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viernes, 28 de marzo de 2014

MARINA

La foto que hoy tengo el lujo de poner a vuestro criterio, y que ilustra mi poema, es de mi amigo, el excelente fotógrafo catalán, MIQUEL RUFACH. Con ella acaba de ganar el primer premio en un concurso de fotografía dedicado a la mujer. Otra de sus fotos, presentada también a este concurso, quedó en en quinto lugar. Es un honor para mí que Miquel me haya dado la oportunidad de mostrar su arte en mi Pirámide. Espero, en un futuro no muy lejano, seguir contando con su colaboración. Gracias, amigo.




Foto de Miquel Rufach / La Llagosta / Barcelona


Agua, todo es agua,
la quietud con que me mirabas,
la semejanza  de tu sombra con el árbol,
el silencio colgado en las paredes.
Huyo hacia tierra firme
y encuentro señales líquidas,
las que de alegría lloraste,
las que, lánguidamente, se desprendieron
sin pensarlo y rasgaron los cristales.
Voy al encuentro de países perdidos,
a otros mundos distantes y dispersos.
El corazón, el mío, el de la espina diletante,
naufraga, sobre el velamen, sobre la espuma dormida
Todo, todo es agua, todo,
la indiferencia del geranio en tu copa,
la dejadez con la que te quitabas los zapatos,
el simple gesto con que te abrazabas a la almohada.
Abrí la trampa, salí al vacío, llovían flores azules,
colibríes hambrientos de néctar,
estrellas oscuras, extinguidas, sometidas,
pero tu faz seguía perenne
desprendiéndose  del cielo.
Agua, todo es agua,
y me ahogo displicente, sin fe.
Tú estás lejana, amarga y marchita,
en medio de ese mar inagotable y tendencioso,
prófuga, abyecta.



miércoles, 26 de marzo de 2014

La otra Gaviota

Óleo de Rolando Cubero / COSTA RICA
             
Rolando Cubero / 1957
Gavina, a la catalana, así querías que te llamaran, y no Gaviota, tu nombre real, aunque tú no eras endémica de esta tierra, tú eras una especie exótica y tropical, una rara avis caribeña nacida en Cuba. Sí, Gaviota, eras cubana y no eras una cubana cualquiera, eras una hermosa y atípica cubana, no la clásica mulata o negra de carnes duras, prietas y de cuerpo estilizado como una gacela, no; ni tampoco la trigueña sensual de ojos negros azabache y labios pulposos. Gaviota, perdón, Gavina (he de respetar tu voluntad, ahora que yaces muerta ahí, a sólo un metro de mis pies, ajada y sucia como una alfombra pisoteada) eras, bueno, eres (aún tu cuerpo está caliente y sigue borboteando sangre) alta y rubia, rubia arena, de ojos de un marrón clarísimo como la miel, un marrón dorado, ahora fijos y vacíos, perdidos en la nada, guardando, quizás, en la retina, el último atisbo de luz o de color y la imagen de la cara de quien te ha arrebatado la vida. Ahí estás, con tu cuerpo atlético, tus senos grandes y redondos y tu culo de negra, respingón y sensual. Nunca he visto unos vaqueros tan perfectos y hermosos como cuando esculpían ese culo, o, lo que es lo mismo, ese culo esculpía a los vaqueros, para dotarles de vida propia, para proporcionarles un hálito que hacían que tu culo hablara un lenguaje diferente al resto del cuerpo y te dijera: aquí estoy, poséeme, hazme tuyo. Ahora no, ahora no llevas vaqueros, llevas un vestido ajustado, de color azul, que se te ha subido hasta más arriba de los muslos dejando ver tus braguitas, también azules, de lencería fina con bordados y encajes. La sangre mana desde tu estómago tiñendo la tela y se desliza por entre los muslos para luego gotear e ir formando un espeso charco en el suelo. Tienes las piernas semirrecogidas y los brazos en ángulo, como dos alas que han quedado a medio abrir. El bolso de satén, plagado de lentejuelas, aún permanece aferrado a tu mano derecha. Tu boca ha quedado petrificada en una absurda mueca que descompone el lienzo perfecto que hasta entonces era tu cara. Unas guedejas mustias cubren parte de tu rostro y remarcan esa sensación, y en él se refleja el miedo, el mismo miedo u horror que sentiste al ser apuñalada con el cuchillo de cocina que está tirado cerca de tu cuerpo, y que veo brillar bajo ese haz de luz que emite la lámpara que pende del techo. Gavina, ya no eres Gavina, eres un pájaro muerto y grotesco. Gavina, ya no eres Gavina ni Gaviota, eres un ave repulsiva y ensangrentada. Nunca supe, hasta hoy, de dónde habían sacado tus padres la idea de llamarte así. Tú nunca lo contabas. Gaviota Mercader Flandes. ¡Vaya nombre! Una vez te insinué que si el origen de éste se debía a que tu padre hubiera sido (o fuera) marinero o pescador, alguien que viviera cerca del mar y que de ahí le viniera la admiración por esta ave marinera, pero me interrumpiste diciéndome: A ver, tú me has traído para follar o para hablar, porque si es para lo segundo búscate a un psiquiatra y no a una  que, ahora mismo, está ejerciendo de puta, además, a ti mi vida no te importa un carajo. Sí, Gavina, eras en ese momento una puta, mi puta, la puta que me visitaba una vez a la semana. Tú, en realidad, no lo eras, las circunstancias te obligaron y yo me aproveché vilmente de eso, lo sé, pero mi lujuria fue más fuerte que mi raciocinio. Ante la posibilidad de tener sexo con una mujer como tú me invadió el egoísmo, una ceguera que no me permitía ver más allá de mis intereses. El sexo controla la mente, la subyuga, y te lleva a transitar por territorios que luego, cuando vuelves a la realidad, te avergüenzan, si es que, por el camino, alguien ha quedado mancillado y herido, si es que te has aprovechado de la debilidad y la necesidad a la que se ha visto forzada la otra parte, en este caso, tú.
Cada sábado durante un año y medio, a las diez de la noche, estabas frente a mi puerta. Tocabas el timbre tres veces, a intervalos breves. Esa era nuestra contraseña, nuestro código. Yo, de antemano, te llamaba por teléfono y te indicaba como quería que vinieras vestida esa noche, si con vaqueros, vestido, pantalones cortos y tacones de aguja o con traje de falda y chaqueta, a lo ejecutiva; porque en mi imaginación un día podías ser una conocida, otro mi empleada y otro mi jefa. Mis fantasías no tenían fin.
Cada sábado a las diez, cada sábado disfrutando de tu cuerpo, en el que me dejabas hacer a mi antojo. Cada sábado desde hacía un año y medio, cada sábado, y hoy ha sido el último. Ahí estás, inerte, y a medida que pasen las horas se irá enfriando ese cuerpo tuyo, tan rotundo, hecho, sin lugar a duda, para el placer, para provocar placer. Sé que, aunque yo disfrutaba infinitamente de esas noches, tú no disfrutabas conmigo, ni siquiera fingías hacerlo, te dedicabas a seguir mis instrucciones: te desvestías, te tirabas en la cama con las piernas abiertas y te abandonabas. Tú sólo lo hacías por el dinero, por el cochino y puto dinero que me debías. Sé que mi cuerpo te resultaba repulsivo, por eso me dejabas hacer y nunca tomabas la iniciativa para conmigo, pero a mí no me importaba. Yo me hubiera dejado escupir, azotar y torturar por ti, con tal de seguir teniéndote allí, en mi cama, abierta de par en par cada sábado de este mundo. Sabías que escogí los sábados porque eran, bueno, son, los días que libro del curro, el único día en que escapo de la rutina  y del agobio de ser guardia de seguridad en un museo, a las afueras de Barcelona, en el turno de noche. La semana entera esperaba este día con impaciencia, con desazón. No podía dejar de pensar en ti, en tus labios, que nunca me dejaste besar, en tus senos, que no me cansaba de acariciar, lamer y morder con ternura; en tu vulva de un rosa palo, salada y húmeda al contacto de mi lengua y dilatada con la fricción de mis dedos; al roce de mi carne con tu carne, a la textura y suavidad de tus nalgas en mis manos.  Comprendí que no había un solo instante en que no estuvieras trajinando por mi mente, ocupando cada segundo, cada imagen, cada recuerdo, y entonces me percaté de que me había enamorado, que me había enamorado perdidamente de la mujer equivocada, lo sabía, pero no podía evitarlo. Tu presencia se me hacía necesaria cada vez más. Cuando terminaba de hacerte el amor (porque yo te hacía el amor y no te follaba, no me gusta el uso de esta palabra vulgar cuando hay sentimientos de por medio) te pedía te quedaras un rato más, no para seguir teniendo sexo, sino para cenar, charlar, tomar una copa o un café y conocernos mejor, pero nunca aceptaste, te ibas dando un portazo sin mirar atrás. Y yo me quedaba ahí, viendo escapar tu cuerpo único, que me hacía vibrar sólo de verlo. Ese cuerpo que me aprendí de memoria, en el que sabía dónde estaba cada hendidura, cada lunar o cicatriz, cada mancha por insignificante que fuera. Sabía que era un amor imposible, pero se iba haciendo cada vez más fuerte y yo cada vez más dependiente él, y un día me di cuenta que a ese amor comenzaron a crecerle unas tenazas diabólicas llamadas celos y que ya no podía imaginar que tú no pudieras ser sólo mía, sólo para mí, para nadie más, y esa idea de posesión se hizo cada vez más grande, como lo hace una bola de nieve a medida que se desliza  por una ladera.
Nunca querías hablar de ti, siempre reservada, hermética, y cuando intentaba sonsacarte algo con mis argucias y artimañas, inmediatamente cambiabas de tema, y eso acrecentaba mi curiosidad aún más, acrecentaba mis sospechas de un pasado turbio. Ahora desvelo el misterio por esta carta, y te entiendo, lo entiendo todo.
He llamado a la policía, estarán al llegar en cualquier momento. Cuando lleguen, después que hagan todo el peritaje de la escena del crimen, te meterán en una bolsa... Tú, en una bolsa, tú, que tendrías que estar expuesta en mi museo como una obra de arte más… Pues te meterán en una bolsa y luego en una ambulancia con destino a la morgue, para que un forense te haga la autopsia, y entonces serás un remedo de carne nívea y fría, una absurda marioneta cosida a retales, y a mí me invitarán a acompañarles a comisaría y, cuando empiece el interrogatorio, les contaré todo, sin miedo, sin vergüenza, sin tapujos, con la voz firme, sin soltar una lágrima, sin dejar que esta tristeza que ahora mismo me lacera por dentro me derrumbe, y entonces les diré:
Gavina vivía justo en la comunidad frente a la mía, compartía piso con otra chica, ese mismo piso en el que nos habéis encontrado. Ambas trabajaban en el bar de la planta baja de mi edificio. Ahí la conocí, ahí la vi por primera vez, y nunca llegué a imaginar que un día, una Diosa así, pudiera estar bajo mi cuerpo. Yo entraba al bar cada mañana a desayunar después de salir del trabajo y, mientras me tomaba el café con leche y me comía un minibocadillo, no dejaba de mirarla, de devorarla con la vista. Muchas veces nuestras miradas se cruzaron y sé que descubrió toda esa lujuria en mis ojos, sin embargo, nunca me lo recriminó o se dio por enterada. Actuaba, al menos conmigo, como una autómata. Ni la fuerza de la costumbre de verme cada día, a la misma hora, entrando en el bar, sentándome a la barra en el mismo sitio, pedirle el mismo desayuno, hicieron que me dirigiera una sonrisa o un comentario algo más amable de la conversación de rigor de una camarera hacia el cliente. No recuerdo que por aquel tiempo, siquiera, me llamara por mi nombre al saludarme o darme los buenos días, como hacían la otra camarera, su compañera de piso, Mariana, o Pere, el dueño del local.
El día que la conocí en el bar, llevaba un tejano ajustado y un top negro con un rótulo en inglés, unas sandalias de verano de tacón alto y el pelo recogido en una cola de caballo. Era su primer día y todos estaban encandilados con su belleza. Cuando entré y la vi ya nada más tuvo importancia ni sentido, no podía despegar los ojos de aquel cuerpo, de aquellos vaqueros y de aquel culo. Sé que esa primera reacción era simplemente excitación sexual, no había nada de amor ni de sentimientos, era simple morbo y así fue durante mucho tiempo. El amor vino mucho más tarde, cuando probé su carne una y otra vez, entonces el virus se fue inoculando, ese virus llamado amor o enamoramiento, da igual. Pere me la presentó, me dijo, esta es Gavina, empieza hoy, es cubana, y espero que se quede por mucho tiempo. Gavina, repetí yo, Gaviota en castellano, un nombre muy peculiar. Si no le importa preferiría me llamara Gavina, en catalán, dijo ella, y que me hablara en este idioma, para verme forzada a aprenderlo, remató. Yo asentí con la cabeza y le sonreí. Pere, entonces, me presentó por mi nombre de pila, pero no hace falta que le llames así, todos le llamamos Carmelo, le dijo,  y, señalando hacia el techo, apuntilló: vive aquí mismo, arriba. Ella dijo: encantada, y sin esperar mi respuesta se dirigió hacia una mesa en la que un joven, posiblemente alguien que había estado toda la noche de marcha, le llamaba para hacerle un pedido. Yo le contesté: lo mismo digo, pero mis palabras se quedaron flotando en el aire tras su espalda.
Cada día a las siete y media yo entraba al bar y lo primero que hacía era buscarla con la vista y  recrearme en su anatomía. A veces me quedaba más de lo permisible, robándole horas a mi descanso y bebiendo más café de lo acostumbrado, y no me importaba con tal de verla ir de un lado para otro, como salida de un cuadro renacentista, rompiendo los cánones de belleza con las curvas y sinuosidades de su cuerpo y ese contoneo único de las cubanas o latinas. Que se quitaran de en medio todas esas famélicas modelos europeas con sus estructuras de puro esqueleto, porque donde estuviera Gavina todos los focos, los flashes y los pinceles eran para ella. Hasta yo la había dibujado muchísimas veces, la había dibujado de memoria, la había dibujado desnuda cuando aún ni la había visto de esa manera.
Un día de estos, en lo que me había quedado un rato más contemplándola, creo que, para ese entonces, ya hacía como un año o algo así que trabajaba en el bar, apareció por allí un mulato y, sin mediar palabra siquiera, se le plantó delante y la cogió de un brazo obligándola a retirarse a un rincón. Ella estaba aterrada. El mulato le dijo algo al oído y se marchó. Fue todo tan rápido que a ninguna de las personas que estábamos allí nos dio tiempo a reaccionar. Ella se quedó estática, blanca, como una estatua de sal de esas que se mencionan en la Biblia. Aquella escena me convenció de que podían ser ciertas todas las sospechas que yo había ido elucubrando y que sólo me faltaba hilvanarlas. Si Gavina se había vuelto estatua de sal era porque había mirado hacia atrás, hacia el pasado. Ese mulato había salido de ese pasado, nada me quitaba ya esa certeza. Pero hilvanar o desenredar todo esto era tarea perdida, porque Gavina nunca me diría nada y yo no sabía por dónde empezar a tirar del hilo. Mariana, su compañera de piso, tampoco estaba al corriente de la vida de Gavina. Ellas se conocieron también en el bar, nunca antes se habían visto. Según Mariana, en aquella época, se estaba gastando el poco dinero que tenía, que había traído de Miami, en una pensión, y estaba desesperada buscando trabajo antes de agotar todo ese pequeño capital, por eso ella le propuso la idea de compartir piso y Gavina aceptó de inmediato. Mariana me confirmó que era muy reservada y parca y que nunca hablaba de su familia, de Cuba o de Miami, ni siquiera de ligues ni de hombres. Aunque era simpática con ella, hacendosa, cumplidora en el pago de su parte del alquiler y respetuosa con la intimidad de Mariana, en definitiva, una buena compañera de piso, no dejaba que la relación tomara matices de amistad íntima, guardaba con mucho celo las distancias con Mariana lo mismo que conmigo. Mariana también sospechaba, que tanto interés y cuidado en mantenerse cerrada como una ostra, a prueba de fisuras que pudieran arrojar algún indicio de su pasado, era preocupante y sospechoso, que daba a entender que algo siniestro o ilegal le iba pisando los talones, algo que llevaba arrastrando como un grillete negro y pesado. Lo único que logré me contara Gavina una vez, cuando ya nuestra relación, bueno, si a lo nuestro se le podía llamar relación, se había consolidado, fue que, a los seis años, había salido de Cuba rumbo a Miami y que de allí, a los dieciocho, había venido a Barcelona.
Hasta hoy no he conocido su verdadera historia, porque, como he dicho, a ella no le gustaba contar nada de su vida. La sospecha de que había un pasado oscuro, que trataba de salvaguardar a toda costa, siempre me estaba rondando. Y cuando intentó prostituirse ya no me quedó duda alguna. Tenía que existir una razón muy fuerte para que una muchacha como ella hiciera algo así, porque, a pesar de que era tan poco comunicativa y celosa de su intimidad, se veía, a media legua de distancia, que era una buena chavala, bien preparada… quiero, decir, con estudios y esas cosas.
Todo ocurrió después de aquella intempestiva visita del mulato. En el propio bar comenzó a insinuarse a los clientes. Pere, le hizo una advertencia y le amenazó con echarla a la calle. Entonces ella le explicó, entre llantos, que necesitaba dinero, mucho dinero, que por eso se había comportado así, que no tenía a quién acudir, y entonces le pidió un préstamo, pero la cantidad era excesiva y Pere no podía afrontarla. ¿Y cuánto crees que ibas a sacar acostándote con mi clientela? le dijo Pere, ni prostituyéndote con media ciudad recaudarías cantidad tan escandalosa en tan poco tiempo... ¿Cómo se te ha pasado tal cosa por la cabeza, hija mía? le recriminó  él. ¿Y para qué necesitas tanto dinero? Ella se quedó callada unos instantes y luego le mintió, es para comprar una casa y traer a mi familia, que lo está pasando muy mal en Miami. No te preocupes, otra solución habrá, le dijo Pere.  No, no había tal solución, porque Pere no imaginaba, ni podía imaginar la gravedad de la situación, aunque sabía, de sobra, que ella le había mentido, aquella escusa era totalmente endeble, se desarmaba con un leve soplido. Estuvo una semana sin insinuarse a nadie, pero la necesidad imperiosa de recaudar el dinero la tenía desesperada, angustiada. Vagaba por el bar con el semblante adusto y hosco y, al mismo tiempo, triste. A menudo se le notaba ausente, perdida. Entonces fue que ocurrió.
Era un lunes por la mañana, yo, como de costumbre, entré al bar, había estado toda la noche del domingo en el museo. No hice más que sentarme a la barra y vino directo a mí, me dijo que la acompañara un momento al lavabo, que tenía que hablar conmigo. Obedecí sin rechistar, eché una ojeada rápida en derredor, Pere estaba en la cocina, se le veía, a través de las cortinillas, conversando con un proveedor; Mariana servía una mesa y parloteaba con sus ocupantes. Entramos al baño de señoras y nos encerramos en el cubículo del váter. Fue directa al grano: necesito dinero, es cuestión de vida o muerte ¿puedes prestármelo? Y antes de que yo articulara palabra volvió a decir: Pere me ha dicho que es una suma muy elevada para él, y Mariana, al igual que yo, no tiene dónde caerse muerta, no conozco a ninguna persona más con la que tenga la suficiente confianza, y no creo que ningún banco haga un préstamo de tal magnitud a una simple camarera, y menos extranjera. Sé que vendiste la casa de tus padres en el pueblo hace poco y que, además, tu padre te dejó algo de dinero. No sé cómo había averiguado todo aquello, seguramente Mariana se lo había contado. Era verdad, hacía cuestión de un año, tras la muerte de mi padre, que yo había vendido la casita del pueblo, que llevaba años deshabitada y a donde había jurado que no volvería jamás, porque, digámoslo de alguna manera, allí, en el pueblo, era persona  non grata. Estúpido pueblo lleno de convencionalismos, prejuicios y tabúes. Yo no había tocado ese dinero, lo quería para costearme una vejez digna, sobrevivía con mi mísero sueldo y con lo poco que me había dejado mi padre en herencia, que no era mucho, pero para una persona sola ya estaba bien. ¿Cuánto necesitas? le pregunté. Doscientos cincuenta mil euros, dijo. ¡Estás loca!, le dije yo, no tengo tanto, sólo te puedo dejar, como máximo, la mitad, bueno, si es que tomo tal decisión… porque, qué gano  yo a cambio, le dije. Y así empezó todo, le presté el dinero  y me aproveché malsanamente de su vulnerabilidad. Es lo más ruin y mezquino que he hecho en mi vida y me arrepiento, pero también sé que, de no haber sido así, nunca hubiera estado desnuda bajo mi cuerpo. No supe a dónde había ido a parar mi dinero hasta hoy, no se lo pregunté ni me importaba, sólo me apetecía estar con ella, y eso, valía todo el dinero del mundo, y a pesar de toda aquella fijación que tuve durante tanto tiempo con su vida y su pasado, cuando la hice mía, aquello no me importó nunca más, porque sabía que cada sábado del mundo Gavina estaría entre mis brazos. Así comenzó nuestra relación, se vendió a mí por unos cochinos billetes, y esos mismos billetes que la hicieron mía, hoy me la han quitado. Hoy, que era su cumpleaños, cumplía veintidós primaveras, así me dijo ella, y se iba a celebrarlo, por eso me cancelaba la cita de esta noche, de este sábado, y yo le creí, sí, Gavina, te creí, aunque tú estabas convencida de que no. Todo esto le diré a la policía, y les mostraré la carta donde lo explicas todo, porque sabías que seguías en peligro, sabías que ese tal Néstor, el mulato, era un asesino y no se andaba con chiquitas, y que tarde o temprano te reclamaría la otra parte del dinero, pero ya tú no querías seguir huyendo, en algún resquicio de tu mente llegaste a pensar que te daría más tiempo o que se conformaría con tu cuerpo como hacía yo. Les diré también que envíen la carta a tus padres, para que sepan toda la verdad, en definitiva, se la escribiste a ellos. Para que sepan por qué te chantajeaba este tipejo, por qué huiste de  Miami, de tu hogar, de su lado; porque tú, involuntariamente, también eras una asesina, atropellaste con tu coche a un anciano que cruzaba la carretera corriendo detrás de su perro y te diste a la fuga presa del miedo, y el anciano murió en el acto, pero tú no lo supiste hasta dos días después, cuando lo viste en las noticias, que fue cuando Néstor te localizó para extorsionarte, porque había sido testigo de este homicidio involuntario, lo había visto todo desde su Ford, que estaba aparcado entre la maleza a la orilla de la carretera y donde había pasado la noche escondido, porque era un prófugo, un asesino al que se le imputaba la muerte de su mujer. Pero no te amenazó con denunciarte, no podía, te amenazó con matarte si no reunías todo ese dinero para él, porque también sabía que tú tampoco podías denunciarle, te tenía atada de pies y manos, bien atada, y a ti no se te ocurrió otra cosa que seguir huyendo, y entonces te viniste a España, a Barcelona, y por eso insistías tanto en camuflar tu nombre, en ser tan celosa de tu intimidad, de tu pasado, pero él te encontró, te siguió el rastro, y cuando comprobó que no podía sacarte nada más, te dejó aquí, apuñalada, dándote por muerta, pero pudiste hacerme esa última llamada desde tu móvil, y yo vine corriendo a todo lo que daban mis pies, y subí las escaleras a zancadas, y encontré la puerta abierta, y entonces te vi y grité tu nombre y tú balbuceabas y querías decirme algo... Acerqué mi oído a tu cara y ese algo fue: Chejov, y volviste a repetirlo: Chejov..., el libro..., en la estantería… La Gaviota, Chejov… y tus ojos se quedaron vacíos, porque la vida se acababa de marchar de tu cuerpo. Sí, se lo contaré todo, que grité y grite, pero ya no me oías, y que lloré como nunca. Que luego busqué el libro, una edición de la obra teatral La Gaviota, del célebre dramaturgo ruso, y encontré la carta dentro, y que en la primera página del libro hay una dedicatoria de tu padre: A mi otra Gaviota, de éste émulo de Antón Chejov, en tu decimoquinto cumpleaños. Vuela libre.
Papá.  
Ya están aquí, Gavina, ya están aquí, siento sus pasos por el pasillo. Ya entran, Gavina, ya entran. El capitán se está acercando hacia mí. 
_ ¿Es usted quién nos ha llamado, quién ha encontrado el cadáver?
_Sí, yo.
_Me puede decir su nombre.
_Sí, María del Carmen Restrepo, pero todos me llaman Carmelo.

FIN

Las imágenes (óleos del pintor costarricense Rolando Cubero)


Noche de Ronda_Leda Astorga
El ángel del caballete / Rolando Cubero / Costa Rica



















lunes, 24 de marzo de 2014

Levitación (homenaje a Ernesto García Peña, pintor cubano)



Este poema, que escribí hace algunos años, más de diez, para ser casi exactos, me lo inspiró, precisamente, la obra de este artista plástico cubano: Ernesto García Peña, la cual pongo a vuestra consideración.  Hoy quiero que los verdaderos protagonistas de esta entrada sean sus sensuales cuadros y no mis versos, que nunca harían justicia a tanto talento. Espero disfruten de ellos como lo he venido haciendo yo durante todo este tiempo. Gracias a todos, por seguir ahí.



Levitamos los amantes
como pájaros de la nada,
como viento,
espumas de una playa inagotable
que erosionan y erotizan.
Levitamos los amantes
y somos una nube
de polvo traslúcido y dorado.
En la cúpula del beso levitamos,
en el fondo del deseo levitamos.
Levitamos los amantes,
pan nuestro de cada día,
soles que se apagan con un gesto,
con un grito desde el fondo de las vísceras.
Levitamos los amantes
al final de los largos pasillos,
detrás de las sucias mamparas,
de los helechos arborescentes.
En la agonía que nos cerca levitamos,
en la ciudad adormecida levitamos.
Levitamos los amantes
mientras la lluvia borra los horrores,
mientras los niños se precipitan a nacer
y como barcos que bogan sin sentido
se aferran al timón de nuestros pasos.
Levitamos los amantes,
pero siempre somos carne, aire, pétalo;
siempre somos hueso, río, pájaro,
 y siempre estamos, los amantes,
a pesar de los pesares, de los siglos de los siglos,
en la cordura y la locura del amor
con los pies sobre la tierra.




















domingo, 23 de marzo de 2014

El ave del destino


El ave del destino / O. Moré (Osvaldo Moreno) CUBA



Puedo sentir su filo trascendente

que incorpóreo me ataca y me acorrala.

El ave del destino es una bala,

una roca que rueda en la pendiente.


La siento, aquí, al norte de mi espejo,

ulula agazapada y al acecho.

La siento en la garganta y en el pecho…,

 me araña con su lívido reflejo.


Siempre sabrás que el ave se encamina

del pasado al presente, que es el nido

del futuro, y a la muerte, su heroína. 


Aun así transito, y lo perdido

se queda tras la puerta en la vitrina

donde guardo el sabor de lo vivido.









sábado, 22 de marzo de 2014

INCERTIDUMBRE



Hoy pongo a vuestra consideración este soneto alejandrino. Este tipo de soneto se puso muy en boga con el Modernismo, siendo Rubén Darío su máximo exponente. Aunque su origen proviene de Li romans d'Alixandre (El romance de Alejandro, un larguísimo poema medieval dedicado a las hazañas de Alejandro Magno, de aquí lo de alejandrino) En unos de sus cantos, atribuido a Alexandre de Bernay, se introduce por primera vez esta composición métrica.  El soneto alejandrino se caracteriza por sus versos de catorce sílabas, divididos en dos hemistiquios heptasílabos por una pausa llamada cesura. Los hemistiquios no permiten sinalefa entre el final de uno y el comienzo del otro. El acento, generalmente, debe de estar en la 6ª sílaba de cada uno o, lo que es lo msimo: en la 6ª y la 13ª, aunque se permiten otras acentuaciones. Los heistiquios además responden a la ley de final del verso.

Audrey Hepburn / O. Moré (Osvaldo Moreno) / CUBA




Qué hacer en esta noche de negras latitudes
en que tu cuerpo es sílaba al filo de mi espada.
Qué hacer con estos ojos que vienen de la nada
queriendo recorrer todas tus inquietudes.

Qué hacer si quiero más, voraz  y muy despacio
tatuar un corazón en medio de tu pecho
de arterias delirantes y besos al acecho
volando al infinito, robando cada espacio.

Qué hacer amada mía, si surges de la nieve
como la llama eterna que mi desdicha alumbra,
tan blanca como el loto, tan díscola y tan leve.

Qué hacer si soy la escarcha que la montaña encumbra
o pétreo me quedara formando su relieve.
Qué hacer si me encontrara de nuevo en la penumbra.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Final del cuento.


Amantes / O. Moré (Osvaldo Moreno) / CUBA

Me entrego a ti desnudo en apariencia,
 voy vestido de amor y de erotismo;
me entrego a ti  desnudo de mi mismo
sin esta piel de sátira inocencia.

Yo te ofrezco mi lúdica sapiencia,
el buen hacer de un cuerpo transitorio
mitad rufián, mitad Don Juan Tenorio.
Acéptame, rubrica esta licencia,

que yo vengo del fuego de un poema,
de un exotismo verde en sus raíces,
y es un fuego que arde, que no quema,

 que sólo cura y cierra cicatrices.
 Si me escribes yo puedo ser el tema

y el fin del cuento:  Fueron muy felices.




lunes, 17 de marzo de 2014

Perla Marina (Fragmento del Cap. 1)

                                


Foto tomada por el autor en Playa Larga, Península de Zapata, Matanzas, Cuba.



 LA TIERRA  MÁS  HERMOSA.


1

Perla tuvo un estremecimiento, podía sentir la presencia de la Isla, ya estaba cerca, muy cerca, y aunque tras el óvalo de cristal de la ventanilla sólo observara una aglomeración de nubes que, al quedar la vista vagando entre las difusas formas de lo enormes cúmulos, tal pareciera que la aeronave se mantuviera estática, flotando, o que alguna extraña fuerza le impidiera continuar su vuelo de pájaro metálico, sabía que bajo sus pies “el largo  lagarto verde” asomaba su cuerpo terreno y vegetal. De pronto comenzó a cantar en un levísimo susurro:

Perla marina, que en hondos mares,
vive escondida entre corales…

Era la canción preferida de su abuela Matilde, Tataíta Mati, como a ella gustaba llamarla. Fue una canción que marcó el destino sentimental de la anciana. Por eso no era de extrañar que el nombre de Perla Marina estuviera predestinado a bautizar a cualquier miembro de la familia que naciese con una raja entre las piernas. Matilde era una mujer de ideas fijas, presta a conseguir todo lo que se proponía, y la mayoría de las veces lo lograba. Era hija de Yemayá y ella le abría todas las puertas, le concedía todos sus deseos. Pero hubo un tiempo en el que su suerte cambió radicalmente, fue cuando lo conoció a él, un blanco de habla extraña y ojos grises; un dios extranjero de cabellos turbios llegado en un barco de nombre ininteligible, que le trastornó su mundo y la llevó a deambular por  la locura de la noche, alejándola de su vida apacible, de su cuartito de solar y de sus altares, para luego inocularle el virus de la maternidad y marcharse en el mismo barco en el que había llegado ¿Qué otra cosa podía esperarse de un marinero yanqui? Vuelta a la soledad de su cuartucho el tiempo transcurrió pesado y lúgubre. Su barriga creció al compás de la batea con la misma furia que se desgastaban sus manos entre el agua jabonosa y el Azul de Metileno. El día que le conoció, ella bebía un trago de Bacardí con limón y hierbabuena en un Bar del puerto, la música de Sindo Garay se escapaba sigilosa por los agujeros de los altavoces de la radio, dejando caer, como una fina llovizna  de nostalgia, la letra y la melodía de aquella canción: “Perla Marina”.
¡Qué bonito nombre para  una criatura!, se dijo. Entonces, en aquel preciso instante, él se le acercó, y en su jerigonza yanqui la invito a bailar. Ella no estaba para machos, sólo le apetecía desconectar y beber tranquila después de un ajetreado día limpiando la mierda ajena, pero él insistió poniendo  cara de mártir, dejando caer las pestañas sublimemente sobre el gris violáceo de sus ojos. Matilde sintió un cosquilleo en Dios salve la parte y sintió algo en su interior que le hizo tilín tilín de la ciruela. Su vulva se humedeció. Bueno, tampoco estaba tan mal el tipo, demasiado blanco para su gusto, pero, en definitiva, sólo la había convidado a bailar. Ella accedió a la súplica donjuanesca y, después de varios bailes y varias copas, el alcohol hizo el resto. El americano era un fornicador de altura, Matilde se embolló con él ajena a que su felicidad duraría tan sólo unos meses. Un día él se presentó con una inmensa caja de regalo. Resultó ser un tocadiscos, dentro, presto a ser escuchado, el acetato de Sindo Garay. La pista número cinco era Perla Marina. El americano le hizo el amor con mucha dulzura y desapareció para siempre, dejándole miles de espermatozoides en desenfrenada carrera para fecundar su óvulo.  Por eso cuando el milagro de la vida comenzó a revolverse en su interior, a crecer, a expandirse hasta convertir su silueta de diosa africana en una deforme apariencia de manatí, rezó, hizo ofrendas a  Yemayá y prometió a San Lázaro vestir de saco en su gravidez para que su vientre diera a luz una hembrita. Pero los santos hicieron oídos sordos a su petición, se habían vuelto en su contra, como si la palabra misericordia no existiera en su lengua ancestral. “Los santos no perdonan hija, no perdonan quedar desatendidos, son rencorosos”. Le decía su madrina Mamá Lunga, nieta de un negro carabalí que había sido esclavo toda su vida. Estaba claro que sus divinidades no le perdonaban los excesos de su reciente pasado ni el olvido al que habían sido confinados durante todo ese tiempo. No hubo Perla, porque fue un robusto niño el que salió disparado en tres dolorosos pujos de sus entrañas, pero entonces hubo Sindo, como el autor de aquel bellísimo tema. El viejo anhelo de un día poder nombrar así a  una hija suya siguió corroyéndole el alma durante veinte años en los que su vientre no volvió a albergar la ilusión de un embarazo. Hasta que su hijo Sindo dejó preñada a aquella rubita descoloría y canillúa, no tuvo la suerte de satisfacer el  ansia de tener descendencia femenina y poder encasquetarle el añorado nombre. De nuevo echó mano del santoral cristiano y de los Orishas. Ésta  vez la divina providencia de los Santos (o el azar) permitió que la mal encabá de su futura nuera pariera una niña. Matilde casi se muere de alegría. Hizo sacrificios de animales, llenó los altares de frutas, bebidas y tabaco, agradeciendo a los santos que hubieran escuchado sus plegarias. Convencer a su hijo para ponerle el nombre a la niña le costó una botella de ron Caney. Con Araceli Mendieta  no tuvo ni que hablar, aquella guajirita pata sucia, madre de su primera  nieta, era tan sosa y sumisa, que hacía todo lo que ella decidía.

A su abuela no sólo debía Perla el nombre, de ella había heredado, además, los carnosos labios, las anchas caderas, los muslos poderosos y el culo abundante, de lo que se alegraba la mulata Matilde, pues siempre se le oía comentar de forma jocosa: “Ay hija, menos mal que no sacaste el culo achatao de tu madre, que más que culo parece que tuviera una tabla de planchar”. O de lo contrario: “Perlita, niña, empina ese culo que Dios te ha dado, hija, que tu lo tienes grande como yo, y no como tu madre, que la espalda se le une con las nalgas”.


Celaje tierno  de allá de oriente,
tierna violeta del mes de Abril…

Perla nació en un barrio de Siguaraya, pero a los dos años sus padres y su abuela la trajeron a vivir a  Naranjos, un pequeño pueblito de la provincia de Almácigo. La cosa por Oriente estaba mala, había poco trabajo y decidieron emigrar. Salustiano, el hermano menor de Matilde, hacía años que estaba por aquellos lares. Había conseguido trabajo y tenía un pequeño sueldo con el que se las iba arreglando. Trabajaba en una de las vaquerías cercanas y allí  había conseguido un puesto para  Sindo y otro para Araceli. Por aquel entonces vivía solo y les acogió de buen grado en su casita de madera, llena de hendijas y techo de zinc, lo que producía un agradable concierto acuífero cuando llovía. Aún estaba soltero y rondaba ya los cuarenta, pero esa circunstancia desaparecería en un par de años.

Los mejores recuerdos de la infancia de Perla están allí, en aquella casa, permanecen pegados a las paredes, flotando en la humedad de la tierra, tallados en los troncos de las palmas reales. Están allí, en aquella casa endeble y calurosa parecida  a las que dibujan los niños con trazos inseguros. Puede reproducirla en la memoria: toda encalada, el piso de tierra, las habitaciones divididas por tabiques de cartón bagazo, los taburetes del comedor y la mesa  rústica de madera  cubierta por un trozo de formica de color celeste. Las sillas metálicas, hechas de cabillas, los únicos muebles de la sala; las grandes ventanas a cada lado de la puerta pintadas de carmelita; la mata de campanas blancas y los rosales frente al portal; la fruta bomba y las mariposas en el lateral que colindaba con el bohío de la vieja Esperanza. En el patio: la mata de chirimoya, la de guanábana, los dos aguacateros y la frondosa mata de mamoncillos, y luego, al final, junto a la letrina, tras la cerca de piedra, las cuatro palmas reales y el coralillo enredándose entre las piedras, matizándolas de fucsia o violeta, extendiéndose intrépido hacia las vías del ferrocarril, justo donde el apeadero de la Karata. A pesar de que la pobreza se manifestaba en cada rincón de aquella casa, tenía un encanto inexplicable. ¿Estaría aún en pié? ¿Qué habría hecho Renier con ella? Nunca más había tenido noticias de su primo. Todo había pasado muy de prisa y ella no había tenido el valor de dar la cara.

A través de la ventanilla del avión ya se podían vislumbrar los contornos de las costas de Verdolaga, de las costas de la Isla, la otra perla, la Perla del Caribe. El corazón le palpitaba aceleradamente. Se le hizo un nudo en la garganta.

Tú eres el ángel con quien yo sueño
extraño idilio de los poetas…

Dejó de susurrar. El avión se disponía a tomar tierra.



2


El olor a hierba  fue lo primero, el olor a hierba recién segada,  luego el azul, ese azul único e indescriptible del cielo de la Isla. Miró como un ave de rapiña desde la altura de la escalerilla. Oteó cada milímetro del horizonte inmediato y allí, perdidas entre algunas edificaciones las vio, eran tres, sus cabelleras verdes se entrecruzaban. Se dijo: palmas, Palmas Reales. Tuvo una visión pictórica, como en un cuadro de Flora Fong: tres esbeltas palmas abrazadas, sus penachos estratégicamente insinuando caricias eróticas. Las tres gracias tropicales, murmuró entre dientes. De nuevo su mirada volvió a rebuscar en la lejanía, esta vez a la izquierda y luego a la derecha, y sí, allí habían más palmas, muchas palmas. Éstas no eran las de sus sueños, torcidas, ajadas, perdidas en la neblina plomiza del onirismo, éstas eran reales y también Reales, majestuosas, estilizadas, verdes. No era una fantasía, estaba en la Isla, ya podía creérselo. Recordó sus cuatro Palmas de la infancia, las del apeadero, donde declamaba a Martí y a Guillén. Allí, bajo el arrullo de las pencas y sobre la tierra salpicada de palmiche, nació su sueño de ser actriz.

Perla Marina sintió como ese olor a hierba se le colaba sigiloso por cada oquedad de su cuerpo. Lo sintió en los huecos de la nariz, por donde bajaba con cautela para refugiarse en sus pulmones y refrescar, o más bien, eliminar, los humos purulentos de Barcelona. Lo sintió meterse con alevosa coquetería en las entrañas de su sexo y palpitar como un latente cosquilleo, un malicioso y suave torrente de olor a hierba que, en forma de falo eólico, le penetraba tierno, vibrante, friccionándole la vagina. Una sensación de placer la recorrió de un extremo a otro de su cuerpo, trayéndole a la mente la imagen desnuda de Amaury adolescente con su piel cobriza resaltando sobre el verde apagado de los naranjos. Podía visualizar aquel recuerdo como si estuviese aconteciendo en ese mismo momento, aquel olor a hierba y a humedad le ayudaba a ello. Él, Amaury, arrodillado, y ella a horcajadas sobre la hierba del campo; los naranjos detrás, y, al final de las hileras de surcos, la silueta descolorida de la escuela como una mancha en el telón rojizo de la tarde. Ella le lamía el sexo de tal manera que parecía quisiera sacarle el alma  a través del pene. Mientras lamía y lamía el olor  a hierba recién cortada, por los oxidados machetes de los alumnos, desprendiéndose de la tierra, le cubría la piel como un erótico manto. Perla cerró los ojos para que cada detalle de aquel recuerdo se quedara allí, atrapado en su mente y en su retina y no se escapara de sus ojos hacia fuera, pero entonces algo extraño sucedió, la figura de Amaury se fue transformando, el cuerpo de púber tomando otras dimensiones, otras formas más adultas y, en una metamorfosis inexplicable, se fue convirtiendo en el cuerpo robusto y musculado de Pau. El rostro aindiado del primero desapareció y dejó paso al pálido rostro del segundo. Una pícara sonrisa se abrió en sus labios opulentos, herencia de su abuela mulata, y su lengua recorrió el labio superior de punta  a punta; ahora yacía en la cama atrapada entre los brazos de Pau, mientras él, con suaves movimientos,  la penetraba. Separó ligeramente las piernas y un tibio río de placer se escapó mojándole el blúmer. Abrió los ojos y respiró con fuerza, como queriéndose llevar a los pulmones todo aquel olor.

Bajó despacio, temía caer rodando escalerilla abajo. Con aquellas sandalias de tacón alto que llevaba, cualquier paso en falso la hubiera hecho aterrizar forzosamente arrollando a todo aquel pasajero interpuesto en su camino. Cuando puso el primer pie en  tierra no pudo dejar de recordar la consabida frase del Gran Almirante “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto”

Desde que había dejado la Isla ni un solo día había dejado de pensar en ella, la añoraba, la tenía clavada en el alma como un puñal que le iba rajando de cabeza a pies.


O. Moré
(hace mucho, mucho tiempo)

Perla Marina, cantada por unos jovencísimos  Silvio Rodríguez y y Pablo Milanés


viernes, 14 de marzo de 2014

Súplica del cisne

 Leda y el Cisne / O. Moré (Osvaldo Moreno) CUBA
                                                                     L’ essentiel est invisible pour les yeux.
Antoine de Saint-Exupéry


Ven, busca más allá de este plumaje;
no observes  sólo el cuerpo de ave impura,
busca el hombre que habita en mi espesura,
que de alma y corazón es mi  equipaje.

Yo soy como este lago en cuyo encaje
de espejos cristalinos la locura
nunca viste de líquida amargura
pues prefiere de lotos su ropaje.

 No importa si ave soy o soy humano,
no importa ni mi estirpe ni mi raza,
sólo importa que vibres en mi mano.

Encuentra, Leda, encuentra en mi coraza
la fisura hacia el centro, hacia lo arcano,
porque soy hombre puro y no amenaza.


O. Moré

martes, 11 de marzo de 2014

Soneto de Eva


Desnudo II / O. Moré (Osvaldo Moreno) / CUBA

Soneto de Eva


Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta, y mi furor domado.

José Martí

Tú no dudes calmar, amor, mi ira:
espadas afanosas y embusteras;
rogar sobre  mi luz en las postreras
estaciones del júbilo que expira.

No dudes acabar con mis destellos
de arcángel renacido entre las ruinas.
No dudes explorar en las colinas
donde hube de cerrar todos los sellos.

Ofréceme de nuevo la manzana
y volveré domado, en la mañana,
 a tenderte desnuda en esta orilla.

No dejes que sisee la serpiente.
A ti yo iré, domado y penitente,
a que sea mi cuerpo tu costilla.


domingo, 9 de marzo de 2014

La Nube

El escribano / óleo de Denis Núñez / Cuba
 Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida?  Un frenesí.                 
¿Qué es la vida?  Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.                     

Pedro  Calderón de La Barca 









El reloj lo transportó al mundo de los despiertos con un pie en el mundo de los dormidos. En la penumbra trató de acallar la maldita alarma asesina de sueños y con dificultad lo logró. Se pegó al cuerpo tibio y placentero de su mujer, buscó con sus manos los senos de ella y allí las dejó reposadas por un instante, luego le acarició  y le dio un beso ciego en la nuca.
__Nena, son las seis_ dijo. Sintió colarse por su nariz el tufo matutino de su propia halitosis.
__Vale _ contestó ella.
Cada día la misma escena _ pensó_ La misma aburrida rutina que nos maneja como títeres, que nos manipula como a  zombis. Buscó a tientas con sus pies las zapatillas escurridizas y las atrapó bajo la cama. Salió estirándose hacia el cuarto de baño, su mujer lo alcanzó en el pasillo, lo abrazó por la espalda y le devolvió el beso en la nuca.
__Buenos días, nene. _Susurró ella y se escurrió hasta las habitaciones de los niños.

Tenían media hora para asearse, acicalarse y, sin desayunar, salir de prisa en el coche. Él la llevaría hasta la estación de trenes y luego seguiría hacia su trabajo. Allí tenía que estar a las siete en punto para relevar a su compañero. Ella tomaría el tren hacia Barcelona para, con suerte, llegar un cuarto de hora antes al Hospital donde brindaba sus servicios de enfermera. A las seis y media llegaba la canguro y entonces ellos salían a la desbandada. Él estaría doce horas encerrado en una garita controlando la entrada y salida de los camiones en la fábrica, recibiendo las visitas, atendiendo el teléfono en las ausencias de la telefonista. Ella, encerrada igualmente, en un quirófano, reparando corazones rotos y arrastrando un pesado delantal de plomo.
Pero, a partir de esa mañana, las cosas cambiarían. Esa metamorfosis inesperada que tanto había anhelado él, que trastornaría su cotidiano hacer repetitivo, que le cortaría los invisibles hilos de marioneta de carne y hueso en el retablo del mundo real, había llegado para lanzarlo de nuevo a la incertidumbre  de la utopía y la quimera. Como el Gregorio Samsa de Kafka, él había despertado convertido en enorme escarabajo, pero de la suerte.
 No tendría noticia de ello hasta cuatro horas más tarde. A ella, en cambio, la regresaría de nuevo a la estación de las zozobras, de la angustia y el miedo por un futuro incierto. Confiaba en su marido y le deseaba lo mejor en ese destino, antes premonitorio y ahora al alcance de la mano, que él se había fijado. Tampoco ella sabría nada hasta que el teléfono se lo contó con una emoción desbordada desde el otro lado del hilo comunicador.


Se conocieron en Cuba. Ambos recalaron como dos náufragos en aquella isla después de sendos naufragios amorosos. Ella había sido abandonada a la deriva en una costa del Mediterráneo. Él, cansado de unos celos enfermizos, se tiró por la borda de una relación que duraba más de lo permisible. Y en una playa del sur de la isla, con el Caribe de testigo, abrieron de par en par sus bitácoras y se empaparon cada uno con las travesías del otro en los mares de la vida. En la húmeda arena quedaron desarticuladas sus historias, sus anhelos y esperanzas. Él le confesó su pasión por la literatura, su oficio castrado de escritor en la mediocridad de un pueblucho insignificante. Qué era Naranjos si no. La asfixia hecha poblado, la soledad hecha vecinos, las miserias humanas convertidas en maná. Un prado con jardines y flores de casas desvencijadas, polvorientas y armadas a retales. Un cementerio de almas alborotadas en la cola del pan y del picadillo de soja. Él había nacido en aquella aldea de gente festiva con los rostros más tristes del universo. Gente que sobrevivía a cada mañana rezando a Dios, cagándose en Dios, naciendo sin Dios y muriendo con Dios. Ella venía de una gran urbe, del otro lado del océano. De una ciudad tocada por la magia de Gaudí y el pincel de Miró. De una infancia feliz, una adolescencia librada a las arenas movedizas y una juventud y adultez ganadas a golpe de cañón. El tuvo también una bonita infancia de himnos, pañoletas y juegos caseros, una difícil adolescencia de himnos, pañoletas y juegos onanistas, y una juventud forjada entre himnos, cuarteles, guerras ajenas, pancartas y dosis de frustración.

Sonó el teléfono.
__Sí_ dijo él.
__Tienes una llamada _ dijo la voz de pajarillo cantarín de la telefonista de la fábrica.
__Pásamela._ ordenó con ansiedad _ Hola... (...) sí, soy yo.... (...) sí...hace dos meses... (...)_la voz le comenzó a temblar._ ¿Cuándo?, (...), mañana..., sí... (...) de acuerdo. Gracias, muchísimas gracias. _Colgó. Se quedó mirando a la nada, la imagen de la fábrica vecina frente a sus narices se fue borrando hasta convertirse en una gigantesca mancha azul, comprendió que estaba llorando, llorando de miedo, llorando de alegría, llorando... simplemente llorando como un niño, llorando de emoción.

Y ahora... ¿qué pasaría ahora? Su cabeza comenzó a desmenuzar el futuro y de repente se vio a sí mismo como la lechera de la conocida fábula. Se abrían tantos horizontes. Era sólo el comienzo del principio, pero ya era algo. Había estado esperándolo tanto tiempo y así, de golpe y porrazo, se le presentaba. Lo había logrado, él lo había logrado, y ella, qué diría ella. Tenía que llamarla. Ahora.

__Sí, soy yo, sí... me puedes hacer un favor… (…) vale... ponme con el hospital..., sí, para hablar con mi mujer... vale, espero.... sí... gracias... ¿Hospital? sí, con la extensión 3639... ¿Nena, eres tú? qué casualidad... no, no pasa nada malo, al contrario... no, tampoco de los niños... no, escucha, tengo un notición ¿adivina qué?... me han llamado de La Nube, sí... la editorial, me han citado para mañana, quieren publicar Perla Marina. De nuevo lloraba, ella, del otro lado, también. _ ¿No... es... co...jo...nudo?_ La emoción le hacía tartamudear, el llanto le provocaba un molesto moqueo.

Más de dos años habían tardado en escribir su primera novela. Dos años angustiosos. Dos años con miles de horas robados a su mujer y a sus hijos. Dos años de trabajos efímeros y estériles que sólo valieron para provocar y acentuar, aún más, sus deseos de escribir. Dos años en los que ella se echaba al hombro todo el peso de la casa y de los niños y reclamaba su presencia y su ayuda y él se agobiaba con las exigencias y sólo quería estar entre los libros y tecleando las palabras que en tropel nacían en su cabeza, porque eran tantas que podría reventar el día menos pensado si no las echaba, como a una bandada de aves, a volar al cielo pálido de una hoja, si no las vomitaba rabiosamente sobre las teclas, porque podía atragantarse y quedar muerto en vida.

Y ahora, qué pasaría ahora, se preguntó ella mientras le oía a él excitado.

__Mañana...y el trabajo...qué harás con el trabajo, ah, después del trabajo. Si ya sé....claro que me alegro, sabes que casi más que tú.... pero.... sí.... pero… y mi guardia... mañana estoy de guardia... y los niños... habrá que hablar con Elvira... y habría que comprar, no hay nada en la nevera... no hay leche para la niña... demorarás mucho... no sabes...claro...bueno....si tonto, estoy orgullosa de ti, ya lo sabes, que sí, que sí, que me alegro....sí, contenta... felicidades... sí... yo lo sabía, que lo ibas a lograr... sí, un beso, vale... nos vemos esta noche. Tenemos que celebrarlo.

Hacía seis meses que la había terminado. Aquel punto final fue como un flechazo de alivio, un portazo a la ansiedad de escribir, pero al mismo tiempo una hendija abierta al desasosiego de poder publicar. Cuando la comenzó no tenía ambiciones, sólo era un agradable ejercicio circense para domar las bestias sueltas en el interior de su cabeza. Cuatro meses la estuvo manoseando, puliendo, releyendo, durmiéndola bajo su almohada. Hasta que aquella mañana de Reyes ella le regaló la biografía de García Márquez. La devoró en dos días. Fue como insulina, como una inyección de optimismo. Cogió la última copia en limpio, la empaquetó y la envió a La Nube, justo dos meses antes de recibir la  noticia.
Atrás habían quedado docenas de cuentos y una treintena de poemas rechazados por varias editoriales y concursos en los que no fue aceptado. Atrás quedó el pesimismo.

Y ahora, qué iba a pasar ahora. Qué sería de la novela una vez publicada. Gustaría a crítica y a público o se pudriría en los estantes y almacenes de las librerías. Tendría que mandar un ejemplar dedicado a su madre y algunos a los amigos. Cuánto le pagarían. Le alcanzaría para mejorar la casa, comprarse un ordenador con todas las de la ley y traer a sus padres de visita una temporada. Le harían un contrato para varias novelas más. Tendría él el coraje de enrolarse en semejante aventura, pero qué decía, acaso no era lo que había anhelado cada minuto de su existencia desde que escribió aquel primer poemilla escolar sobre una flor cantarina. Y si todo resultaba un fracaso. Volvería a los trabajos insípidos y desabridos. O lo dejaría todo y se dedicaría a ser un padre de familia y un marido modelo.

Y qué pasaría ahora, pensaba ella. Él lo había logrado, se iba a quitar de encima aquella frustración que arrastraba como una pesada y gruesa capa de piel mastodóntica, se sentiría realizado, pero eso qué significaría, perderlo más de lo que lo había perdido. Cada noche encerrado en el estudio escribiendo y escribiendo y ella en la soledad de la cocina, en la plática con la olla exprés y las sartenes, en la abrumadora lucha con los niños. Comidas, baños, lavadoras y comidas, lavadoras, baños y otra vez comida....y así, hasta el infinito. Sin apenas unos minutos para ellos, para charlar, para hacer planes, para reírse como antes, para hacer el amor como nunca. Acaso ella no tenía derecho a salir también de la rutina de títere y de zombi. Claro que se alegraba por él, pero cuál sería el precio. Estaba orgullosa, esa era la verdad, pero cambiarían las cosas para bien o para mal. Y si no resultaba, si todo se iba al garete, que iba a pasar con él. Se hundiría para siempre en una depresión de caballo, mal humorado por todo, hosco, escurridizo, parco, con simples ratos alegres dedicados a los niños en exclusiva. Y ella qué. Ella le quería mucho, le quería muchísimo, más de lo que él pudiera imaginar, pero se sentía sola, sin embargo ella sabía que él la amaba también con locura.

El reloj lo transportó al mundo de los despiertos con un pie en el mundo de los dormidos. En la penumbra trató de acallar la maldita alarma asesina de sueños y con dificultad lo logró. Se sentó de súbito en la cama y comenzó a llorar, porque acababa de darse cuenta de que había despertado a la cruda realidad, entonces, entre las sombras y la película líquida que anegaba sus ojos, vio deshacerse y evaporarse la Nube.

FIN.




Nota. Este relato hace diez años que lo escribí, aunque aderezado con algún elemento autobiográfico, todo lo demás que en él se cuenta es fruto de la imaginación del autor. Sé que el recurso literario en él utilizado (este sueño dentro del sueño) no es nada novedoso, al contrario, está bastante trillado, pero cuando lo escribí pensé era el  más acertado, y lo otro, la verdad, me parecía secundario, porque el verdadero objetivo del relato era mostrar las incertidumbres, las frustraciones y las esperanzas del escritor novel, no sé si lo logré, dejo ese criterio en vuestras manos. Un abrazo y gracias por leerme.