Hablemos de «La tragafuegos».
He aquí un pequeño compendio de relatos (nueve en total, más una coda jocosa) donde hay de todo, como en botica. El relato que da inicio y título al libro: La tragafuegos, sigue los derroteros del realismo mágico; habla del miedo colectivo ante la fuerza bruta del poder y sobre aquello que parece, pero no es: el consabido dicho de «las apariencias engañan». Y no digo más, para no revelar el secreto de María Rosa y de Lino.
Luego le siguen «Los ángeles castrados»,« Mira pa’llá», « El color del perdón», «Dragón», «Dos sicarios ilustrados», «Delirio», «La purificación de Purificación», «El hijo de Mambrú» y la «Coda jocosa: El alucinado mundo de un alucinado. Gaya y yo (ejercicio lúdico, erótico- festivo). Homenaje al denostado gerundio».
En el prólogo el editor dice:
«Uno de los rasgos más notables del conjunto es su fuerte impronta oral. Varias de estas historias parecen surgir de una tradición narrativa popular en la que los acontecimientos extraordinarios se integran con naturalidad en la vida cotidiana. De ahí que algunos relatos se sitúen en un espacio cercano al mito o al imaginario colectivo, mientras otros se desarrollan desde una perspectiva íntima y psicológica».
Bueno, yo no sé si es para tanto, pero lo que sí sé es que estos relatos nacieron de la impronta, casi del automatismo y que cada uno tomó el derrotero que la fabulación quiso. Algunos fueron escritos de una sentada, y así quedaron. Otros, como por ejemplo, «Los ángeles castrados» o «La purificación de Purificación», pasaron por un proceso de varias reescrituras (no sé si para bien o para mal); llegó un momento en que la cabeza me explotaba y me dije: ¡Hasta aquí, se acabó!
Les dejo con un aperitivo. Así comienza «La tragafuegos».
«El día en que María Rosa se convirtió en ceniza, el pueblo entero se quedó mudo. Como si una epidemia de afasia hubiera atacado a la gente, a las bestias y a los pájaros y nos hubiera metamorfoseado en peces. El cielo se tiñó de un color cárdeno y las nubes de tormenta aparecieron de súbito. Lino Ferreira, el marido de la difunta, subió la cuesta de la loma y se internó en el monte. No supimos más de él hasta el tercer día; las auras tiñosas revoloteaban en círculo sobre las frondas del algarrobo. «Ahí se está pudriendo Lino», dije yo, cuando, por fin, recobramos el habla. Nadie fue a darle cristiana sepultura. Su esqueleto estuvo danzando durante mucho tiempo de la soga con la que se había colgado hasta que las fibras del henequén se pudrieron y el esqueleto cayó a la tierra. Durante años sus huesos estuvieron al pie del árbol, luego, poco a poco, el entorno hizo de las suyas y la osamenta desapareció bajo la hojarasca. Aún hoy, se atisba un pedacito del cráneo.
Era lógico que María Rosa acabara convertida en ceniza, le encantaba «jugar con fuego», provocar. Lino se lo advertía una y otra vez»
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Ya lo saben, si les gustan los relatos, aquí tienen , incluyendo la coda, diez opciones.

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