a Miss Venezuela. Una hermosa mujer que no consiguió ese sueño, o mejor dicho, el de su madre, porque se negó a que la operaran, renunció a la cirugía estética. Querían hacer de ella una Diosa,  la perfección femenina  en extremo, una especie de Barbie latina de medidas únicas e imposibles. “Muchacha, no seas boba, si serán unos retoques de nada: bisturí por aquí, bisturí por allá,  silicona por acullá”, le dijo unos de los miembros de la organización. Para qué necesitaba ella todo eso, para qué meterse en un quirófano, con todo lo que eso supone… ¿Para luego salir hecha una figura de plástico? Ella se veía bien, se veía estupenda. Sus senos eran hermosos tal y como estaban, no necesitaba otra talla de sujetador, y sus pómulos…, qué le pasaba a sus pómulos, nada, absolutamente nada, y menos a sus labios, ya eran carnosos de por sí. Ah, pero su madre quería convertirla en la reina de la belleza absoluta, “Ganaremos mucha plata, mi’ja, mucha plata”. Doña Flora ya veía a su hija copando las portadas de las revistas de moda: Vogue, Elle, Cosmopolitan, y hasta en Sport Illustrated, con un mini bañador amarillo refulgiendo sobre el canela de su piel; la imaginaba en los grandes carteles publicitarios de Times Square, en los desfiles de Nueva York, París, Milán, Barcelona, luego protagonizando la telenovela de turno… y  de ahí a Hollywood qué había, nada, un paso. Sería la nueva Jenifer López, la nueva Salma Hayek, la nueva Eva Longoria, la sensación latina del momento, con todos los modistos, productores televisivos, agencias de publicidad y directores de cine rifándosela  como en una tómbola. Sólo dieciocho años y ya querían tasajearla, transformar su cuerpo en algo totalmente absurdo e innecesario, en un cuerpo de mujer “perfecto” ¿Quién coño era el hijo o hija de puta que clasificaba así a las mujeres, como si fueran prendas de vestir, poniéndoles talla? 90. 60. 90. Ella se quería tal cual, ya era hermosa y lo sabía, no necesitaba el espejo mágico del cuento de Blancanieves. Y todo esto porque le gustaba la moda, porque había ganado aquel estúpido concurso de belleza regional, qué sí, que le supo bien ese regustillo de la victoria, pero que era un juego, no aspiraba a más en ese mundo. Ella quería estudiar, le gustaba la pedagogía, le encantaban los niños, quería ser maestra, enseñar literatura, ciencias, matemáticas, pero sobre todo literatura, tenía una pasión enfermiza por los libros, y también siempre soñó que sería una buena madre, mejor que la suya, ella no le haría a su hija lo que su madre le estaba haciendo. Sí, ese fue el germen, pudiéramos decir, de su primer calvario, su vía crucis, aquel día que ganó aquel estúpido concurso de belleza y su madre vio monedas de oro lloviendo del cielo, como  si su hija fuera la Dánae del célebre cuadro de Tiziano. Tenía quince años cuando ganó el concursito de marras y Flora la puso a dieta y la obligó a un duro entrenamiento. Casi no tenían para pagar las facturas, pero fue a parar de cabeza a una academia de modelaje, había que ir preparando el terreno para Miss Venezuela, para Miss Universo, para la televisión, la publicidad, el cine. “La niña nos hará ricos, Prudencio” decía Doña Flora a su marido, pero él no entendía de esas cosas, bastante tenía ya con su propio  trabajo que le absorbía todo el tiempo en jornadas de hasta diecisiete horas. Él se mataba a trabajar en la hacienda de Don Salustiano como si fuera un esclavo, para que a su familia no le faltara el pan que llevarse a la boca,  y no supo ver, ni pudo, cómo su niña se marchitaba poco a poco. Este Prudencio, analfabeto y servil, sólo tenía ojos para el amo, para los caballos del amo, las reses del amo, los perros del amo. Llegaba a casa tan cansado y tan tarde, que toda aquella retahíla de tonterías con que le machacaba su mujer, le entraban por un oído y le salían por el otro. Él solo ansiaba tomar un buen baño, cenar e irse a la cama; a las cinco de la mañana tenía que estar en pie, porque había que limpiar la suciedad de las cuadras y poner el forraje a los caballos y ordeñar las vacas y pasear los perros y un etcétera de tareas interminables que le dejaban molido. "¡Qué concurso ni na’ de na’!" Que hicieran Flora y la niña lo que les viniera en gana, a él que le dejaran tranquilo. A los quince ganó el concurso regional, a los dieciocho querían rajarla para transformarla en un estúpido maniquí de cera, y su padre, el mulo de carga Prudencio ni quiso ni pudo ni vio, el drama de su hija.
_ No era mala persona mi padre, pero sí, era muy mulo, era muy burro, sí, muy burrito, con orejeras y todo, que le impedían ver lo que pasaba a su alrededor._ Dice ella después de haberle contado todo esto sin apenas darle tiempo a respirar, porque usted ha seguido cada palabra, cada movimiento de su lengua, envuelto en esa cadencia y esa dulzura de la voz de Margarita.
_ El bocadillo, por favor… _ Le hace notar  usted, porque, a todas estas, las lonchas de jamón van aumentando sobre una de las mitades del pan sin que ella lo advierta. _ Creo que ya tiene suficiente jamón… ¿no le parece? _ y se lo dice usted en un tono distendido, sonriendo. No quiere que Margarita se lo vaya a tomar de otra manera.
_ Ay, qué boba, jajaja… perdone, es que cuando me pongo a hablar de mis cosas… se me va la cabeza…
_ No se preocupe, nos pasa a todos.
Margarita termina de preparar el bocadillo, lo pone en un plato sobre una servilleta de papel y lo deja delante de usted en la barra. Usted le mira a los ojos directamente, está tratando de explicarse el por qué quiere continuar ahí sentado escuchándola, como si fuera un ratoncillo que tiene que seguir bajo el influjo, bajo el hechizo, de ésta flautista de Hamelin, y le pregunta:
_ ¿Qué pasó entonces con lo de las Misses?

Continuará...

Óleo de César Santos
Óleo de César Santos
Autorretrato (César Santos / Cuba 1982)  http://www.santocesar.com/

domingo, 4 de mayo de 2014

Cicatrices (cuarta parte / fragmento 1)

Óleo de Denis Núñez / CUBA






No, no le dejaremos que cuente este episodio a su padre, éste no, pero sí cómo era su vida antes de aquello, y después, cuando decidió que no volvería más a la casa de su familia materna. Una familia llena de prejuicios, de convencionalismos sociales y doble moral, un nido de ofidios, el nido de Eulalia, la tía Eulalia,  que ya era, desde muy joven, ese áspid que decía Elena.
En toda familia hay, dicen, una oveja negra, pero en toda familia hay, digo, una serpiente.
No sólo de Adán y Eva provenimos, no sólo somos hombre o mujer, macho o hembra amasados del  barro primigenio  y tallados de una costilla, también somos animales racionales, algunos, e irracionales, otros; asimismo somos frutos y vegetales y madera. Todo se reproduce, todo germina. Unos le deben la herencia genética al barro y la costilla, otros al manzano y otros a la serpiente. En esta historia hemos tenidos ovejas negras, hombres racionales e irracionales, mujeres como frutas apetecibles del manzano, y otra mujer que vegeta como en una naturaleza muerta de Cézanne, y también hombres esculpidos y  fuertes en madera pura.  Por lo tanto no podía faltar la serpiente de lengua bífida, andar sinuoso y zigzagueante, la mala del cuento, la bruja de la escoba, la mala malísima que envenena las frutas lozanas y rubicundas. Esa, querido lector, es Eulalia, como ya habíamos dicho. No, no se asuste, no pretendo ahora contarle la historia de este personaje, aunque importante y siendo el leitmotiv, el desencadenante de la tragedia de Elena, no vamos ahondar ahora en su comportamiento, ni haremos un retrato psicológico de tan nefasto espécimen, porque usted  ya le  conoce, le ha leído en cientos de novelas, le  ha visto en cientos de películas y culebrones televisivos, es un personaje cliché. Será la propia Elena quién lo desmonte, pero no para nosotros, sino para Roger. Tómese esta parrafada como una mera acotación que cierra la historia inconclusa.
Dejemos a padre e hija recorriendo los caminos de sus existencias, jugando con la clepsidra o el reloj de arena, tratando de recuperar, de buscar “el tiempo perdido”, rememorando, como si fueran personajes de Marcel Proust. Ve, ahora Elena ha salido del ensimismamiento y responde a su padre, y le cuenta cómo llegó a la casa familiar y todos los pormenores de su adopción por parte de su tía, pero con lo que ya sabemos es suficiente, así que dejémosles solos. Levantémonos, demos media vuelta y retrocedamos hacia la barra. Ocupemos un taburete o banqueta, da igual cómo se llamen estos trastos, y si le pidiéramos algo a Margarita, lo que sea, un café, un zumo, un helado o, simplemente, un vaso de agua, comprobaríamos  por nosotros mismos la soledad que embarga a esta mujer, veríamos que está deseosa de que alguien le dé pie, aunque sea pidiéndole un bocadillo, para entablar una conversación, que al final acabará derivando en el tema de su herida aún sin cicatrizar, pero que intuiremos, desde el primer segundo, que esta  mujer sólo desea sentirse acompañada, y que también necesita soltar toda esa angustia, esa bilis que le sabe amarga y que tiene que escupir a cada hora, a cada minuto. Apreciemos su sonrisa mientras se acerca, viene de haber estado consolando a Arturo, parece un poco forzada, pero es sincera, porque en el fondo Margarita es un alma cándida, una cándida margarita deshojada por ella misma… Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere… le odio, no le odio, le odio, no le odio… Así es Margarita.
Pero antes de conocer la herida abierta de Margarita, haremos un último ejercicio, bueno, usted, yo no. Amigo lector, usted dejará de ser intangible, incorpóreo y se convertirá en un personaje más de esta historia, desde ya es un cliente de este bar, el bar del letrero de neón azul, y  no un simple  observador.

Acto III
Margarita
(Conversaciones de Barra)


_ ¿Qué te pongo, cariñito? _ dice ella al llegar a la barra, ampliando la sonrisa, y podemos ver ligeras manchas de pintalabios bermellón en sus cuidados dientes. Percátese, además, de cómo ha utilizado el diminutivo, es algo natural en Margarita, lo comprobará a lo largo de la conversación. Hace un abuso indiscriminado de él, que a usted puede parecerle una ñoñería, pero que es el resultado de una gran carencia.
Un bocadillo de jamón, pequeño, por favor._ Dice usted.
¿El pan con tomatito o sin tomatito?_ Vuelve a preguntar ella.
_Con tomate, sí, por favor…_ dice usted, y agrega _y aceite

Ella afirma con un movimiento de la cabeza, el arquitectónico moño, producto del meneo, parece que fuera a caerse, que resbalará y en un alud o desprendimiento de cabellos se convertirá en una cascada de bucles castaños.  Se dirige a la panera, saca una crujiente barra de pan recién horneada, la abre por la mitad, haciendo caso omiso a lo que usted le ha dicho de las dimensiones, y comienza a prepararla entera: corta el tomate, lo restriega en la miga esponjosa, luego  rocía  cada tapa entomatada con aceite de oliva, y, antes de cortar el jamón, le pregunta:

Usted acaba de llegar, verdad, porque yo conozco a todo el mundo en este pueblecito… y no le había visto antes. ¿Está de paso… o tiene familia por acá?

Margarita tampoco es de por “acá”. Margarita es venezolana. Hace diez años que  llegó a Europa, primero estuvo unos meses en París, y aunque la ciudad le fascinó, coqueta como es ella y siendo ésta la capital mundial de la moda, se hubiera quedado, pero el idioma era un gran lastre, no había manera de que pudiera pronunciar aquella jerigonza por más que lo intentara. Entonces conoció a Brunno, un percusionista y bailarín brasileño con  nacionalidad y residencia en España desde hacía años. Brunno estaba de gira con un grupo folclórico de su país en Francia. Margarita creyó que había encontrado el amor y se vino a España con él. A partir de aquí comenzó su andadura por tierras de la Madre Patria.



_No, estoy de paso… _ contesta usted, y ya sabe que no se podrá librar de la conversación, porque era lo que ella estaba esperando, iniciar la plática insustancial, para luego desahogarse una vez más, como miles de otras veces, porque Margarita cree que mientras más se desahogue, mientras más palabras broten de su boca, suelte, escupa o vomite, será el anticoagulante que cerrará su hemorragia continua,  y también lo que esperaba usted, porque, de lo contrario, no se hubiera sentado a la barra, no hubiera aceptado este juego.

Continuará...


Esquizofrenia / Denis Núñez / CUBA