sábado, 5 de noviembre de 2016

Istvan Sandorfi, la pintura nunca muere, en el MEAM.

Entrada a la exposición / Palacio Gomis / MEAM / BCN
De antemano pido perdón por  las fotos, están hechas con un teléfono móvil y no se puede captar toda la grandeza, la riqueza y la calidad pictórica de cada lienzo. Espero, al menos, se hagan una idea con el vídeo que he montado al final.

Sandorfi posando con dos de sus autorretratos.

No hace mucho, medio año a la sumo, que conocí de la obra de Sandorfi, fue a través de una amiga, la ilustradora Lola Rodríguez, inmediatamente quedé prendado, y, cuando ella misma, Lola, me dijo que el MEAM (Museo Europeo de Arte Moderno) de Barcelona, hacía una exposición retrospectiva con más de 140 obras de sus períodos más representativos, ni corto ni perezoso, allí que me fui.
Yo, imitando a Sandorfi

Catálogo y entradas a la exposición
Poder catar de cerca la obra de un genio es una experiencia imposible de describir, mas cuando un servidor es un entusiasta de las artes plásticas, es por ello que  esto no pretende ser una reseña al uso ni pretende ser la visión de un crítico de arte (Dios me libre), es, simplemente, una pincelada, una veladura, sobre las fabulación que mi psiquis desarrolló ante tanta maravilla.




Enfrentarse a la obra de IstvanSandorfi (Budapest 1948- París 2007), la de sus primeras etapas, en la que estuvo  casi 15 años pintándose a sí mismo, que es la que, desde que me fue descubierto, me ha gustado más,  la que más asombro me provocó en el cara a cara en esta exposición y de la que va mayormente esta pincelada, es enfrentarse a la visceralidad en estado puro. Estos  autorretratos, enmarcados en sus períodos rosa y azul,  son crudos, violentos, provocadores, impúdicos, son difíciles de digerir por el ojo no acostumbrado al hacer  de este artista, y no hablo de mí, claro está, me refiero a ese espectador novicio que espera encontrar en una  exposición de arte sólo belleza y complacencia. Su hija Ange, comisaria de la exposición, considera que estos autorretratos no significaban nada, que  sólo eran un ejercicio técnico y de introspección, y seguro que razón no le falta, pero yo, que soy un simple espectador bajo el poder hechicero y heresiarca de su pintura, subyugado completamente por la fuerza expresiva que ella emana (y aquí es donde viene mi fabulación), veo, o quiero ver, o quiero creer, porque cada unos es libre de interpretar lo que le venga en gana delante de una obra de arte, concuerde o no su interpretación con el mensaje que el autor haya querido transmitir, que son catárticos, que reflejan la catarsis de Itsvan y, a través de él, la catarsis de la sociedad en su conjunto, la catarsis del género humano. Quiero y necesito convencerme que es una especie de purga  que el artista libra consigo mismo, dónde “él” somos “nosotros” y viceversa, y, en esta  paranoia metafísica mía, encuentro una analogía con la redención de Cristo en la cruz. Pero no sólo es eso que yo quiero ver, es, además, la soledad del artista ante la creación, y, como se hace constar en el catálogo de la exposición, “la máxima expresión del protagonismo del yo llevado al paroxismo”. Decía Istvan: “no hablo de la soledad física, sino de la soledad de la concepción, la soledad de la creación. El arte es de esencia individual, puesto que el arte es la ciencia de los sentimientos, y sólo el individuo es capaz de experimentar sentimientos. Se puede copiar un cuadro o imitar un estilo, pero no se puede copiar un sentimiento.” Para ello Sandorfi utiliza su imagen como el instrumento idóneo con que articular un discurso pictórico sumamente obsesivo, casi demente, pero de una hondura sentimental y emocional tal que no  deja  impasible al espectador. Me sirvo de nuevo de las palabras del catálogo: Es el triunfo desbocado del propio yo, cabalgando sin freno por la inmensidad de un universo absolutamente personal; es el artista completamente desnudo, sólo ante el espejo, analizando sus posiciones más informales; es la explosión de todos los sentimientos más íntimos del ser humano, sin la cortapisa de lo moralmente correcto. Lo prohibido transformado en normal, lo inmoral convertido en cotidiano.
Con la misma intensidad retrató también, enmarcado en estos períodos cromáticos a los que he hecho referencia antes, a su mujer y a sus hijas.

Enfrentarse a estos autorretratos, repito, es adentrase en un mundo opresivo, estrafalario, atípico, desconcertante, fantasmagórico, sobrecogedor. Sin embargo, cada lienzo, desde el más grande al más pequeño (la inmensa mayoría son de gran formato), es portador de una belleza intrínseca; perturbadora, sí, pero belleza al fin y al cabo, una belleza que sólo los genios saben transmitir. Aunque el propio Sandorfi decía: “siempre he querido pintar lo que me molestaba, y  no lo que me parecía bello”,  la belleza en su pintura, desde mi modesta apreciación, es innegable. Lo que nunca encontrará el espectador neófito, tal como decía más arriba, es la complacencia. Estos cuadros son irreverentes, y es que para que transmitan toda esa fuerza emotiva no pueden ser de otra forma.

Sandorfi es un autor inclasificable. Él mismo no aceptaba clasificación alguna, porque era un ente libre que no creía  en “ismos” ni en escuelas, de hecho, aunque se graduó de bellas artes, nunca asistió a clases, por lo que podemos decir que fue, sin temor a equivocarnos, un pintor autodidacta. Pero si tuviéramos que catalogarlo de alguna forma podríamos hacerlo dentro del hiperrealismo (él nunca se consideró parte de este grupo, bueno, de éste ni de ninguno), un hiperrealismo completamente diferente, ya que él no intentaba reproducir imágenes para mostrar un virtuosismo técnico, sus cuadros van más allá de la representación fotográfica perfecta, sus óleos gritan, denuncian, hablan por sí solos. Sus figuras parecen reales, casi se pueden tocar, sí, es cierto, pero posan sobre fondos irreales, se abocan hacia el espectador desde entornos difuminados, como envueltas en una neblina onírica donde la paleta de colores transita entre los rosas, azules, violetas, grises y negros de una nada metafórica. En etapas posteriores sus figuras, para este entonces sólo mujeres,  conviven en el mismo hábitat que el pintor: su estudio, y otras lo hacen en habitaciones vacías, sucias, de paredes descorchadas, donde la nada, el silencio y el abandono, se pueden palpar, se hacen reales, tangibles como las propias figuras femeninas que habitan el cuadro, y, como éstas, toman relieve ante nuestros ojos.

No se puede comprender la magnitud ni la obra de este pintor, que se encerraba en su estudio durante casi 10 meses para pintar casi sin mantener contacto con su propia familia, sin conocer antes sus circunstancias: la traumática niñez en su Hungría natal, la encarcelación  de su padre, la huida de Hungría, el éxodo por Alemania y su asentamiento por fin en Francia, en  París, donde alcanzaría la madurez artística y crearía toda su obra, esa que nos ha legado y que nos invita ver al hombre que somos desde sus ojos, lo de Itsvan, y ver al hombre que era él desde los nuestros.

Aunque me guste la pintura yo no entiendo de pintura, pinto y dibujo, pero no tengo conocimiento académico ninguno, lo que hago lo hago por puro empirismo, por gusto, por intuición,  y así quiero que siga siendo; no busco reconocimiento ni que el producto que salga de mi mente y de mis manos tenga una calidad perfecta, si así lo hubiera querido ya hace mucho tiempo que hubiera estudiado. Por qué cuento esto, porque Sandorfi transitaba más o menos por los mismos caminos, no quería contaminarse. Aprendió a pintar solo y se alejó de clasificaciones y escuelas, su obra era individualista y solitaria. Él solo perfeccionó su estilo y encontró su propio lenguaje sin importarle nuca el mercado ni el “mundanal ruido”.

“Yo hago una pintura individualista, solitaria, la que retrata mi forma de ser, porque brota naturalmente de mí mismo, y no he de hacer esfuerzo alguno para adaptarme, ni para alinearme con las tendencias en curso. En realidad hago una pintura de perezoso frente a las condicionantes del gregarismo cultural. No me fijo en las pinturas de otros, en todo caso, por supuesto, no para inspirarme. No tengo el menor interés por las clasificaciones que intentan meter a los artistas en comportamientos o, mejor, en ataúdes, para enterrarlos en un cementerio de referencias, de forma que la gente tenga la impresión de que así se conoce la historia de la pintura. La pintura nos es una cuestión de conocimientos, sino de sensibilidad, y eso no se enseña, no se aprende.” Dijo.

Toda la exposición es un regalo, un banquete pantagruélico para aquel que, como yo, ame la pintura, sobre toda esa pintura desgarradora emocionalmente, que se te cuela por los ojos y se queda gravitando en tu interior y luego pasa a formar parte de ti como tus propias vísceras. 140 obras que te sumergen en la genialidad de un artista inclasificable, que te hacen transitar desde su etapa irreverente hasta su etapa más dulce, pero igual de virtuosa, esa plagada de desnudos femeninos y de mujeres de raza negra que dicen muchísimo al espectador desde el mutismo de sus retratos.

Aquellos que vivan por estos lares y quieran disfrutarla, hasta el próximo día 29 están aún a tiempo.
Aquí les dejo con una muestra:


¡OJO!

 Visionarlo así, en formato mini, ya que el sistema no me ha dejado subirlo en MPG4 y con calidad 2K, por lo que he tenido que reducirlo y cambiarle la calidad de imagen, lo que lleva al traste que, al ampliar el vídeo para verlo en grande, se vea borroso. ¡Con lo bien que se veía en 2K! Lo siento mucho. Gracias.


domingo, 30 de octubre de 2016

Icosaedro (1)

Perpetua /Roberto Ferri / Italia



Después de los ciclones



 Voy a contarte esas furtivas insolencias
que dibujo después de los ciclones:
el agua como un antílope eludiendo la garra
de un tigre nocturno;
el hibisco cabizbajo, eremita que olvida sus colores
en un mustio abandono
y, desangrado, se ofrece en sacrificio;
Aracne tejiendo con hilo de acero
la red que me atrapará pasada la estación de las lluvias;
y las dicotomías de la casa mientras tú y yo,
funámbulos de turno, caminamos por la cuerda floja.

Ya lo sabes, después de lo ciclones
mi manos  grafican verdades y misterios
en claros oscuros difuminados,
porque las verdades son grises
y sus alas de ceniza se desvanecen
al más mínimo soplo.
No hay blanco, no hay negro,
sólo palabras amorfas e incoloras
que se peinan en otro espejo,
como si ellas mismas fueran
decapitados sueños de la usura
que el amor y el desamor le inocularon.

Sabrás perdonarme estos arabescos
hilados en mi piel, no tatuajes,
sino besos lúbricos, lotos  en el agua,
gaviotas de vuelo rasante alejadas del mar
en diáspora hacia la laguna
de este pecho inconstante vertebrado de espinas
 como un pez de mundos abisales.

Sabrás, luego, enhebrarlos y ser tú
Aracne cada día, cada hora, cada minuto,
para que no se quede sin tejer esa red
que ha de salvarme, para siempre,
de mi próxima caída
después de los ciclones.



Valle de los cocuyos.



Morí aquella noche
y no te lo dije, la sustancia del sueño
me abandonó entre estertores y jadeos,
y llegué a un valle tapizado de luciérnagas,
bueno, de cocuyos, ya sabes,
y todas las palmas habían desaparecido,
como si la nada hubiera besado las paredes de la noche
y  hubiera plagiado sus negros velámenes
 convertida en un prestidigitador antiguo.
Entonces ella bajó, la mismísima nada,
y me mostró mi tumba cavada en una roca,
y pude descender, insomne, al abismo.
Y sí, la muerte es muy hija de puta,
tan hija de puta como la pintan.

Morí aquella noche
y no te lo dije, tampoco te diste cuenta,
tú estabas cabalgando en otro sueño,
tan lejano, tan equidistante,
que apenas eras un tímido punto de luz
en la inmensidad del cuarto.
Y ahora, cuando las agujas del reloj
marcan de nuevo el juego de los onirismos,
la muerte vuelve y se pasea
en batón y zapatillas por toda la casa
hasta llegar a todos esos parajes inconexos
entre tus sueños y los míos,
y mi único miedo es que si te encuentra
decidas irte con ella al valle de los cocuyos
para no regresar nunca. 


Lectura de la Casa



Acabo de leer sobre la casa,
en su exégesis otros encontraron
el dentro y el fuera, el dentro y el contra,
pero yo ya lo sabía desde que la larva
del insecto espurio que fui
se convirtió en polilla de libros prohibidos.

Muchas aguas se han vertido desde entonces,
y la casa, humedecida y herida de salitre,
llora con las diatribas, y sus redes desnudan
los horizontes verticales,
porque esa línea, esa costura,
es inalcanzable a nuestras manos.

Mucha tierra se ha removido desde entonces
en busca de los tesoros ocultos,
o quizás fuera de horizontes subterráneos…
Cómo saberlo, yo opté por la verticalidad
y el fuego no dejó ni rastro de mis alas.
Pero la casa sigue habitada por ánimas
que fecundan e, infelices, tras el muro,
se sientan a esperar sin espera.

Muchos aires han soplado desde entonces,
vientos cálidos y fríos, y hasta tenebrosos ciclones;
aires que trajeron y alejaron tormentas
que lo anegaron todo para luego dejarnos la sequía
 y devolvernos a la nada,  a la inmóvil estación
en que la casa se paró en el tiempo
y se quedó, para siempre, gravitando
entre edénicas promesas.

Otros, los sabuesos, siguen queriendo
tapar el sol con un dedo
a pesar de que el sol de la casa
es inconmensurable
 y no cabe en las manos de Dios.



Fases geológicas



Cuando fui arcilla transitaba otros territorios,
tenía palabras que brindar
en oraciones paridas por el árbol de mi infancia,
en él las arañas tejían desprejuiciadamente,
 entre el follaje,
telas fragmentadas donde atrapar las ilusiones.
Entonces yo dibujaba flores de otro mundo,
mujeres de cuellos lánguidos como las de Modigliani,
y alas rojas en las arterias de los corazones infartados
para que pudieran escapar al cielo de los cuerpos
después de la derrota.
Las manos, mis vengadoras,
volvían cada noche repletas de milagros,
de allá, del país de lo imposible.

Cuando fui roca el verde me atrapó en su color de olivo
y volé, sobre mares de disímiles azules,
tras el héroe que soñé cuando era arcilla.
Y allí estuve, en la tierra del impala,
jugando a ser el soldadito de plomo
añorando a su bailarina inalcanzable.
Y regresé guepardo con destellos en el pecho
y con las mismas ansias de atrapar los sueños.
Pero ya nada era igual, la pirámide,
pálida y mórbida, me miraba con los ojos enormes
de un pájaro de barro que sabía que  nunca echaría a volar,
porque la estación de los milagros
se desvanecía en la neblina de cada aurora.
Entonces escondí todas las palabras
y  leí antiguos libros para descifrar
el futuro en un tarot sin cartas.
No pude.
Los signos y los jeroglíficos
eran demasiado complejos,
y aún la piedra de Rosetta brillaba por su ausencia.
Amón Ra había olvidado sus deberes,
la pirámide se desmoronaba en erosión continua.

Volé de nuevo sobre los mismo azules
con la sospecha de morir de desarraigo,
pero esta vez hacia las manos
y el cuerpo de una zagala
que, con el épico milagro, me salvó de mi intrépido
salto al vacío.

Ahora, que soy arena, recupero las palabras,
las perdidas palabras fabulosas de antaño,
y  puedo desangrarme poco a poco,
letra a letra, como un mártir
que fue arcilla y que fue roca.

O. Moré
2016






Roberto Ferri
Más clicando aquí
 
Ossessione / Roberto Ferri / Italia




domingo, 9 de octubre de 2016

Diálogo decimado

Guerra y paz /  Paolo Troilo / Italia
(más de este artista haciendo click en el nombre)



Diálogo decimado

En las lomas cubanas, allá, en lo intrincado del monte y al amparo de una cueva, se refugiaron dos guajiros huyendo de un perro jíbaro. Aristóteles y Platón, que así se llamaban, eran amigos desde pequeños, vivían uno al lado del otro, bohío con bohío, y tenían una afición común: la metafísica. Cada día, después de la jornada con los bueyes y el arado, y de degustar un buen almuerzo a base de harina de maíz tierno con chicharrones, se iban al monte para gozar de la vida contemplativa y filosofar.  Y fue en un día de estos, en el que se habían alejado de sus casas más de lo permisible, que se encontraron de golpe con el perro jíbaro antes mencionado. Sin perder ni un segundo, ambos huyeron a todo correr loma arriba, mientras el perro, al que todos llamaban Mefistófeles, y que se había hecho famoso en toda la campiña y el monte por las sangrientas historias que de él se contaban, les seguía. Mefistófeles, al igual que ellos, estaba viejo y, para colmo, renqueaba de una pata, por lo que su velocidad en la carrera se veía gravemente afectada, lo que favoreció a sobremanera a nuestros guajiros filósofos que, gracias a esto, pudieron sacarle una prominente ventaja.  No obstante, Mefistófeles, a pesar de que había perdido muchas de sus facultades debido a su decrepitud, seguía conservando su perseverancia y su sentido del olfato como en sus años mozos, y seguía infundiendo muchísimo miedo gracias a su apariencia famélica, su pelambre hirsuta y sus grandes colmillos.


Después de cruzar un riachuelo e ir ganando altura por una cuesta pedregosa, Aristóteles y Platón dieron con la cueva en la que se refugiaron. La cueva era diminuta, pero estaba muy bien camuflada tras la abundante vegetación, esto les procuró cierta seguridad. Allí se quedaron agazapados y a la espera. Al cabo de diez minutos en los que había reinado la calma y no se había presagiado peligro alguno, ambos se relajaron y, como era su costumbre, comenzaron a filosofar confiados de que habían burlado a Mefistófeles. Parte de esa plática filosófica, y de lo que pasó después, quedó reflejado en las décimas de un poeta oriundo del batey de Grecia, convecino de nuestros protagonistas y de nombre Esquilo Tocororo. Esquilo era admirador de las fábulas de Esopo, de Iriarte y de las  moralejas que de estas se desprendían, así que, inspirado en una fábula de Iriarte, dejó para la posteridad, con el título de Diálogo,  lo que a continuación reproduzco.



Diálogo

_Muero en una cama fría,
vivo en una carne muerta,
y aún no hallé la respuesta
para mi  filantropía.
¿Acaso en esta agonía
amar se puede a un igual?
¿Acaso en este panal
de sanguinarias abejas
podré acabar con mis quejas
y encumbrar ese ideal?


_Muy pesimista te veo,
Aristóteles Montuno,
no hay ser, y lo sé, ninguno,
que abjure del “guasabeo”.
Yo, que a menudo te leo,
siempre me pongo a pensar
por qué  tu filosofar
falto está de sabrosura.
¿No es hora que a tu “escritura”
la pongas a retozar?


_Qué dices, Platón Bejuco,
ya no tengo apenas ganas,
y a los viejos tarambanas
no los quieren ni en Jaruco.
Y aunque conociera un truco
para paliar mi altibajo
me parece que es trabajo
agotador, sin provecho.
No ves que estoy flojo y hecho
un miseriento estropajo.


_Y eso qué importancia tiene,
el añejo es mejor vino.
No cojas ese camino,
que eso a ti no te conviene.
Sólo lograrás se aliene
tu mente que es  expedita.
Deja ya esa  musiquita
que muy cansina resulta.
Si esa duda te sepulta
otra virtud te amerita.

Usa la lengua, Montuno,
que la lengua cual espada
en la cavidad mojada
es Atila el gran rey huno.
Dar lengua es muy oportuno
sólo tienes que saber
cogerle el punto y poder
recitar de norte a sur.
Ya verás que en ese albur
tú vuelves a florecer.


_No sigas, Platón, no sigas,
que te pasaste de verde.
Es feo que te recuerde
tu “origen”, pero me obligas.
¿Te crees que está bien que digas
que utilice el instrumento
oral que me dio sustento
como sofista erudito
en cometer tal delito
con ese “desdoblamiento”?


_Pues a las féminas todas,
incluidas las de Esparta,
gustan de que el verso parta
de “lenguaraces” rapsodas.
Allá tú si te incomodas,
y a la lengua sólo un uso
le  estás dando. No es abuso,
si despacio, y si se deja,
a una fémina en la oreja
le das trabajo profuso.


_Sabes que te digo, obseso,
Platón de lengua procaz,
que  un cabrito montaraz
no tiene podrido el seso
como tú, que a la sin hueso
le estás dando esa batalla.
Cualquier día la morralla
que acumulas en la boca
te hará sudar gota a gota
toda tu estirpe canalla.


_Pero qué te habrás pensado…,
te hablo de poesía.

_Crees que como catibía,
tú hablabas de ese “pecado”.

_Que estás muy equivocado,
te lo juro, no te miento.

_Ándate a tomar el  viento.

_Y tú directo a la mierda.

_Estás logrando que pierda
los estribos, de momento…



_Me da igual que los estribos
tú pierdas… ¿Crees que me asusto?

_Cállate ya, so vetusto,
necesitas correctivos.

_Y tú unos respectivos
azotes en la carota…

_No tienes güevos, idiota.
Recuerda que sé kung fu.

_No me hagas reír, sijú,
que tú no sabes ni jota.


Y así, en esa disputa
como a los torpes conejos,
el perro atacó a los viejos
a la entrada de la gruta.
El can cogió la batuta
sabiéndose juez y parte,
recordando aquel aparte
que en su fábula, al final,
de manera magistral
nos legó el gran Iriarte.



“Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo”

FIN



O. Moré
2016 


Los filósofos / Abel Quintero / CUBA



Dos enanos más...


Snow White / Mark Ryden / Oregón / EE. UU
(más de este artista haciendo click en su nombre)

Cuentos breves para niños... o para adultos, vaya usted a saber.


Dos enanos que habían quedado sueltos, uno con su habitual dúo y el otro con un trío.





Fénix y Rara Avis.


Ni Fénix se llamaba Fénix ni Rara Avis Rara Avis. Fénix se llamaba Totí Prieto y Rara Avis Bijirita del Monte, pero en el batey ya no se estilaba eso de lo autóctono, de lo endémico, estaba de moda lo foráneo. Así que cuando llegaron por el agua los ánades de Rusia, Fénix y Rara Avis se vistieron con plumas de ánades y fueron a recibirles al puerto.  Luego, para el agasajo, les llevaron a la laguna, en la que habían dispuesto varios espejos (disimulada y estratégicamente en la orilla contraria) para que la laguna semejara un lago tan grande como el mismísimo Baikal. Bijirita, perdón, Rara Avis, rindiéndoles pleitesía, les recitó Oda al Volga, un larguísimo poema de su propia inspiración, y Fénix, cerró el homenaje, bailando un solo de “El lago de los cisnes” al compás de la música de Chaikovski. Para el ágape se sirvió revuelto de setas  y bridaron con auténtico vodka. Los ánades rusos se aburrían como otras, porque ellos lo que estaban era locos por comer ajiaco, tomar guarapo de caña y bailar la conga y el chachachá. Y es que en Rusia, también, lo foráneo estaba de moda.


Melao, Raspadura y Coquito.


Melao quería ser como Raspadura, tener alguna forma y ser sólido, y por eso la envidiaba. Raspadura no quería ser como Melao, estaba orgullosa de ser como era, aunque la mayoría pensara que ella era bastante pegajosa. Melao se quejaba por todo y de todo: de vivir donde vivía, de comer lo que comía, de vestir lo que vestía; por quejarse, se quejaba hasta del color de su piel. Raspadura se ponía lo primero que encontraba, salía a la calle (andariega como ella sola) debajo del tórrido sol sin importarle si se derretía o no, o si su piel cambiaba de coloración; con tal de respirar el aire puro del batey y pasear por la calle libre y desprejuiciada, era capaz de hacerlo hasta desnuda. Melao apenas salía de casa, y si lo hacía llevaba consigo una enorme sombrilla. El sol, para él, era un verdadero incordio. Raspadura, en sus paseos diarios, se iba al caimital, se sentaba debajo de un árbol y, mientras devoraba caimitos,  leía historias de sus antepasados, sobre todo de su abuela Azúcar Prieta, la primera mujer en el batey (y en todos los alrededores) en proclamarse dulce. Melao abominaba de su estirpe, y eso que su abuela era Azúcar Turbinada, que era mucho más clara que su prima Azúcar Prieta, pero Melao, al igual que envidiaba a Raspadura, por aquello de tener forma, envidiaba a Coquito y, al mismo tiempo, le idolatraba,  porque este último era nieto de Azúcar Blanca. Coquito estaba locamente enamorado de Raspadura, le gustaba lo mestizo de su piel (ese tono tostado de caramelo) y su sonrisa perenne mientras desandaba las calles del batey e iba dejando su dulce rastro, y Melao estaba enamorado de Coquito y de su blancura.


O. Moré
2016