viernes, 30 de mayo de 2014

Yo sé



Corazón sobre la tierra / Ovidio Moré / CUBA

Yo sé que en la tierra extraña
se ha vuelto mordaz mi vino,
y sé que en este destino
la duda es fiera que araña.
Yo sé que esa bestia daña
mi corazón de mancebo,
y sé que si el vino bebo
mi sangre se hará raíz,
sanando mi cicatriz
por el efecto placebo.

Yo sé que si en la ribera
he de dejar mi inocencia
agotaré mi paciencia
sin alcanzar la quimera.
Y sé que en la primavera
cuando trae los colores,
me apaciento entre las flores
cual abejorro suicida.
Y sé que con cada herida
renacerán  mis temores.


Yo sé que si canto a coro
mi cantar será más fuerte,
y sé que de yo tenerte
es más limpio mi decoro.
Y sé que eres el tesoro
que salió de una costilla
porque fue dúctil arcilla
con que Dios te hizo de mí.
Y sé que al quedarme aquí
no habré de hincar la rodilla.

Yo sé que el samaritano
no siempre es de rostro noble,
y sé que si es fuerte el roble
es porque no ha sido humano.
Yo sé que por ser cubano
sólo ven el colorido
y no ven al ciervo herido
que al monte huyó tras la cierva.
Y sé que crece  la hierba
en el solar del olvido.

sábado, 24 de mayo de 2014

Cicatrices (cuarta parte / fragmento 4)



Ilustración: Glenn Arthur / California / USA

Glenn Arthur

... pero entonces conocí a Brunno, y ahí comenzó mi segundo calvario.

Al decir esto, Margarita vuelve a dirigir la mirada hacia el exterior. Su vista atraviesa  los ventanales del bar e intenta ver más allá de las cristaleras de la lavandería, pero sólo observa una difuminada silueta con forma femenina que se mueve tras ellas, probablemente Anaïs o la madre de ésta. Brunno estará en la parte de atrás, ocupándose de la plancha o del almacén. Lo conoció en la calle, bajo la mismísima Torre Eiffel, allí bailaba capoeira con sus compañeros de grupo, y ella ya no pudo apartar su mirada de aquel cuerpo juvenil y fibroso, de la piel morena y del ensortijado cabello, de la exótica danza: mezcla de acrobacia y artes marciales, al menos, así le pareció. Al finalizar la actuación el círculo de espectadores se fue dispersando, Brunno, con un sombrero de paja en la mano, iba detrás de ellos pidiendo una contribución. Margarita le seguía con la vista en todo su deambular detrás de unos y de otros. Ella se había quedado en el sitio, estática, embelesada. Él, después de haber logrado alguna que otra gratificación, volvía hacia donde sus compañeros, que ya recogían el equipo de música y se cubrían el torso con unas camisetas amarillas en las que se leía el  nombre de la agrupación en color verde: Cangaçeiros, y fue entonces que la vio  allí, mirándole, como hipnotizada. Se aproximó hasta ella con sus pasos de “baile”, en cuatro piruetas ya estaba frente a Margarita, que se quedó con los ojos desmesuradamente abiertos al ver que el chico se le plantaba delante. Él la saludó en francés y le acercó el sombrero  a la altura de sus senos. Ella, nerviosa, echó mano de la cartera, sacó veinte euros y los depositó allí, junto a unas cuantas monedas que danzaban y tintineaban en el fondo. En todo momento no dejó de mirar a los ojos del joven. Él, en cambio, dirigía la mirada del billete a los ojos de ella y viceversa. Nadie nunca les había dado tanto dinero. Sacó a relucir su sonrisa más seductora y le agradeció en francés. Ella, aún turbada, le dijo: Perdóname, pero no hablo tu idioma. Él soltó una carcajada. Ella se quedó atónita, no entendía lo que acababa de pasar, dónde estaba la gracia, qué había dicho para que este muchacho se  riera en sus narices.  Brunno le dijo: No, no te ofendas… no pongas esa cara, lo tenía que haber supuesto por tu fisionomía, que eras latina y que, seguramente, hablabas español, pero en esta ciudad, qué digo ciudad, en este mundo de hoy tan cosmopolita, nunca se sabe. Me llamo Brunno… y nada, que… muchas gracias… ¿mmmm?, agrega él, a la vez que adelanta la mandíbula de manera interrogativa, esperando a que ella le facilite su nombre. Margarita, le dijo, perfilando una sonrisa. ¿Haces algo ahora, Margarita? Preguntó Brunno. No, contestó ella. Nosotros vamos a comer por ahí, te apetece acompañarnos…, le propuso él. Ella, sin pensárselo, aceptó. Se fueron a comer cerca de las Tullerías, luego a pasear por los Campos Elíseos, subieron a tomar un café en Montmartre y  se quedaron luego, a cenar, en una pintoresca taberna que parecía sacada de una novela de Alejandro Dumas, el padre. La pensión de Margarita estaba muy cerca, en el propio barrio de Montmartre, el barrio bohemio por excelencia, y allí, en su habitación, desde cuya ventana se veían las cúpulas de la blanca Basílica del Sagrado Corazón, Margarita Pérez Hinojosa, perdió la virginidad entre los brazos y bajo el cuerpo exótico y cimbrado de Brunno. Él también había sucumbido a la belleza de la muchacha, a su inocencia, a sus delicados rasgos aborígenes, a su hermoso cuerpo de extrema feminidad, donde los genes europeos de la familia de su madre y los indígenas de la de su padre, la habían creado a ella, como si fueran pequeños dioses, logrando una combinación perfecta.
_ Me vine con Brunno, para acá, para España. Estaba totalmente enamorada. Era la primera vez que lo estaba de verdad, quiero decir… enamorada en serio, porque los enamoramientos que tuve en el colegio y en el instituto no cuentan, no eran más que chiquilladas. Él también me quería, bueno, eso quiero seguir pensando, a pesar de todo lo que…_ se interrumpe y vuelve a inspeccionar más allá de los cristales, pero no haya lo que busca. Deja la frase inacabada y continúa _ Ahora le odio. No le digo que le quisiera ver muerto, pero creo que si se muriera, poco me importaría, bueno, no sé, tendría que llegar ese día para ver lo que haría en realidad._ Margarita sabe que miente, ella cree que le odia, pero le sigue queriendo ¿paradójico verdad? es exactamente igual que con su madre, la pauta se repite, son los mismos vericuetos de los torcidos renglones de Dios. Una prueba de que sigue amándole, a pesar de todo,  es que no ha habido más hombres en su vida, y pretendientes no le han faltado, es evidente, usted la tiene delante, no hay hombre que no quede prendado ante una mujer de este calibre. Otra prueba es que guarda con celo todas las fotos en las que ellos aparecen juntos, y muchas noches, muchísimas, cuando esa Fiera Corrupia, llamada soledad, la desgarra, la asesina y la desangra entre las cuatro paredes de su habitación, echa mano de las fotos y rememora, y muchas veces, muchísimas, se masturba. _Me casé con él ¿sabe?, era la única manera de poder quedarme aquí y arreglar mis papeles. Aunque yo le quería de verdad, ya se lo he dicho, no necesitaba ningún papelito firmado, pero dada mi situación irregular era la mejor solución. Estuvimos bien una temporada, muy bien, diría yo, vivíamos ahí, enfrente, en ese edificio de la lavandería. Él trabaja en ella. Ya trabajaba cuando nos conocimos, lo del grupito de capoeira era una afición, que ya ha dejado. Cuando le conocí en París estaban de gira contratados por la Unesco, luego se habían quedado unos días más para ganarse un dinerillo extra haciendo actuaciones callejeras. No, ya no practica la capoeira, tampoco se ha vuelto a casar… bueno, a juntar con otra mujer, casarse no puede, pues aún lo está conmigo, nunca me ha pedido el divorcio ni yo tampoco a él, en mi caso porque no quiero darle ese gusto de verle liberado, aunque él es libre de hacer lo que le venga en gana, de hecho… lo hace, y mujercitas… no le faltan, no es que yo esté pendiente de su vida… pero de esas cosas se entera una sin quererlo.
_ No pretendo incomodarla…, pero… ya que me cuenta todas estas cosas… ¿qué pasó, por qué se separaron?_ pregunta usted intentando no parecer demasiado impaciente  ni entrometido, aunque sabe que no lo es. Ha sido ella la que ha comenzado esta especie de confesión, porque este bar es su confesionario diario, y usted el cura de turno. Recuerde lo que sabemos de Margarita hasta este momento, lo que hemos descubierto y lo que hemos hablado. Por alguna extraña razón que ni yo mismo sé, y eso que en esta historia los sé todo, podemos determinar a ciencia cierta por qué Margarita actúa y piensa así, quizás el viejo Freud nos echaría una mano si pudiera estar aquí para respondernos. Sr. Freud, le preguntaría yo, por qué esta hermosa muchacha cree que mientras más cuente su historia es como si se la sacara de dentro, como si se desprendiera de ella y se quedara vacía, aunque sabe que es sólo por unos instantes, porque al poco tiempo todos esos recuerdos vuelverán a invadirla. Eso le preguntaría yo al viejo Sigmund, pero como no está ni estará para contestarnos, a usted y a mí sólo nos queda hacer conjeturas. Y qué he conjeturado, pues lo que dije al principio de esta historia. Creo que esta incontinencia verbal de Margarita, esa necesidad de vomitar su pasado se debe a su gran carencia y a la soledad, ni siquiera al rencor que cree que siente por su madre o por Brunno, porque sabemos que inconcientemente les sigue queriendo a ambos, porque hay como una especie de vínculo emocional entre ella y ellos dos (su madre y Brunno), muy parecido al que establecen las víctimas de secuestro con sus captores, el llamado Síndrome de Estocolmo. Tiene que recordarlo, se lo acoté en un momento determinado: “Margarita tiene una gran carencia”, y esa gran carencia deriva en su soledad. Se percataron cómo utilizaba los diminutivos mientras contaba la historia de las Misses dónde su madre era una de las protagonistas, pero, sin embargo, cuando ha contado la suya  con  Brunno, esos diminutivos han escaseado, a pesar de que la carencia a la que nos referimos y que le hace emplear estos términos (carencia que usted no conoce todavía), que es la que dio pie a la separación por la que usted ha indagado, es culpa de Brunno. Y aquí nuevamente estamos delante de una paradoja que sólo Freud o sus homólogos modernos serían capaces de descifrar. Pero volvamos con la conjetura que yo he hecho y que le explicaba unos renglones más arriba: Margarita se siente sola y perdida, está en un país que no es el suyo con gente que no es su gente y no acaba de adaptarse ni de encontrar su lugar. No tiene amigos ni familiares con los que compartir sus penas. Llora día sí y día también entre esas cuatro paredes de su habitación. Margarita, esa alma cándida, se deshoja cada noche y cada mañana vuelve a recomponer sus pétalos bajo capas de maquillaje, peinados arquitectónicos y ropa ajustada y sexy. Margarita sólo tiene un aliciente, el trabajo, y en él, le tiene a usted y a Álvaro y a Elena y aquel camionero que iba para Tarragona y a aquella turista francesa que estaba de paso. Cada cliente de este bar es un recipiente en el que Margarita arroja los deshechos de su existencia, y cuando lo hace se siente reconfortada, porque usted y el resto le escuchan y le dan ánimos y se llevan esos deshechos más allá de las cristaleras del bar y los esparcen para que el viento se los lleve. Y esta es una manera de sentirse acompañada, de pensar que usted o cualquiera de los otros son esa familia que no tiene y que ella necesita. Esta es la conclusión a la que he llegado, pero es conjetural, ya lo sabe usted, lo que no sabemos es si Sigmund Freud hubiera estado de acuerdo conmigo.  Ahora dejemos que Margarita le responda, le cuente lo que pasó, y entonces usted descubrirá cual es el motivo de su gran carencia.

Continuará...

















martes, 20 de mayo de 2014

Luces en el parque

Obra impresionista de Maribel Solsona / ESPAÑA

Maribel Solsona Barceló
Profesora de pintura. Más información sobre
esta artista en: maribelsolsona1.blogspot.com

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Bajan las luces y encienden
todo el tejado dormido,
luego saltan sin descuido
y a las ventanas sorprenden.
En las veletas pretenden
ser amarillas,  doradas,
y son níveas pinceladas
en el fanal nacarado
que se esconde entre el morado
de las orquídeas calladas.

Reptan entre los arbustos
tras de los troncos añejos,
y sus rojizos reflejos
se atrincheran en los bustos.
Son los predecibles sustos
cuando estallan en la cara;
y parece que apuntara
un rayo al muro gastado
donde un gato enamorado
al maullar se le declara.

En parranda de destellos
salpican sobre la acera,
te inundan la faz entera
y te argentan los cabellos.
Se disuelven en aquellos
racimos rojos de ateje;
el agua les entreteje
bordado fino, incendiario.
Tras el alto campanario
son un dios, son un hereje.

Cuando quise ser Ícaro


Este soneto ya lo había publicado anteriormente, en este blog, con el título: Discurso de Ícaro. Debido a mi inexperiencia y falta de conocimientos, algunas imperfecciones lastraban la calidad del mismo, estas últimas han sido corregidas gracias a la ayuda y la enseñanza recibida en el Foro Madre de la Comunidad Ultraversal. Agradecido quedo a los consejos,  las indicaciones y el apoyo de mis compañeros: Vicente Vives, Amarante M. Matius, Ricardo Fernández, Eva Lucía, Arantza Gonzalo Mondragón, Mercedes Carrión, Rosario Vecino y Gavrí Akhenazi.




 
Viñeta: O. Moré / CUBA



Con las alas de Ícaro, encendido,
me elevaba  veloz, y en mi proeza
no pude ver del mar su azul tristeza
porque el sol me cegó con su latido.

Bajo su piel de sal quedé abatido,
apagado, incoloro, sin nobleza,
pálido pez herido en la rareza,
atrapado en la red, arrepentido.

De nuevo mi memoria quedó presa
en la tierra remota. Y la riqueza
que en sus fuentes bebí no ha fenecido.

Mis alas  se perdieron, y me pesa
no encontrar la razón ni la destreza
que ayuden a empezar desde el olvido.

O. Moré.


jueves, 15 de mayo de 2014

Cicatrices (cuarta parte / fragmento 3)


Después del Final / Denis Núñez / CUBA

Denis Núñez

_ ¿Qué pasó entonces con lo de las Misses?

La pregunta condiciona a Margarita, porque sabe que, llegado a este punto de su historia, siempre llora, y, al igual que el resto de nuestros protagonistas, querrá aguantar la llantera, pero será inevitable, porque recuerden que está en hemorragia continua.
Y quizás usted ya se ha dado cuenta, amigo lector, que hay ciertos patrones que se repiten en los personajes y en las historias. Si este relato fuera el mar, esas repeticiones serían las olas, pero no aquellas feroces, sino las pausadas que llegan de vez en vez y lamen la orilla. Repasemos algunas, por ejemplo: los peces de éste mar, mar de Neón Azul, son todos foráneos, ninguno es endémico de este pueblo con lago; o han venido de más allá de las inmensas aguas o de la orilla de éstas. Todos han tenido una niñez, adolescencia o juventud, en el que las carencias emocionales, las pérdidas o el maltrato,  los han flagelado; todos ha estado cerca de la muerte y han salido indemnes; todos tienen un sueño común: los libros y la literatura, y, por último, todos son de lágrima fácil, que es lo que ha dado pie  a este paréntesis, a esta digresión. Estos  alelos comunes de nuestros protagonistas sólo pueden significar dos cosas, una: que el autor nos quiere decir con ello que las tragedias y los anhelos de cada uno, son las tragedias y los anhelos de todos, o viceversa; y en este caso, éste “todos” son estos emigrantes, ya sean de fuera o de dentro (que puede ser usted, otro cualquiera o yo mismo), que han partido en busca de un nuevo comienzo (hablamos de un cambio en términos emocionales, no a la búsqueda de una vida económicamente mejor ni nos referimos, tampoco, a la migración de carácter ideológico o político, estas serían otras historias, más serias, más desgarradoras, más tremendas); y dos: que la imaginación del autor no dé para más y repite ideas y patrones.  ¿Cuál de las dos suposiciones le parece lógica y acertada? De ser la primera… ¿Cree usted que lo ha logrado, o se ha quedado sólo en el bosquejo, en el esbozo, y esto es un As que se ha sacado de la manga, así, porque sí? Pero no lo rumie  en este momento, deje estas interrogantes para el final,  porque ahora usted ha de volver con Margarita.
Ella hace un leve puchero y una lágrima sale expelida, y, en su furia, se lleva consigo un poco de rímel. La lágrima surca la mejilla y la parte en dos, la quiebra con su zigzaguear negro, y,  la hasta ahora hermosa cara de Margarita, se convierte en una máscara dramática del kabuki japonés. Inmediatamente la otra mejilla queda también marcada. Ahora su rostro exhibe dos enormes y tétricas cicatrices.

_ No llore, por Dios… _ le pide usted, casi le implora, y le ofrece una servilleta de papel._ Mujer…no se ponga así… si me lo llego a imaginar… no le pregunto…

Ella toma la servilleta y con leves toques se va secando las negras lágrimas, y a usted esta visión le trae a la mente el famosísimo Son cubano de Miguel Matamoros: “tiene lágrimas negras, tiene lágrimas negras como mi vida…”

_No, no es su culpa…, soy yo… Es que ha sido muy duro…_ Margarita respira profundo e intenta calmarse. Se queda unos segundos en silencio, la mirada hacia el techo, buscando a Dios, pidiéndole que le de fuerzas para continuar, pero sólo encuentra una lámpara, de estilo Art Nouveau, difuminando su policromía como si fuera un vitral de aquellas inmensas casonas coloniales, como la casona de la hacienda en que su padre trabajaba. Ella hace mucho tiempo que perdió la fe, es sólo un acto reflejo, es algo inercial.
Usted vuelve a tener una visión (al ver la expresión de la cara de ella, al ver esos ojos llorosos que buscan en el techo un más allá), su mente recrea otra obra de Tiziano, ella antes lo ha mencionado, a Tiziano, cuando le hizo la analogía de la lluvia de oro, entonces ella era Dánae. Ahora es usted el que  evoca al artista y Margarita se le parece a María Magdalena arrepentida, aunque ella no tenga que arrepentirse de nada, o sí, usted no lo puede saber, no hemos llegado a esa parte de la historia.
Margarita se ha calmado, le dirige la mirada y usted le pregunta:
_ ¿Crees en Dios?
_ Hace mucho tiempo que dejé de creer. Si de verdad existiera algo ahí arriba, algún Diosito, no tendría que dejar que hubiera tanto sufrimiento… Yo he sufrido mucho, y sigo sufriendo, aunque no lo parezca, aunque no se note por fuera porque voy siempre arregladita y maquillada… La gente se cree que como soy latina siempre tengo que estar  alegre y de juerga, que tengo que ser fiestera y pachanguera… Yo, por ejemplo, no creo que todos los españoles tengan que ser graciosos, bailar sevillanas e ir el día entero tocando las castañuelas y gritando: quillo, ojú y olé… Yo soy un ser humano, como todos, ninguna raza, etnia o determinante geográfico te hace ser alegre por antonomasia, eso es cuestión de cada persona, de su carácter, de qué se yo qué otras cosas... Creo que soy una sufridora nata, desde pequeña. Para mí no ha sido fácil ¿sabe usted? Mi propia madrecita me hizo sufrir… sabe lo qué es que la mujer que te trajo al mundo quiera convertirte en un mono de feria, para vivir a tu costa, para darse aires de gran señorona… _ Preste atención a cómo Margarita se refiere a su madre de dos maneras indistintamente: madrecita, tal hace un momento o, simplemente, madre. Por qué, me pregunta, pues porque hay una dualidad, un encontronazo de sentimientos, una intensa porfía entre el amor y el odio. A pesar de todo, en el fondo, la sigue queriendo, porque ya lo dijimos, Margarita es un alma cándida_ Se puede imaginar lo que aguanté en aquella academia, el hambre que pasé, ya no solo allí, sino en mi propia casa, “Tienes que estar delgada, frenar la exuberancia de tus carnes, te tienes que ir acostumbrando hija”, me decía mi madre, poniéndome una esmirriada ensaladita  y luego algunas verduritas hervidas, “Porque, para lo de las Misses, puedes estar un poquito lozana, pero cuando empiece tu carrera de modelo has de estar aún más delgada, mucho más, así que no te quejes, que es comida sana”. Comida sana lo era, sin lugar a duda, pero era poquísima y yo me quedaba de tal manera que luego me daban fatigas. Mi madre me escondía la comida que, según ella, me podía engordar… Lo tenía todo bajo llave, hasta en la nevera puso un candadito. Usted ve esto surrealista ¿Verdad? Pues a esos extremos llegó mi madre. A esos y a otros: llegó a pegarme buenas zurras, con un cinturón, cuando le decía que yo no quería seguir con aquel circo. Me pegaba en las nalgas para que no se vieran las marcas. Y, a veces, me castigaba sin comer. Yo me encerraba en mi habitación y no hacía más que llorar, no podía entender aquel cruel comportamiento. Cuando terminé el instituto quise hacer pedagogía, pero ella se negó a que fuera a la universidad, para qué tanto comerme la sesera, decía, si cuando ganes Miss Venezuela vas a tener la vida resuelta, ya estudiarás o harás lo que quieras, mira Irene Sáez hasta donde ha llegado. Siempre con la misma matraquilla.  Hasta que cumpliera la edad reglamentaria para poder inscribirme en Miss Venezuela, me obligó a hacer algunos desfiles de moda contratados por la academia, nada fuera de lo normal, eran desfiles de  colecciones de grandes almacenes y en centros comerciales. La verdad que, cuando estaba en la pasarela, era todo muy divertido, entre las lucecitas, la musiquita, los flashes de las cámaras, los bonitos vestidos, pero cuando me bajaba de ella era como volver de nuevo al infierno. Seguían las zurras, las exigencias… ¿Sabe? muchas veces me vi tentada a hacer una locura… ¿me entiende? estaba desesperada, pero siempre he sido una cobarde… y no, no podía. Así estuve desde que acabé el bachillerato hasta que cumplí los dieciocho: academia, desfiles y castings para anuncios publicitarios, y bofetones y azotainas de mi madre cada vez que le decía que estaba harta, que, por favor, me permitiera estudiar. Entonces, una vez  me dijo que si quería estudiar algo de provecho, diera clases de actuación, que eso sí que me sería útil. Y contrató a una profesora de arte dramático. La situación económica de mi casa iba en picado. Lo que ganaba mi padre ya apenas alcanzaba para comer. Mi madre se volvió como loca y empezó a vender cosas de la casa: muebles, cuadros y hasta el mejor reloj de mi padre, herencia del abuelo, decía que ya tendríamos más cuando yo me hiciera famosa.  Yo iba todo el día de un lado para otro, cansada, asqueada, ya no hacía falta dieta ni tanto ejercicio físico, estaba perdiendo peso… Yo siempre fui así, con curvas, exuberante, menos mi busto, nunca ha sido muy pródigo, la verdad, mis senos no son grandes, pero tampoco son pequeñitos… _ Dice esto mientras se mira y se palpa con ambas manos la zona nombrada._ Luego,  al ser alta, mi cuerpo, creo, tiene un equilibrio perfecto… ¿Usted qué piensa… me encuentra bonita?

_ Tiene, razón, señorita_ contesta usted_  es una chica muy hermosa…
_ Oh, gracias… llámeme Margarita.

Y aquí se vuelve usted a preguntar, esta chica, con lo que ha pasado por culpa de esa misma belleza que se autoproclama… ¿cómo puede ser tan coqueta? No lo sabemos, son los misterios de la psiquis humana, son esos renglones torcidos de Dios, como dijera Torcuato Luca de Tena. ¿Por qué hace la gente las cosas qué hace? ¿Por qué actúan de una manera o de otra?¿Esa misma madre, Doña Flora, por qué se ha dejado llevar, arrastrar, por esa manía de grandeza, cegada por el brillo del oro?¿En qué momento su mente la convirtió en la lechera de la vieja fábula?

_ Como la Gautier, la Dama de las Camelias. Margarita Gautier _ dice usted.
_ ¡Me encanta esa novela!_ dice ella con euforia_ la he leído muchas veces… y la película… qué decir de la película… y de Greta Garbo… Aunque, más que la Dama de las Camelias… _ Ahora su tono es triste y al mismo tiempo irónico_ yo hubiera sido La Dama de La Famélicas, sino hubiera escapado a tiempo de las garras de mi madrecita. Porque mire, a pesar de los kilos que perdí,  aún me veía bien, quiero decir, que seguía manteniendo buen cuerpo, porque yo le hacía trampas a mi madre ¿sabe? cuando iba a la academia o a alguna de esas locuras de clases, si había podido sisarle algún dinero de su cartera, me pasaba por un McDonald's y comía algo, yo no quería convertirme en una percha andante, no quería enfrentarme a ningún trastorno alimentario… No entiendo como mi madre_ renuncia al diminutivo y pronuncia la palabra Madre con desprecio y dureza_  no se percataba de ello, tan cegada estaba con el dinero, la vanidad, el lujo y todas esas porquerías, que no caía en la cuenta de que podía abocarme a la anorexia, menos mal que yo, como dicen ustedes por acá, tenía la cabecita bien amueblada. Un día ya no aguanté más y me fui, me escapé y la dejé revolcándose en su fatuidad, a ella y a mi padre, ese mulito de carga con orejeras, que sólo veía por los ojos del amo. En la academia de modelaje había una muchacha, Lena, Lenita, le llamaba yo, que al contrario mío, sí que estaba loca por ese mundo de fantástico oropel y quería llegar a ser una supermodelo, una gran Top Model, su familia tenía bastante dinero y le pagaban un viaje a París, a la semana de la moda, y me invitó, sus padres no querían que fuera sola, ellos corrían con todos los gastos. El padre de Lena se ocupó de todo, hasta de llevarme a hacerme el pasaporte. No se lo comenté a mis padres, era mi oportunidad de largarme de allí. De saberlo mi madrecita, hubiera querido venirse conmigo, Dios sabe que otra locura hubiera hecho con tal de obtener el dinero para el viaje. Y ahí quedaron truncadas las manías de grandeza de mi madre, y quedó truncada su aspiración a que me presentara a Miss Venezuela. Me vine a París con Lenita, allí estuve dos meses, recorriendo la ciudad y sin saber qué iba a ser de mi vida. El primer lastre era que no había manera que me hiciera con el idioma, el segundo, que no conocía a nadie, tampoco sabía cómo encontrar un trabajo. De momento, Lenita, antes de irse, me había prestado dinero para pasar una temporada, cuatro meses a lo sumo, en una pensión. Yo sólo pensaba: "cuando se me acabara el dinero qué voy  hacer…",  pero entonces conocí a Brunno, y ahí comenzó mi segundo calvario.

Continuará...

domingo, 11 de mayo de 2014

DUETOS

Paisaje con nube baja /Tomás Sáchez / CUBA

Tomás Sánchez Requeiro ( Aguada de Pasajeros, Cienfuegos22 de mayo de 1948



Arena y Tierra

De las piedras la dureza
me pides, yo arena soy,
y dondequiera que voy
llevo un halo de nobleza.
Y si inclino la cabeza
no es por fatuo ni servil;
yo no quiero ser candil
ni oropel ni lentejuela,
no soy de esa vieja escuela,
yo soy tierra de un pensil.


Espuma y Agua

Si voy con estos andares
de poeta casi loco,
es que la espuma trastoco
en las olas de otros mares.
 Si hago juegos malabares
con el agua de este mar,
ya no podré continuar
siendo isla en el azul
ni ser palma ni abedul,
ni tampoco navegar.


Sangre y Fuego

Yo sé que el mar impaciente
corroe la piedra y luego
arena es, pero el fuego
a la lava incandescente
la desliza en la pendiente
y al final vuelve a ser roca.
Así es mi sangre, la poca
que vierto cuando me hieren,
y aunque mil llagas me hicieren
sólo dolor me provoca.


O. Moré. 


miércoles, 7 de mayo de 2014

Cicatrices (cuarta parte / fragmento 2)

Óleo de César Santos / CUBA-USA






_ Y… ¿de dónde es usted, si no es indiscreción?_ Pregunta a la vez que corta el jamón  en finas lonchas.
_De aquí, bueno, quiero decir, de Barcelona…
_ Yo estuve viviendo en Barcelona, sabe...._ Le interrumpe ella_ Es una ciudad muy chévere, pero muy ajetreada, prefiero la tranquilidad de este pueblito… En Barcelona empezó mi calvario… ¡Ay, si yo le contara…!
 En Barcelona inició su calvario amoroso, el otro empezó mucho antes, cuando apenas era una jovencita de quince años, y ella se lo contará, se lo narrará, se lo  describirá, porque ya sabe cómo, tiene el pie que necesitaba. No lleváis ni un minuto de conversación y Margarita tiene preparada la ametralladora con todas las cananas cargadas, para acribillarle a balazos de palabras y más palabras, ráfagas enteras; cada palabra será una bala que le atravesará a usted el corazón, el cerebro y hasta su propia lengua. Note como demora en cortar las lonchas de jamón, que ya no sólo es para que salgan finas, sino, para detener el tiempo y luego estirarlo a su antojo, para apresarle en una espiral de la cual usted no saldría sin poner la voluntad necesaria, porque Margarita tiene un deje, una cadencia, una dulzura en la voz, que atrapa, que extasía, y eso, sumado a su belleza latina, le sorbe a uno la sesera, le embota el cerebro. Es muy guapa ¿Verdad? lo está usted pensando en este mismo momento, porque a pesar del exceso de maquillaje que lleva, y que comentamos cuando la conocimos al principio de esta historia, ahí, debajo de tanto polvo facial, tanto rímel y tanto carmín, hay una mujer de rompe y rasga, que le valió ser  aspirante a Miss Venezuela. Una hermosa mujer que no consiguió ese sueño, o mejor dicho, el de su madre, porque se negó a que la operaran, renunció a la cirugía estética. Querían hacer de ella una Diosa,  la perfección femenina  en extremo, una especie de Barbie latina de medidas únicas e imposibles. “Muchacha, no seas boba, si serán unos retoques de nada: bisturí por aquí, bisturí por allá,  silicona por acullá”, le dijo unos de los miembros de la organización. Para qué necesitaba ella todo eso, para qué meterse en un quirófano, con todo lo que eso supone… ¿Para luego salir hecha una figura de plástico? Ella se veía bien, se veía estupenda. Sus senos eran hermosos tal y como estaban, no necesitaba otra talla de sujetador, y sus pómulos…, qué le pasaba a sus pómulos, nada, absolutamente nada, y menos a sus labios, ya eran carnosos de por sí. Ah, pero su madre quería convertirla en la reina de la belleza absoluta, “Ganaremos mucha plata, mi’ja, mucha plata”. Doña Flora ya veía a su hija copando las portadas de las revistas de moda: Vogue, Elle, Cosmopolitan, y hasta en Sport Illustrated, con un mini bañador amarillo refulgiendo sobre el canela de su piel; la imaginaba en los grandes carteles publicitarios de Times Square, en los desfiles de Nueva York, París, Milán, Barcelona, luego protagonizando la telenovela de turno… y  de ahí a Hollywood qué había, nada, un paso. Sería la nueva Jenifer López, la nueva Salma Hayek, la nueva Eva Longoria, la sensación latina del momento, con todos los modistos, productores televisivos, agencias de publicidad y directores de cine rifándosela  como en una tómbola. Sólo dieciocho años y ya querían tasajearla, transformar su cuerpo en algo totalmente absurdo e innecesario, en un cuerpo de mujer “perfecto” ¿Quién coño era el hijo o hija de puta que clasificaba así a las mujeres, como si fueran prendas de vestir, poniéndoles talla? 90. 60. 90. Ella se quería tal cual, ya era hermosa y lo sabía, no necesitaba el espejo mágico del cuento de Blancanieves. Y todo esto porque le gustaba la moda, porque había ganado aquel estúpido concurso de belleza regional, qué sí, que le supo bien ese regustillo de la victoria, pero que era un juego, no aspiraba a más en ese mundo. Ella quería estudiar, le gustaba la pedagogía, le encantaban los niños, quería ser maestra, enseñar literatura, ciencias, matemáticas, pero sobre todo literatura, tenía una pasión enfermiza por los libros, y también siempre soñó que sería una buena madre, mejor que la suya, ella no le haría a su hija lo que su madre le estaba haciendo. Sí, ese fue el germen, pudiéramos decir, de su primer calvario, su vía crucis, aquel día que ganó aquel estúpido concurso de belleza y su madre vio monedas de oro lloviendo del cielo, como  si su hija fuera la Dánae del célebre cuadro de Tiziano. Tenía quince años cuando ganó el concursito de marras y Flora la puso a dieta y la obligó a un duro entrenamiento. Casi no tenían para pagar las facturas, pero fue a parar de cabeza a una academia de modelaje, había que ir preparando el terreno para Miss Venezuela, para Miss Universo, para la televisión, la publicidad, el cine. “La niña nos hará ricos, Prudencio” decía Doña Flora a su marido, pero él no entendía de esas cosas, bastante tenía ya con su propio  trabajo que le absorbía todo el tiempo en jornadas de hasta diecisiete horas. Él se mataba a trabajar en la hacienda de Don Salustiano como si fuera un esclavo, para que a su familia no le faltara el pan que llevarse a la boca,  y no supo ver, ni pudo, cómo su niña se marchitaba poco a poco. Este Prudencio, analfabeto y servil, sólo tenía ojos para el amo, para los caballos del amo, las reses del amo, los perros del amo. Llegaba a casa tan cansado y tan tarde, que toda aquella retahíla de tonterías con que le machacaba su mujer, le entraban por un oído y le salían por el otro. Él solo ansiaba tomar un buen baño, cenar e irse a la cama; a las cinco de la mañana tenía que estar en pie, porque había que limpiar la suciedad de las cuadras y poner el forraje a los caballos y ordeñar las vacas y pasear los perros y un etcétera de tareas interminables que le dejaban molido. "¡Qué concurso ni na’ de na’!" Que hicieran Flora y la niña lo que les viniera en gana, a él que le dejaran tranquilo. A los quince ganó el concurso regional, a los dieciocho querían rajarla para transformarla en un estúpido maniquí de cera, y su padre, el mulo de carga Prudencio ni quiso ni pudo ni vio, el drama de su hija.
_ No era mala persona mi padre, pero sí, era muy mulo, era muy burro, sí, muy burrito, con orejeras y todo, que le impedían ver lo que pasaba a su alrededor._ Dice ella después de haberle contado todo esto sin apenas darle tiempo a respirar, porque usted ha seguido cada palabra, cada movimiento de su lengua, envuelto en esa cadencia y esa dulzura de la voz de Margarita.
_ El bocadillo, por favor… _ Le hace notar  usted, porque, a todas estas, las lonchas de jamón van aumentando sobre una de las mitades del pan sin que ella lo advierta. _ Creo que ya tiene suficiente jamón… ¿no le parece? _ y se lo dice usted en un tono distendido, sonriendo. No quiere que Margarita se lo vaya a tomar de otra manera.
_ Ay, qué boba, jajaja… perdone, es que cuando me pongo a hablar de mis cosas… se me va la cabeza…
_ No se preocupe, nos pasa a todos.
Margarita termina de preparar el bocadillo, lo pone en un plato sobre una servilleta de papel y lo deja delante de usted en la barra. Usted le mira a los ojos directamente, está tratando de explicarse el por qué quiere continuar ahí sentado escuchándola, como si fuera un ratoncillo que tiene que seguir bajo el influjo, bajo el hechizo, de ésta flautista de Hamelin, y le pregunta:
_ ¿Qué pasó entonces con lo de las Misses?

Continuará...

Óleo de César Santos
Óleo de César Santos
Autorretrato (César Santos / Cuba 1982)  http://www.santocesar.com/

domingo, 4 de mayo de 2014

Cicatrices (cuarta parte / fragmento 1)

Óleo de Denis Núñez / CUBA






No, no le dejaremos que cuente este episodio a su padre, éste no, pero sí cómo era su vida antes de aquello, y después, cuando decidió que no volvería más a la casa de su familia materna. Una familia llena de prejuicios, de convencionalismos sociales y doble moral, un nido de ofidios, el nido de Eulalia, la tía Eulalia,  que ya era, desde muy joven, ese áspid que decía Elena.
En toda familia hay, dicen, una oveja negra, pero en toda familia hay, digo, una serpiente.
No sólo de Adán y Eva provenimos, no sólo somos hombre o mujer, macho o hembra amasados del  barro primigenio  y tallados de una costilla, también somos animales racionales, algunos, e irracionales, otros; asimismo somos frutos y vegetales y madera. Todo se reproduce, todo germina. Unos le deben la herencia genética al barro y la costilla, otros al manzano y otros a la serpiente. En esta historia hemos tenidos ovejas negras, hombres racionales e irracionales, mujeres como frutas apetecibles del manzano, y otra mujer que vegeta como en una naturaleza muerta de Cézanne, y también hombres esculpidos y  fuertes en madera pura.  Por lo tanto no podía faltar la serpiente de lengua bífida, andar sinuoso y zigzagueante, la mala del cuento, la bruja de la escoba, la mala malísima que envenena las frutas lozanas y rubicundas. Esa, querido lector, es Eulalia, como ya habíamos dicho. No, no se asuste, no pretendo ahora contarle la historia de este personaje, aunque importante y siendo el leitmotiv, el desencadenante de la tragedia de Elena, no vamos ahondar ahora en su comportamiento, ni haremos un retrato psicológico de tan nefasto espécimen, porque usted  ya le  conoce, le ha leído en cientos de novelas, le  ha visto en cientos de películas y culebrones televisivos, es un personaje cliché. Será la propia Elena quién lo desmonte, pero no para nosotros, sino para Roger. Tómese esta parrafada como una mera acotación que cierra la historia inconclusa.
Dejemos a padre e hija recorriendo los caminos de sus existencias, jugando con la clepsidra o el reloj de arena, tratando de recuperar, de buscar “el tiempo perdido”, rememorando, como si fueran personajes de Marcel Proust. Ve, ahora Elena ha salido del ensimismamiento y responde a su padre, y le cuenta cómo llegó a la casa familiar y todos los pormenores de su adopción por parte de su tía, pero con lo que ya sabemos es suficiente, así que dejémosles solos. Levantémonos, demos media vuelta y retrocedamos hacia la barra. Ocupemos un taburete o banqueta, da igual cómo se llamen estos trastos, y si le pidiéramos algo a Margarita, lo que sea, un café, un zumo, un helado o, simplemente, un vaso de agua, comprobaríamos  por nosotros mismos la soledad que embarga a esta mujer, veríamos que está deseosa de que alguien le dé pie, aunque sea pidiéndole un bocadillo, para entablar una conversación, que al final acabará derivando en el tema de su herida aún sin cicatrizar, pero que intuiremos, desde el primer segundo, que esta  mujer sólo desea sentirse acompañada, y que también necesita soltar toda esa angustia, esa bilis que le sabe amarga y que tiene que escupir a cada hora, a cada minuto. Apreciemos su sonrisa mientras se acerca, viene de haber estado consolando a Arturo, parece un poco forzada, pero es sincera, porque en el fondo Margarita es un alma cándida, una cándida margarita deshojada por ella misma… Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere… le odio, no le odio, le odio, no le odio… Así es Margarita.
Pero antes de conocer la herida abierta de Margarita, haremos un último ejercicio, bueno, usted, yo no. Amigo lector, usted dejará de ser intangible, incorpóreo y se convertirá en un personaje más de esta historia, desde ya es un cliente de este bar, el bar del letrero de neón azul, y  no un simple  observador.

Acto III
Margarita
(Conversaciones de Barra)


_ ¿Qué te pongo, cariñito? _ dice ella al llegar a la barra, ampliando la sonrisa, y podemos ver ligeras manchas de pintalabios bermellón en sus cuidados dientes. Percátese, además, de cómo ha utilizado el diminutivo, es algo natural en Margarita, lo comprobará a lo largo de la conversación. Hace un abuso indiscriminado de él, que a usted puede parecerle una ñoñería, pero que es el resultado de una gran carencia.
Un bocadillo de jamón, pequeño, por favor._ Dice usted.
¿El pan con tomatito o sin tomatito?_ Vuelve a preguntar ella.
_Con tomate, sí, por favor…_ dice usted, y agrega _y aceite

Ella afirma con un movimiento de la cabeza, el arquitectónico moño, producto del meneo, parece que fuera a caerse, que resbalará y en un alud o desprendimiento de cabellos se convertirá en una cascada de bucles castaños.  Se dirige a la panera, saca una crujiente barra de pan recién horneada, la abre por la mitad, haciendo caso omiso a lo que usted le ha dicho de las dimensiones, y comienza a prepararla entera: corta el tomate, lo restriega en la miga esponjosa, luego  rocía  cada tapa entomatada con aceite de oliva, y, antes de cortar el jamón, le pregunta:

Usted acaba de llegar, verdad, porque yo conozco a todo el mundo en este pueblecito… y no le había visto antes. ¿Está de paso… o tiene familia por acá?

Margarita tampoco es de por “acá”. Margarita es venezolana. Hace diez años que  llegó a Europa, primero estuvo unos meses en París, y aunque la ciudad le fascinó, coqueta como es ella y siendo ésta la capital mundial de la moda, se hubiera quedado, pero el idioma era un gran lastre, no había manera de que pudiera pronunciar aquella jerigonza por más que lo intentara. Entonces conoció a Brunno, un percusionista y bailarín brasileño con  nacionalidad y residencia en España desde hacía años. Brunno estaba de gira con un grupo folclórico de su país en Francia. Margarita creyó que había encontrado el amor y se vino a España con él. A partir de aquí comenzó su andadura por tierras de la Madre Patria.



_No, estoy de paso… _ contesta usted, y ya sabe que no se podrá librar de la conversación, porque era lo que ella estaba esperando, iniciar la plática insustancial, para luego desahogarse una vez más, como miles de otras veces, porque Margarita cree que mientras más se desahogue, mientras más palabras broten de su boca, suelte, escupa o vomite, será el anticoagulante que cerrará su hemorragia continua,  y también lo que esperaba usted, porque, de lo contrario, no se hubiera sentado a la barra, no hubiera aceptado este juego.

Continuará...


Esquizofrenia / Denis Núñez / CUBA

viernes, 2 de mayo de 2014

De la Esperanza y la Quimera


Foto de Sebastiâo Salgado / BRASIL








                                          I

La veo venir, y pasa
con su aire de abolengo
sin saber si voy o vengo,
si vivo o no en esta casa.
Suele ser una mordaza,
suele ser avispa fiera,
nunca quiere y aunque quiera
te besa con el veneno.
No importa que seas bueno,
siempre estarás a la espera.

II

Paloma blanca que al nido
volabas y no encontraste,
no gimas, porque no erraste,
es que tu hogar se ha caído.
Paloma abraza el olvido,
retoma otra vez el vuelo,
seguro que en otro cielo
habrá un nido que te espere.
No cantes un miserere,
allí tendrás tu polluelo.

III

Un hombre pasa de prisa
por la acera que da al río
y no le importa que el frío
se cuele por su camisa,
no observa por donde pisa
ni tampoco, en su carrera,
le importa que de la acera
se pierda su huella y corre
en pos de una vieja torre
que se alza en la quimera.

IV

Se le ve asomar la oreja
al lobo pardo y peludo,
se le ve cazar desnudo
y esconderse tras la reja.
La víctima es una oveja
que osó escapar del redil
y que creyó que el candil
era la luz verdadera,
sin saber que la quimera
es la cola de un reptil.