jueves, 12 de mayo de 2016

Abeja Roja




Quizás la única manera de verme obligado, algún día, a terminar este relato, es publicando algunos  fragmentos. Lo que comenzó como una farsa o un sainete algo vernáculo para desterrar una tristeza corrosiva, después de varias reescrituras se ha convertido en algo completamente diferente. La verdad es que, también, me he metido en  un verdadero berenjenal del que no logro salir, ya que, a medida que voy escribiendo, se me ocurren diversas tramas y no sé, aún, cual me agrada más y,  menos, cuál es la más idónea.

Así que léase este relato como lo que es, un simple divertimento sin  pretensiones literarias, al que me aboqué en su día para combatir la  ya mencionada tristeza además de la abulia. Ambas llevaban, en aquella época,  un tiempo rondándome y no veía mejor  manera para poder asesinarlas poco a poco y lentamente que intentando escribir en clave de humor.

 Gracias por la lectura. Aquí les dejo con el primer capítulo.


ABEJA ROJA
I







Pruebe, pruebe  uno… ¿Jugosos, eh…? No encontrará otros como los míos en toda la zona…




Bueno, sobre lo que me había preguntado usted…  Mire, yo nunca pensé formar parte de la cátedra, ellos me invitaron. Todo fue por culpa de aquel curso de entomología, específicamente sobre los himenópteros,  que daba mi amigo Rigoberto Vasconcelos, y al que me apunté más por complacerle que por otra cosa, porque, la verdad, a mí las hormigas, abejas y avispas, no es que me interesaran mucho en aquella época, mi especialidad eran los lepidópteros…, las mariposas,  hablando en cristiano,  a las que me había aficionado desde que Helenita Troya, un amor imposible de mi adolescencia,   nos había desvelado en clase de educación física los sugerentes tatuajes que le había hecho, no recuerdo quién, de dos hermosos especímenes. Uno lo llevaba bajo el ombligo: allí exhibía con desfachatez la  Danaus Plexippus, comúnmente llamada mariposa monarca.  El otro lo llevaba en la rabadilla; aquí, con más descaro aún, la Morpho Didius haciendo gala de su paleta cromática de azules.  En ambos tatuajes el trabajo del artista había sido exquisito, ya no sólo por la belleza de las especies seleccionadas, sino, además, por el nivel de preciosismo y realismo conseguidos…



Coja otro, no se lo voy a cobrar…., mire, éste, éste mismo… ¡Fíjese qué piel tan tersa, qué rojo tan bonito! Y el sabor… ¿qué me dice del sabor…? ¡Muy bueno, eh! Nadie cuida los tomates como yo; les trato con mucho mimo y les nutro con un abono especial…



¿Por dónde iba…? Ah, sí… Hasta aquel momento las mariposas para mí eran sólo unos insectos a los que  la naturaleza  había tenido la gentileza de dotar de cierta gracia entre tanto bicho feo, pero, al contemplar las de Helenita, mi visión cambió radicalmente y, en aquel preciso instante, pasaron a ser las criaturas más hermosas, sexys y angelicales de toda Insectolandia. Si ya Helenita me erotizaba con su exuberante cuerpo a lo “Criollita de Wilson”*, el añadido de los tatuajes en sus carnes me transportó, directamente, al éxtasis supremo. Me lancé como un poseso a leer cuanto libro hallé de lepidópteros. Principalmente mi objetivo se ceñía  a indagar  cuáles eran las especies que habitaban, coloreadas en tinta, su piel de quinceañera, para luego, información en mano, poder entablar una conversación con ella (la típica  que rompe el hielo), ya que, de otra forma, dada mi timidez y mi físico, yo era consciente de que no sería capaz de comenzar. Aquellas mariposas eran el pretexto idóneo. Pero, a medida que iba investigando y metiéndome  en ese mundo, me quedé  atrapado  en la  red de los cazamariposas como un lepidóptero más, y, a la par que fue creciendo mi libido por Helenita, fue creciendo mi pasión por las mariposas…



Lo siento, me estoy alejando del tema… Aunque por la expresión de su cara  creo entender que  también le interesa esta historia  ¿Se la sigo contando…? ¿Sí? Muy bien. Sí, lo entiendo, todo puede serle útil…



Pues, mire usted, el día que creí que ya estaba totalmente preparado: mi cerebro rebosante de toda la información necesaria sobre las  mariposas en cuestión,  decidí ir en busca de Helenita, aunque Rigo me había advertido que no lo hiciera, que aquello iba a ser un suicidio social…  Sí, Rigo, Rigoberto, mi mejor amigo en aquella época, el mismo del curso de entomología del que le he hablado antes. Según como él lo veía, aquello iba a ser un desastre, y, para argumentarlo, me enumeró toda una ristra de torpezas que yo había ido coleccionando en lo referente al cortejo de las féminas. Yo no le hice caso, porque pensé que estaba celoso: él también iba detrás de las mariposas de Helenita. Así que, desoyendo el consejo de  Rigo, me presenté delante de ella en el recreo y, tartamudeando como un imbécil, comencé a soltarle datos a diestra y siniestra sobre sus epidérmicos insectos sin tan siquiera articular un simple “Hola”, así, tal cual, como un androide al que aprietan una tecla y  suelta de golpe toda la cantinela que le ha sido programada. He de decirle que para llegar a cometer tamaña ridiculez (no podría llamarle de otra forma) y darme el valor necesario, me había tomado con anterioridad unos cuantos vasos de tilo con cañasanta y otros tantos buches de ron Paticruzado, que, por supuesto, me sentaron como una bomba, por lo que, al tiempo que recitaba mi abrupta letanía lepidóptera, mi vejiga se levantó en pie de guerra y dijo: “hasta aquí he llegado”,  enviando al cerebro la orden inmediata de miccionar, entonces, en un pírrico intento de aguantarme las ganas, crucé las piernas, pero… qué va, no había  modo de contener aquello, el deseo se intensificó  y comencé a contorsionarme de una manera escandalosa, emulando al mismísimo muñeco de la etiqueta de la botella de ron, lo que trajo al traste que la chiquillada  reparara en mí y que la hilaridad, llevada a su máximo extremo (carcajadas sonoras y estruendosas), se adueñara de todo el patio. Helenita fue la primera en comenzar a reír desenfrenadamente y señalándome con el dedo me dijo: “Chico, eres tremendo, pero tremendo cacho de guanajo”, con la misma se  dio media vuelta y me dejó allí, convertido en carne fresca para la jauría. Yo, en ese momento, hubiera querido ser como la Greta Oto o la Haetera Piera: transparente e invisible a la mirada de aquellos carcajeantes depredadores. Salí disparado hacia los lavabos dejando una estela de risotadas a mi paso.  Aliviando la vejiga, en el apestoso meadero, llegue al convencimiento de que Helenita nunca más me miraría con buenos ojos y que cualquier atisbo de esperanza de una relación con ella sólo sucedería en mis sueños. Durante mucho tiempo seguí queriéndola en silencio,  desde un visceral platonismo, hasta que un día ella desapareció inexplicablemente y nunca más volvimos a verla. Al poco alguien comentó que se había ido en una balsa para Miami. Nunca la he olvidado. Cada vez que veo una mariposa mi mente me la devuelve e intento imaginármela con la edad que tendría hoy.



¿Un poquito de agua? Sí, por supuesto,  sírvase usted misma… Coja la de la tinaja, estará más fresca. ¿Sabe…? Hay algo en usted que me la recuerda… Sí, sí, a Helenita Troya… 



¿De verdad cree que ésta también puede ser  una buena historia para un relato? Yo no le veo mucha carne literaria a mis fatalidades… Bueno, si usted lo dice… Es usted la que sabe de estas cosas. ¿Qué…? Por supuesto, ahora continúo con lo del curso y la cátedra.



Como le contaba al principio, antes de que me fuera por las ramas con lo de las mariposas. Me apunté al curso de entomología para complacer a Rigo,  que me había estado dando la tabarra durante casi un mes con una única y vacua excusa, la de que le haría mucha, pero mucha ilusión, que yo asistiera. Rigo y yo éramos amigos desde la primaria y, a pesar, como le he contado, de que ambos estuvimos detrás de las mariposas de Helenita, llegando a existir una pequeña rivalidad entre nosotros, lo cierto es que siempre nos habíamos llevado estupendamente. A los dos nos gustaban las ciencias, la misma música y hasta los mismos poetas; juntos nos fuimos a estudiar biología a la universidad de Almácigo, en la capital de la isla. Él, al acabar la carrera, se especializó en entomología, como ya ha podido suponer.  Yo no pude acabarla, a medio curso del segundo año contraje una rara y contagiosa enfermedad que me dejó casi cadáver durante un trienio. Cuando me recuperé ya no me veía con fuerzas para retomar los estudios de biología; demasiados años perdidos y demasiados años por delante, así que me incorporé al destacamento pedagógico y en poco tiempo me gradué de maestro.



Como ve, tras la universidad, nuestros destinos tomaron diferentes derroteros. Pasado unos meses, después de graduarse con honores en la especialización de entomología, Rigo fue seleccionado para una misión de estudios en el Amazonas en la que estuvo cerca dos años; allí conoció a la que es hoy su esposa: Guadalupe Saavedra; acabada la misión ambos recalaron en la Universidad de Verdolaga, en nuestra provincia; allí fue donde  ocurrió todo…



Sí, sí, estoy bien, no se preocupe, lo estoy superando. Ha pasado mucho tiempo, pero es difícil olvidar… La muerte de Deméter me dejó seco, árido, perdido… Bueno, el pasado, pasado está. Continúo.



Hacía más de un año que Rigo y Guadalupe estaban allí, en Verdolaga, y allí era donde él impartiría el curso. Yo, por mi parte, después de acabar el pedagógico, había hecho varios intentos por acceder a una beca de maestro para un programa de intercambio  en la antigua RDA, que no es que me interesara mucho pero, si lograba hacerme con la plaza, tendría la posibilidad de escapar una temporada de la mediocridad de nuestro pueblo.  Cómo indica la lógica, para tal menester, era imprescindible aprender alemán, pero resultó que la dichosa lengua no me entraba ni rajándome  la cabeza y metiéndome todos los diccionarios dentro, por lo que tuve  que desistir y, al final, optar por un puesto vacante de profesor de ciencias, que nadie quería, en mi antigua escuela secundaria, donde, para más inri,  mi fama como el “meón paticruzado, amante de las mariposas” aún perduraba en la memoria del profesorado. Y un buen día, cogiendo botella  a las afueras de la escuela, cosa que hacía diariamente para dirigirme a mi casa, Rigoberto apareció ante mí conduciendo un Lada blanco, fruto del reconocimiento que le habían dado por su misión en el Amazonas. Fue una agradabilísima sorpresa. Después de los abrazos de rigor, mi amigo se ofreció para llevarme a casa. Monté en su carro de diseño soviético y, durante el transcurso del viaje, nos contamos nuestras respectivas vivencias y avatares desde que habíamos dejado de vernos. Fue en este viaje, precisamente, donde me invitó a su curso por primera vez, porque, como ya le he dicho antes, luego estuvo dándome la lata bastante tiempo, ya que lo de recogerme a la salida de la escuela se convirtió en una rutina.



Llegado el momento, asistí al curso. La verdad es que, sorprendentemente,  me resultó muy ameno; Rigo tenía un magnetismo especial, un don para captar el interés de los oyentes que era algo fuera de lo común; sus clases destilaban magia, lograban involucrarte del todo. Aprendí muchísimo y logró contagiarme su pasión por los himenópteros.





Como trabajo final del susodicho curso hice  una pequeña ponencia sobre la abeja roja Rhodanthidium Sticticum, e intenté poner en ella toda esa pasión adquirida. A Rigo la ponencia le pareció muy buena, “volaísima”, dijo, término que  no escuchaba yo desde nuestros años de secundaria. Y le agradó tanto la ponencia (eso creí) que quiso incluirla en su temario docente, previo consentimiento mío, claro está, pero no para impartirla él en clase, sino para que lo hiciera yo mismo. Dos días después, Guadalupe, que para ese entonces ya era la vicerrectora de la cátedra de entomología, me llamó por teléfono para decirme que habían aprobado la solicitud de Rigo y que me aceptaban como profesor invitado en la cátedra. Me dijo, además, que mi ponencia sobre la abeja roja sería programada en breve, que ya se pondrían de acuerdo conmigo para la fecha y la hora de mi exposición, pues, aún, tenían que hacer los ajustes necesarios en el programa lectivo con tal propósito. Imagínense mi asombro desde el momento mismo en que Rigo me hizo la oferta. ¡Yo, que era un entomólogo aficionado, un profesorcillo de ciencias naturales en una secundaria del tres al cuarto, iba a dar una clase  en un recinto universitario! Cuando lo pensé bien, me cagué en los pantalones, pero, en un segundo ataque de locura, me dije con mucho optimismo: Venga, Diluvio, has de coger el toro por los cuernos. Quizás hubiera sido más apropiado haber dicho “al escarabajo por el cuerno”, o, aún más, “a la abeja por el aguijón”, pero, en fin, eso fue lo que me dije. 



¿Qué de dónde viene mi nombre…? Cosas de mi madre,  católica que renegó de todos los santos cuando un aguacero descomunal, que duró varias horas, la sorprendió debajo de una güira cimarrona al mismo tiempo que rompía aguas y ningún miembro del santoral cristiano apareció por los alrededores, ni siquiera el mismísimo Cristo, para auxiliarla, por lo que parió allí, sin ayuda de nadie, como antiguamente hacían las indias taínas.  Menos mal que, visto lo visto, le dio por bautizarme Diluvio y no Güiro. Y ahora que lo pienso bien, supongo que en ese momento mi madre no recordó que con el fruto de la Crescentia Cujete, o sea, la güira, se fabricaban las maracas, porque, de haberlo recordado, tenía todos los números para que me hubiese bautizado con el nombre de Maraco, cuyo diminutivo sería Maraquito, y de ahí a mariquita, hay sólo una I y una A de diferencia. ¡Jesús y la virgen! Ya bastante tuve con mi fealdad durante mi niñez como para que, encima, me hubiera ganado tal apelativo.



Así empezó mi andadura por la cátedra, con una ponencia sobre la abeja roja. Y aquí estoy ahora, yo, Diluvio Nyakuni, un año después, fuera de la cátedra, cultivando tomates en Perdición, mi pueblo natal, un pueblo perdido en los quintos infiernos, tal como su nombre indica y usted ha podido comprobar. Aquí estoy, vuelto a mis orígenes guajiros, convertido en un solitario hortelano y sin deseos de volver a pisar la Universidad de Verdolaga en lo que me resta de vida.

*Criollita de Wilson: Así se les llama  las  mujeres cubanas exuberantes y con curvas, debido a las Criollitas,  personajes creados por el  caricaturista y humorista gráfico cubano Luis Felipe Wilson.


       
Danaus Plexippus (Mariposa Monarca)

Morpho Didius
Rhodanthidium Sticticum (Abeja Roja)

Greta Oto

Haetera Piera

domingo, 24 de abril de 2016

Desempolvando textos (2)

Este relato es mucho más antiguo que los anteriores que publiqué en el último post, calculo que debe datar del año 1997 más o menos, ya que en el viejo cuarderno donde lo escribí atropelladamente a lápiz, hay textos fechados de ese año, aunque este no lo está. Lo he podado un poco, porque era demasiado largo, intentando que la poda no lastrara su espíritu primigenio. Posiblemente no sea un buen relato, pero eran las cosas que se me ocurrían en aquella época. Recuerdo que lo escribí de un tirón, en una noche de insomnio, acostado en mi minúscula cama.  Como podrán apreciar en las fotos finales, lo había titulado Sinopsis o El rey del invento. Está escrito en un lenguaje bastante coloquial, repleto de expresiones  propias de un adolescente de doce años en la Cuba de 1978, época en la que yo hacía la secundaria básica en el campo. Gracias por la lectura. Todo mi aché sea con vosotros.


Un sueño amarillo pollito /La verdad parece un cuento / Maykel Herrera, 1979, Camagüey / CUBA
Maykel Herrera





EL REY DEL INVENTO



¡Ño! a mí nada más se me ocurre meterme en este lío. ¿Quién me habrá mandado a enseñarle aquellos poemas  a  Iván aquel día, ahora se lo ha dicho a todo el mundo, que a mí me gusta escribir, y que escribo unas cosas de lo más lindas ahí, que la jevita que las lea seguro se derrite, porque yo tengo tremenda labia, y que también soy un bárbaro inventando historias, que allá, en la escuela al campo, por las noches, inventaba unos cuentos fenómenos de pistoleros, de piratas y de cosas de las galaxias y eso, que no tenían nada que envidiarle a una película  americana de las que se gastan una pila de millones para hacerla. Pero ahora mírame aquí, embarcao, sin saber que voy a escribir, porque la mente se me ha quedado en blanco desde que la profesora de literatura me vino con el rollo este del concurso, y me dijo que ella sabía que yo tenía vocación por las letras, y que le habían dicho, además, que era dueño, yo, de una fértil imaginación, por lo que  me invitaba a que participara en el concurso de relatos que su cátedra estaba auspiciando. El tema sería la realidad cubana actual, que darían buenos premios, y que al ganador le publicarían el cuento en el boletín de la escuela. Y yo tuve tremendas ganas de  decirle que no, que yo escribía de Pascuas a San Juan algún que otro poemita, y que sí, que inventaba cuentos para entretener a los muchachos, pero que de ahí a escribirlos era otra cosa, y menos de la realidad cubana actual, que lo mío era la onda de Salgari, Verne, Fenimore Cooper o  Ray Bradbury, pero me lo pidió con tanta dulzura,  y clavándome, como dice Bécquer, aquella mirada de pupila azul, que yo sólo veía allá, en el fondo de sus ojos, una llamarada, igual a esa de los fogones modernos, que me quemaba y que me convidaban al deseo de la creación, pero no literario sino carnal. Y entonces me quedé  lelo, y ella me pasó la mano por encima del hombro y me lo acarició con ternura a la espera de una respuesta; y yo sentí un erizamiento por toda mi piel,  hasta allá abajo, en el forro de los berocos, y sentí que la baba se me caía, y que junto con ella la palabra SÍ se iba descolgando de mi labio inferior en una inmensa gota, que al caer al suelo hizo un enorme estruendo retumbando en todas las oquedades de mi cuerpo. Cuando se lo conté a Iván me dijo que a él también le hubiera incitado a la creación  si la profe le hubiera pasado el brazo por arriba  y lo hubiera hipnotizado con su mirada de artista de cine, porque él soñaba con ella casi todas las noches, y en el sueño  la profe se le encueraba,  y a él enseguida el mandao se le ponía duro, y le iba pa’rriba a la profe y le ponía un carnaval, y que después, por las mañanas,  él amanecía con el calzoncillo todo embarrado. Lo que no le dije a Iván es que yo también, de vez en cuando, amanecía embarrado por culpa de la profe.



Pero ahora, en vez de embarrado, lo que estoy es mojado, ensopado, sudando la gota gorda, porque no sé qué rayos voy a poner aquí. Cada vez que miro la hoja en blanco tal parece que se estira y se estira, y que su blancura se extiende por todos los alrededores, y no veo nada más que eso, blanco, blanco y más blanco; y es que así mismo se me ha quedado la mente ¿Qué voy a escribir de la realidad, de la cotidianidad, como me dijo la profesora? Valiente palabrita esa que, de pensar en ella nada más, me da dolor de cabeza. Y la cosa no es el  qué, porque los temas están ahí, en el aire, uno los puede respirar, lo verdaderamente jodido es el cómo. Mira que Iván dice que yo soy el bárbaro  inventando cuentos, pero eso es cuando son fantásticos  o de aventuras, pero la realidad es otra cosa, es más seria, no se puede tomar a relajo. Iván también dice que a mí lo de inventar me tiene que venir de herencia. Dice que a mi padre, en el barrio, le llaman el Rey del Invento, porque se cuela por el ojo de una aguja, y que tiene una pila de “socios” que le resuelven cantidad. Yo no sé si lo del invento, como también dice Iván, tendrá algo que ver con la genética, pero creo que, en el fondo, va a tener razón, porque en mi casa, cada dos por tres, están mentando la dichosa palabrita. El otro día, sin ir más lejos, decía mi mamá que a ella tendrían que ponerle una medalla, porque cuando se para delante del fogón (se lo comentaba a la vecina) y ya la cuota del mes nos la hemos comido en una semana, porque la muy jodía no alcanza para nada, se pone como una loca a punto de darle un soponcio, porque…  a ver, qué nos va a poner ella a la mesa, si nada más que vienen cuatro huevos por persona para todo el mes, si la carne de res aparece una vez al año, y si el pescado brilla por su ausencia, porque cualquiera diría que vivimos en una isla rodeada de mar por los cuatro costados…; y el picadillo de soya sólo da para una o dos veces…; y qué me dices de la leche, sólo hasta los siete años, y qué pasa con los niños de ocho años en adelante, o qué les pasa a las vacas cubanas, también están bloqueadas por los yanquis; y dónde están las papas, esas de los planes sobrecumplidos al no sé cuánto por ciento que dicen en el televisor, en la placita no, allí no hay ni una. Entonces,  qué hay que hacer, pues  volverse una artista e inventarla en el aire para poder llenarnos la barriga, y cómo se hace eso, pues haciendo cambalaches por todos lados; a ella ya no le queda ni un blumers de los que su tía Regla le trajo de Miami, bueno, ni blúmeres ni na’ de na’, del paquete que recibió lo ha tenido que vender todo para  comprar arroz y frijoles a Gumersindo, el pequeño agricultor, que el cabrón se está pudriendo en dinero a costa   de los demás…, pero es que, encima, hay que agradecérselo, porque si no fuera por él… Y entonces ahí saltó mi papá y le dijo a ella y a la vecina que si por eso a mi madre le tenían que poner  una medalla, a él tendrían que hacerle una estatua, porque había que ver cada vez que mi madre se le plantaba delante con el porrón de plástico y le decía: arranca y mira haber que inventas, que no tengo petróleo para cocinar, que  la Luz Brillante hace un siglo que no viene, y no nos podemos dar el lujo de gastar dinero en carbón, porque el dinero hace falta para comprar comida,  aceite y jabones, que nosotros no somos millonarios, y que esta mecha  no hay quien la siga, porque ella sí que no  puede estar en cuatro patas cocinando con leña en medio del patio, porque ella está to’chivá de los riñones y de la columna... Y bueno, toda esa perorata que ella le suelta, entonces él tiene que salir pedaleando en la bicicleta kilómetros y kilómetros a recorrer altares, a pedirles favores a todos los santos, y la suerte es que siempre hay un “socito” al que tú le resolviste algo que te devuelve el favor, sino, a dónde íbamos a ir a parar,  porque estaba claro que no estábamos vivos de puro milagro sino de puro invento. A todo esto les dice la vecina que sí, que la cosa está muy mala, pero que hay que tener fe, que Dios nunca nos abandona  y siempre nos manda su ayuda desde el cielo, sea como quiera que le llamemos: invento o milagro, que hay gente en el mundo que están peor que nosotros, con una miseria del carajo o en guerra, y esos cristianos sí que no tienen de dónde inventar. Entonces, para ponerle la tapa al pomo, mete la cuchareta mi abuela y suelta que, inventos, miserias y guerras, las que tiene que aguantar ella en la cola de la bodega para poder coger los mandados o el pan nuestro de cada día,  que tal parece que lo están importando, este último, de alguna antigua catacumba hebrea, porque está más duro que un palo y no hay quien le hinque el diente. Que la chusmería y las fajaderas en las colas son de argolla y de padre y muy señor mío. Que Felo, el bodeguero, se roba la manteca para luego revenderla, y que por eso ella no alcanzó el otro día, y quien dice la manteca, dice los chícharos, el café y hasta el gofio. Mi abuela por todo está formando tremenda atmósfera, yo creo que lo que tiene es arteriosclerosis. Siempre está con el barrenillo de que si antes, en su tiempo, esto era así y lo otro era asao, y que con una peseta ella compraba cantidad de comida y hasta le daban alguito de contra, y que si patatí y que si patatá. Se pasa el día hablando barbaridades de la Revolución, y yo me fajo con ella, porque los jóvenes comunistas tenemos que ser combativos hasta en el seno de nuestra familia, eso es lo que nos dice el secretario de la UJC.  Yo le digo a mi abuela que ella es tremenda gusana, y entonces mi padre me dice que no le falte el respeto a la vieja y me suelta un cocotazo, y me manda a callar  la boca, que comprenda que son cosas de la edad y de que mi abuela, en su juventud, fue señoritinga rica, pero que se enamoró de mi abuelo que era un arrastrapanza, un peón de ganadería, y que ese sí que tuvo que inventar las mil y unas para poder mantener  a mi abuela. Así que no hay dudas de que lo del invento yo lo llevo en la sangre como los glóbulos rojos.



Bueno, quizás pueda escribir  sobre estas cosas, aunque, pensándolo bien, más que un cuento sería una novela larguísima. Reales y cotidianas son, eso no lo puedo negar… Pero no, qué va, si el relato resultara ganador y lo publicaran, se enteraría todo el pueblo de los cambalaches que tiene que hacer mi familia para poder sobrevivir. A mi padre le daría changó con conocimiento si salieran a la luz sus “inventicos”, él, que es militante del partido y presidente del CDR. Imagínate tú, por ejemplo,  si se enteraran en el Partido Municipal o en la PNR, de que Conrado y él  (Conrado es el marido de nuestra vecina, la religiosa) anoche dejaron abierta la talanquera del corral del ganado de la empresa pecuaria (el corral que está cerca de la vía del ferrocarril) para que se escaparan las vacas en el momento justo en que el tren cañero pasaba y pudiera atropellar  alguna. Todo esto en combinación   con Fidencio, el maquinista, que, cuando cometió el atropello, hizo sonar el pito tres veces en señal de aviso y así todo el batey pudo correr, machete y saco en mano, en pos de tan preciado tesoro, incluyendo a Conrado y a mi padre que, como se habían quedado escondidos en las inmediaciones, obtuvieron  la mejor parte del botín. Matar una vaca está penado con cárcel, aunque la vaca sea tuya, así que date cuenta qué candela si la vaca es propiedad del gobierno, como lo eran estas. Si algo así apareciera en el relato, mi padre me cuelga de la mata de aguacate del patio, y no dudaría de que mi madre y mi abuela contribuyeran en el infanticidio.



¡Coño! y si en vez de hablar de las calamidades cotidianas hablo de los logros económicos… No, tampoco, ese cuento se puede leer en el periódico cada día  y también se puede ver en el noticiero de la televisión.



Me está entrando un dolor de cabeza… Cuando vuelva a ver a Iván lo mato, seguro que lo mato. Mira que meterme en este lío. ¡Ño, las doce! pal carajo, me voy a dormir. Mañana ya veré lo que invento.




Fin
O. Moré (posiblemente en 1997)