domingo, 24 de abril de 2016

Desempolvando textos (2)

Este relato es mucho más antiguo que los anteriores que publiqué en el último post, calculo que debe datar del año 1997 más o menos, ya que en el viejo cuarderno donde lo escribí atropelladamente a lápiz, hay textos fechados de ese año, aunque este no lo está. Lo he podado un poco, porque era demasiado largo, intentando que la poda no lastrara su espíritu primigenio. Posiblemente no sea un buen relato, pero eran las cosas que se me ocurrían en aquella época. Recuerdo que lo escribí de un tirón, en una noche de insomnio, acostado en mi minúscula cama.  Como podrán apreciar en las fotos finales, lo había titulado Sinopsis o El rey del invento. Está escrito en un lenguaje bastante coloquial, repleto de expresiones  propias de un adolescente de doce años en la Cuba de 1978, época en la que yo hacía la secundaria básica en el campo. Gracias por la lectura. Todo mi aché sea con vosotros.


Un sueño amarillo pollito /La verdad parece un cuento / Maykel Herrera, 1979, Camagüey / CUBA
Maykel Herrera





EL REY DEL INVENTO



¡Ño! a mí nada más se me ocurre meterme en este lío. ¿Quién me habrá mandado a enseñarle aquellos poemas  a  Iván aquel día, ahora se lo ha dicho a todo el mundo, que a mí me gusta escribir, y que escribo unas cosas de lo más lindas ahí, que la jevita que las lea seguro se derrite, porque yo tengo tremenda labia, y que también soy un bárbaro inventando historias, que allá, en la escuela al campo, por las noches, inventaba unos cuentos fenómenos de pistoleros, de piratas y de cosas de las galaxias y eso, que no tenían nada que envidiarle a una película  americana de las que se gastan una pila de millones para hacerla. Pero ahora mírame aquí, embarcao, sin saber que voy a escribir, porque la mente se me ha quedado en blanco desde que la profesora de literatura me vino con el rollo este del concurso, y me dijo que ella sabía que yo tenía vocación por las letras, y que le habían dicho, además, que era dueño, yo, de una fértil imaginación, por lo que  me invitaba a que participara en el concurso de relatos que su cátedra estaba auspiciando. El tema sería la realidad cubana actual, que darían buenos premios, y que al ganador le publicarían el cuento en el boletín de la escuela. Y yo tuve tremendas ganas de  decirle que no, que yo escribía de Pascuas a San Juan algún que otro poemita, y que sí, que inventaba cuentos para entretener a los muchachos, pero que de ahí a escribirlos era otra cosa, y menos de la realidad cubana actual, que lo mío era la onda de Salgari, Verne, Fenimore Cooper o  Ray Bradbury, pero me lo pidió con tanta dulzura,  y clavándome, como dice Bécquer, aquella mirada de pupila azul, que yo sólo veía allá, en el fondo de sus ojos, una llamarada, igual a esa de los fogones modernos, que me quemaba y que me convidaban al deseo de la creación, pero no literario sino carnal. Y entonces me quedé  lelo, y ella me pasó la mano por encima del hombro y me lo acarició con ternura a la espera de una respuesta; y yo sentí un erizamiento por toda mi piel,  hasta allá abajo, en el forro de los berocos, y sentí que la baba se me caía, y que junto con ella la palabra SÍ se iba descolgando de mi labio inferior en una inmensa gota, que al caer al suelo hizo un enorme estruendo retumbando en todas las oquedades de mi cuerpo. Cuando se lo conté a Iván me dijo que a él también le hubiera incitado a la creación  si la profe le hubiera pasado el brazo por arriba  y lo hubiera hipnotizado con su mirada de artista de cine, porque él soñaba con ella casi todas las noches, y en el sueño  la profe se le encueraba,  y a él enseguida el mandao se le ponía duro, y le iba pa’rriba a la profe y le ponía un carnaval, y que después, por las mañanas,  él amanecía con el calzoncillo todo embarrado. Lo que no le dije a Iván es que yo también, de vez en cuando, amanecía embarrado por culpa de la profe.



Pero ahora, en vez de embarrado, lo que estoy es mojado, ensopado, sudando la gota gorda, porque no sé qué rayos voy a poner aquí. Cada vez que miro la hoja en blanco tal parece que se estira y se estira, y que su blancura se extiende por todos los alrededores, y no veo nada más que eso, blanco, blanco y más blanco; y es que así mismo se me ha quedado la mente ¿Qué voy a escribir de la realidad, de la cotidianidad, como me dijo la profesora? Valiente palabrita esa que, de pensar en ella nada más, me da dolor de cabeza. Y la cosa no es el  qué, porque los temas están ahí, en el aire, uno los puede respirar, lo verdaderamente jodido es el cómo. Mira que Iván dice que yo soy el bárbaro  inventando cuentos, pero eso es cuando son fantásticos  o de aventuras, pero la realidad es otra cosa, es más seria, no se puede tomar a relajo. Iván también dice que a mí lo de inventar me tiene que venir de herencia. Dice que a mi padre, en el barrio, le llaman el Rey del Invento, porque se cuela por el ojo de una aguja, y que tiene una pila de “socios” que le resuelven cantidad. Yo no sé si lo del invento, como también dice Iván, tendrá algo que ver con la genética, pero creo que, en el fondo, va a tener razón, porque en mi casa, cada dos por tres, están mentando la dichosa palabrita. El otro día, sin ir más lejos, decía mi mamá que a ella tendrían que ponerle una medalla, porque cuando se para delante del fogón (se lo comentaba a la vecina) y ya la cuota del mes nos la hemos comido en una semana, porque la muy jodía no alcanza para nada, se pone como una loca a punto de darle un soponcio, porque…  a ver, qué nos va a poner ella a la mesa, si nada más que vienen cuatro huevos por persona para todo el mes, si la carne de res aparece una vez al año, y si el pescado brilla por su ausencia, porque cualquiera diría que vivimos en una isla rodeada de mar por los cuatro costados…; y el picadillo de soya sólo da para una o dos veces…; y qué me dices de la leche, sólo hasta los siete años, y qué pasa con los niños de ocho años en adelante, o qué les pasa a las vacas cubanas, también están bloqueadas por los yanquis; y dónde están las papas, esas de los planes sobrecumplidos al no sé cuánto por ciento que dicen en el televisor, en la placita no, allí no hay ni una. Entonces,  qué hay que hacer, pues  volverse una artista e inventarla en el aire para poder llenarnos la barriga, y cómo se hace eso, pues haciendo cambalaches por todos lados; a ella ya no le queda ni un blumers de los que su tía Regla le trajo de Miami, bueno, ni blúmeres ni na’ de na’, del paquete que recibió lo ha tenido que vender todo para  comprar arroz y frijoles a Gumersindo, el pequeño agricultor, que el cabrón se está pudriendo en dinero a costa   de los demás…, pero es que, encima, hay que agradecérselo, porque si no fuera por él… Y entonces ahí saltó mi papá y le dijo a ella y a la vecina que si por eso a mi madre le tenían que poner  una medalla, a él tendrían que hacerle una estatua, porque había que ver cada vez que mi madre se le plantaba delante con el porrón de plástico y le decía: arranca y mira haber que inventas, que no tengo petróleo para cocinar, que  la Luz Brillante hace un siglo que no viene, y no nos podemos dar el lujo de gastar dinero en carbón, porque el dinero hace falta para comprar comida,  aceite y jabones, que nosotros no somos millonarios, y que esta mecha  no hay quien la siga, porque ella sí que no  puede estar en cuatro patas cocinando con leña en medio del patio, porque ella está to’chivá de los riñones y de la columna... Y bueno, toda esa perorata que ella le suelta, entonces él tiene que salir pedaleando en la bicicleta kilómetros y kilómetros a recorrer altares, a pedirles favores a todos los santos, y la suerte es que siempre hay un “socito” al que tú le resolviste algo que te devuelve el favor, sino, a dónde íbamos a ir a parar,  porque estaba claro que no estábamos vivos de puro milagro sino de puro invento. A todo esto les dice la vecina que sí, que la cosa está muy mala, pero que hay que tener fe, que Dios nunca nos abandona  y siempre nos manda su ayuda desde el cielo, sea como quiera que le llamemos: invento o milagro, que hay gente en el mundo que están peor que nosotros, con una miseria del carajo o en guerra, y esos cristianos sí que no tienen de dónde inventar. Entonces, para ponerle la tapa al pomo, mete la cuchareta mi abuela y suelta que, inventos, miserias y guerras, las que tiene que aguantar ella en la cola de la bodega para poder coger los mandados o el pan nuestro de cada día,  que tal parece que lo están importando, este último, de alguna antigua catacumba hebrea, porque está más duro que un palo y no hay quien le hinque el diente. Que la chusmería y las fajaderas en las colas son de argolla y de padre y muy señor mío. Que Felo, el bodeguero, se roba la manteca para luego revenderla, y que por eso ella no alcanzó el otro día, y quien dice la manteca, dice los chícharos, el café y hasta el gofio. Mi abuela por todo está formando tremenda atmósfera, yo creo que lo que tiene es arteriosclerosis. Siempre está con el barrenillo de que si antes, en su tiempo, esto era así y lo otro era asao, y que con una peseta ella compraba cantidad de comida y hasta le daban alguito de contra, y que si patatí y que si patatá. Se pasa el día hablando barbaridades de la Revolución, y yo me fajo con ella, porque los jóvenes comunistas tenemos que ser combativos hasta en el seno de nuestra familia, eso es lo que nos dice el secretario de la UJC.  Yo le digo a mi abuela que ella es tremenda gusana, y entonces mi padre me dice que no le falte el respeto a la vieja y me suelta un cocotazo, y me manda a callar  la boca, que comprenda que son cosas de la edad y de que mi abuela, en su juventud, fue señoritinga rica, pero que se enamoró de mi abuelo que era un arrastrapanza, un peón de ganadería, y que ese sí que tuvo que inventar las mil y unas para poder mantener  a mi abuela. Así que no hay dudas de que lo del invento yo lo llevo en la sangre como los glóbulos rojos.



Bueno, quizás pueda escribir  sobre estas cosas, aunque, pensándolo bien, más que un cuento sería una novela larguísima. Reales y cotidianas son, eso no lo puedo negar… Pero no, qué va, si el relato resultara ganador y lo publicaran, se enteraría todo el pueblo de los cambalaches que tiene que hacer mi familia para poder sobrevivir. A mi padre le daría changó con conocimiento si salieran a la luz sus “inventicos”, él, que es militante del partido y presidente del CDR. Imagínate tú, por ejemplo,  si se enteraran en el Partido Municipal o en la PNR, de que Conrado y él  (Conrado es el marido de nuestra vecina, la religiosa) anoche dejaron abierta la talanquera del corral del ganado de la empresa pecuaria (el corral que está cerca de la vía del ferrocarril) para que se escaparan las vacas en el momento justo en que el tren cañero pasaba y pudiera atropellar  alguna. Todo esto en combinación   con Fidencio, el maquinista, que, cuando cometió el atropello, hizo sonar el pito tres veces en señal de aviso y así todo el batey pudo correr, machete y saco en mano, en pos de tan preciado tesoro, incluyendo a Conrado y a mi padre que, como se habían quedado escondidos en las inmediaciones, obtuvieron  la mejor parte del botín. Matar una vaca está penado con cárcel, aunque la vaca sea tuya, así que date cuenta qué candela si la vaca es propiedad del gobierno, como lo eran estas. Si algo así apareciera en el relato, mi padre me cuelga de la mata de aguacate del patio, y no dudaría de que mi madre y mi abuela contribuyeran en el infanticidio.



¡Coño! y si en vez de hablar de las calamidades cotidianas hablo de los logros económicos… No, tampoco, ese cuento se puede leer en el periódico cada día  y también se puede ver en el noticiero de la televisión.



Me está entrando un dolor de cabeza… Cuando vuelva a ver a Iván lo mato, seguro que lo mato. Mira que meterme en este lío. ¡Ño, las doce! pal carajo, me voy a dormir. Mañana ya veré lo que invento.




Fin
O. Moré (posiblemente en 1997)

sábado, 12 de marzo de 2016

Desempolvando textos.

Dánae / Rembrandt


He estado desempolvando mis textos juveniles y digitalizándolos. No recordaba tuviera tantos, y ha sido muy grato reencontrarme con ellos. Hay cosas muy cursis y mal escritas, pero no me importa, ese era yo otrora, y por nada del mundo renuncio a lo que fui como no renuncio a lo que soy actualmente, porque tanto ayer como hoy sigo siendo lo mismo, un simple aprendiz, y no quiero dejar de serlo.

No sé, exactamente, de cuando datan estos  que ahora publico aquí, porque no los feché, pero, como mínimo, deben estar rondando la veintena de años. Así me expresaba yo por aquel entonces. Me hace gracia ver que era capaz de escribir relatos breves, no como ahora, que no tengo para cuando acabar. 

He descubierto, además, que hay pasajes que he vuelto retomar años después, inconscientemente, en otros relatos.

Estos que pongo ahora a vuestra consideración creo que no están tan mal. No obstante. espero una crítica certera, sin compasión.   

De antemano gracias por la visita y la lectura.



Paisaje guajiro con desnudo al óleo



Primavera o descanso /Jorge Arche /CUBA




En la otra orilla del río, Mirna reía a los pies de un flamboyán. Su risa era narcótica, se te adentraba por los oídos y te contagiaba, te hacía adicto a aquella fina cascada de jajajajas. Estaba desnuda y en pose. Dánae de Rembrandt. Con la mano derecha semilevantada me hacía señas y reía, reía, reía... El ampuloso cuerpo destacaba en la hierba como una roca de carne color melcocha: muslos monumentales, vientre blando, senos enormes y redondos. En Mirna abundaba todo. Ella misma era como el cuerno de la abundancia. Majestuosa. Mayestática. Masas, masas y masas de curvas bien dibujadas, perfectamente cinceladas por la mano de Botero. El triángulo azabache de su pubis apenas se observaba bajo la prominente y descarada barriga de alabastro negro. Gritó algo que no logré descifrar, aun así simulé una sonrisa y asentí con la cabeza como si le hubiese entendido.

Mirna estaba allí, había dejado de ser un sueño, había dejado de ser un boceto.

Gertrudis /Botero/ COLOMBIA
Mirna era una mole humana apetecible, una diosa celulítica presta a ser devorada por un dios enclenque y jorobado.

Mirna ahora era tan real como el temblor de mis manos, el traqueteo de mis rodillas o el sudor de mi frente y mis axilas.

Mirna era un mogote que yo tenía que explorar remontando cada trozo de territorio, cada ladera, cada espesura.

Me acerqué lentamente a la orilla del río, el agua se metió entre los dedos de mis pies y, a medida que avanzaba, vistió mis tobillos, mis rodillas, mi cintura, mi torso, mi cuello. No me sumergí ni braceé, sólo caminé a través del cristalino caudal. Cuando emergí, la ropa mojada se había pegado a mi carne como una segunda piel chorreante. El pantalón blanco se transparentaba dejando ver un arrugado pene dormido entre el vello púbico, como un minúsculo pichón agazapado en la seguridad del nido, pero cuando abarqué con mis ojos, en primer plano,  la carne mulata de Mirna, se fue despertando de su letargo y se creció ante la mole: el pichón se hizo palomo y extendió sus alas. Mirna miraba la transformación de mi sexo y reía frenética. Yo seguía temblando. Se irguió ella como una estatua poderosa, me atrapó por la cintura y con destreza su boca deshizo los botones de mi portañuela, mi pene saltó al vacío apuntando su caperuza roja hacia el cielo de nubes deshilachadas y luego al cielo de su boca. Yo también me adentré en el cielo. Al poco una lluvia de oro, exactamente como la del cuadro de Tiziano, se hizo corpórea. Las monedas tintaron nuestros cuerpos de dorado. Mirna seguía siendo Dánae pero ahora parecíamos habitar en el  óleo de Gustav Klimt.
Dánae / Gustav Klimt / AUSTRIA
Dánae / Tiziano/ ITALIA

La campiña resaltaba su verde bajo y tras nosotros, el flamboyán acariciaba a la palma y la palma a la ceiba. El colibrí anidó junto a la torcaza y la jicotea le hizo un guiño al chipojo. El tomeguín huyó tras el jagüey con la bijirita, y el tocororo se posó en mi cabeza para  coronarme rey de la sabana, para convertirme en un dios. Y como  un dios (Zeus guajiro) me hundí en Mirna, en su blandura; probé sus senos, buceé entre sus muslos y desaparecí dentro de ella tragado por las fauces de su vulva salada. Dejé un río de semen dorado en su vagina y seguí subiendo. Llegué a su corazón, lo besé con ternura y le hice el amor al compás de cada latido y de cada pálpito; acaricié cada válvula y cada artería. Insuflé mi aliento en sus pulmones y dejé tatuada un ala de zunzún en cada uno. Me escapé por su boca y la besé. Besé sus ojos y me retraté en su retina. Me derramé en su barriga, en su pubis, en sus nalgas. Luego me acurruqué en su ombligo, justo cuando  el pintor daba la última pincelada y me dejaba retratado, para siempre, en el cuerpo de Mirna, en el cuerpo de Dánae, en el lienzo inexistente de ese pintor que no era otro que yo mismo.


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La siesta / Raimundo López / CUBA



El oscuro objeto del deseo

(Con permiso de Luis Buñuel)


Yo no sabía a qué aferrarme, si a la cuerda de la que colgaba mi cuerpo o a las aristas del peñasco por el que ascendía. Estaba solo, pendiendo de un hilo (y nunca mejor dicho). El mundo se abría ante mí como un libro esotérico,  era hora de que me enfrentarse a lo ignoto, aunque me aterraba la idea de explorar otros caminos que no fueran los que, según yo, los hados habían predicho. Tímidamente comencé a balancearme en la cuerda hasta llegar a un  saliente, me agarré a éste con fuerzas y escalé hasta la cueva. Entré en ella y me paré de golpe, justo donde la luz y la sombra se besaban dividiendo en dos la galería.  Introduje un pie en la penumbra y cayó como un hachazo hasta mi rodilla. Un temblor gélido recorrió mi cuerpo y se quedó azotando mi cara. Ululaba un vientecillo cálido que se yuxtaponía a la frialdad de mis entrañas, a la flacidez de mis carnes, al deterioro de mi piel. Di otro paso y la penumbra cortó mi estómago, luego otro y cercenó mi pecho, otro y mi cuerpo pasó de la luz a las tinieblas. Al final de la galería una tímida y minúscula llama titilaba. Allí estaba el objeto. Tenía vida propia, cambiaba de forma constantemente. Tenía ojos y me miraba, tenía boca y esgrimía una sonrisa socarrona, tal parecía se burlara de mi miedo. Me incitaba. Avancé con recelo. Al llegar a su vera tímidamente estiré la mano y toqué su cuerpo,  se quedó unos segundos trasformado en una pirámide invertida, al retirar  la mano se transmutó en fuego, después en agua y por último en arena. La arena se fue derramando tal  si hubiera sido volcado un gigantesco reloj. Un montículo, como una dorada duna del desierto, se fue formando hasta alcanzar las formas y proporciones de un hermoso cuerpo femenino. El mismo temblor gélido me recorrió de nuevo. Sabía que al tocarle había traspasado un límite, una barrera. Un miedo secular se instauró en mi pecho y lo tomó como trono permanente. Me quedé mirándole, a la expectativa. Al cabo de unos segundos dijo: Te falta valor. Quise decir algo pero no pude.
El objeto con forma de mujer  volvió a sonreír, desapareció en la penumbra como un fantasma bajo un velo de humo negro; ya no era un objeto, ya no era nada, ni siquiera una ínfima partícula de polvo. La llama se apagó de golpe. Di media vuelta y busqué el punto de luz de la salida.


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O. Moré

lunes, 15 de febrero de 2016

Érase una vez... en una isla... (III y final)

Historieta gráfica de Lola Rodríguez / ESPAÑA

Aladino

A falta de una alfombra voladora
Aladino una balsa construyó
y en busca del futuro se lanzó
encima de la balsa salvadora.
Y allí, en el azul, la fría aurora,
pasados varios días le vio yerto,
y lloró con su lluvia sobre el muerto
como llora una madre, desgarrada.
Aladino murió en la marejada
sabiendo que el futuro le era incierto.

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Historieta gráfica de Lola Rodríguez / ESPAÑA


Meñique

Meñique sueña ser un hombre errante,
y vivir aventuras por el mundo,
sentir alguna vez que lo errabundo
te puede hacer también libre y gigante.
No le importa su altura de guisante
y le pide al Monarca su permiso
para darse un saltito al paraíso
y en el barco o el avión poder viajar.
El monarca sin oír, desde su altar,
con un dedo lo aplasta contra el piso.

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Historieta gráfica de Lola Rodríguez / ESPAÑA


Blancanieves y los siete enanitos.

Se van los enanitos de la mano
camino de la escuela en la mañana;
Blancanieves ya sabe, por cubana,
enfrentarse a otro día draconiano.
Hoy le ha dado pan duro a cada hermano
pero ella se ha quedado sin comer.
Se pregunta por qué en su acontecer
la desidia se crece y se hace dueña
del verde cocodrilo que se empeña
en que el hoy siga siendo como ayer.


FIN

Lola Rodríguez / O. Moré
2016
  

jueves, 11 de febrero de 2016

Érase una vez... en una lisla... (II)

Historieta gráfica de Lola Rodríguez / ESPAÑA




A Rumpelstiltskin

Tú me dices que vista de utopía,
tú, que ayer disfrazabas anatemas;
no me quieras tejer estratagemas
que hace tiempo que sé de tu herejía.
No  me vendas ahora la anarquía,
ni ilusiones, ni  cambios  de contrato,
que sabemos los dos que en el substrato
se camuflan las mismas intenciones.
Estoy harto de tantas decepciones,
yo ni muerto contigo firmo un trato.

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Historieta gráfica de Lola Rodríguez / ESPAÑA



      Historia de un cerdito

Cuando tuve la casa hecha de paja
vino el Lobo Feroz y de un soplido
derribó la pared, y su rugido
hizo trizas la mesa y la tinaja.
Entonces con maderas de una caja
levanté mi casita estoicamente,
pero el Lobo Feroz e impertinente
otra vez en soplar puso su empeño.
Está claro que aquí mi único sueño
no tendrá ni futuro ni presente.


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Continuará....

Lola Rodríguez / O. Moré
2016