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domingo, 28 de julio de 2019

Tristezas de la Habana (nuevos dibujos)



La Habana es esa muchacha sumergida que gotea su intrínseca tristeza y a la vez muestra su colorido de ninfa antillana. Su rostro lleva la marca de la erosión continua, la costra del mar y del salitre, el craquelado de un lienzo atemporal. La Habana llora como llora la noche sobre los corales, esa noche que derrama su tinta oscura plagada de diminutos puntos de luz, esa noche de ibérica heredad, esa noche de genoma africano. La Habana muestra su corazón abierto pero a la vez acorazado y reforzado para seguir sobreviviendo a todos los huracanes. Sus hijos se debaten, como ella misma, entre caminos distintos, entre polos opuestos y antagónicas direcciones, en un círculo vicioso e infinito. La Habana, muchacha de mar, muchacha de insomne mirada en medio de las aguas, es como una Yemayá mestiza, como una diosa condenada a la insularidad que se reinventa creando un nuevo ajitena.



Tristeza habanera II / O. Moré / CUBA

Tristeza habanera I / O. Moré / CUBA

sábado, 22 de septiembre de 2018

Triunvirato de la diáspora / variaciones sobre un mismo tema.


Pez diaspórico / O. Moré  2018 / CUBA



Triunvirato de la diáspora  (variaciones sobre un mismo tema).



I (poema)

Nadé en ese mar ignoto
como un pez de escamas densas y aceradas,
como un errabundo pez
que todo observa, pero nunca fui quelonio
a merced de las corrientes…

Nadé hacía allá, hacia el más allá,
yo, güije que eyaculó sus últimas cenizas
bajo la ceiba de tronco amable
y, paradójicamente, cubierta de púas,
huyendo de ese día que siempre se apagaba
aunque el sol estuviera rajando las piedras.
Ahora el desarraigo me seduce
con sus féminas carnes para perpetrar su orgía,
pero yo sigo nadando y nadando
y, cada cierto tiempo,
regreso al amparo de la ceiba, y de la palma,
a pesar de que el día sigue siendo oscuro.
Aunque me di cuenta que ya no tengo vocación
por ser criatura abisal de tímida luz
entre tanta oscuridad,
que hace mucho cambié la bombilla,
que mi luz ahora es diferente y que le hago sombra
a mi propia sombra,
aquella que dejé colgada,
en un rincón, en la vieja casa que me vio crecer.
Me di cuenta que el tiempo sigue con su rutinaria salmodia,
imperturbable, que el horizonte sigue tan lejano,
que el agua seguirá cercándonos, impertérrita a veces,
huracanada otras, pero en su maldita circunstancia virgiliana
de estar por todas partes.
Que el acervo me alimenta,
que soy guajiro nubio con los genes de Ulises,
que soy una criatura de universos duales,
y que sigo siendo el niño iluso
que dibujaba flores de otro mundo,
mujeres gráciles con cuellos Modigliani
y peces conectados a corazones y cerebros.


II (espinelas)

Nadé por el mar ignoto
con mis escamas de acero
y atrás dejé mi sombrero
de guajirito devoto.
No obstante, sembrado  broto
como una semilla arcana
en otra tierra lejana
para perpetuar mis genes,
aunque el mar, en sus vaivenes,
me regrese a la sabana.

En un círculo vicioso
(ouróburos infinito)
yo me dibujo a grafito
en un palmar silencioso.
Soy un güije prodigioso
que no teme a la marea
e igual que la jicotea
soy endémico y global,
un hijo del platanal,
de la urbe y de la aldea.

III (romance)

Soy ese pez que dibuja
a tinta y con arabescos
mujeres de cuello largo,
corazones y cerebros;
máscaras para derrotas
de un rufián llamado tiempo;
extrañas flores de ámbar
y rostros de terciopelo;
sangrantes venas y soles
deshinchados y violentos;
caracolas habitables
del color del limonero;
alas libres y otras truncas,
y metáforas del miedo;
azules cielos prohibidos
y puertas hacia el infierno;
algunos amantes rojos
y otros de inocuos besos;
telarañas para ilusos
(laberintos) y burlescos
niños que orinan con saña
sobre el poder usurero.

Soy ese pez que en sus genes,
en su taíno esqueleto,
tiene algo de mambí,
de campesino insurrecto;
que fue un duende con carencias
y ansias de aventurero,
al que le faltaba el pan
y le crecían los sueños.

Soy ese pez argonauta
que navega lisonjero
entre vitrales de Amelia,
como sacados de un cuento,
y entre las mestizas Floras
de René Portocarrero.

Soy ese pez anodino
que describe a fuego lento
su catarsis octosílaba,
como otrora algún aedo;
que es carne de poesía
que heredó de sus ancestros;
que se refracta en Lezama
y en sus cóncavos espejos,
en sus múltiples imágenes,
y en virgilianos conceptos,
en el Niágara de Heredia,
y en los más “sencillos versos”
de aquel  de la frente ancha,
siempre vestido de negro.

Soy ese pez del Caribe
que disecciona momentos,
como un biólogo curioso
desentrañando el misterio
de la ausencia que me araña,
por ser doble de Odiseo.

Soy ese  pez de vigilia,
que se concede el regreso,
al cocodrilo varado,
en un insomne velero,
para recordar al niño
guajiro que llevo dentro,
ese que pintaba nubes,
estando atado en el suelo.
Y así, cuando el desarraigo
quiera lanzarme el anzuelo,
no pueda pescar mi alma,
porque sigo siendo isleño.

Soy ese pez en simbiosis
de raíz y sentimiento.
Al que el mar le da y le quita,
y le sirve de escudero
cuando tiene que enfrentarse
a los molinos de viento.
Al que la tierra le ofrece
sus carnes y sus secretos,
para sembrar los ocujes
y palmares en el pueblo
que, entre nieves y amapolas,
habrán de guardar mi cuerpo.
Y llegado ese gran día,
habrá acabado mi éxodo.

O. Moré ® / 2018






martes, 11 de abril de 2017

Cándido (de Perla Marina)

Cándido es un personaje de la primera novela que empecé a escribir hace ya casi dos décadas, y que quedó inconclusa como todas las que intenté escribir después. Esta novela se titula Perla Marina. Como hace tiempo que no me dedico a la narrativa, rescato este capítulo  para que el bonachón de Cándido vuelva a respirar una vez más después de haber estado durante una larga temporada en  hibernación perenne. Ojalá, un día, me llene de valor y le obsequie con la aventura que había imaginado para él, y, de paso, para todo el resto de los personajes, empezando por Perla Marina, la protagonista. Gracias por vuestra visita. Que todo el aché sea con vosotros.





Cándido

(Fragmento)



Aunque mantiene la vista fija en la carretera, mira sin ver como las líneas discontinuas aparecen y desaparecen velozmente bajo los conos de las luces del carro, tal si fueran criaturas vivas que se asustaran con la embestida devoradora de la luz en el asfalto y luego huyeran todas, en fila india, siguiendo una única ruta. Cándido, el gordo y bigotudo chofer, en realidad está viendo más allá de aquella sucesión de líneas interminables, su mente desempolva  viejos recuerdos a la misma velocidad que corre su estoico automóvil. Ahora se ve, a sus dieciocho años, vestido con un pantalón blanco de dril cien a lo  Benny Moré, una guayabera de hilo color marfil y unos zapatos de dos tonos: blancos y negros, traspasar   el umbral del bar Candilejas, luego caminar directamente hacia la vitrola, sacar una moneda de su bolsillo, insertarla en el enorme artilugio y escoger una canción del Benny, su preferido, y otra de La Orquesta Aragón. Luego enfilar su, en aquel entonces, bien formado cuerpo, hacia la barra y beberse unas cervezas, y después, terminadas de escuchar las canciones, salir del bar e irse andando, tranquilamente, hasta el bayú de Rosenda, para saciar los apetitos de la carne que, a su edad, iban siendo cada vez más voraces. Al llegar allí repite, paso a paso, la misma operación que en el bar: la vitrola, las canciones, las cervezas. Después sube por la alfombrada escalera roja hacia una de las habitaciones llevando del brazo a una de las “señoritas” (le gustaban las mulatas teñidas de rubio platino; hallaba exótico  el  contraste entre el canela de la piel y el llamativo color  de las estiradas pasas, imitando a la perfección los ¨primorosos¨, según los comentarios de algunas de ellas mismas, peinados de Marilyn Monroe) a la que desnudará despaciosamente mientras su verga, completamente erecta, intenta destrozar el tejido del pantalón. Cándido sigue rememorando, y aunque en su cerebro las imágenes son nítidas y se ve fornicando como un lujurioso animal, ahora mismo, a sus setenta años, su virilidad hace tiempo que dejó de respirar. Llegado al clímax la imagen se desvanece y en su curtido y arrugado rostro se dibuja una tristeza corrosiva. Pasado unos segundos vuelve de nuevo a  la carga, ahora la escena es distinta. Se ve vestido con su overol color caqui, todo manchado de grasa y de aceite, saliendo del taller y llevando en la mano las llaves de un bonito Ford color granate que tiene que devolver a su dueño: ¨Un día tendré un maquinón como este y, si pudiera ser, hasta del mismo color, me gusta, es un color elegante, ni muy triste ni demasiado chillón, y aquí, a mi lado, irá una titi, una mulata que esté bien buena y, con suerte, a lo mejor, hasta pudiera ser una rubia de ojos verdes o azules. Ahora voy,  hago un bojeo por el barrio y por el bar, pa´darme un poco de lija antes de entregarle al doctorcito ese su maquinón. Bajaré por aquí, por Antúnez, y luego doblaré por Manrique, le daré la vuelta a la plaza de la Fuente y dejaré al personal con la boca abierta...¨



Cándido sigue con la mirada fija en la carretera. La nitidez de las imágenes que visualiza en su mente, las hace tan reales, que logra abstraerse por momentos de la realidad circundante, pero, a pesar de su aparente distracción, su experiencia como chofer durante casi más de treinta años ha despertado en él una especie de sexto sentido que le mantiene alerta ante los peligros de la conducción. Se sigue imaginando al volante del Ford color granate paseando por las calles del barrio. Tiene dieciochos años recién cumplidos. Es un día cálido de verano, puede hasta sentir  el sudor corriendo por su frente y el sol dando de lleno en el cristal delantero del automóvil, aunque, en la realidad, en el presente, es de noche.



¨Allí va Pepón, le pito ¡Oye..., Pepón, mira..., muérete de envidia! ¡Qué singao, el muy hijo de su madre me empina el dedo! ¡Oye, ese te lo metes en donde no te da el sol, comemierda...! ¡Mira, así será el mío...! Eh, pal carajo te vas tú, puñetero. ¡Ño, la gente no entiende una broma! Bueno, que se joda, lo iba a invitar a  dar una vuelta y hasta a una cervecita en el bar, pero ahora que se la chupe. He llegado, ahí está el bar, parqueo aquí mismo, frente a la ferretería...¨



Cándido se observa bajándose del carro, luego, con aires de grandeza, cruzar la calle y encaminarse hacia el bar, va agitando las llaves del automóvil para que se hagan visibles. Muchos de los que están en el bar a esta hora han vuelto la cabeza al verle llegar en el bonito auto. Roger, el dependiente de la farmacia, que toma un café bien fuerte, lo ataja diciéndole:



__¡Coñooooó, caballo, qué clase de carruaje! no me digas que es tuyo, porque tú no tienes ni donde caerte muerto ¿De dónde rayos lo has sacado? Coño, ya sé, del taller de Felo, qué guanajo soy, y de quién es esta hermosura.



__Cojones, Roger, respira, pariente, que hablas más rápido que un locutor de pelota. __le dice Cándido mientras se posa en una banqueta como un zángano y le hace una seña al barman  para que se acerque. __Ponme una Cristal, Toribio. __el barman se aleja, Cándido le grita: __Oye, Tori, que esté bien frio el lagarto.



__Ah, deja la sonsera, Cándido, y dime de quién es el maquinón, no me suena haberlo visto antes por aquí, por el barrio.



__No seas cafre, tú… ¿no estás viendo que es ¨niupaquer¨, cómo diablos ibas a haberlo visto antes?



__ ¿Y quién es el loco que lleva un carro nuevo al taller, acaso ahora los yanquis mandan las cosas defectuosas?



__No, compadre, no es eso. Este carro es del doctor Palacios...



__ ¿Pero el doctor Palacios no tenía un Buick azul?



__Sí, pariente, pero parece que este es un regalo pa´su mujer.



__Ah, nos vamos entendiendo… ¿y... pa´qué  lo ha llevado al taller, dices?


__No, no lo he dicho todavía, ahora te lo digo, pues pa´que le repasáramos la pintura, porque se lo rayaron un poco cuando lo descargaron del barco, porque éste, lo fue a buscar él mismitico a Miami.



__ ¡Ño! está apretando el doctorcito ¿no? ¿Qué tú crees de eso, Toribio? __dijo Roger dirigiéndose al barman.



__Pues chico, que no hay nada como tener una pila, burujón, puñao de pesos. __contestó Toribio.


__Coño, mira qué hay gente con suerte en esta vida… Este médico está podrido en plata y míranos aquí, a nosotros, sin un kilo, tú. __se lamentó Roger.



__Si yo hubiera tenido la posibilidad de estudiar, seguro que hubiera sido para médico, abogado o ingeniero de cualquiera de esas cosas raras que hay, porque yo creo que coco tengo, o si no, mira qué rápido le entré de lleno a la mecánica. __dijo Cándido mientras se ponía la cerveza en un vaso __Y, a estas alturas, __continuó__ tendría un carrote como éste.





En su imaginación Cándido ha dejado el bar, se sube de nuevo al automóvil y pasea por las calles del barrio camino al caserón del doctor Palacios. En la realidad está saliendo de Verdolaga y se incorpora a la autopista después de llevar más de veinte minutos conduciendo. En la imaginación ha vuelto a coger por la calle Manrique y se encamina tres cuadras más allá, en dirección a la residencia del doctor. En la realidad ha cruzado la parte del sentido contrario de la autopista y se encamina en dirección a la provincia de Guácima; son casi las ocho de la noche. En la imaginación son las cuatro de la tarde. En la realidad es un hombre mayor que recuerda. En  la imaginación es un joven que estará  a punto de enrolarse en una arriesgada aventura.

O. Moré
(hace mucho, muchísimo tiempo)

martes, 21 de febrero de 2017

Diálogo décimo glosado






Diálogo décimo glosado 


A José Martí, con quién empecé a leer poesía a los 6 años, y a CUBA, la Patria que me vio nacer.
Glosa inspirada en el trabajo del gran poeta cubano Emilio Ballagas.


Martí / Abel Quintero / CUBA






































Dialogo, Patria, contigo;
Martí, contigo converso,
descalzo y desnudo el verso,
maduro y abierto el trigo,
partiendo con gesto amigo
el fraterno pan candeal.
Oh! Martí, padre leal,
en la Patria redimida
eres blanca sal de vida
y Ella el sabor de la sal.

Emilio Ballagas


I

En tus verdes horizontes,
en tus típicos palmares,
en tus blancos memoriales,
en tus maniguas y montes;
más allá, donde tramontes
y traigas tu sol, tu abrigo…
Más allá, donde consigo
ser tu tierra, ser tu mar;
ser tu risa y tu pesar,
dialogo, Patria, contigo.

II

Martí, en tu inmensidad
busco siempre mis raíces,
y allí encuentro los matices
que me dio tu humanidad.
En ti encontré la verdad,
en ti, poeta, en tu verso,
y ya no estuve disperso
vagando por tierra extraña.
Desde esta azarosa España,
Martí, contigo converso.

El numen se torna en alas
y vuela al cielo cubano,
donde tú, héroe cercano,
en una nube te instalas.
Malditas esas tres balas
que rasgaron tu universo,
maldito el hado perverso
que te trastocó la suerte,
porque dejó con tu muerte
descalzo y desnudo el verso.

III

Patria de nuevo te hablo
y espero que toda ofrenda
que te brinde no te ofenda
porque es un bello retablo.
Sabes que cada vocablo
será siempre un buen testigo
de que siempre estoy contigo
aunque esté en el más allá.
Tu pan hagamos que está
maduro y abierto el trigo.

Cuando ese milagro obremos,
querida Patria, con fe,
encendamos tu quinqué
y bajo su luz oremos.
Yo sé que a ti nos debemos
porque en tus plegarias sigo.
Yo te alabo y te bendigo
y venero tu cultura.
Llévame a tu sepultura
partiendo con gesto amigo.

En tus prados aprendí,
jugando sobre un caballo,
que eres frágil como un tallo
y fiera como un mambí.
Que patria es decir Martí
y es decir Palma Real,
que somos una coral
en una ínsula presa,
y que habrá siempre en tu mesa
el fraterno pan candeal.

IV

Origen fuiste, maestro,
y apóstol de otro Parnaso.
A ti llegué paso a paso,
ignaro,  inocente y presto.
No soy ese buey cabestro,
que a otros guía hacia el corral,
yo soy un pez abisal
que intenta vencer lo oscuro;
y ser como tú procuro,
oh! Martí, padre leal.

Cuba te debe su gloria
y tú le debes la tuya,
no habrá nadie que destruya
tu liderazgo en su historia.
Están siempre en mi memoria
y lo estarán de por vida.
Hoy mi voz agradecida
les canta con la espinela.
Y mi canto se hace escuela
en la Patria redimida.

V

Cuando partí de tu suelo,
Patria mía y de Martí,
pensaba en un colibrí
que emigraba hacia otro cielo.
Yo nunca encuentro consuelo,
pues fue dura la partida.
Y eres cada amanecida,
entre las nieves de Europa,
mi santo grial, mi copa…
Eres blanca sal de vida.

Yo te añoro, Patria mía,
como tu hijo que soy;
cuando en tus carnes estoy
me vuelvo más poesía.
Y siento la cubanía
haciéndose universal.
Siento que en ese cristal
con que te miro eres diosa:
Yemayá, la primorosa,
y Ella el sabor de la sal.



O. Moré
Febrero / 2017


Emilio Ballagas 

(Camagüey, 1908 - La Habana, 1954) Poeta cubano cuya obra es representativa del vanguardismo de la década de 1930; es uno de los más estimados líricos nacionales de todos los tiempos, por la finura y perfección de su estilo.
Profesor universitario, alternó además literatura y periodismo a lo largo de toda su vida. De personalidad poética contrastada a través de dos direcciones de muy distinta orientación, por un lado se lanzó a la búsqueda de la poesía pura y por otro se adentró en una lírica popular y folclórica. Por ello se le situó siempre a caballo de las dos tendencias que caracterizaron el vanguardismo cubano: la "purista" de Dulce María Loynaz, por ejemplo, frente a la tendencia "realista" de Nicolás Guillén.
En cuanto a la dirección más pura de la poesía de Ballagas, fueron frecuentes los diversos recursos temáticos y formales de su expresión, en obras como Júbilo y fuga (1931), Sabor eterno (1939) e incluso en Nuestra Señora del Mar (1943). Sin embargo, en la dirección del "realismo" desarrolló el poeta parte de su obra más significativa, con el cultivo de la "poesía negra" y una brillante interpretación lírica de sentimientos y tradiciones que le eran ajenos (Ballagas era blanco y de extracción burguesa).
Una muestra de estas obras son Elegía de María Belén Chacón, seguramente su obra de carácter más popular, Canción para dormir a un negrito, uno de sus poemas más tiernos, o Cuaderno de poesía negra (1934). También se ocupó de compilar la importante Antología de poesía negra hispanoamericana (1935) que lo convirtió en una de las principales figuras de esta corriente, junto a su máximo representante, N. Guillén.

Abel Quintero

Abel Quintero Fuentes, nació en 1968 en Güines, La Habana, Cuba y creció acariciado por el sonido de su madre cantando canciones folclóricas cubanas conocidas como "Decimas". La sed literaria y la admiración de Abel por la rica cultura cubana son la plataforma perfecta para el desarrollo de su estilo único, como auténtico artista cubano. Su profunda comprensión de la tradición junto con sus habilidades técnicas son evidentes en cada obra de arte ejecutada por este artista sensible y creativo. La expresión de Qintero del universo es creada por una paleta de colores hábilmente mezclada y aplicada para crear un lenguaje que conjura imágenes mentales de una época pasada en que la vida era simplemente hermosa en el campo de su Cuba nativa. La expresión onírica de sus personajes te invita a entrar en un mundo lleno de romance, inocencia y serenidad. Abel Quintero es un artista contemporáneo cubano admirado y recogido internacionalmente. Su talento ha sido merecidamente alabado por sus críticos y colegas de todo el mundo. Cuando uno se enfrenta a una de las pinturas de Abel, casi puede oír los ruiseñores, sentir el rocío de la mañana en su frente y oler el aroma del ron y el café en el aire. Su trabajo está garantizado para capturar su corazón en los próximos años.