sábado, 18 de julio de 2015

La agonía del cisne



La agonía del cisne / O. Moré/ CUBA


Prólogo



En el  92, después de Cristo, hacía un año que el esclavo había regresado de la guerra en Abisinia. 

Nubia, su isla en el estanque, parecía se hundiera lentamente. Los cisnes negros dominaban toda el agua, hasta más allá del círculo del horizonte.

El esclavo temía que un día el agua lo anegara todo, y entonces escribía. Siempre había pensado, o quizás lo había leído en algún olvidado papiro, que la escritura era una tabla a la que asirse cuando el agua, irremediablemente, viniera a cercenar su cuello.

Y un día el esclavo se dijo que tenía que olvidarse  del agua circundante y del presumible hundimiento de la isla, y se refugió en su cabaña de juncos como si de un asceta se tratara, y se dedicó a leer todo antiguo papiro que cayera en sus manos  al mismo tiempo que seguía escribiendo y escribiendo. De ese ascetismo nacieron unos raros poemas  que hablaban de otros cisnes congéneres de su estanque.

Pasados unos años el esclavo salió de la cabaña, se fue hacia al horizonte y en la delgada piel de éste tatuó los poemas, justo unos centímetros por encima de la costura que unía al cielo con la tierra. Y aunque no acabó de tatuarlos todos, porque el horizonte cada vez era más difícil de encontrar y un aciago día el esclavo, en su búsqueda, se perdió entre la maleza y murió, allí continúan tatuados los que, recogidos bajo el nombre de La agonía del cisne, el esclavo pudo terminar.

En un cuaderno encontrado junto al cadáver del esclavo había una nota escrita en tinta verde que decía: “He descubierto en los papiros de otrora que hubo cisnes-esclavos que hablaban en el idioma de la laguna y no en el del estanque, y que otros, aquellos cisnes inclasificables, lo hacían en el idioma del mar, esto último me ha maravillado, porque el cisne está predestinado al cerco azogado de la laguna. Estos raros versos están escritos en ese idioma, en el idioma del mar, donde el agua no está quieta ni estancada, sino que se mueve libremente."

************

Los poemas del esclavo nubio:



La agonía del cisne










Ámalo libre.
Ama el modo en que ignora que tú existes.
Ama al cisne salvaje.

Luis Rogelio Nogueras



El ave cándida y grave
tiene un maléfico encanto…

Delmira Agustini.




A este cisne le encanto y le retuerzo el cuello…

Paul Éluard











Hamlet y el cisne



Hamlet y el Cisne divagan
por una noche entrecortada y húmeda.
Sus cabezas están perdidas en el aire
y una tristísima luna gotea su soledad
en el mismo traje de la noche.

Hamlet y el Cisne parecen volutas de humo
que se esfuman de manera salvaje.
Sobre el peso de sus cuerpos
el propio peso de la noche.

Hamlet y el Cisne divagan,
detrás quedan el alacrán, el sinsonte,
 la orquídea…
Los sauces lloran
y tercian sus ramas en las ramas de la noche.

Hay una sombra que los sigue.
La sombra también divaga.


1992




Charlot y el cisne


Charlot a perdido sus zapatos,
descansa tendido a orillas del lago.
El cisne lo contempla con cautela.
Charlot agranda el lago con una enorme lágrima,
el cisne huye, huye, huye…

El agua ondula…

Charlot refleja su cuerpo y se lanza.
Ondula el bombín, el bigotillo, el bastón, el paraguas.
Su cuerpo se sumerge mientras su imagen
(su misteriosa y ridícula imagen)
flota y ondula, lenta, majestuosa.

El cisne regresa, su cuello es un signo,
un código que no logro descifrar.

Sobre la imagen de Charlot
el cisne abre inconmensurablemente las alas
y se posa.

Charlot queda sepultado para siempre.

1992





Moisés y el cisne



Sinaí está cubierta de arenas movedizas.
Moisés está ahogándose entre granos y granos de arena.
Las tablas parecen borrarse débilmente.
Moisés es un grito en medio del desierto,
sólo una noche estrellada podrá salvarlo.
Moisés espera la noche.
En las delgadas arrugas del cielo
un cisne vuela.
 Luego desciende al oasis y se posa.
Moisés es un escualo desprovisto de colmillos,
no obstante muerde la cola del cisne.
El cisne se eleva a la constelación del Centauro,
y Moisés, de un certero salto, escapa a galope ligero.

1992



Spielberg, ET y el cisne



El cisne mitad ave, mitad máquina,
está llorando sobre sus circuitos eléctricos
toda la agonía que sufre un robot.
Spielberg consuela al cisne;
su idioma sincretizado por el agua
quizás salve al cisne del invernal insomnio.

ET, por su parte, con su largo dedo señala al cielo
y muestra su home
(todas las estrellas vestidas de la plata más común).
Allí también hay cisnes de raros colores
envueltos en la magia de la cibernética.

Spielberg apaga sus ojos:
en medio de la penumbra el cisne revienta en la movie.
Él señala la pantalla blanca de la luna,
pero, a diferencia de ET, su dedo no brilla.

El cisne deambula con su agonía;
ET y Spielberg  lo consuelan.

Ésta vez el cisne es observado.



1992



Leda y el Cisne.


 Leda tiene una sonrisa tímida,
es una herida de arma blanca,
o de alma blanca, en la cara.
Sus dudas resbalan por el cuello del Cisne,
se evaporan y gestan otras dudas.

El cuerpo desnudo de Leda
es el cuerpo desnudo del Cisne.
Los cuerpos desnudos de ambos
son un plumaje de pose existencialista.
Mientras Leda retuerce el cuello del Cisne
el Cisne la embiste con una mirada de pánico.

Leda y el Cisne se aman y se matan.
¡Mira, Leda, este cielo de comadreja azul!
¡Mira, Cisne, este pecho de cristal anodino!
¡Canta, Leda, un sol de notas blandas…!
¡Besa, Cisne, mi sexo majadero
mientras las estrellas caen de costado!

¿Dónde está la araña metálica
que tejerá las nuevas plumas de sus trajes?
¿Cuánta agua dormirá sobre el lago
donde los abedules que ya no existen
se mezclarán con las palmas solas del patio?

¿Podrán Leda y el Cisne seguir mezclándose y existiendo?

Esas rosas que abren en otoño
pueden alimentar seguro a Leda…
Pero el Cisne, el pobre Cisne nihilista de cuello deshecho,
morirá de hambre y de amor.


1992




La agonía del cisne



El cisne ilusorio,
ridículamente ilusorio,
destapa su cráneo ceniciento
en un desmedido afán
por truncar su agonía.
Bate las alas con increíble destreza,
con la feroz destreza de un ave rapaz,
pero está trémulo su cuello nacarado,
y se dobla, se quiebra inusitadamente,
mientras el martirio de su fiebre
recorre su cuerpo fusiforme
de ave hermosa y rara.

¡Cómo agoniza el cisne en el mismo
espejo sensitivo del agua que lo creó!

1992



Cisne Incoloro



Tomó su pluma el cisne incoloro
y escribió poemas sobre su propio mundo,
en los que cisnes de plumajes hirsutos y enredados
cobijaban lúdicos peces bajo sus alas.

Escribió, además, esquelas
para batracios y otros anfibios,
y no faltaron las misivas
a la hembra cisne de figura rosada.

Pero sólo fue comprendido
por aquel otro cisne incoloro ya muerto.


1992





Elogio del cisne




Hay una gracia en el cuello del cisne,
una gracia inefable y exótica.
Es el mismo cisne de alabastro de Guillén,
el mismo cisne de rostro meditabundo,
el mismo cisne que queda suspendido en el agua
donde su cuello palpita y seduce.
Es el mismo Cisne Salvaje de Nogueras,
el mismo de Da Vinci y Matisse,
el mismo cisne.


1992



O. Moré
2015

Licencia de Creative Commons

IBSN: Internet Blog Serial Number 158-205-8-198



lunes, 13 de julio de 2015

Danza nocturna en el agua



Eleomar Puentes /CUBA (más de este artista aquí)

Danza nocturna en el agua.



Nadie sabe que la ausencia del danzante está en su paso.
Nadie sabe que en espiral de espejo hacia la tierra
el pie comienza su secreta danza.

Virgilio Piñera


 En la diáspora, el mar
y el pie entronizan sobre la sal muerta
el último suspiro del danzante,
y el pez de cola turbia se descama
en logaritmos yertos y sinuosos.


La fina orilla queda,
en la plata y el verdor de la pupila,
en el limpio cristal de la memoria,
inmóvil y lamida por las olas…
Y se aleja y se aleja… y se destiñe.





Y siempre, casi siempre,
la noche fría hiela con su esputo
una luna de oscuro y sutil rostro,
y el hombre, ya varado en la corriente,
se alimenta del fuego en su interior.


El danzante y el agua,
al tejer en la espuma sus destinos,
ya saben  quién será  fosilizado
por la negra epidermis de la noche.
La danza no les guía hacia buen puerto.


El baile en su liturgia
lacera lentamente; el agua anega
en el pecho. La vida se detiene,
se extrapola, la vida del danzante
que ya no será, nunca más, un sueño.



O. Moré
2015

Licencia de Creative Commons

IBSN: Internet Blog Serial Number 158-205-8-198




viernes, 10 de julio de 2015

Las décimas de Dámaso

Homenaje a Mariano Rodríguez /dibujos de mi tío A. Moreno / Matanzas /CUBA



I

No es miedo, es sólo tristeza,
es dolor (sin agonía),
sentir que ha llegado el día
de poner la última pieza.
Me dicen que la tibieza
se adueña de mi esqueleto.
No soy Tales de Mileto
ni soy el Ser ni la Nada,
pues renuncié de la espada
por el humano respeto.

Ni con Dios ni con el Diablo,
pero tampoco borrego,
porque yo siempre me entrego,
y sé muy bien de que hablo.
Ni títere en el retablo,
ni ídolo en el proscenio,
ni poeta con ingenio,
ni burro con orejeras,
ni cordero entre las fieras,
ni Leviatán de mal genio.



II



Yo sé que soy de navajas
y que no soy de pistolas,
y que si tengo dos bolas
es que no tengo dos rajas.
Y sé que si me amortajas,
ya muerto, en algún sepulcro,
resucito blanco y pulcro
a los tres días siguientes.
Mis huesos son insurgentes,
soy de la palanca el fulcro.

Yo sé que soy de matanzas
a machetes,  sin disparos,
los últimos son muy caros;
las primeros: remembranzas.
Si perdí las esperanzas
en tu comuna elitista,
fue que vi la negra lista
de cadáveres que tienes.
En esos negros vaivenes
no quiero ser finalista.

Yo sé que soy de una cuba
de ron,  no soy de botella.
Que a mí  todo me hace mella
pues soy pasa de la uva.
Que si oigo cantar a Liuba,*
un bolero, una guajira,
mi musa crece, se inspira,
y “de plátano es el vino.”
No encuentro mejor camino
para domar a la lira.


*Liuba María Hevia, cantautora cubana.

O. Moré
2015

Dámaso desaparecido (3)

Todas las ilustraciones son de Keith Perelli (más de este artista clicando en su nombre)



Allí nos encontró Ramón, venía sofocado de tanto correr. Llevaba rato buscándonos. Traía malas noticias. Habían encontrado la gorra de béisbol de Dámaso. Se suponía que la corriente la había arrastrado hasta la playa de Uva Caleta. Pasado un tiempo supimos que no había sido así. Estaba cubierta de sangre y rajada, cómo si hubiera recibido un machetazo o algo parecido. Mirna perdió el conocimiento. Tuvimos que cargar con ella, Ramón y yo, en brazos, hasta llegar al  Central y dejarla en la posta médica. Lena y Renata se quedaron acompañándola. Nosotros nos fuimos a Uva Caleta a lomo de nuestros caballos y a galope ligero. No cabía duda, aquella era la gorra de Dámaso, la reconocimos de inmediato. Poco después llegó la policía científica y se la llevó. Al día siguiente tuvimos la confirmación de que había acontecido alguna desgracia. Estábamos en mi casa, Lena había hecho café para todos mientras esperábamos alguna noticia. Era sábado, los niños de Renata y Álvaro correteaban y gritaban fuera. Nosotros, dentro, intentábamos hablar de cosas triviales, pero siempre acabábamos hablando de Dámaso, rememorando anécdotas de nuestra infancia, adolescencia o juventud, cuando éramos una tribu y él nuestro cacique. Hasta que llegó Silvino, el jefe de sector, y nos dijo que habían encontrado un brazo de varón  zozobrando y carcomido por los cangrejos entre los manglares, a medio kilómetro más allá de donde habían hallado la gorra. Los hombres nos fuimos con Silvino hacia Uva Caleta. El brazo llevaba un reloj Poljot de esfera blanca y manilla plateada de acero inoxidable. Un reloj exactamente igual se lo habíamos regalado nosotros a Dámaso cuando él y Mirna se casaron. Ahora la evidencia era casi una certeza, Dámaso podía estar muerto. Era imposible que hubiera sobrevivido con un brazo cortado o arrancado de cuajo y una herida en el cráneo. La lógica indicaba que la pérdida de sangre tenía que haber sido muchísima, porque si no había muerto de la herida en la cabeza, que al parecer debía de haber sido profunda, según el corte en la gorra, había muerto desangrado al faltarle el brazo.


Aquella noche apenas pude pegar ojo, estuve viendo la cara de Dámaso y reproduciendo una y otra vez en mi cabeza, tal si estuviera editándola en una moviola, aquella última conversación. Y volví a preguntarme, como lo había hecho desde siempre, cómo era que bajo aquel rústico rostro se escondiera el hombre más íntegro y buena gente que yo hubiera conocido en los días de mi vida.  Ya no volvería a ver nunca más su adusto careto. “Estaba asqueado y hasta la pinga de estar allí… ¡hasta la pinga…, hasta la pinga…, hasta la pinga!.” La frase me martillaba en la cabeza, porque conociendo la honradez de Dámaso y su integridad, que hablara así de la élite era porque algo gordo había descubierto.

Lena se levantó, era ya de mañana, oí como se dirigía a la letrina, luego oí el chapoteo del agua en la palangana mientras se lavaba y por último la escuché en la cocina poniendo la cafetera. Yo seguí tirado en la cama bajo el mosquitero, tratando de dar sentido a todo aquello. Al rato ella volvió con un buchito de café, “¿No has podido dormir, verdad? me preguntó. Me quedé callado. “Yo tampoco, he estado pensando en él y en Mirna…, la encontré muy mal… ¿tú no?” volvió a decir. “Sí”, contesté con desgana. Me incorporé un poco y bebí un sorbo de café. “¿De qué te habló en la turbina?”, preguntó mientras me pasaba la mano por el pelo. “Me contó algunas cosas que dan sentido a muchas de las preguntas que nos hacíamos, y… ¡caite para atrás,  está embarazada!,” le dije, esta vez más animado, como si el café me hubiera dado la fuerza necesaria para desesperezar la lengua, y había sido así tal vez, porque comencé a relatarle lo que me había contado Mirna:


“Cuando le dieron el puesto a Dámaso en el ministerio yo estaba tan contenta… Dejar el Central y el pueblo, para irnos a la capital, era como un sueño hecho realidad. Siempre me había gustado la urbe, pasear por sus avenidas, por sus enormes parques, ir a los cines, a los teatros… Había tantas cosas, tantas, que no me podía creer que iba a vivir allí con casa propia y todo, y de mampostería, y con un baño con su inodoro, su ducha y su bidet. Te imaginas eso, Bejuco… ¡con inodoro!… Adiós a la peste de la letrina y al cubo de agua y la latica para bañarte… Y la cocina, Bejuco, la cocina, con fogón de gas, y no con la hornilla de “luz brillante” que me ponía los calderos renegríos de hollín como si cocinara con el  carbón del viejo Salustiano... Tú te lo imaginas, Bejuco, te lo imaginas, ¡una cocina con fogón de gas!…y toda azulejada. Yo estaba tan contenta… Dámaso no, él estaba rebencú, no quería salir de aquí, de los cañaverales, pero ya sabes, si lo mandaba el partido había  que cumplir,  pero, más que por eso, yo creo que en el fondo lo hizo por mí, me veía tan ilusionada… Al principio le costó adaptarse. A mí no, yo como si hubiera vivido en la capital toda la vida. A Dámaso le agobiaba tanto edificio, tanto tránsito, tanta gente por la calle; y le entraba picazón en todo el cuerpo cuando se tenía que poner la guayabera, o la camisa de manga larga, o el safari, para ir al Ministerio. Y  todavía se agobiaba más porque no cesaba de  tener reuniones para aquí y para allá, viajes a la provincia tal y más cual, acto político aquí, acto patriótico allá, acto ideológico acullá, asambleas de balance del partido, asambleas de cuadros directivos,  asambleas sindicales… y la madre de los tomates. Dámaso estaba harto, al menos como director del Central se podía escapar de vez en cuando a los cañaverales y hacer de las suyas, pero allí no, allí todo era asfalto y carretera para arriba y para abajo. En cambio, yo estaba tan contenta… y por eso él aguantaba. Pero la felicidad en casa del pobre dura poco, nos invitaron un día  a la casa del Ministro y…”

Tocaron a la puerta y tuve que interrumpir el relato. Lena fue a abrir, yo me puse algo de ropa y salí a ver quien era. Ramón recortaba su silueta en el umbral de la puerta. Estaba pálido. “Han encontrado otro brazo”, dijo. Salí con él a toda carrera. Los seis kilómetros que distaban de Naranjos a Uva Caleta pasaron por mí sin yo apenas darme cuenta de que pasaba por ellos. Creo que un poco más y reventamos los caballos.

El brazo había sido arrastrado a la playita por el oleaje. Un montón de curiosos se arremolinaban alrededor como auras tiñosas. Silvino trataba de mantener el orden para preservar el sitio. Me acerqué todo lo que pude apartando a los curiosos. El brazo, como el hallado anteriormente, era musculoso y, a pesar de su estado, se podía notar que la piel era tostada. El corte, a diferencia del otro encontrado en el manglar, que era a ras del hombro, en éste estaba unos centímetros por arriba del codo, por lo que más que un brazo se podía decir que era un trozo de brazo. Sin yo tener ningún conocimiento de antropología ni de medicina forense, podía asegurar que éste, tanto como el otro, pertenecían a la misma persona. Y entonces fue que lo vi, vi el pequeño tatuaje en forma de rosa náutica en la muñeca, y lo supe. Lo supe y hube de morderme la lengua.


Al trote volvimos a Naranjos. Ramón vino todo el trayecto callado. A mí me invadía una sensación ambigua que no sabría como describir. Quería comentarle a Ramón lo del tatuaje, preguntarle si él también lo había visto, pero tampoco podía hablar, después pensé que, de Ramón haberse percatado, me lo hubiera dicho. Nos despedimos frente a mi casa. Llevé el caballo al patio y me fui directo al baño, necesitaba refrescarme. Lena no estaba, había ido a casa de su madre. Cogí un cubo de agua del tanque metálico y comencé a echarme agua por encima con el jarrito de plástico. El agua estaba fría. La pinga se me encogió como un hollejo. El corazón me latía a mil, y esa ambigua sensación no me abandonaba. Me senté en el suelo mojado y comencé a llorar como un vejigo. Cuando Lena regresó, pasada media hora, todavía yo estaba tirado allí, sollozando. Ella se desnudó y se sentó a mi lado, en el banquito de madera donde nos sentábamos para lavarnos los pies, me abrazó fuerte y colocó mi cabeza en su regazo. Comenzó a acariciarme el pelo suavemente, siempre me lo hacía, le gustaba, y a mí también. “Llora, llora todo lo que quieras”, me dijo. Y lloré, lloré de nuevo, lloré mucho. Cuando estuve más calmado quise hablarle, decirle lo del tatuaje, pero no me dejó, me conminó a levantarme, se apretó contra mí y me dijo, “Ahora no, ahora sólo necesitas mucho amor”. Comenzó a besarme mientras me acariciaba los testículos. El hollejo despertó de su arrugada existencia y, terso y mástil, levantó su caperuza al cielo.
Tres horas más tarde nos despertamos en la cama casi asfixiados por el calor del mediodía. El olor a frijoles negros sazonados con ají cachucha, proveniente de la casa de Renata, inundaba el ambiente. Lena salió disparada para la cocina, puso a calentar el arroz que había quedado del día anterior y se fue a casa de Renata, a pedirle un jarrito de esos frijoles recién hechos. Mientras, yo me lavé un poco. Cuando regresó Lena nos sentamos a comer y entonces le dije lo del tatuaje y lo que eso significaba: Dámaso podía seguir vivo; esos no eran sus brazos. “Pero entonces… ¿y la gorra…? ¿y el reloj…? eran de él…, de eso estamos seguros… ¿por qué los iba a llevar otra persona?” me hizo notar ella. “Dios sabrá,” le dije yo.


FIN DE LA PRIMERA PARTE.

O. Moré

Licencia de Creative Commons
IBSN: Internet Blog Serial Number 158-205-8-198

martes, 7 de julio de 2015

Daguerrotipo





Dibujo a grafito / O. Moré/ CUBA

Daguerrotipo



Desde este punto en que miro
tu rostro enmarcado y solo,
me marchito, soy gladiolo
que sin pétalos respiro.
Llega a mi olfato guajiro
tu fragancia suave y rara,
pero a veces se enmascara
y pervierte  mi espejismo.
Quiero pintarme yo mismo
bien pegadito a tu cara...


Y quedarme en el  retrato
cumpliendo alguna condena;
si algún juez dicta esta pena
yo la firmo de inmediato.
No me llames insensato
si quiero tu sombra ser.
Deja que pinte, mujer,
mi perfil besando el tuyo,
porque sólo así yo intuyo
me volverás a querer.


O. Moré

Licencia de Creative Commons
IBSN: Internet Blog Serial Number 158-205-8-198







lunes, 6 de julio de 2015

Dámaso desaparecido (2)

Todas las ilustraciones son de Keith Perelli (más de este artista clicando en su nombre)


(Fragmento 2)



Todos nos conocíamos desde pequeños, habíamos hecho juntos la primaria, la secundaria y luego el pre, excepto Elpidio, que había venido de la capital y lo conocimos a mitad de curso, en duodécimo grado.  Sus padres se habían ido, la muerte de Gabriel, el hermano mayor de Elpidio, en aquella guerra africana de la que no recobraron el cuerpo (había quedado totalmente destrozado en una explosión y se había convertido en carroña para los buitres), les dejó secos, ya nada les importaba, sólo querían huir, no podían soportar seguir viviendo en aquella sociedad que había obligado a su hijo a marcharse a una guerra extraña. Tuvieron que dejar a Elpidio y también a Amalia, la mujer de Gabriel. Elpidio no podía irse porque estaba en edad de cumplir el servicio militar obligatorio; Amalia, simplemente, no había querido.

Elpidio vino a vivir con su tía Calixta, que era la madre de Dámaso, hasta que sus padres pudieran reclamarle. Ser primo de Dámaso le abrió las puertas del grupo, se hizo uña y carne de cada uno de nosotros. La verdad era que caía bien. A pesar del abandono de sus padres y la muerte de su hermano, se comportaba siempre de manera jovial, era listo, intuitivo, contaba chistes como nadie y, para rematar, era muy bien parecido, enseguida encandiló a todas las chiquillas, pero quien se llevó el gato al agua fue Renata. Hacían una pareja de rechupete, aunque tenían claro que aquello no duraría para siempre. Se veían cuando nos  daban pase de fin de semana en la unidad militar. Ah, sí, acabamos todos haciendo el servicio militar en la misma unidad de artillería, cosa que a Ramón le vino que ni pintado, porque sobrevivió aquellos dos años gracias a nosotros. Digamos que Ramón no es muy varonil.

El resto nacimos en Naranjos, este insignificante pueblucho. Ya saben lo que dice el dicho: “pueblo chiquito, infierno grande”. Y es verdad, para todos nosotros el pueblo, a medida que fuimos creciendo y tomando conciencia de lo que afloraba y se cocía a nuestro alrededor, se volvió el mismísimo infierno. Atrás habían quedado los cantos, los himnos, las pañoletas, el triunfalismo patriótico, para dar paso a la apatía y la falta de fe en el futuro. Éramos una generación truncada. Lejos de ser “pinos nuevos”, fuimos árboles que nacimos torcidos. Y, aún así, nosotros, los del grupo, albergábamos alguna esperanza. “El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”, dijo aquel insigne patriota, por lo tanto aquí nos quedamos todos al acabar el servicio, en el pueblo, en el infierno, trabajando en otro infierno, el Central. Dámaso, Álvaro y yo: de macheteros en el cañaveral; Renata y Lena en el laboratorio, y Ramón en las oficinas. Siempre  con la fe de que las cosas algún día iban a cambiar. Para ese entonces Elpidio ya había volado. Renata lo había olvidado, pasado unos meses de lloros y sofocos, en brazos de Álvaro, que siempre había estado puesto para su “cartón.” Se ocupó él muy bien  de que ella no recordara al “traidor” (así le llamaron en el pueblo a Elpidio cuando anunció que por fin le había llegado la salida) haciéndole un hijo tras otro. Ya van por el quinto.


El Central nos daba de comer a todos, o de mal comer, porque aunque trabajábamos como mulos, el salario era poco y si a eso le sumabas la libreta de abastecimiento y la “nada cotidiana”, poca cosa había para llevarse a la boca. En la nada es difícil encontrar algo. En la nada sólo se encuentra la nada. Así que Naranjos era el infierno de la nada. Y no sé por qué hablo en pasado, sigue siendo, es, aún hoy, el infierno de la nada. Pero ahí estaba la emulación socialista y el movimiento millonario. Trabaja, trabaja, trabaja, corta caña, corta caña, y si sobrepasas el millón, los dos millones, los tres millones de arrobas de caña cortada, te premiaremos con un Lada o un Mosckovich, y hasta con suerte con un Fiat, un polaquito, que te harán mucha, pero mucha ilusión, pero que luego no podrás usar porque no habrá gasolina. Y qué si se te está cayendo la casa, si no tienes muebles o los zapatos anuales que te tocaron por la libreta ya están hechos talco..., para qué satisfacer esas necesidades si el burro lo que necesita es una gran zanahoria, de un anaranjado refulgente y apetitoso, montada en cuatro ruedas.  Pero no importaba, era un estímulo y, además, un privilegio. Pocos, muy pocos, tenían la posibilidad, al igual que los macheteros millonarios, de que te ofertaran un carro. Yo quería optar por ese carro. Pero qué va, por más que me esforcé, no pude, se lo ganó Dámaso, y a partir de ese momento iniciaría la andadura hacia su particular Monte Calvario: del cañaveral a la dirección del Central y de ahí al Ministerio.

Dámaso comenzó a destacar en la zafra, cortaba más arrobas que nadie, en poco tiempo se convirtió en machetero millonario y su prestigio sobrepasó las fronteras de Naranjos, primero a nivel municipal, luego provincial y después a nivel nacional. Salía en los periódicos y en la televisión, su fama iba en aumento por lo que cada vez más era requerido aquí o allá para demostrar sus proezas con el machete. Alcanzó la distinción de héroe nacional del trabajo y lo agasajaron con el Fiat. El Fiat era como un objeto extraterrestre en Naranjos donde nadie tenía carro, allí el transporte particular se limitaba a algunos caballos y a carretones, o a coches tirados por ellos, y hasta a un burro, que era del viejo Salustiano y que tiraba del carretón donde transportaban los sacos de carbón desde su carbonera en la ciénaga hasta el pueblo. Y allí estaba el flamante Fiat anaranjado, aparcado frente a la casa de Dámaso, convertido en el centro de atención del pueblo durante meses. Y allí siguió otro tiempo más, porque Dámaso no sabía manejar, y tampoco quería aprender, así que, antes de que se convirtiera en chatarra delante de sus propios ojos, lo donó al Central, para que sirviera de vehículo de urgencias o para cualquier otra cosa que hiciera falta. La donación fue noticia y junto con ella vino su nombramiento como director del Central. Entonces Dámaso hubo de dejar sus queridos cañaverales, donde se sentía dios supremo y todo poderoso, por un despacho entre un mar de papeles.  Luego vendrían reuniones y más reuniones, a nivel local, municipal, provincial y nacional. El Fiat anaranjado por fin tuvo utilidad, le asignaron un chofer y cada día iba de un lado para otro. Lo increíble es que a pesar de toda esta marabunta burocrática a la que se tenía que enfrentar Dámaso, siempre encontraba tiempo para ir por los cañaverales y ensalzar  a los macheteros. A veces se presentaba allí al alba y cortaba algunas arrobas antes de comenzar su labor en el despacho. Yo no podía entender de dónde sacaba tanta energía. Y el Central, bajo su dirección, creció, y creo que era por eso, porque apenas podía estaba allí, mano a mano con los trabajadores, en el cañaveral,  en la molienda o en el refinado. E inmerso en esta vorágine de trabajo se casó con Mirna que, desde que él había ocupado la dirección del Central, se había convertido en su secretaria.




“Lo peor fue dejar a allí a Mirna”, me dijo en aquella última conversación. Y eso también nos había chocado a todos ¿Por qué Mirna no había vuelto con él al pueblo? ¿Qué había pasado? Aquel día lo supe todo. Cuando me llevé a Mirna del parque, que era dónde me había encontrado, nos fuimos  andando hacia los cañaverales hasta llegar a la caseta de la turbina, nos sentamos en el pequeño muro que la circundaba y, entre sollozos, me desgranó la historia. 


Continúa Aquí



O. Moré
2015
(todos los derechos reservados)