viernes, 14 de marzo de 2014

Súplica del cisne

 Leda y el Cisne / O. Moré (Osvaldo Moreno) CUBA
                                                                     L’ essentiel est invisible pour les yeux.
Antoine de Saint-Exupéry


Ven, busca más allá de este plumaje;
no observes  sólo el cuerpo de ave impura,
busca el hombre que habita en mi espesura,
que de alma y corazón es mi  equipaje.

Yo soy como este lago en cuyo encaje
de espejos cristalinos la locura
nunca viste de líquida amargura
pues prefiere de lotos su ropaje.

 No importa si ave soy o soy humano,
no importa ni mi estirpe ni mi raza,
sólo importa que vibres en mi mano.

Encuentra, Leda, encuentra en mi coraza
la fisura hacia el centro, hacia lo arcano,
porque soy hombre puro y no amenaza.


O. Moré

martes, 11 de marzo de 2014

Soneto de Eva


Desnudo II / O. Moré (Osvaldo Moreno) / CUBA

Soneto de Eva


Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta, y mi furor domado.

José Martí

Tú no dudes calmar, amor, mi ira:
espadas afanosas y embusteras;
rogar sobre  mi luz en las postreras
estaciones del júbilo que expira.

No dudes acabar con mis destellos
de arcángel renacido entre las ruinas.
No dudes explorar en las colinas
donde hube de cerrar todos los sellos.

Ofréceme de nuevo la manzana
y volveré domado, en la mañana,
 a tenderte desnuda en esta orilla.

No dejes que sisee la serpiente.
A ti yo iré, domado y penitente,
a que sea mi cuerpo tu costilla.


domingo, 9 de marzo de 2014

La Nube

El escribano / óleo de Denis Núñez / Cuba
 Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida?  Un frenesí.                 
¿Qué es la vida?  Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.                     

Pedro  Calderón de La Barca 









El reloj lo transportó al mundo de los despiertos con un pie en el mundo de los dormidos. En la penumbra trató de acallar la maldita alarma asesina de sueños y con dificultad lo logró. Se pegó al cuerpo tibio y placentero de su mujer, buscó con sus manos los senos de ella y allí las dejó reposadas por un instante, luego le acarició  y le dio un beso ciego en la nuca.
__Nena, son las seis_ dijo. Sintió colarse por su nariz el tufo matutino de su propia halitosis.
__Vale _ contestó ella.
Cada día la misma escena _ pensó_ La misma aburrida rutina que nos maneja como títeres, que nos manipula como a  zombis. Buscó a tientas con sus pies las zapatillas escurridizas y las atrapó bajo la cama. Salió estirándose hacia el cuarto de baño, su mujer lo alcanzó en el pasillo, lo abrazó por la espalda y le devolvió el beso en la nuca.
__Buenos días, nene. _Susurró ella y se escurrió hasta las habitaciones de los niños.

Tenían media hora para asearse, acicalarse y, sin desayunar, salir de prisa en el coche. Él la llevaría hasta la estación de trenes y luego seguiría hacia su trabajo. Allí tenía que estar a las siete en punto para relevar a su compañero. Ella tomaría el tren hacia Barcelona para, con suerte, llegar un cuarto de hora antes al Hospital donde brindaba sus servicios de enfermera. A las seis y media llegaba la canguro y entonces ellos salían a la desbandada. Él estaría doce horas encerrado en una garita controlando la entrada y salida de los camiones en la fábrica, recibiendo las visitas, atendiendo el teléfono en las ausencias de la telefonista. Ella, encerrada igualmente, en un quirófano, reparando corazones rotos y arrastrando un pesado delantal de plomo.
Pero, a partir de esa mañana, las cosas cambiarían. Esa metamorfosis inesperada que tanto había anhelado él, que trastornaría su cotidiano hacer repetitivo, que le cortaría los invisibles hilos de marioneta de carne y hueso en el retablo del mundo real, había llegado para lanzarlo de nuevo a la incertidumbre  de la utopía y la quimera. Como el Gregorio Samsa de Kafka, él había despertado convertido en enorme escarabajo, pero de la suerte.
 No tendría noticia de ello hasta cuatro horas más tarde. A ella, en cambio, la regresaría de nuevo a la estación de las zozobras, de la angustia y el miedo por un futuro incierto. Confiaba en su marido y le deseaba lo mejor en ese destino, antes premonitorio y ahora al alcance de la mano, que él se había fijado. Tampoco ella sabría nada hasta que el teléfono se lo contó con una emoción desbordada desde el otro lado del hilo comunicador.


Se conocieron en Cuba. Ambos recalaron como dos náufragos en aquella isla después de sendos naufragios amorosos. Ella había sido abandonada a la deriva en una costa del Mediterráneo. Él, cansado de unos celos enfermizos, se tiró por la borda de una relación que duraba más de lo permisible. Y en una playa del sur de la isla, con el Caribe de testigo, abrieron de par en par sus bitácoras y se empaparon cada uno con las travesías del otro en los mares de la vida. En la húmeda arena quedaron desarticuladas sus historias, sus anhelos y esperanzas. Él le confesó su pasión por la literatura, su oficio castrado de escritor en la mediocridad de un pueblucho insignificante. Qué era Naranjos si no. La asfixia hecha poblado, la soledad hecha vecinos, las miserias humanas convertidas en maná. Un prado con jardines y flores de casas desvencijadas, polvorientas y armadas a retales. Un cementerio de almas alborotadas en la cola del pan y del picadillo de soja. Él había nacido en aquella aldea de gente festiva con los rostros más tristes del universo. Gente que sobrevivía a cada mañana rezando a Dios, cagándose en Dios, naciendo sin Dios y muriendo con Dios. Ella venía de una gran urbe, del otro lado del océano. De una ciudad tocada por la magia de Gaudí y el pincel de Miró. De una infancia feliz, una adolescencia librada a las arenas movedizas y una juventud y adultez ganadas a golpe de cañón. El tuvo también una bonita infancia de himnos, pañoletas y juegos caseros, una difícil adolescencia de himnos, pañoletas y juegos onanistas, y una juventud forjada entre himnos, cuarteles, guerras ajenas, pancartas y dosis de frustración.

Sonó el teléfono.
__Sí_ dijo él.
__Tienes una llamada _ dijo la voz de pajarillo cantarín de la telefonista de la fábrica.
__Pásamela._ ordenó con ansiedad _ Hola... (...) sí, soy yo.... (...) sí...hace dos meses... (...)_la voz le comenzó a temblar._ ¿Cuándo?, (...), mañana..., sí... (...) de acuerdo. Gracias, muchísimas gracias. _Colgó. Se quedó mirando a la nada, la imagen de la fábrica vecina frente a sus narices se fue borrando hasta convertirse en una gigantesca mancha azul, comprendió que estaba llorando, llorando de miedo, llorando de alegría, llorando... simplemente llorando como un niño, llorando de emoción.

Y ahora... ¿qué pasaría ahora? Su cabeza comenzó a desmenuzar el futuro y de repente se vio a sí mismo como la lechera de la conocida fábula. Se abrían tantos horizontes. Era sólo el comienzo del principio, pero ya era algo. Había estado esperándolo tanto tiempo y así, de golpe y porrazo, se le presentaba. Lo había logrado, él lo había logrado, y ella, qué diría ella. Tenía que llamarla. Ahora.

__Sí, soy yo, sí... me puedes hacer un favor… (…) vale... ponme con el hospital..., sí, para hablar con mi mujer... vale, espero.... sí... gracias... ¿Hospital? sí, con la extensión 3639... ¿Nena, eres tú? qué casualidad... no, no pasa nada malo, al contrario... no, tampoco de los niños... no, escucha, tengo un notición ¿adivina qué?... me han llamado de La Nube, sí... la editorial, me han citado para mañana, quieren publicar Perla Marina. De nuevo lloraba, ella, del otro lado, también. _ ¿No... es... co...jo...nudo?_ La emoción le hacía tartamudear, el llanto le provocaba un molesto moqueo.

Más de dos años habían tardado en escribir su primera novela. Dos años angustiosos. Dos años con miles de horas robados a su mujer y a sus hijos. Dos años de trabajos efímeros y estériles que sólo valieron para provocar y acentuar, aún más, sus deseos de escribir. Dos años en los que ella se echaba al hombro todo el peso de la casa y de los niños y reclamaba su presencia y su ayuda y él se agobiaba con las exigencias y sólo quería estar entre los libros y tecleando las palabras que en tropel nacían en su cabeza, porque eran tantas que podría reventar el día menos pensado si no las echaba, como a una bandada de aves, a volar al cielo pálido de una hoja, si no las vomitaba rabiosamente sobre las teclas, porque podía atragantarse y quedar muerto en vida.

Y ahora, qué pasaría ahora, se preguntó ella mientras le oía a él excitado.

__Mañana...y el trabajo...qué harás con el trabajo, ah, después del trabajo. Si ya sé....claro que me alegro, sabes que casi más que tú.... pero.... sí.... pero… y mi guardia... mañana estoy de guardia... y los niños... habrá que hablar con Elvira... y habría que comprar, no hay nada en la nevera... no hay leche para la niña... demorarás mucho... no sabes...claro...bueno....si tonto, estoy orgullosa de ti, ya lo sabes, que sí, que sí, que me alegro....sí, contenta... felicidades... sí... yo lo sabía, que lo ibas a lograr... sí, un beso, vale... nos vemos esta noche. Tenemos que celebrarlo.

Hacía seis meses que la había terminado. Aquel punto final fue como un flechazo de alivio, un portazo a la ansiedad de escribir, pero al mismo tiempo una hendija abierta al desasosiego de poder publicar. Cuando la comenzó no tenía ambiciones, sólo era un agradable ejercicio circense para domar las bestias sueltas en el interior de su cabeza. Cuatro meses la estuvo manoseando, puliendo, releyendo, durmiéndola bajo su almohada. Hasta que aquella mañana de Reyes ella le regaló la biografía de García Márquez. La devoró en dos días. Fue como insulina, como una inyección de optimismo. Cogió la última copia en limpio, la empaquetó y la envió a La Nube, justo dos meses antes de recibir la  noticia.
Atrás habían quedado docenas de cuentos y una treintena de poemas rechazados por varias editoriales y concursos en los que no fue aceptado. Atrás quedó el pesimismo.

Y ahora, qué iba a pasar ahora. Qué sería de la novela una vez publicada. Gustaría a crítica y a público o se pudriría en los estantes y almacenes de las librerías. Tendría que mandar un ejemplar dedicado a su madre y algunos a los amigos. Cuánto le pagarían. Le alcanzaría para mejorar la casa, comprarse un ordenador con todas las de la ley y traer a sus padres de visita una temporada. Le harían un contrato para varias novelas más. Tendría él el coraje de enrolarse en semejante aventura, pero qué decía, acaso no era lo que había anhelado cada minuto de su existencia desde que escribió aquel primer poemilla escolar sobre una flor cantarina. Y si todo resultaba un fracaso. Volvería a los trabajos insípidos y desabridos. O lo dejaría todo y se dedicaría a ser un padre de familia y un marido modelo.

Y qué pasaría ahora, pensaba ella. Él lo había logrado, se iba a quitar de encima aquella frustración que arrastraba como una pesada y gruesa capa de piel mastodóntica, se sentiría realizado, pero eso qué significaría, perderlo más de lo que lo había perdido. Cada noche encerrado en el estudio escribiendo y escribiendo y ella en la soledad de la cocina, en la plática con la olla exprés y las sartenes, en la abrumadora lucha con los niños. Comidas, baños, lavadoras y comidas, lavadoras, baños y otra vez comida....y así, hasta el infinito. Sin apenas unos minutos para ellos, para charlar, para hacer planes, para reírse como antes, para hacer el amor como nunca. Acaso ella no tenía derecho a salir también de la rutina de títere y de zombi. Claro que se alegraba por él, pero cuál sería el precio. Estaba orgullosa, esa era la verdad, pero cambiarían las cosas para bien o para mal. Y si no resultaba, si todo se iba al garete, que iba a pasar con él. Se hundiría para siempre en una depresión de caballo, mal humorado por todo, hosco, escurridizo, parco, con simples ratos alegres dedicados a los niños en exclusiva. Y ella qué. Ella le quería mucho, le quería muchísimo, más de lo que él pudiera imaginar, pero se sentía sola, sin embargo ella sabía que él la amaba también con locura.

El reloj lo transportó al mundo de los despiertos con un pie en el mundo de los dormidos. En la penumbra trató de acallar la maldita alarma asesina de sueños y con dificultad lo logró. Se sentó de súbito en la cama y comenzó a llorar, porque acababa de darse cuenta de que había despertado a la cruda realidad, entonces, entre las sombras y la película líquida que anegaba sus ojos, vio deshacerse y evaporarse la Nube.

FIN.




Nota. Este relato hace diez años que lo escribí, aunque aderezado con algún elemento autobiográfico, todo lo demás que en él se cuenta es fruto de la imaginación del autor. Sé que el recurso literario en él utilizado (este sueño dentro del sueño) no es nada novedoso, al contrario, está bastante trillado, pero cuando lo escribí pensé era el  más acertado, y lo otro, la verdad, me parecía secundario, porque el verdadero objetivo del relato era mostrar las incertidumbres, las frustraciones y las esperanzas del escritor novel, no sé si lo logré, dejo ese criterio en vuestras manos. Un abrazo y gracias por leerme.

viernes, 7 de marzo de 2014

COMETA

  La Mujer Habitada / O. Moré (Osvaldo Moreno) CUBA
 Según la novela de Gioconda Belli, de igual título.


 Con este poema, que dediqué a mi esposa hace algunos años, quiero rendir mi sencillo homenaje a todas las mujeres en su día.


A  mi Montse.


Bajo esta llama azul de pájaro y neblina blanca,
cabizbajo y disoluto mi corazón se abre paso.
No sé en qué arboleda nocturna mi pie quebró su hechizo
ni en qué perfume tibio perdió la razón mi esqueleto.
Frugal y sátiro entregué mi alma a la isla remota.
No hubo espejos cóncavos ni plexos lunares, 
sólo una espalda en la distancia,
una mano aleteando tras la reja que me vio partir.

Bajo esta llama verde crisálida y rojo nebulosa,
mi  viento rasgó la última  vela, quemó mis naves
y las cenizas del Fénix se perdieron en el río.

Llegué a ti envuelto en las especias de tus ojos,
en la magnitud de tus carnes y en el dolor de mis vísceras,
llegué a ti mordido por el pez del desconsuelo
a orillas del lago que trasgrede.

Me esperabas con la vida en las entrañas,
tú, mujer de túnica bendita, sin afeites ni abalorios,
mujer de risa ancha, de alma sosegada,
 para abrazar mi corazón entre tus manos
 y sacar el mejor néctar.

Sigo aquí, a tu lado,
cual apéndice que no se extirpa,
pero que duele y alivia y alivia y duele,
que encuentra y busca y calla  y otorga,
que te ama más allá de la luz de este cometa,
más allá de su llama azul de pájaro,neblina blanca,
verde crisálida, rojo nebulosa.

jueves, 6 de marzo de 2014

CASA

La CASA es un tema recurrente en mi poesía, la casa como alegoría de patria (léase hogar, ciudad, país, cuerpo, refugio, familia) como lo son, también, el agua o los elementos marinos. No son obsesiones gratuitas, son obsesiones necesarias, las  paredes donde este isleño emigrante se resguarda de la añoranza.
Aquí les dejo con dos poemas en que la CASA se convierte en  metáfora de todas esas lecturas que apuntaba anteriormente.


Viñeta del autor


Casa de sal y de abismos

Casa de sal sobre el agua,
encaje disperso que hiere
el azul y le confiere
faz de vívida tatagua.
Casa leve que se frágua
sin luz en oleaje muerto,
barca y velamen abierto
a merced de peces mudos.
Casa sin lanzas ni escudos
en océano desierto.

Casa de abismos hirientes
con paredes apagadas,
refugio de verdes hadas
y de duendes penitentes.
Se alzan flores disidentes
en las sombras de la noche.
Y tras un mustio reproche
en la habitación dormida,
se escapa inerte la vida
del tímido y del fantoche.







Tatagua: Mariposa nocturna cubana de gran tamaño y color oscuro.
Es común verlas en los hogares campesinos. En mi casa, en Cuba, de vez en cuando encontrábamos alguna posada en la pared, como si fuera un elemento decorativo más. También se les conoce como Brujas. Pueden alcanzar dimensiones realmente gigantescas, comparadas con las mariposas comunes, claro está.


CASA



No cabe duda. Ésta es mi casa
aquí sucedo, aquí
me engaño inmensamente
Ésta es mi casa detenida en el tiempo.
MARIO BENEDETTI


En esta casa el cielo abunda,
se deja arrastrar a los rincones,
se deshace y vuelve.
Sus nubes se sientan a la mesa
y no podemos
palidecer por su blancura.
En esta casa las semillas nacen,
al silencio lo hemos enterrado en una urna,
el reloj de la pared suena a las cinco
cuando del techo bajan las arañas
y la ronda del pecado se anuncia en los cuartos.
En esta casa el perro no ladra,
se muerde la cola de tela coloreada
y no da vueltas para acostar su cuerpo,
sólo nos mira y apaga las luces.
En esta casa el tiempo se ha dormido.
Aunque parezca extraño
el sudor del día no moja el suelo
y los elefantes cuidan de no orinar en la sala.
Se reparte la ansiedad a pedacitos,
para las buenas ocasiones se comen cartas,
que vienen de lejos, de donde no he ido.
En esta casa sobra la hierba,
tan verde como pueda imaginarse,
se expande por las paredes y por el techo
y luego se derrama en nuestras camas.
No hay vigías ni embusteros, sólo un gorrión
se posa en la lámpara.
Tomamos baños de lluvia todos los lunes
y, por si fuera poco, hacemos versos.


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miércoles, 5 de marzo de 2014

El Rincón de La Maga


Hoy, con este post, quiero rendir un pequeño, pero merecido homenaje, a una mujer perfilada por la pluma de Cortázar. Ella nos recibe en su palacio de color lila, para, entre ungüentos sanadores, versos, papiros, fábulas, conjuros y libros, cocinarnos, en una gran olla, 
una poción a base de sentimientos puros, asombros, maravillas y unas dosis enormes de abrazucos, con los que elabora relatos y poemas para todos nosotros.

Querida Lucía, por todos esos halagos que siempre nos brindas y por tu apoyo incondicional. Va por ti, Maga



En el Rincón de La Maga
la fábula brota lenta,
arde una vela y calienta
cuando el rey Sol ya se apaga.
El humo sube y divaga
desde el racial chocolate.
La Maga en un verso bate
emociones, sentimientos…
Y luego a los cuatro vientos
 esparce lo que allí late.

Bajo su árbol frondoso
buena sombra nos cobija,
cada palabra se fija
en el tronco; y tembloroso,
un colibrí revoltoso
liba poemas y cuentos.
Atrapando los cimientos,
tatuados en la belleza,
el alma se queda presa
con tan mágicos momentos.

Qué dónde está ese rincón,
me pregunta un duende viejo.
Le presto mi catalejo,
mi astrolabio, mi ilusión…
Busque usted en su corazón,
le digo, y tenga cautela.
Le acerco la blanca vela
y todo el duende ilumino.
Lo ve, ahí tiene el camino
que llega a Villa Rayuela.






lunes, 3 de marzo de 2014

FLORA (de mi cuaderno Al Son de la Espinela)

Flora / René Portocarrero / Cuba

Flora / Rembrandt / Holanda



Estas décimas (o espinelas), son un pequeño homenaje a dos de mis artistas plásticos preferidos: el cubano René Portocarrero, quien hizo de Flora su marca de indentidad, y el gran pintor holandés Rembrandt, que la retrató con la más acertada de las delicadezas.

Flora

  Flora tiñendo el paisaje
rojo, azul, verde, violeta;
Flora, virgen y profeta
escapando en su carruaje.
Flora, abierta en el plumaje
de carne del limonero;
Flora besando el sendero
por donde Rembrandt camina.
Flora, abierta en cada esquina
del pincel (Portocarrero).

Flora, diosa en el poema
de algún iluso poeta;
Flora, llama en la maceta
cual un geranio que quema.
Flora en una estratagema
abriéndose los vestidos;
Flora, sexo en los latidos
del corazón de la tarde.
Flora, el aroma que arde
en los capullos dormidos.

y, por último, mi propia visión: Este dibujo lleva por título Selva, pero está inspirado en las célebres Floras de Portocarrero.